26/9/11

Bucólica barojiana



He visitado las suficientes casas museo de escritores celebres como para que espere muy poco y evite en lo posible estas casas museo. Ya de pequeño me llevaron los del colegio a la Casa Museo de Rosalía de Castro y toda la vida he recordado con horror aquella cama alta y oxidada y estrecha, la palangana sepia, el escritorio oscuro, de verso difunto y miope. Cada cosa momificada y exaltada por aquella posteridad de santa. 

Bucólica barojiana, en Jot Down.

25/9/11

493

Como diría Baroja, ha cambiado la decoración. Con este sol viejo de otoño todo parece un poco oxidado. Y hasta el vecino ha salido a cortar leña, no sé si para prepararse un chuletón en la parrilla o para echar a la cocina cuando llegue el frío. Él es muy previsor, yo no tanto. Además yo no tengo cocina de leña. Abro la ventana y saco la cabeza. Noto que huele a otoño, aunque sería difícil decir a qué huele el otoño. Al menos no a ese otoño de bosque que anuncian los productos de limpieza. Es una humedad vegetal, una madera mojada, pudriéndose. No tanto. Menos, casi nada, pero algo. Tengo el olfato atrofiado. Los olores casi tengo que inventármelos, para olerlos. Iba a fumar en la ventana, pero me da pereza estropear este momento con el olor del humo de tabaco. Fumo, de todas formas. Fumar me recuerda que voy a palmar algún día, la cajetilla avisa, y recordar que voy a palmar me pone melancólico, que es un estado de ánimo excelente para escribir con humor y amar todas las porquerías del mundo y tomárselas un poco a pitorreo. 

Este sol viene con sombras, como quién dice. Si fuese Basho haría un haiku.

22/9/11

492





En el caso de Pierre Michon me llega el estilo. Suficiente, diría. En él el estilo es más que nunca un fondo que se revuelve contra los fondos, incluso un estilo que se revuelve contra la forma. Dicho esto, entiendo que el estilo es el fondo, y con eso nos llega; pues ahí está toda la sangre. ¡Falta sangre!, a veces sí, pero aquí no. Es un fraseo breve, muy francés, por otra parte, delicado, puntada aquí, puntada allá, un caminito retorcido y artesanal, incompetente en la medida justa, que es lo que suele ser el estilo realmente. El buen estilo literario; una incompetencia divina. Y la imposibilidad de empezar. Mandar a la mierda lo que se pensaba. No se piensa. El único dios es la frase que se despeña, cuesta abajo, o que sube, esforzada y orgullosa, un poco inconsciente de sí misma. El estilo es lo que el autor ha olvidado; escribe, pero ya no sabe cómo se escribe.

17/9/11

491

Tienen las mañanas de sábado un silencio acogedor. Es un silencio de sordo, de casi sordo. A un lado la ciudad, arrugada, musgosa, muy otoñal siempre, de un otoño perpetuo que exhalan las piedras y hasta el hormigón de la burocracia. El amarillo mostaza de la resignación. Que viene siendo, no sé muy bien qué viene siendo. De la resignación o del qué cojones, encógete de hombros y tómate el café. Al otro lado los gallos, el gallo digo, que duermen a pierna suelta hasta las nueve o diez. Se levanta cabreado y yo lo veo desde la ventana de atrás pastorear a las gallinas con aire preocupado, como con dolor de cabeza. Es como si tuviese que renunciar al gimnasio, porque no le da el presupuesto del mes. Él también formará parte de la ruina general.

Echo de menos a los leones del circo. Cualquier circo con leones, aunque siempre parecía el mismo circo, vagamente italiano, vagamente zíngaro. Ahí al lado se instalan, enfrente Hacienda. Era un despertarse raro y delicioso con el rugido de los leones, que rugían mucho cuando les levantaban las persianas de las jaulas y les echaban el desayuno. Pollos, me parece. Los leones de circo comen mucho pollo y les sale el rugido como empezado, in media res. Daban ganas de asomarse a la ventana con una escopeta, para batir a algún elefante.

Con los leones de fondo todo era posible. Y yo me paseaba en bata por el pasillo como un rey africano.


16/9/11

490


La vendedora está buenísima. Aprovechaba el último día de sandalias, yo, antes de caer por la playa. Mientras ellas se ven no sé qué enfrente yo entro en la Casa del libro. Se me pone voz de hombre serio al que acaban de liberar unos secuestradores y ha perdido el hábito, años después, de preguntar por un libro. No lo hay; Braque, "El día y la noche". Braque, el pintor. No hay otro que el pintor, que yo sepa. Lo reseña Bolaño (Entre paréntesis, Anagrama). Cita éste un aforismo de Braque que me gusta mucho: "Desconfiemos: el talento es prestigioso."

Al final me llevo "Ese maldito yo", de Cioran. Para releer, o leer, ya no sé. Qué exageración, qué maravilla, qué risa. Sería el libro que regalaría a alguien hundido. Hay un ensimismamiento en la depresión, un narcisismo en la derrota propia, que a la fuerza tiene que quedar ridiculizada ante esas frases corrosivas de Cioran. Lo imagino recitando sus frases en un escenario; los ojos negros y hundidos, un poco de roedor, unos vaqueros anchos de piernas muy palo, el pelo blanco, eléctrico, la soga al cuello, caída como una corbata ladeada. No sonríe nunca. Deja un silencio inquietante entre aforismo y aforismo. El público se parte; a veces carcajadas llegan a destiempo, nerviosas, solitarias, carcajadas de sudor, que sudas por reír o por no poder no reír.

Alguna vez Cioran saldrá tras la cortinas del teatro con una guadaña sobre el hombro. Una guadaña enorme, de verdad. La mayoría del público no había visto una guadaña en su vida. Cioran aparca la guadaña a su lado, de pie, la apoya en algo. Cioran muy serio. No sonríe nunca. Al acabar saluda al público como un director de orquesta. Se marcha apurado.

***

Tengo un coche tan viejo y desvencijado que los peatones me señalan desde las aceras carcajeándose, al ver que aún anda e incluso que corre. Sólo me faltan las gafas de piloto antiguo y sacar la cabeza por la ventanilla para adelantar mejor.

14/9/11

489

Estoy leyendo el segundo volumen de los diarios de Iñaki Uriarte (ed. Pepitas de Calabaza, 2011). El otro día me sacaron a pasear en coche, paré en correos y ya de vuelta en el coche me metí en el libro de Uriarte y ya no volví a abrir la boca ni a levantar la vista. Además llovía. Incluso todos esos recados que íbamos a hacer se hicieron con el libro abierto en la mano, caminando tras la sombra de mi mujer, como uno de esos adultos un poco obesos que no han perdido la mirada asustada de los niños ni la costumbre de dejarse las babas en todas partes.

Ese aire de desvalido que da la atención concentrada en algo. Si estuviese en un documental de animales yo sería la típica gacela que se queda masticando hierbajos con la mirada perdida mientras un león se le abalanza de puntillas.

De vez en cuando me reía, y sorprendido de mi risa intentaba atajarla o contenerla, no sé muy bien por qué. Quizá porque es tan raro encontrarse un libro que haga reír que el sospechoso es más bien el que ríe. En los días de lluvia, sobre todo esta lluvia fina del otro día, parece que no puede uno reírse tranquilamente, y mucho menos con un libro. Estando solo sí; en una sala de espera se da conversación al otro, pero a mí ya me daba conversación el libro de Uriarte.

Yo creo que la primera condición de un buen escritor es que su prosa acompañe. Por supuesto, la Ley del Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas acompaña poco o muy poco, y hay escritores que a la hora de escribir no acaban de desprenderse de esa voz 'culta' y acartonada que parece salir de las cavernas en las que se redactan las leyes, los tratados y la mayoría de los libros divulgativos. Un coñazo. Un Coñazo, quiero decir. A mí leer tanta literatura me ha estropeado esa capacidad para meterme en libros meramente informativos. Prefiero lo complicado a esa forma de aburrir contando todo poco a poco, esa prosa de nadie que dispara datos. Uriarte escribe en ese tono menor del que hablaba y presumía Baroja; nunca aburre.

Al igual que la prosa, muy alejada de ese grand style tan literario que tanto le gustaba a Benet, el personaje principal de estos diarios es un señor bastante escéptico con esto de la literatura. Ha visto mucho y ya está en otra cosa; es un testigo y disfruta del espectáculo. Y nosotros con él. 

Uriarte es un griego, como Montaigne. Montaigne era un griego en su torre y escribía con esa intimidad que dan las torres; no la intimidad de los poetas, que siempre es un poco tímida y demasiadas veces tramposa, sino la intimidad del que no se avergüenza de nada y puede decirlo todo claramente. Uriarte lleva su torre portátil y la instala allá donde vaya; una playa en Benidorn, un hotel en Lanzarote, o en Oviedo, o en Madrid, o en su casa en Bilbao.

Una voz necesaria, para compensar tanta caverna.

12/9/11

488

Lo bueno del cine de Almodóvar es que todo lo demás que se hace por ahí es muy malo. Almodóvar hace películas fallidas. No siempre; se toma unas libertades que abochornan a más de cuatro, pero estos cuatro después se derriten ante la última de Alex de la Iglesia (o de Roman Polanski o de Scorsese), y ahí es cuando veo la diferencia: Almodóvar intenta hacer cine y los demás nos toman el pelo. Ellos hacen que hacen películas y nosotros hacemos que nos gustan. Se dice pasar el rato, pasar la vida, con una sensación perenne de deja vu.


El Almodóvar de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? no va a volver. Ese neorrealismo alocado, macarrilla, sentimental y un poco cochino. Ahora mueve muchos camiones en sus rodajes y todo le sale, por lo menos, industrioso. Lo suyo siempre ha sido ese "subproducto personal" del que habla Francisco Rabal en Átame; poniendo en ello "el corazón y los genitales". En La piel que habito se hace un lío espantoso con la estructura, y la película está en la estructura. Se aguanta hasta la mitad resoplando y gozando de la banda sonora, buenísima. Dosifica para que tengamos película pero se embarulla mucho con esa cartelería de quince días después o tres años antes que toca mucho las narices. Viene, va, muestra, oculta, recuerda, cuenta. Es un mareo, de facilón. Después va encajando, pero siempre queda pedestre ese ir y venir así. Y no me gustó Banderas. Es un tío muy profesional, un actorazo; que se vaya a la mierda. Ahora que tiene tanta experiencia le pesa la experiencia y no deja de actuar en toda la película, al menos cuando habla. Habla Banderas, todo un señor. Mejor callado. Elena Anaya es mona y se corta muy bien el pescuezo, le brillan los ojillos, se dobla mucho haciendo yoga. Es la mujer de plástico.

Muy Valle-Inclán. Saca la rúa do Vilar dando el plano fijo de pueblo en un norte desconocido (o no; me perdí los dos primeros minutos). Piedra mojada; después la fogata en el caserón, de noche, y la voz de Marisa Paredes que se quiere parecer a la vieja criada gallega, fiel, que todo señorito psicópata podría tener y seguramente tenga. Hasta el encierro es muy gallego. Basta que al niño le salga a uno con mucho pelo para que lo encierre en algún sótano. Después de Buenos Aires y la propia Galicia en los sótanos es dónde mayor número de gallegos hay. Puede que sean los gallegos más sensatos; comen poco y tienen tiempo para pensar.

Por lo tanto, historia oscura, cielo gris, algo parecido a una ciencia-ficción pasional que le sale al manchego, y un final que tiene que provocar, sí, risas, carcajadas, ataques epilépticos. No por sorpresivo. O esto o lo otro. Siendo lo que es, el gran momento está en las caras de los personajes que no saben nada de lo que ya sabemos. Imaginamos lo que tienen que pensar; lo que tiene que contar la mujer es imposible de creer. Nosotros lo sabemos, Almodóvar lo sabe y la propia protagonista lo sabe, que se hace brillar mucho los ojillos, entre llorosa y androide, muy maquillada. Lo que no se acaba de saber es si hay que reír o llorar, o reír llorando, o viceversa. Al tipo que se dedica a escribir de películas esto le tiene que turbar mucho. 

10/9/11

Houellebecq y la felicidad

Si Balzac quería rivalizar en su Comedia humana con el registro civil, toda una chulería de escritor decimonónico, Houellebecq en su última novela –titulada El mapa y el territorio– parece querer competir con el catálogo de unos grandes almacenes, que es una chulería muy de escritor posmoderno.


Houellebecq y la felicidad, en Jot Down.

8/9/11

487

Sí, parece que fue ayer cuando todavía era un bebé, pero ya no me acuerdo de nada. De nada técnico, quiero decir. ¿A qué meses empezó con la fruta? No me acuerdo.

Debe de haber una sala de objetos perdidos en la memoria. En los niños el pasado siempre es más remoto; fue ayer pero no acabo de entender que no haya sido siempre así, como ahora, ella, la viva estampa del presente, pero eterno. No los vemos crecer. Crecen a escondidas. Basta que deje de ver una semana a la criatura para que note el cambio.

Este verano se ha hablado algo de pedagogía con unos conocidos que han sido padres. Son ese tipo de conversaciones en parte ineludibles cuando uno tiene al bebé al lado. El bebé hace gorgoritos y nosotros charlamos sobre sus evoluciones en la vida. Estaban tan contentos los padres que no querían contradecir al bebé por nada del mundo. Allá él con las decisiones que tomara. Los veía tan predispuestos a someterse a las imposiciones del bebé sin regular de ninguna manera su comportamiento (algo brutal y egoísta, según ellos) que no pude evitar discutir el tema, algo que me jode mucho, pues cada uno en su casa hace y deshace a gusto. Pero ese neojipismo aplicado a la pedagogía es un disparate. No creo que ni el exceso de severidad tenga necesariamente que crear monstruos ni que la demasiada permisividad engendre traumas de por vida. Lo que sí se consigue es que la vida sea un infierno, para el crío y para los padres. Uno no puede ir de hijo por ahí toda la vida, y menos de hijo traumatizado y plasta.

Por eso el artículo de hoy de Espada me parece perfecto. Y la sentencia inapelable:

"La pedagogía es un estupendo asunto, quién puede dudarlo. Pero a veces hay que tomar decisiones. Puede que antipedagógicas, pero imprescindibles para continuar con vida, y así poder seguir siendo pedagógicos."

7/9/11

486

Al hacerse mayores a algunos escritores se les pone cara de señoras. Veo que les pasa mucho a escritores catalanes. Menos Eduardo Mendoza, al que le sonríe mucho su bigote de director de banco jubilado. Esto, de alguna forma, debe tener que ver con el desarrollo de ese país en todos los ámbitos y que se refleja en las caras de sus intelectuales. Otros pueblos luchan todavía por convertir la gran ceja en dos cejas. Pura envidia.

***

Los yonquis que son yonquis de milagro, como una mutación de la especie. Primero veo unos tipos extraños. Después perfectamente reconocibles como profesionales, digamos, del consumo de drogas: gafas de pasta, quizá con remiendos de celo, película de sudor brillante en la cara, ojos en el pozo, que no ven, encorvamiento de la espalda. Siempre van a alguna parte. No hay en ellos un andar por andar. Los pantalones caídos de señores a los que les han robado el culo. Uno delante, el otro detrás.

***

Encuentro este aforismo o greguería de Ramón que había copiado hace años en un cuaderno:
"La felicidad consiste en ser un desgraciado que se sienta feliz."
Hoy, caminando por la zona vieja, me he sentido algo así como feliz. Andaba presto y me sudaban las axilas, lo que me recuerda que hacerse mayor es engordar (tener más presencia) y sudar cada vez más. No tenía ni demasiadas razones a favor ni en contra para estar feliz. Incluso muy feliz, como si fuera descalzo (mi felicidad de salvaje) o acabase de pintar durante horas o días. Hace años conocí esa sensación de haber pintado y salía a la calle hipnotizado de placidez. Podría ser un efecto secundario de la trementina. El haber pintado es mucho más satisfactorio que el haber escrito. Cuando sale bien, la cosa, cualquiera de ellas, dan ganas de ir abrazando a la gente por la calle. Hoy, en cambio, no había hecho nada. Pintar, hace años que no pinto. La felicidad era como unas ganas de verlo todo, de estar muy a gusto viéndolo y oyéndolo todo. Quizá todo se reduce a estar. La gente, las palomas, la calle, las risas, hasta las patorras peludas y los mofletes colorados con los que me iba cruzando. La calle, en definitiva. La ciudad. La felicidad suele ser, más comúnmente, el futuro prometedor. Pero esa es una felicidad de banquero, la ilusión del beneficio que nos hace apurar el paso para irnos a la mierda sin haber visto nada. O no; sin ilusiones todo me parecería una guarrada.

5/9/11

485

 "[...] en términos generales, los hombres del último cuarto del siglo diecinueve que respiramos la atmósfera intelectual de nuestro tiempo podemos con más facilidad equivocarnos en favor del realismo que pecar en busca del ideal. De acuerdo con esta teoría, deberíamos cuidar y corregir nuestras decisiones, manteniendo la mano alejada de la manor apariencia de logro irrelevante, y resueltamente decididos a no comenzar obra alguna que no sea apasionada y filosófica, noble y jubilosa, o cuando menos, y no en menor medida, romántica en su concepción."
(R.L. Stevenson, pág. 103, Ensayos literarios, ed. Hiperión)

***

Hablamos a gritos, me doy cuenta. Nos reímos escandalosamente. Lo del pelo parece lo de menos. Por fin un peluquero que no opina, narra. Puede que los peluqueros no opinen mucho, o siempre acaben opinando lo que el cliente. De vez en cuando echo un vistazo a lo que hace por ahí arriba. Va cortando eufórico, con maestría, y el pelo, vencido, se me vuelve peluca.

Lo primero que hago al salir de una peluquería, y por muy bien que me haya cortado, es despeinarme. Si pudiera saldría con gorra, para que nadie me viera tan hermoso.

***

Hace unos días que estoy con ese nuevo Houellebecq. Me lo llevé a la playa ayer. No estaba buen día pero no hacía frío, el agua estaba casi caliente y tan lleno de algas que las olas parecían las de un mar de caldo gallego. Me fastidiaba leer, allí, eso, pero tampoco tenía otro libro. Después ya me fastidiaba menos leer y lo dejé. Sobre la toalla, con arenas entre las hojas. Ni siquiera es mío, el ejemplar. Soy muy cuidadoso con los libros, quizá no tan cuidadoso. Normal, no me los como ni pretendo que al acabar de leerlos queden como si no hubiera puesto un dedo en ellos. Un libro que huele a playa con día nublado. Había un manto casi seco de algas. Caminamos por la orilla. Me gustan las playas de mar; ningún horizonte de tierra, o sólo islas le permito a ese horizonte. El mar, así, con un horizonte de precipicio.

A estas nubes, a esta luz, sólo les falta la cometa y el perro. Pero en la playa sólo unos cuantos jubilados con los pantalones remangados y unas pocas parejas jóvenes en la trinchera de la duna. 

484

El anonimato está muy sobrevalorado. La mayoría somos anónimos con nombre o sin nombre. Incluso el nombre más raro con el apellido menos frecuente es un nombre más y un apellido más, entre twitter, facebook y los millones de blogs. El nombre se hace, pero para hacerse un nombre primero hay que deshacerlo. Aprendemos de niños el nombre a fuerza de escribirlo en los márgenes de los libros de texto. [Los márgenes de los libros de texto son la puerta del váter de los niños, donde empiezan a ensayar el noble arte de dejar huella en el mundo].

Es lo primero que aprendemos a escribir, el nombre, y para escribir será lo primero que debemos olvidar. La literatura es anónima, siempre; la buena, digo. Se escribe desde el anonimato lo que vale la pena. Después se le pone nombre a la cosa porque de algo hay que vivir y porque de plantar árboles y hacer niños sólo se hace la selva y los salvajes, y también porque el nombre ya da un poco igual. Está el pseudónimo, pero ya es un caer en el nombre de alguien muerto, pues es muy difícil inventar nombres que no suenen a muerto.

Puede que de tanto escribir el nombre, de niños, también en los folletos y documentos más adelante, se acabe creyendo que le debemos algo al nombre, que no tenemos derecho a mancillarlo y casi ni a usarlo para algo poco serio. El nombre es un poco el jersey sobre los hombros que se pone alguien por si refresca pero también para estar mono, por no ir a cuerpo. Sólo los borrachos y los locos saben qué hacer con ese jersey, sin ponerse tontos.

El nombre es para hacer unas oposiciones, no para firmar poemas.

Solía ponerme en guardia ante un blog con nombre y apellidos. Temía encontrarme al que no ha pasado todavía la etapa de escribir su nombre en los márgenes de los libros de texto. Pero el nombre es un qué más da. El nombre es otro apodo. O ni eso; el nick, al menos, es algo creado por nosotros, es siempre menos casual, por casual que sea. El nombre y los apellidos son cosa del destino pero ya no creemos en el destino y quizá nunca creímos. El destino es cosa de señoras con faja que se quedan mirando por la ventana embobadas.

Hay que ser absolutamente irresponsable con el nombre, sin asesinar a nadie. No veo mal que se nos escandalicen los apellidos de vez en cuando, antes de que se conviertan en esa cosa tan seria que se susurran con respeto de cotilla los curiosos que leen lápidas. 

1/9/11

El realismo distraído de Cunqueiro

De vez en cuando hay que llevarle un poco la contraria a todo el mundo y echarle un vistazo a lo que ya nadie lee. Por cambiar el aire de la habitación, por pura higiene, hasta por esnobismo, que en su justa medida es tan saludable como abrir las ventanas. En fin, aprovechando que se cumplen en diciembre cien años de su nacimiento no está de más desempolvar a Álvaro Cunqueiro. Aunque a Cunqueiro, más desempolvarlo, habrá que desenterrarlo.


El realismo distraído de Cunqueiroen Jot Down.