
10. Hasta el final de sus días Hitler torturó a su círculo íntimo (colaboradores, secretarias, ayudantes…) con interminables monólogos soporíferos que duraban hasta las tantas de la madrugada. Como la situación era insostenible pensaron en asistir por turnos a esas veladas. Por lo que cuenta Speer el aburrimiento era a veces insoportable.
Vemos que el objetivo de Hitler no era tanto dominar el mundo (aunque también, como algo secundario o derivado de lo más importante… una vez dominada Europa lo demás vendría sólo), sino construir una Alemania del Tercer Reich, literalmente, una arquitectura grandiosa que dejase durante siglos la huella de un nuevo Alejandro Magno. Hitler quería firmar con moles de granito Alemania entera, y todo para que las generaciones futuras tuvieran conocimiento de su paso por la tierra. Para ello Speer se sacó de la manga su "teoría del valor como ruina", que se traducía principalmente en la renuncia en la medida de lo posible al hormigón armado y a la estructura de acero en todos los elementos constructivos para que estos edificios "pudieran legar a la posteridad el espíritu de su tiempo", que como digo era la razón primera que movía a Hitler en el afán edificador.
En ese sentido podríamos decir que las pretensiones de Hitler eran más artísticas que otra cosa. Fue en todo caso un artista mediocre consciente de su mediocridad. Esto se ha dicho mucho, y por lo leído aquí parece cierto. Más que dictador a Hitler le hubiera gustado ser un arquitecto reconocido. Si a Hitler le hubiesen dicho que dibujaba bien quizá no hubiese llegado a canciller de Alemania. Aquí vemos el mal que puede hacer una mala crítica. Pero ya habiendo llegado a donde había llegado, y mientras lograba sus objetivos verdaderos, de paso conquistaba Europa y el mundo. Era su gran obsesión la arquitectura, el legar algo grandioso a la posteridad; y concretamente las obras que había proyectado con la ayuda de Speer: "Comenzaré las obras antes de que acabe la guerra. No dejaré que la guerra me impida hacer realidad mis propósitos" [Pág. 337]. Claro que sus proyectos eran tan faraónicos que sólo llegando a ser el que fue podría tener alguna oportunidad de construirlos. Con Speer a su lado y todos los millones de marcos necesarios parecía posible. Es significativo lo que dice el padre de Speer (también arquitecto) cuando le enseña las maquetas su hijo ya célebre: "¡Os habéis vuelto completamente locos!".
Es decir; Hitler se convirtió en el Führer para poder ser el arquitecto que nunca había podido ser. Lo demás era secundario: "Entonces le gustaba repetir sus viejas lamentaciones de que en realidad se había hecho político en contra de su voluntad, que en el fondo era arquitecto frustrado y que si no había logrado ejercer era sólo porque había tenido que convertirse en promotor estatal para encargar las únicas obras que estaban a su altura".
11. El narrador no oculta, al contrario, su ambivalencia de sentimientos hacia Hitler. Este es otro gran atractivo del libro. Está tan claro, por todo lo que narra Speer, que la incompetencia de Hitler era sobrada, que sorprende ver cómo una y otra vez Speer se derrumba siempre que Hitler parece distanciarse de él. Por una parte la razón le dice claramente que está ante un demente culpable de todo lo malo que le pasa a Alemania, y de la predecible destrucción del pueblo alemán (y además el destino de éste le importa un pepino a Hitler, basándose en su teoría de que si el pueblo alemán no puede ganar la guerra es que no merece sobrevivir), y por otra parte no puede evitar sentir una atracción y admiración irracional por ese memo incompetente. Hasta afecto verdadero, yo creo.
Incluso en la despedida (acude al búnker de la Cancillería para ver por última vez a Hitler cuando no está muy seguro de que este, en un delirio final, no le meta un tiro en la barriga), y después de comprobar que ese hombre había arrasado Alemania y los territorios ocupados llevado por el fanatismo y la barbarie nunca vista, pues a pesar de todo se emociona: "Aquel anciano tembloroso volvió a estar frente a mí por última vez; aquel a quien decidí consagrar mi vida doce años antes. Yo estaba emocionado y confuso al mismo tiempo. Él, en cambio, no mostró la menor excitación cuando nos hallamos cara a cara. Sus palabras fueron tan frías como la mano que me tendió.
-Entonces, ¿se marcha? Bien. Adiós.
Ni un saludo a la familia, ni buenos deseos, ni gracias, nada. Por un momento perdí el control y le dije que pensaba volver. Pero él pudo advertir con facilidad que se trataba de una mentira piadosa y se volvió hacia otro lado. Ya me había despedido".
12. A Hitler los sufrimientos o los problemas sociales de su pueblo alemán le importaban un comino. Su desprecio por el género humano era total. En Nuremberg Speer llegó a decir que si Hitler hubiese tenido amigos él hubiese sido uno de ellos. Pero lo que parece quedar bastante claro en estas memorias es que Hitler no tenía amigos, o como mucho uno: su perra pastor, Blondi. "Es probable que aquel perro pastor desempeñara el papel principal en la vida de Hitler; era más importante que sus estrechos colaboradores. Cuando en el cuartel general no había ningún invitado que le resultara agradable, Hitler comía solo en compañía del perro" [Pág. 544].
Speer detalla como Hitler se va quedando solo. La cadena de fracasos y la inminencia del desastre final desperdiga a los que antes no dejaban de visitarlo: "Hitler fue perdiendo el contacto con sus semejantes paulatinamente, de una forma casi imperceptible. Una observación que repetía con frecuencia desde otoño de 1943 hacía patente su infeliz aislamiento:
-Speer, llegará el día en que ya no tendré más que dos amigos: la señorita Braun y mi perro.
Su tono era tan misantrópico y directo que yo no podía recordarle mi lealtad ni mostrarme herido. Visto desde fuera, esta parece haber sido la única predicción en la que acertó de pleno, aunque no se debiera a sus propios méritos, sino más bien a la valentía de su amante y a la dependencia de su perro".
Speer reconoce que, después de todo, nunca llegó a conocerlo del todo. Pero parece haber una conclusión bastante clara: el mejor amigo de Hitler fue Blondi, su perra. Se le administró una cápsula de cianuro justo antes de que Hitler y Eva Braun se suicidaran. Por un episodio de Los Simpsons se sabe que Blondi está en el infierno de los perros.


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