El anonimato está muy sobrevalorado. La mayoría somos anónimos con nombre o sin nombre. Incluso el nombre más raro con el apellido menos frecuente es un nombre más y un apellido más, entre twitter, facebook y los millones de blogs. El nombre se hace, pero para hacerse un nombre primero hay que deshacerlo. Aprendemos de niños el nombre a fuerza de escribirlo en los márgenes de los libros de texto. [Los márgenes de los libros de texto son la puerta del váter de los niños, donde empiezan a ensayar el noble arte de dejar huella en el mundo].
Es lo primero que aprendemos a escribir, el nombre, y para escribir será lo primero que debemos olvidar. La literatura es anónima, siempre; la buena, digo. Se escribe desde el anonimato lo que vale la pena. Después se le pone nombre a
la cosa porque de algo hay que vivir y porque de plantar árboles y hacer niños sólo se hace la selva y los salvajes, y también porque el nombre ya da un poco igual. Está el pseudónimo, pero ya es un caer en el nombre de alguien muerto, pues es muy difícil inventar nombres que no suenen a muerto.
Puede que de tanto escribir el nombre, de niños, también en los folletos y documentos más adelante, se acabe creyendo que le debemos algo al nombre, que no tenemos derecho a mancillarlo y casi ni a usarlo para algo
poco serio. El nombre es un poco el jersey sobre los hombros que se pone alguien por si refresca pero también para estar mono, por no ir
a cuerpo. Sólo los borrachos y los locos saben qué hacer con ese jersey, sin ponerse tontos.
El nombre es para hacer unas oposiciones, no para firmar poemas.
Solía ponerme en guardia ante un blog con nombre y apellidos. Temía encontrarme al que no ha pasado todavía la etapa de escribir su nombre en los márgenes de los libros de texto. Pero el nombre es un
qué más da. El nombre es otro apodo. O ni eso; el nick, al menos, es algo creado por nosotros, es siempre menos casual, por casual que sea. El nombre y los apellidos son cosa del destino pero ya no creemos en el destino y quizá nunca creímos. El destino es cosa de señoras con faja que se quedan mirando por la ventana embobadas.
Hay que ser absolutamente irresponsable con el nombre, sin asesinar a nadie. No veo mal que se nos escandalicen los apellidos de vez en cuando, antes de que se conviertan en esa cosa tan seria que se susurran con respeto de cotilla los curiosos que leen lápidas.