sábado 17 de marzo de 2012

546

Foto de Manuel Vilariño, que quizá quiera decir algo, al hilo del texto. O quizá no. 

Los recuerdos solo son recuerdos, o algo peor. Se encuentra uno con tantos idiotas en la vida que se nos convierten los recuerdos en un almacén de idiotas. Así, con el tiempo, dejan de hacernos compañía para increparnos, y mientras viajamos en tren el paisaje y el ánimo melancólico que en otra época nos traía recuerdos hermosos ahora solo nos hace recordar a todos los idiotas que hemos conocido en la vida, e intentamos espantarlos como se espanta una vaca los moscones, infructuosamente.

Cuando creemos habernos librado de idiotas lejanos que han vuelto por acción de la memoria, aparecen otra vez, pues en último caso estos recuerdos, estos idiotas, aparecen como neones luminosos parpadeantes, ahora sí, ahora no, y así todo el tiempo. Ni siquiera eran peligrosos, solo simples, simples idiotas quiero decir. Lo que puede hacer uno entonces es resignarse a la compañía de esos idiotas remotos, pues se han cruzado en nuestras vidas para maldecirnos mientras vivamos con su idiotez recurrente. Puede que incluso nosotros mismos hayamos quedado como verdaderos idiotas para alguien, que ya nos recordará como idiotas para siempre, aunque en ningún caso, lo dudo mucho, como otros idiotas imposibles que no han dejado de comportarse como idiotas ni un solo segundo de sus vidas, que no han sido momentáneamente trastornados por una idiotez pasajera, como en nuestro caso quizá, una idiotez si acaso contagiada por los idiotas más convincentes, sino que han actuado como idiotas en todo momento, sin descanso, sin tregua. Incluso es algo admirable, esa constancia, aunque sea en la idiotez.

Así que, acompañado por tantos recuerdos, por tantos idiotas, me enervo y me río, porque no hay idiota que no pueda hacernos reír de vez en cuando con sus idioteces. El que me vea reír, solo, en el tren o en el autobús, pensará; Se ríe como un idiota, sin razón.

Pero no; tengo razón. Me sobran razones para reír, al igual que me sobran idiotas. Idiotas, ya digo, que vuelven del pasado, como un eco.

viernes 16 de marzo de 2012

545

Entre el gran hombre y nosotros se interpone un radiador.

Gómez Dávila quizá fue uno de esos niños bien que nacieron para abrazar libros. Estudió filosofía sin salir de casa y se hizo una biblioteca de treinta mil volúmenes, en la que se encerró de por vida. Solo salió para hacerle unos cuantos hijos a su señora. Bueno, creo que estuvo en París unos meses. En las fotos parece un hombre muy serio, casi cabreado, pulcro, con un bigotillo de director de banco. En alguna aparece con sus nietos, que nos recuerdan el espíritu melenudo de la época. Dejó escritas miles de notas breves de tipo aforístico que él denominó escolios. Se podría decir que así como con buenos sentimientos no se hacen buenas novelas, y lo dejó dicho ya no me acuerdo quién, también podríamos decir que con muchas ilusiones en la humanidad no se piensa nada que valga la pena. Cuando hablan de Gómez Dávila sale pronto la palabra reaccionario. Era un monstruo, y hablaba desde ese otro planeta en el que vivieron otros monstruos como Schopenhauer, Nietzsche, Cioran. Aunque Gomez Dávila estaba en otras cosas. Era católico, muy católico, y saca a la Iglesia y al demonio cada dos por tres. Hay que pensar que su demonio no será el sujeto con cuernos y tridente que se presenta ocasionalmente en misas negras y demás festividades relacionadas con él. Pero no deja de ser algo chocante, hasta cómico.

Por lo demás muy lúcido, corrosivo. Escupitajos a la estupidez contemporánea.

Una de sus notas da la mejor definición de literatura que haya encontrado: "A la literatura pertenece todo libro que se pueda leer dos veces."

Sí, inapelable. Más allá de los géneros. Qué importan los géneros.

Sobre lo moderno: "Moderno es lo que queda después de matar la poesía."

Poesía: "Una antología de poesía contemporánea, en cualquier época, resulta pronto un camposanto de abortos."

miércoles 14 de marzo de 2012

544


De ayer, estas fotos, en El País. En portada la primera (arriba izquierda), la más bonita. El tal Juncker (presidente del Eurogrupo) estrangulando de muy buen humor al ministro de Economía español. Guindos, entre indiferente y sumiso, se deja hacer, como esperando a ver en que acaba la cosa. Está pensando; Pero qué cojones... Después de estrangularle un poco, cariñosamente como quien dice, Juncker, que debe ser un cachondo, dice; ¡Sorpresa!... ¡Era broma!

Ahí De Guindos, o Guindos, yo qué sé, reacciona. Ah, bribón, sinvergüenza, cómo sois, cabrones europeos, entragulándome así, de repente. Guindos, o de Guindos, ya sonríe como si le hubiesen contado un chiste bueno, o bastante bueno. No el mejor chiste del mundo, porque a fin de cuentas era su pescuezo y siempre se queda uno de gilipollas si le hacen la comedia del estrangulamiento delante de todo el mundo. Qué gracia tiene el tío, voy a abrazarlo, voy a quererlo de corazón, pues habiéndome apretado el cuello me saluda ahora con una risa de buen amigo. Ven aquí amiguete. Guindos en la tercera foto ya sonríe sinceramente, toda esa tensión de las reuniones con los gabachos y los teutones, todo eso aflora tras esa broma. Parece que se separan un poco, como para verse mejor, para coger carrerilla hacia ese gran abrazo de oso que se dan.

En la última foto De Guindos, o Guindos, sea como sea, el mismo, se hunde, se acopla perfectamente al abrazo del amigo comunitario. Podría ser, incluso, un vampiro, nuestro ministro, clavando sus colmillos en el desprotegido cuello del tal Juncker. No, seguro que no hay más que afecto, catarsis. Juncker, que ha dejado que el otro se encaje bajo su cuello, parece consolarlo. Incluso podría haber unas palmaditas en la espalda, ya con la seriedad del que está tratando con sentimientos. Lo más tierno es el codo del ministro.

domingo 11 de marzo de 2012

543

"Escarranchada", de F. Leiro, rodeada de hombrecillos, a todas luces no-gallegos por ese aspecto de infralimentados que presentan.

De vez en cuando nos juntamos varios gallegos, quizá hartos de no saber si subimos o bajamos escaleras, y nos dedicamos a masticar. Solemos masticar con la boca entreabierta, nada de finuras, nada de rumiar como marquesas, y para ello es muy importante elegir con cuidado el lugar. Es decir; el lugar ha de ser un lugar cualquiera, formica en las mesas, new age en las paredes, de gente de la tierra, con mucha sombra de pelo en la cara, ellos, y el rostro antiguo de la raza, y la bata floreada de todo matriarcado, ellas. Porque el gallego, por comer, come de todo, es un gran masticador, pero tiene un paladar que no es cualquier cosa. Acostumbrado desde niño a la carne y al pescado fresco, a la carne del amigo carnero y de la amiga vaca y por supuesto del familiar cochino, no hablemos de los tesoros de las rías ni de las verduras de la tierra casi radiactiva (todo natural), no soporta que le pongan ante las narices una espumilla de gato recién vomitada por el chef. En fin, el gallego arruga la nariz al mismo tiempo que olfatea el churrusquín espumoso del plato/ bandeja en claro signo de desprecio. No, así no vamos a ninguna parte y se queda el gallego en casa, oyendo la radio y haciéndose amigo del cocido. Sabemos que el mejor amigo del gallego es el cocido, y lo sabemos porque soy gallego y solo con el cocido me atrevo a determinadas confidencias.

Lo mejor es apartarse de las ciudades para el buen y largo masticar. En las ciudades ya todo es disfraz, un señorío de familias domingueras y hastiadas, o ni eso. Hay que perderse por carreteras secundarias rodeadas de valles verdes y enormes vacas consagradas a la siesta (cómo se levantarán, ¡sin brazos!, qué difícil ser vaca), viudas ancianas de pañoleta caminando por el arcén de toda carretera, como gnomos, y un sinfín de diminutos seres con los pelos puntiagudos y la piel encerada que apenas miran por encima del volante de sus coches tuneados. Es el reino de los dos canales de televisión (la primera y la gallega), como un viaje espacio/ temporal al pasado en el que todavía es posible llevar blusas estampadas verde marujito sin mostrarse irónico. Cierto rescate cool de lo horrible que es lo que uno se atreve a llevar mostrando un cierto nivel cultural.

Encontramos entonces el lugar cualquiera, que en realidad no es tan cualquiera (todo es disimulo en el gallego, como si no fuese con él la cosa); ha sido previamente chivado por otro masticador. Las bondades, pues, material de primera y gasto mínimo. Es la antropología la que cocina, la que ya ha sentado las bases científicas de esa cocina, la McDonalización de la tradición, personificada en la señora, ya digo, la madre generosa de carnes, la teta felliniana que nos alimenta. Una vez cruzado el umbral de aluminio entendemos que es el lugar. Nadie con cara de enfermo (hasta los viejos moribundos le chupan el cerebro a los langostinos), nadie sin las mejillas coloradas, nadie sin comunicarse a gritos en un descanso a los músculos de las mandíbulas, como un tour de force con el ruido ambiental. Nadie sin el palillo en la boca, para despejar la pista al siguiente plato.

Me encanta este país. Como nos quiten el cocido inventamos la guillotina.

sábado 10 de marzo de 2012

542

Aparco una memoria, un tocho, toda una vida, muy bien escrita, se dice quizá expresionista. Mejor Faulkner, lo prefiero; el misterio es mayor en Faulkner, su prosa tiene más fuerza que su dolor de muelas como escritor. ¿Flaubert, la obsesión de Flaubert? Se supone. Faulkner no necesita copiar de la memoria. No hay una película que poner en palabras. Por ejemplo, en Luz de agosto las cosas ocurren en la frase; la prosa crea ese mundo y no hay más mundo más allá de la página. No hay otro mundo por el que cotejar lo escrito. Es la suya, la de Faulkner, una memoria si acaso que empieza y acaba en el momento de escribir. Una memoria que nadie ha llamado. Y eso hace también Thomas Wolfe. Periférica, la editorial de Julián Rodríguez, acaba de publicar hace nada El niño perdido. Novela breve, pero enorme el recuerdo que me queda de ese libro. Delicado, importante. Todo lo que importa ahí reunido; ni cien páginas. En cambio al entrar en El ángel que nos mira (Valdemar, 2009) la memoria es una memoria lineal, "a la antigua", que decía Benet en sus pequeñas memorias (Otoño en Madrid hacia 1950). Sí, muy bien escrita, con mucha escritura, con grandes sueltos, pero con esa vida ordenada que él mismo se ha contado muchas veces por encima. La vida que nos hemos contado a nosotros mismos muchas veces; coño, nuestra vida. Y a otros. Ya se conforma uno con esa versión; la adopta, la oficializa. Un día nos decimos; Esta es nuestra vida, ahí nacimos, y aquí vivimos.

La memoria así se cuenta, pero aburre escribirla. Requiere yo creo esquivarla, darle la espalda, para que nos ilumine con sus fogonazos. Proust, y no hace falta irse a siete tomos. El ejemplo, ya digo, ese El niño perdido. En la otra me quedo en la segunda parte. Me doy el respiro para ver el bosque. Y sí, se me cuela esa memoria de Benet, que puede ser quizá el mejor libro de Benet, quizá por ser el menos ambicioso. El problema de estilo que yo le veo a Benet es una cierta oscuridad; pero no la del poeta (ese sería Faulkner a veces), sino del abogado, del señor que pasea muchos papeles en un negociado, que lleva toda la vida paseando papeles. Pero ese es otro asunto.

jueves 8 de marzo de 2012

541


Se murió el hijo de Vladimir Nabokov. Se llamaba Dimitri. Qué si no. Algunos supimos de su existencia cuando se publicó El original de Laura, un bocetillo de novela. Escandalizados dejó al personal. Como si de la pluma de Nabokov solo pudiesen salir los textos ya hermosos y acabados. Era un Nabokov así como aromatizado; un aire de zanahoria. Ya lo había advertido papá Nabokov; al morir me quemáis estas fichas. Vera no pudo hacer frente a la petición. La verdad es que menudo marrón; cómo quemarle a Nabokov un papel. O a Kafka, claro. Yo me quemaría los míos, de haberlos, por el gusto de borrarme donde salgo desfavorecido, pero quemar los de otro, y más un Nabokov. Ni siquiera me atrevo a tirar los prospectos de las aspirinas. Que cada uno se queme sus papeles si quiere y que no joda con recados a los que quedan vivos. Dimitri, ante la duda, eligió el dinero. Hizo bien. Llevó al parecer una de esas vidas de hijo de rico crápula, que un día se levanta cantante de ópera y al siguiente piloto de carreras. Entre tanto fue volcando al inglés las novelas rusas del padre. Su foto de recién fallecido en todos los medios es la de un señor encarnado de mirada de lagarto con el retrato de su padre al fondo. Se arrima al padre, o le sacan arrimado, con esa llaneza de algunos fotógrafos por el brochazo elemental. Ahí queda, como la sombra un poco tarambana del genio.

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Lo más chocante del paranoico es su falta de modestia. Como si le importara a alguien lo que hace.

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De Nietzsche me duele sobre todo Sócrates. Porque Sócrates, efectivamente, tiene todos los vicios y las peores inclinaciones. Era "horroroso", la fealdad llevada al extremo, y "del más bajo origen", además de delincuente, mestizo, monstruoso, moribundo y enemigo de la vida. "Un cansado de vivir", escribe el señor del martillo. Pero, hombre, entre orgía y orgía, tampoco está mal hablar algo. Sócrates es ese hijo drogadicto que nos ha dado muchos disgustos, todos los disgustos. Él nos ha hecho creer en una vida en limpio y resulta que todo era alfalfa. Pero y qué; nosotros diríamos: Tiene buen corazón, y discute de maravilla.

martes 6 de marzo de 2012

540

Qué digna te veo. Haces bien, que les den por culo.

Por la mañana, en la radio del coche, Summertime sadness. Esa mujer, esa cosa, postal vieja. Voz de postal encontrada en un cajón cuarenta años después. Es la niña mayor, como agrandada de la noche a la mañana, casi monstruosa. Entiendo que la odien. Qué coño se cree con esa boca. Una mujer frágil, como un jarrón chino, que ni es chino ni acaba de ser un jarrón. Hasta sus antiestéticos pelos en los brazos me parecen dignos de admiración. Todo en ella es hermoso, y cuanto más horrible más hermoso. Ese chin pum barato que pone la piel de gallina.

Así que empiezo el día con Lana del Rey. Son esas vacaciones de uno mismo, digo yo, de las que hablaba Ortega. O no, o qué más da.

Por la tarde vuelvo con Nietszche y Chaplin de la biblioteca. Nietszche para mí (El ocaso de los ídolos) y Chaplin para ella (El circo). Hacemos los deberes. Buscamos en el diccionario vivíparos. Ovíparos lo damos por buscado. Buscamos en el diccionario réptil. El becerro es la cría de la vaca. Cuando pienso en siesta pienso en becerro. Es una asociación involuntaria. Hay, además, lobos, tortugas y ranas en esos deberes.

Después hago la cena. Bajo la basura, ladran los chuchos del mundo, todavía se mueven las luces, al otro lado de la nada. Leo un artículo de Vila-Matas. Habla de David Hockney, de Samuel Johnson y su gato eterno en Gogh Square, de Pálido fuego y Nabokov. Habla de una felicidad irreal, pero felicidad a fin de cuentas. Del buen humor de la verdadera vanguardia. Me pone de buen humor el buen humor de la verdadera vanguardia, sea lo que sea la verdadera vanguardia (no leí Pálido fuego).

Y el eterno retorno.

domingo 4 de marzo de 2012

539


Yo no sé si el periodismo, como decía Valle, avillana el estilo; lo que sí parece claro es que avillana la realidad cuando la simplifica. Esa realidad unidimensional que equipara el tacto del periodista con el rigor de un señor de bata blanca observando microbios a través el microscopio. El estilo, a fin de cuentas, no deja de ser sino el ropaje con el que se viste la realidad. En ese rigor supuesto del periodismo por impregnarse de la realidad sin mancillarla hay una gran ingenuidad. Y si no es ingenuidad es algo peor, es manoseo, magreo; a la manipulación se llega por insistencia. Una rutina que acaba calando, como el orvallo. Es como si el principio de incertidumbre excluyese al periodismo, cuando el periodismo es precisamente eso; estar ahí. La mirada necesaria, vigilante. Yo diría que en ese sentido lo que diferencia verdaderamente a un país libre o democrático de uno que no lo es es la salud de su periodismo. Evidentemente una cosa lleva a la otra; sin libertad no hay periodismo, pero sin periodismo no hay libertad.

Ahora, cuando el periodismo se vuelve sobre sí mismo, excluyendo la pluralidad de las versiones de la realidad, entonces es una engañifa. El periodismo científico no existe; no hay nada, por suerte, menos objetivo que una palabra, una frase. "Escribimos lo que decidan las palabras", decía Carlos Pujol en su Cuadernos de escritura. Todo son aproximaciones. Mientras el periodismo trabaje con palabras será cualquier cosa menos científico. Si acaso cientificista, otra superstición. Y la conozco bien, en mayor o menor medida no creo que me libre nunca de ella del todo. De la estadística sí, de esa ni caso. El periodismo, efectivamente, es necesario, pero no suficiente. No es la verdad; es una verdad más, una verdad disciplinada. Una verdad para hoy. Mañana ya se verá. Queda como literatura de ayer. Buena o mala, y eso ya es otro tema.


jueves 1 de marzo de 2012

538

Me traen "Diario de invierno". Yo creo que es el segundo libro de Auster que leo, lo que no es mucho, teniendo en cuenta que lleva ya unos cuantos. ¿Y? Pués no sé. Lo leí. Eso parece todo. Ni siquiera fue una lectura exhaustiva, se me quedó más o menos el diez por ciento por el camino. Dicho esto, el diez por ciento es despreciable. Son esos párrafos que te saltas porque eres un lector perezoso. Un lector perezoso de novedades. Y porque Auster se queda a veces en esa prosa de anécdota de sobremesa, y da igual que lo contado sea cierto o no. Son cosas, de todas formas, que no pueden no ser ciertas; todos hemos tenido una infancia, con peleas, con asombros, con cicatrices, con pelotas de fútbol o béisbol, y así, sin más; todos hemos sido los campeones nacionales de masturbación de nuestros respectivos países, o incluso continentes. Es decir; todos hemos sido cualquiera, nadie, uno que se recuerda para los demás, el mismo que otros han recordado antes. La vejez, el invierno, las costillas pegadas a la calefacción. Se ha labrado, tras una vida de esfuerzos escribiendo, el derecho a disfrutar de una vejez cómoda, recordando los buenos y los malos tiempos, los infartos, el pánico a los infartos, los accidentes, los poetas franceses que tradujo o no sé qué hizo con ellos, lo guapa que es su mujer y lo mucho que la ama y la amará, las casas en las que vivió, su primer polvo, los huesos que se rompió, etcétera. Ya digo, me parecieron muy torpes, sin vuelo ni novedad, las escenas en las que más o menos pretende traernos al niño que fue. Claro que después de leer "El niño perdido" de Thomas Wolfe qué me iban a parecer.

Hay más cosas. El sendero confesional; la tía repulsiva también sale. El drama. Una taquicardia.

El suelo frío. El estornudo. Me sabe a poco este invierno.



*

Precisamente podríamos decir que el libro de Auster es, a primera vista, algo muy íntimo; quiere darnos una historia de su cuerpo: "Habla ya antes de que sea demasiado tarde, y confía luego en seguir hablando hasta que no haya más que decir. Después de todo, se acaba el tiempo. Quizá sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy."

Lo que pedantescamente llama "fenomenología de la respiración". Ahí está, un cuerpo, expuesto a lo largo de la vida. No hay mucho que decir. Nada nuevo bajo el sol. Lleva la humanidad tirándose de pedos desde que el mono se puso de pie y miró al horizonte. El diario, más bien unas memorias, levanta el vuelo cuando se sale de esa intimidad del cuerpo, se adentra en los sentidos y en el recuerdo, olvidándose del plan preestablecido. Porque no hay nada más aburrido que el catálogo de lo que un cuerpo caga, mea, come y duerme. Es un libro que, siendo intimísimo de intención, se queda en una vida para contar, la vida ya narrada antes de ser escrita. La vida por fuera, el biombo de lo privado. Es una intimidad, si acaso, calculada, de segunda mano. La intimidad reconocida y esperada por todo el mundo; la menos íntima, sin duda.

La intimidad en literatura es un tono. Se escribe para uno mismo, de ahí ese tono; se va descubriendo esa intimidad según se va escribiendo. Después viene o no el otro, el lector, el segundo lector, si llega, que la reconoce al momento. La intimidad literaria sería aquello que uno necesita escribir, por encima de cualquier cálculo racional o social. Es un refugio. Mucha de la supuesta literatura íntima tiene la intimidad de un baile disfraces. Cada uno se disfraza de lo que quiere. Algunos se disfrazan de señor en pelotas.


viernes 24 de febrero de 2012

537

Escribir. Casi es una palabra que me resisto a escribir. Cada vez que la escribo en algún cuaderno me digo; ya estamos. Le va cogiendo uno tirria a la palabra, como si al usarla estuviese faltando a lo que la propia palabra expresa, como si escribir sobre escribir convirtiese toda página en un clinex usado. Y en cambio he leído cosas muy instructivas y hermosas sobre el tema. Bah, no esos manuales que nos hablan de la estructura, del estilo, de los personajes, del tiempo, esas idioteces que nos enseñan a escribir novelas, sobre todo a los que nacimos pobres. Manuales como de guión de novela. No, eso no. Bueno, sí, hay una artesanía que es necesario aprender, pero que también es necesario, quizá más necesario, olvidar. Si persisten los conocimientos darse un golpe en la cabeza como hizo el buen Borges, antes de convertirse en el gran Borges. Me estoy acordando de Canetti, muy consciente de lo que es escribir, leer... que tantorumia en sus apuntes. Handke, también. Kafka en el Diario. Stevenson. Proust, cuyo libro Sobre la lectura he leído tres o cuatro veces. Y claro, Nietzsche ("Se aprende más rápidamente a escribir con grandilocuencia que llano y ligero. Los fundamentos de ello se pierden en lo moral"). Me recomiendan Cuadernos de escritura, de Carlos Pujol. Aforismos y artículos sobre leer y escribir. Dice Pujol en el prólogo: "Más que consejos, que siempre encierran el peligro de que alguien los siga, son avisos para la propia navegación, recordatorios de uso semiprivado que no aspiran a hacer prosélitos."

Se leen los aforismos y casi se jalean como hacen las aficiones con la alineación de un equipo ("Hacer libros divertidos pero secretos, ésta es la fórmula"). Los hay esenciales, que confirman lo que ya estaba en nosotros, pues el buen aforismo también lo es porque lo reconocemos, porque larvado (o no) permanecía en nosotros. La literatura es un reconocimiento y el aforismo más. De vez en cuando un palo; inevitable, maestro. No había leído apenas a Pujol, pero al hablar de literatura me está hablando de lo que yo entiendo por literatura. Estamos en el mismo barco, o en la misma chalana. Somos dos, somos doscientos, no sé. Parece que entre dos y doscientos, no más. Entre los best-sellers y los supermodernos tiene que haber un rincón para los solitarios. Y están esas maldades también, qué sería de la vida sin esas gotas de limón. Hay que saber reírse de todo; "Lo peor de la literatura son los que dan lecciones acerca de cómo escribir."

viernes 17 de febrero de 2012

536

Nos retrasamos un poco al levantarnos por ver como acaba el sueño. Pero nunca se acaba, como una película de Terrence Malick. Esta vez me perseguía un ciego, tal cuál, y cuando la situación se hizo insostenible me desperté y lo mandé a la mierda.

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Es tan alto que se mira los pies como si no fueran suyos. Y al andar confirma, efectivamente, que no son suyos. Parece que esté deseando quitárselos de encima, como la que en una fiesta lanza los tacones al aire.

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Leemos el periódico cada día como para no olvidarnos de darles de comer a los peces. De todas formas nos olvidamos y cuando nos acordamos se les ve muy agitados. Se mueven como insultándonos. Y con razón.

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El perro, en brazos de su dueña, nos mira desconfiado, como si le fuésemos a morder una oreja. La dueña, lo mismo. Y vuelvo a la perra.

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Si fuese pintor me pasaría la vida dibujando manos. Seguro que necesitaría varias vidas para hacer una que estuviese bien. Lo mismo que al escribir; me paso la vida dibujando manos.

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Cuando se encuentra mal me pide consejo, como si en cuestión de enfermedades y medicamentos le llevase dos vueltas de ventaja. Entonces me hago el interesante. Y digo; Lupus. Pero sólo tiene la garganta irritada y dolor de cabeza.

jueves 16 de febrero de 2012

535

Tengo un amigo que dejó de ir a los conciertos del auditorio hace años para no encontrarse el culo de Beiras de frente, siempre a punto de tomar asiento pero siempre levantado, omnipresente, atascando el pasillo entre las butacas. Era quizá la perpetuación allí de ese trasero lo que le irritaba, ese hombre poniéndonos el culo delante mirásemos donde mirásemos, impidiéndonos el paso, girando como una brújula. Hablamos de un trasero importante, de gran calibre, habitualmente de blanco, como si acabase de llegar de Cuba. Bueno, no sé por qué Cuba. Así como Castro se ha hecho una momia verde para la historia, ahora en chándal, a Beiras lo he visto siempre de blanco y pasará a la historia como eso; alguien que quiso llegar a la presidencia de la Xunta vestido de blanco, como un principito del nacionalismo. Un blanco arrugado, como de lino autóctono, a juego con sus rizos merinos.

La suya ha sido una carrera decepcionante. Mientras la política gallega bostezaba él machacaba el estrado con un zapato, al modo de Kruschev. Eso es todo, aunque es mucho más de lo que hicieron la mayoría. Después lo jubilaron, como al loco que dejan en un sanatorio, y nos quedamos sin saber si este hombre nos habría sacado del atraso económico que padece Galicia desde lo de Adán y Eva. Al menos del aburrimiento es seguro que sí.

Ahora ha vuelto. Y ha vuelto para decir que se va. Se lleva con él a unos cuantos, entre ellos al alcalde de Teo, aquí al lado, y el BNG que era menos de media galleta se rompe. Quizá vuelva la juerga.