12/12/09

El mejor amigo de Hitler (y 3)

Aquí Hitler y su verdadero mano derecha, Blondi.

10. Hasta el final de sus días Hitler torturó a su círculo íntimo (colaboradores, secretarias, ayudantes…) con interminables monólogos soporíferos que duraban hasta las tantas de la madrugada. Como la situación era insostenible pensaron en asistir por turnos a esas veladas. Por lo que cuenta Speer el aburrimiento era a veces insoportable.

Vemos que el objetivo de Hitler no era tanto dominar el mundo (aunque también, como algo secundario o derivado de lo más importante… una vez dominada Europa lo demás vendría sólo), sino construir una Alemania del Tercer Reich, literalmente, una arquitectura grandiosa que dejase durante siglos la huella de un nuevo Alejandro Magno. Hitler quería firmar con moles de granito Alemania entera, y todo para que las generaciones futuras tuvieran conocimiento de su paso por la tierra. Para ello Speer se sacó de la manga su "teoría del valor como ruina", que se traducía principalmente en la renuncia en la medida de lo posible al hormigón armado y a la estructura de acero en todos los elementos constructivos para que estos edificios "pudieran legar a la posteridad el espíritu de su tiempo", que como digo era la razón primera que movía a Hitler en el afán edificador.

En ese sentido podríamos decir que las pretensiones de Hitler eran más artísticas que otra cosa. Fue en todo caso un artista mediocre consciente de su mediocridad. Esto se ha dicho mucho, y por lo leído aquí parece cierto. Más que dictador a Hitler le hubiera gustado ser un arquitecto reconocido. Si a Hitler le hubiesen dicho que dibujaba bien quizá no hubiese llegado a canciller de Alemania. Aquí vemos el mal que puede hacer una mala crítica. Pero ya habiendo llegado a donde había llegado, y mientras lograba sus objetivos verdaderos, de paso conquistaba Europa y el mundo. Era su gran obsesión la arquitectura, el legar algo grandioso a la posteridad; y concretamente las obras que había proyectado con la ayuda de Speer: "Comenzaré las obras antes de que acabe la guerra. No dejaré que la guerra me impida hacer realidad mis propósitos" [Pág. 337]. Claro que sus proyectos eran tan faraónicos que sólo llegando a ser el que fue podría tener alguna oportunidad de construirlos. Con Speer a su lado y todos los millones de marcos necesarios parecía posible. Es significativo lo que dice el padre de Speer (también arquitecto) cuando le enseña las maquetas su hijo ya célebre: "¡Os habéis vuelto completamente locos!".

Es decir; Hitler se convirtió en el Führer para poder ser el arquitecto que nunca había podido ser. Lo demás era secundario: "Entonces le gustaba repetir sus viejas lamentaciones de que en realidad se había hecho político en contra de su voluntad, que en el fondo era arquitecto frustrado y que si no había logrado ejercer era sólo porque había tenido que convertirse en promotor estatal para encargar las únicas obras que estaban a su altura".

11. El narrador no oculta, al contrario, su ambivalencia de sentimientos hacia Hitler. Este es otro gran atractivo del libro. Está tan claro, por todo lo que narra Speer, que la incompetencia de Hitler era sobrada, que sorprende ver cómo una y otra vez Speer se derrumba siempre que Hitler parece distanciarse de él. Por una parte la razón le dice claramente que está ante un demente culpable de todo lo malo que le pasa a Alemania, y de la predecible destrucción del pueblo alemán (y además el destino de éste le importa un pepino a Hitler, basándose en su teoría de que si el pueblo alemán no puede ganar la guerra es que no merece sobrevivir), y por otra parte no puede evitar sentir una atracción y admiración irracional por ese memo incompetente. Hasta afecto verdadero, yo creo.

Incluso en la despedida (acude al búnker de la Cancillería para ver por última vez a Hitler cuando no está muy seguro de que este, en un delirio final, no le meta un tiro en la barriga), y después de comprobar que ese hombre había arrasado Alemania y los territorios ocupados llevado por el fanatismo y la barbarie nunca vista, pues a pesar de todo se emociona: "Aquel anciano tembloroso volvió a estar frente a mí por última vez; aquel a quien decidí consagrar mi vida doce años antes. Yo estaba emocionado y confuso al mismo tiempo. Él, en cambio, no mostró la menor excitación cuando nos hallamos cara a cara. Sus palabras fueron tan frías como la mano que me tendió.

-Entonces, ¿se marcha? Bien. Adiós.

Ni un saludo a la familia, ni buenos deseos, ni gracias, nada. Por un momento perdí el control y le dije que pensaba volver. Pero él pudo advertir con facilidad que se trataba de una mentira piadosa y se volvió hacia otro lado. Ya me había despedido".

12. A Hitler los sufrimientos o los problemas sociales de su pueblo alemán le importaban un comino. Su desprecio por el género humano era total. En Nuremberg Speer llegó a decir que si Hitler hubiese tenido amigos él hubiese sido uno de ellos. Pero lo que parece quedar bastante claro en estas memorias es que Hitler no tenía amigos, o como mucho uno: su perra pastor, Blondi. "Es probable que aquel perro pastor desempeñara el papel principal en la vida de Hitler; era más importante que sus estrechos colaboradores. Cuando en el cuartel general no había ningún invitado que le resultara agradable, Hitler comía solo en compañía del perro" [Pág. 544].

Speer detalla como Hitler se va quedando solo. La cadena de fracasos y la inminencia del desastre final desperdiga a los que antes no dejaban de visitarlo: "Hitler fue perdiendo el contacto con sus semejantes paulatinamente, de una forma casi imperceptible. Una observación que repetía con frecuencia desde otoño de 1943 hacía patente su infeliz aislamiento:

-Speer, llegará el día en que ya no tendré más que dos amigos: la señorita Braun y mi perro.

Su tono era tan misantrópico y directo que yo no podía recordarle mi lealtad ni mostrarme herido. Visto desde fuera, esta parece haber sido la única predicción en la que acertó de pleno, aunque no se debiera a sus propios méritos, sino más bien a la valentía de su amante y a la dependencia de su perro".

Speer reconoce que, después de todo, nunca llegó a conocerlo del todo. Pero parece haber una conclusión bastante clara: el mejor amigo de Hitler fue Blondi, su perra. Se le administró una cápsula de cianuro justo antes de que Hitler y Eva Braun se suicidaran. Por un episodio de Los Simpsons se sabe que Blondi está en el infierno de los perros.

10/12/09

El mejor amigo de Hitler (2)

Que no se caiga el águila...

6. Una curiosidad. De las novecientas y pico páginas que tiene el libro creo que no aparece la palabra judío más una media docena de veces, como mucho. Un par de veces en el prólogo, para comentar lo mucho que le perturba la foto de una familia de judíos camino del crematorio que le enseñaron en los juicios de Nuremberg. Por lo demás, si dentro de doscientos años un ignorante leyera este libro intentando conocer qué había pasado en la Segunda Guerra Mundial se quedaría con la idea de que lo más grave que había pasado era que la continúa metedura de pata de Hitler había llevado a Alemania al desastre final, a la aniquilación de miles de alemanes por los caprichos de un idiota con carisma y también a la muerte de algunos enemigos soviéticos, ingleses y norteamericanos. Y punto. Pero ni una palabra sobre el holocausto, así llamado, o shoah. El antisemitismo de Hitler y los demás parece más una extravagancia que otra cosa. Admite Speer, llevado por su celo en la producción de armamento, a deportar y usar prisioneros de guerra en sus fábricas alemanas. Por lo demás no pasó nada.

Es difícil creer que un ministro de Hitler (y no uno cualquiera, sino uno de sus ministros estrella, y uno de los más cercanos a él) no supiera nada del aniquilamiento de judíos. ¿Acaso no le olía a fritanga? ¿Se lo ocultaban para que no se desmayase? Improbable.

Se sabe, al parecer (los historiadores tendrán papeles que lo demuestren), que escuchó el discurso de Posen, donde el tal Himmler dejó más que claro que el único judío bueno es el judío muerto. Speer en todo caso no dice palabra en todo el libro sobre el tema y alegó en su momento no estar al tanto de lo que se hacía en los campos de exterminio.

Me parece que a Speer el exterminio en los campos de concentración nunca debió parecerle bien. Pero no por razones éticas. Yo creo que debía parecerle poco práctico. Un gasto inútil y una pérdida absurda de personal.

7. Algunos nombres: Heinrich Himmler, Martin Bormann, Herman Goëring, Rudolf Hess, Alfred Rosenberg, Reinhard Heydrich, Fritz Sauckel, Sepp Dietrich … Y vaya retratos que hace Speer. Vaya personajes. Claro que con esos nombres tampoco iban a ser ecologistas o jipis.

8. El gran tema del libro es el poder. Sus intrigas. El poder y su inevitable atracción: "… el afán de ejercer un poder puro, de efectuar nombramientos, de disponer de miles de millones, finalmente había conseguido sobornarme y embriagarme".

9. "Puede que hoy en día Hitler se haya convertido en un objeto de frío estudio para el historiador; pero para mí sigue siendo una persona, sigue estando físicamente presente". Esto es lo mejor del libro; la presencia física de Hitler. Es un personaje acojonante y risible.

Según Speer Hitler era un diletante. Ese era precisamente su gran problema. Creía saber de todo, dominarlo todo y por supuesto nada más lejos de la realidad. Así: "Los éxitos estratégicos de los primeros años de la guerra pueden atribuirse perfectamente a su incapacidad para aprender las reglas del juego y al ingenuo placer de tomar decisiones. Como el contrario se atenía unas reglas que Hitler, en su prepotencia autodidacta, desconocía o no empleaba, se produjeron efectos sorpresa que, unidos a la superioridad militar, fueron la base de sus éxitos. Pero como suele sucederles a los inexpertos, naufragó tan pronto se produjeron los primeros reveses".

Hitler era un aficionado, un jugador. Jugaba a la arquitectura, a mover divisiones del ejército en el mapa. Nunca fue un profesional, un experto en nada y ni siquiera comprendía lo que eso podía significar, según Speer. Metía las narices en asuntos que no eran de su competencia, desechando las opiniones de los especialistas y dejándose llevar por intuiciones o caprichos e insistiendo en decisiones temerarias sólo por el hecho de que alguien le llevase la contraria. Speer era precisamente lo que no era Hitler; un técnico.

Al leer las memorias de Speer es inevitable no pensar que Hitler era un imbécil. Además de un insensato, caprichoso, poco trabajador, muy influenciable y nada constante en sus amistades y afectos. Era además un optimista patológico, peligrosamente delirante, que hasta los últimos días de la guerra tuvo la convicción de que algo (una mano invisible) haría que al final las cosas se pusieran de su parte y todo se arreglara. Aunque Hitler no era religioso creía en una especie de providencia que le protegería y le llevaría por el camino del éxito hasta el fin de sus días. De vez en cuando se desmoronaba, sobre todo en los últimos meses, y aún así alternaba ese abatimiento con ataques de euforia contagiosos que hacían olvidar a los que le rodeaban la cruda realidad. Nadie podía decirle que la guerra estaba perdida ni siquiera cuando los rusos estaban a punto de entrar en la cocina de su búnker a picar algo.

07/12/09

El mejor amigo de Hitler (1)

Hitler y Speer, después de una discusión de amiguetes.

1. Aprovecho la gripe para quedarme en cama un par de días. Bueno, es un decir. Aprovecho la gripe para soñar que me quedo en cama un par de días. Intento quedarme en cama pero siempre acabo levantándome. Camino por el pasillo con los brazos levantados, me quejo en el idioma incomprensible de los enfermos, me revuelvo el pelo para dar más miedo. Bebo agua del grifo. Hago gárgaras también. Este es el sistema japonés para quitarse la gripe de encima; el mal hay que escupirlo. Salgo a la calle cuando no tengo más remedio. Tengo mucho sueño pero dormir demasiado me da dolor de cabeza. Puede que la gripe también me dé dolor de cabeza.

Empiezo a leer el libro de memorias de Albert Speer, el que fuera arquitecto de Hitler y ministro de Armamento del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Después condenado a veinte años de prisión por el tribunal de Nuremberg, en 1948. Otra docena de ministros y altos cargos del régimen nazi fueron condenados a muerte. Los ahorcaron.

¿Por qué se libró de la horca Speer, ministro del periodo más genocida del régimen y uno de los más cercanos a Hitler durante mucho tiempo? ¿No sabía que se freían extranjeros, judíos y disidentes en la Alemania también gobernada él?

2. El prólogo parece escrito por Baroja. Escrito desde el escepticismo, con un tono ciertamente pesimista. Prólogo datado en 1969, ya era libre. Escepticismo sobre todo ante la continua tecnificación de la sociedad. En 1948, en su discurso final ante el tribunal y ante el mundo (que sigue atento al proceso), dijo: "… cuanto más se tecnifique el mundo será más necesario que, en contrapartida, se fomente la libertad individual y el respeto de cada hombre hacia su propia dignidad".

3. ¿Autojustificación? Sí, claro ["…me parece que la desesperada carrera contra el tiempo, la testarudez obsesiva por las cifras de producción se superpusieron a todas las consideraciones y sentimientos de humanidad". Pág. 675]. Pero todo escrito autobiográfico es una autojustificación. Uno de grandes motores de la escritura es el sentimiento de culpa. Hemingway decía que había que escribir enamorado. Le falto decir enamorado de otra. Speer escribe este libro para comprender su culpa, su responsabilidad. "Porque hay cosas –escribe unos días después de conocer su condena a veinte años en Spandau- de las que uno es culpable incluso cuando pueda disculparse, sencillamente porque la enormidad del crimen es tan desmesurada que anula cualquier disculpa humana" [Pág. 928].

Intento recordar cuál era la imagen que tenía del autor de estas memorias antes de leerlo, o cuando lo estaba aún empezando a leer. De vez en cuando tomaba notas, pero no veo que escribiera nada de lo anotado me sirva realmente de mucho. Antes de leer el libro pensaba leer las memorias de un nazi culto. O ni siquiera eso. Un nazi, un antisemita, en todo caso. Speer; un nazi con talento literario. El hecho de que el libro esté editado en español por Acantilado y de que ya hubiera leído por ahí que era "bueno" en lo que a calidad literaria se refiere reforzaba esa imagen.

Lo primero que descubro es que es un buen escritor. Lo segundo que apenas muestra interés por el antisemitismo. Los judíos, al parecer, ni le van ni le vienen. O por lo menos no se atreve a comentar nada. Si lo que quería con sus memorias es dar una imagen de sí mismo diferente a todos los demás condenados en Nuremberg lo consiguió. Quizá por eso se le conoce como el "nazi bueno". Hay que decir también que de todos los altos mandos nazis ninguno tenía el perfil técnico e ilustrado de Speer. De entre todos los animales sin el bachillerato acabado que era la plana mayor del Tercer Reich Speer es la excepción (y quizá Goebbels, también universitario, que como se sabe inventó la propaganda política moderna y poco menos que la publicidad, aunque al final demostraría su fanatismo de cabeza cuadrada al asesinar a su familia y suicidarse). A Hitler le gustaba rodearse de inferiores. De esa forma se mostraba más desinhibido y dominante.

4. Speer: arquitecto, un tipo leído, de familia liberal, individualista, trabajador, gran organizador. Un tipo eficiente. El estereotipo del alemán puntual y sistemático. No así Hitler, que vivía una bohemia de Estado (noches en vela, mañanas en blanco durmiendo, comidas larguísimas…). Speer llega a preguntarse cuando trabajaba este hombre.

El único principio moral que parece guiar a Speer durante sus primeros años con Hitler es el siguiente; trabajar y hacer las cosas bien en menos tiempo que cualquier otro. Lo demás, fuese lo que fuese, parece importarle más bien poco. Medrar. Acaparar los máximos proyectos posibles. Podríamos decir que era un trepa. Pero un trepa a fuerza de trabajo y eficacia, más que un pelota. Hitler, como es natural, pasaba sus días atrapado entre pelotas y lameculos expertos. Incluso premiaba esa conducta en los demás y elegía a sus colaboradores más importantes entre los más desvergonzados "asnos cabeceantes", como les llamaría Speer, por la costumbre que tenían todos ellos de asentir a cada afirmación de Hitler, por disparatada que fuera.

A Speer le irritaban sus compañeros de partido. Para él eran una banda de bárbaros con viento a favor. Percibía en sus comportamientos el origen pequeño-burgués de la mayoría de ellos. Prefería la compañía de artistas, científicos, profesores, y no los toscos acéfalos de los que solía rodearse Hitler en sus momentos de asueto. Y principalmente despreciaba a Hitler, que le parecía el más torpe de todos.

5. Un resumen perfecto de la idea que se hace uno de Speer durante la lectura de estas memorias es el artículo del Observer inglés del 9 de abril de 1944 y que se cita en la página 620, cuando le da a leer a Hitler el recorte: "Speer es hoy, en cierto modo, más importante para Alemania que Hitler, Himmler, Göring, Goebbels o los generales. En realidad, todos ellos no son sino colaboradores de este hombre, que es quien realmente dirige la gigantesca máquina bélica y saca de ella el máximo rendimiento. Vemos en él la precisa materialización de la revolución del ejecutivo. Speer no es uno de esos nazis extravagantes y pintorescos. De hecho ni siquiera se sabe sin tiene opiniones políticas. Se habría podido adscribir a cualquier otro partido político, si hacerlo le hubiera servido para conseguir trabajo y una carrera".

Speer trabajó para Hitler porque Hitler estaba ahí en ese momento. Hitler le asombró en 1931, cuando acudió a un mitin, quizá llevado por las ideas de su maestro de arquitectura Tessenow, que proclamaba lo siguiente: "Es posible que tenga que aparecer alguien que piense con sencillez. Pensar se ha vuelto demasiado complicado. Un hombre sin formación, en cierto modo un aldeano, solucionaría este problema con gran facilidad, precisamente porque no estaría corrompido. Ese hombre tendría energía suficiente para hacer realidad sus sencillas concepciones" [Pág. 37]. Sobra decir que este pensamiento se asentaba con suma facilidad en las cabezas de los estudiantes de la época y encajaba perfectamente con lo que representaba Hitler. Es el momento de los bárbaros; todos esperan uno. A pesar de todo, a pesar de la fascinasción que le produjo la personalidad de Hitler al principio, con tal de trabajar en lo suyo, a Speer le hubiese servido cualquiera; Churchill, Stalin, Roosevelt, Napoleón.

23/11/09

Error interminable (y 2)

Foto de Dorothea Lange (1937). Ligeros de equipaje, parece...

3. Los cristales de la cafetería se estaban empañando. De repente entre todas esas caras de la revista apareció la cara enorme (primerísimo plano) de un tipo sonriente; era la cara de un afable paciente de psiquiátrico. Un tipo poco peligroso, un infeliz, un paseador, un saludador de farolas. También podía ser la estampa infantilizada de… No me engaño más; era el mismo César Aira. Leí la entrevista. Comprobé que era la repetición casi sistemática de otras entrevistas anteriores. Era el robot César Aira el que hablaba. El hombre entrevista, feliz, indiferente, un surrealista escéptico. Pensé: o siempre le preguntan lo mismo y siempre contesta lo mismo, o siempre responde lo mismo le pregunten lo que le pregunten. En todo caso César Aira volvía a dejarme esa impresión agradable de que la literatura no va a salvar el mundo, y mucho menos la literatura de intención redentora. Ya no era el entrecejo arrugado con la excusa del hundimiento general.

En la entrevista se recuerda la introducción (la de arriba) a un libro titulado Diario de la hepatitis. En este diario Aira no deja de recordarse que va a dejar de escribir. "No volveré a escribir. Así de simple". A pesar de ello va añadiendo entradas a su diario, sólo para insistir en que ha perdido su vida escribiendo, que se ha equivocado totalmente, y se promete no volver a hacerlo. El éxito literario es el resultado fatal de un malentendido; "la gente, haciendo caso omiso de lo irrefutable, suele opinar lo contrario, o mejor dicho lo opina siempre; y después la posteridad, los siglos, opinan lo mismo que opinó la gente."

4. Es la hora. Se me hace tarde. Siempre se hace tarde de repente, nunca poco a poco. Salgo a recoger a mi hija al colegio. Sigue lloviendo. Entro y encuentro a algunos padres y madres dentro de clase, escuchando instrucciones de la profesora. Ésta habla con seriedad burocrática del disfraz de roedor (¿rata?) que hay que conseguir para el festival de navidad. No entiendo la relación entre una rata y la navidad, pero no es algo que se me ocurra preguntar. Va repitiendo punto por punto las partes de las que se compone el atuendo y los colores y los tejidos. Lo repite tantas veces que acabo por no enterarme de nada. Habla ya muy despacio y me pierdo, las frases se dividen en palabras que van frenando, y las palabras en sílabas, y las sílabas no significan nada. Lucho, a pesar de las dificultades, por memorizar todo lo que hay que comprar, el color de las mallas, del polo, de las orejas, del rabo, de las medias, de la falda… Algunos padres parecen muy preocupados (quizá yo también pero lo disimulo); veo rostros de severidad, y ojeras, verrugas como garbanzos, canas, patas de gallo, angustia, y ese principio de oscuridad que se posa en todas partes en días como hoy. Sus caras no tienen el eco vanidoso de las fotos que acabo de ver. No son rostros satisfechos; son caras reales; parecen saturados de angustia, o al menos de cierta gravedad. Son caras que predicen todas las desgracias. Veo a mi hija con el pelo un poco revuelto que sonríe. Me mira, un poco sorprendida por la seriedad de la vida.

5. Pero lo que hago aquí no es serio. No se puede hablar de literatura con nadie. La literatura no está en el mundo. Existe como existen los átomos. Nadie habla de átomos. Se habla de libros. Es normal que todo el mundo se diga un día u otro lo mismo que este escritor argentino; "no veo de qué podría servir", porque no veo la literatura por ninguna parte.

6. Afuera sigue lloviendo. Esta realidad parece una novela de Cela. Llueve mansamente, etcétera, etcétera. Encuentro de camino a casa a un conocido que hacía tiempo que no veía. Vive en la ciudad X. Me dice; "Allí nunca llueve". Esas palabras ya interrumpen todo lo que iba a decir. Mi desconcierto es su desconcierto. Ya sólo puedo soñar con esa frase.

Una hora más tarde, de toda la conversación, sólo recuerdo esa frase, tres palabras. Me parece que esas tres palabras no sólo hablan de lluvia, o de ausencia de lluvia. En realidad es casi seguro que hablan de cualquier cosa menos de lluvia, de esa agua cayendo imbécil sobre las coronillas. Lo sé pero no sé cómo lo sé. Con saberlo me basta. Después de noche, en la cocina, mientras espero que se cuezan las patas y aparto las migas de la mesa, pienso que este día se resume en esa frase: Allí nunca llueve.

22/11/09

Error interminable o Allí siempre llueve (1)


1. El jueves 23 de enero de 1992 el escritor argentino César Aira escribe lo siguiente:

"Si me encontrara deshecho por la desgracia, destruido, impotente, en la última miseria física o mental, o las dos juntas, por ejemplo aislado y condenado en la alta montaña, hundido en la nieve, en avanzado estado de congelamiento, tras una caída de cientos de metros rebotando en filos de hielos y rocas, con las dos piernas arrancadas, o las costillas aplastadas y rotas y todas sus puntas perforándome los pulmones; o en el fondo de una zanja o un callejón, después de un tiroteo, desangrándome en un siniestro amanecer que para mí será el último; o en un pabellón para desahuciados en un hospital, perdiendo hora a hora mis últimas funciones en medio de atroces dolores; o abandonado a los avatares de la mendicidad y el alcoholismo en la calle; o con la gangrena subiéndome por una pierna; o en el proceso espantoso de un espasmo en la glotis; o directamente loco, haciendo mis necesidades dentro de la camisa de fuerza, imbécil, oprobioso, perdido… lo más probable sería que, aun teniendo una lapicera y un cuaderno a mano, no escribiera. Nada, ni una línea, ni una palabra. No escribiría, definitivamente. Pero no por no poder hacerlo, no por las circunstancias, sino por el mismo motivo por el que no escribo ahora: porque no tengo ganas, porque estoy cansado, aburrido, harto; porque no veo de qué podría servir."

Este será el texto introductorio de un libro que luego titulará Diario de la hepatitis. Justo unos días después, en febrero, inicia el diario con estas palabras: "Qué sentimiento de error interminable…"

2. Exacto; error interminable. Ayer ojeaba una revista mientras tomaba un café. La revista era una revista literaria; pasaba las hojas, sin atreverme a leer nada. Estaba tan asqueado con esas caras. ¿Qué era lo que me molestaba de esas caras, de esos bigotes, de esas cejas, de esos peinados, de esas barbas, de esos pechos turgentes, de esas manos peludas y labios gruesos, de esas canas de sabio? Todas eran partes fundamentales, visibles, de escritores de éxito, machos y hembras. Me molestaba, quizá, el molde fotográfico. Todo el mundo en las fotos, aunque unos más que otros, parece poner cara de máscara mortuoria sorprendida de estar viva todavía. Razón por la cual tenemos al menos dos caras; la cara de las fotografías y la cara del espejo. Quizá haya una tercera cara que es la que ven los demás; pero esa es un misterio para nosotros.

Ellos, los inmortales de las fotos, miraban al infinito; el infinito asentía, satisfecho. Yo miraba la lluvia, la lluvia me miraba a mí. En Santiago, hay que decirlo, siempre, siempre, llueve sin ganas. No es una lluvia activa, que va y viene de alguna parte, con muchas cosas que hacer. Es por el contrario una lluvia anémica, casi tímida, avergonzada de sí misma. Sólo muy de vez en cuando parece sentir ganas de hacer algo importante y es entonces cuando se vuelve loca, cuando va por ahí acribillando tejados y puertas y persiguiendo a todo el que sale a la calle. A veces deja de llover. Pero cuando no llueve también llueve, eso también es verdad. El que puede se queda en casa leyendo, viendo la tele, abriéndose las venas en secreto.

Yo seguía pasando caras.

21/11/09

Lo último de Juan Carlos III

La cubierta del libro es de Tomer Hanuka, como estos niños.

Mini reseña sobre Aire nuestro de Manuel Vilas con cita incorporada:

Me aburro. Me cae bien Vilas. Paso hojas. Paso muchas hojas. Estoy hasta las narices de tantos nombres famosos. Odio a Vilas. Vilas es el nombre de un famoso restaurante santiagués. El restaurante favorito de Manuel Fraga. Manuel Fraga, como famoso que es, también sale en esta novela. Vende colchones Pikolín. No sale Suso de Toro, pero debería. Los primeros libros de Suso de Toro tienen mucho que ver con lo que hace Vilas. Es improbable que Vilas haya leído Polaroid, Caixón desastre, Land Rover, Tic-tac. Década de los ochenta, cuando Suso de Toro proponía hacer croquetas con la momia de Castelao. Sigo pasando hojas, sigo canturreando por lo bajo. Estoy contento y me aburro. Este libro aburre alegremente. También me aburro con Cervantes a veces. Incluso con la Biblia, con esos listados interminables de nombres de tipos engendrados uno tras otro. Literatura experimental del Espíritu Santo. En el libro de Vilas José Ángel Valente es un emigrante ecuatoriano que trabaja en un matadero de cerdos en Villafranca. Etcétera. Pasan cosas en el libro. Conspiraciones, viajes, un poco de terrorismo de tarta, más cosas. Leo un relato que se titula Carta al hijo. El padre de Manuel Vilas, de nombre Manuel Vilas, le escribe desde el más allá una carta a su hijo escritor. La carta termina así:

"La felicidad de la gentes sencillas no es un problema político, hijo mío. Ya sé que el mito da contenido al tiempo de las vidas de la gente. Y que fuera de ese mito no hay consistencia. Sin ese mito, todo sería ficción. La felicidad de las gentes sencillas sí es un problema político, hijo mío. Ya lo creo que lo es. Cuídate. Buenas noches, hijo mío, dejaré encendida la luz del cuarto de baño para que no tengas miedo. Sigue escribiendo. Recuérdales de dónde vienes: de los ahorcados, de los ejecutados, del campesinado español, del proletariado irredento, de la pobreza insuperable. Recuérdales que vienes del analfabetismo, del hambre y de la enfermedad. Recuérdales que sólo te separa una generación de mí. Eso es lo que tienes que hacer y lo está haciendo bien. Recuérdales que eres un revolucionario y que eres comunista y que vas a matarlos a todos. Buenas noches, amor mío."

Suerte, diría. Poco más tengo que decir.

15/11/09

Invierno

Cuando llega el momento de los aplausos cada uno se aplaude a sí mismo, por todo lo que se ha pensado mientras el solista tocaba el piano.

***

Llovía tanto y tan torcido y con tan mala leche que todo el mundo chorreaba y las mujeres parecían embadurnadas de pegamento en los escotes. Y con la piel de gallina y los labios morados.

***

No está permitido eructar ni tirarse pedos pero en cambio el que más y el que menos se pasa medio concierto tosiendo como un tuberculoso y es el mismo individuo el que insiste una y otra vez en toser hasta el último esputo, el que se erige gran tosedor de la noche, convenciendo a una docena de tosedores más que le hacen coro de fondo. Por eso podemos decir que los cuarenta euros del concierto nos dan la posibilidad de asistir a dos conciertos; uno en el escenario, donde un japonés con flequillo de pianista toca el piano con el misterio con el que se gritan las ballenas, y otro, que proviene de la oscuridad de la zona de butacas, donde un solista tosedor (que alcanza momentos grandiosos con sus ladridos de pulmón y bronquios encharcados de nicotina y moco), repasa un repertorio que ya hemos oído antes pero nunca con esa potencia estremecedora y ese desgarro de tejidos imaginarios, seguido por ese coro griego de tosedores que desde distintas partes del universo de butacas elevan si cabe un poco más todo el dramatismo de la representación.

***

Nada más comprobar que el pianista no vuelve a salir para doblar el espinazo ante los aplausos ni para seguir tocando, muchos corren al baño evitando ver a nadie conocido por el camino. Cuando vuelven traen un aire de indiferencia extraño, como si conociesen el futuro de todos nosotros y les diese un poco igual.

06/11/09

Orwell en España


Orwell en Homenaje a Cataluña presenta una de esas guerras absurdas a lo Gila. No tanto en la razón de ser de la propia guerra, pues a todas las guerras les vemos ese defecto, como ya dijeron los jipis en su momento, sino por sus métodos, o por la falta de los mismos. La guerra civil española que nos cuenta Orwell, la que él vivió, es una guerra sin armas casi, o con armas tan deterioradas y viejas que presentan más peligro para los que las usan que para los enemigos. Todo es viejo y defectuoso, y los cañones, efectivamente, no tienen agujero. Las balas están contadas y se reservan para una urgencia. Los milicianos no tienen uniforme; van tirando con un pantalón de pana. A Orwell la guerra civil de los españoles le parece una guerra de aficionados, una guerra sin guerra. Hay un enemigo lejano al que sólo es posible insultar si se utiliza megáfono; apenas se les ve, más que como unos puntos aterrorizados en una colina. Los fascistas son chinches a las que las balas nunca alcanzarán. Se dispara de vez en cuando por no faltar a la inercia de lo que se le supone a una guerra.

La crónica de Orwell va al grano y nos cuenta lo que es, sobre todo, una guerra de trincheras, que es la que él vivió en el frente de Zaragoza. "Cinco cosas son importantes en una guerra de trincheras: leña, comida, tabaco, velas y el enemigo." Por ese orden. Se aburre mucho y no deja de leer. Tiene piojos, hambre, mucho frío, apenas entiende lo que le dicen y duerme poco y mal. No deja de ser cómica esa queja continua por la guerra chapucera y un poco teatral que le toca vivir; pide un poco de acción. Casi parece estar pidiendo que le peguen un tiro de una vez para acabar con la incomodidad de esa espera. Su decepción es palmaria. Él había venido a luchar contra los fascistas y unos meses después aún no ha visto a ninguno, a no ser a algún desertor, pobres desgraciados que parecen cambiar de bando con la esperanza de comer mejor, o de comer algo.

Después, más adelante, se le complica la cosa. Se mueven un poco y cerca de Huesca le hieren en el cuello. "La experiencia de recibir una herida de bala es muy interesante y creo que vale la pena describirla con cierto detalle", escribe antes de adentrarse en el mundo interior de alguien muriéndose lentamente, que es lo que creía en ese momento estar viviendo. Se salvó por muy poco.

Orwell era sobre todo un escritor, porque este libro es el libro de un escritor que narra en primera persona sus experiencias en la guerra. Es una crónica escrita meses después del momento que narra. Aún no sabe cómo acabarán las cosas en España ni hace demasiadas predicciones, aunque reflexiona sobre la idiosincrasia española y la creencia de que aquí nunca podría darse una maquinaria dictatorial, fascista o comunista, con la eficacia y dureza del tipo alemán.

Lo más sorprendente de Homenaje a Cataluña es lo bien escrito que está. Se le supone a Orwell una urgencia en la escritura, una denuncia también, y quizá, sobre todo, un enfoque más panfletario que otra cosa. Parece un libro tabarra y no lo es. El objetivo de Orwell es claro: consignar una experiencia en el frente y contarnos lo vivido por él en mayo del 37 en Barcelona, esa mini-guerra civil dentro de la guerra civil y el ajuste de cuentas de Negrín, Stalin mediante, a todo lo que oliera a trotskista. Pero se ve que está muy pendiente también del asunto literario. En el buen sentido. Es un libro de escritor. El gran libro de escritor de la guerra civil española es este de Orwell. Hemingway escribe una novela o zarzuela en prosa sobre el mismo tema.

Se comprende mucho mejor de donde sale Rebelión en la granja y 1984 después del trauma que le supone ver la lucha entre un estado republicano sovietizado (el suministro de armas no caía del cielo) y los anarquistas y la posterior aniquilación de las milicias del POUM, una auténtica purga estalinista. Se dice que la guerra civil española es la primera batalla contra el fascismo, pero podríamos decir que también es la última batalla por el poder en la URSS. Orwell, asqueado, es testigo del despliegue de toda la maquinaria propagandística de una guerra ya engrasada. Los que ayer eran milicianos heroicos son, hoy, traidores fascistas al servicio de Franco. Los periódicos hablan de conspiración, el POUM es borrado del mapa. Es decir, los pobres pringados que por casualidad habían caído en esas milicias (al igual que Orwell) acaban en la cárcel y muchos son fusilados o mueren a la espera de un juicio que nunca llega.

La guerra civil española, sus ocho meses viviéndola, le marcaron definitivamente; podríamos decir que Orwell se hizo antiestalinista en España. Ya estaban ahí el Gran Hermano y la granja de cerdos dictadores. Orwell es el gran Lutero de la izquierda.

31/10/09

Las perversiones literarias de M. V.

Imagino al Vilas de esta foto practicando lucha libre con Leopoldo María Panero.

Uno de los escritores más interesantes de la literatura española actual es Manuel Vilas. Yo a Vilas le veo el instinto literario de un Bolaño, aunque con más sentido del humor pero menos tablas. Manuel Vilas parece uno de esos boxeadores sonados que ya estaban sonados antes de boxear. Al menos en las fotos que no le sacó Mordzinski. Ya sabemos que Mordzinski le pone cara de escritor a todo el mundo, o lo que es lo mismo, cara de enajenado a punto de ser fulminado por un rayo. Por alguna razón es la cara que con los años se le pone a todo aquel que dedica sus horas y días a escribir.

De la biblioteca, a la que voy para darle uso a ciertos libros que nadie coge nunca, me traigo el Diário de Miguel Torga, con todos esos volúmenes recopilados en un tomazo por la editorial portuguesa Don Quixote. En la portada Miguel Torga nos mira con ojos de psicópata de pueblo que más tarde o más temprano nos acaba clavando un hacha a en la nuca. El otro libro que me traigo es de Manuel Vilas; su primera novela. Se titula Dos años felices. "Bajo la forma de un diario ficticio", según la contraportada, "presenta la vida y la conciencia de un hombre corriente". Es, en su insignificancia, un libro bastante ridículo. Eso es buena señal, o incluso excelente; no hay gran escritor que no se inaugure con un libro ridículo. Sólo los mediocres empiezan publicando obras maestras. Los demás, los buenos, siempre cogen carrerilla y tardan cinco o más libros en despegar, si es que despegan.

Al protagonista de este diario ficticio le ponen las peluqueras, se siente irremisiblemente mediocre, tiene insomnio, ve mucha tele, de vez en cuando piensa en matar a alguien. No mata a nadie. A fin de cuentas es un inmoral bastante educado. El libro está escrito por un Manuel Vilas que aburre, que no cuenta nada, que ni siquiera intenta escribir bien (eso se agradece), pero ahí vemos, ya, que en este escritor hay literatura, y puede que de la buena. Promete algo. Es una escritura que no deja de amenazarnos; algún día, nos dice de fondo, vendrá la ola gigantesca que soy escrito y os ahogaré. Esto se sabe. Por lo demás no sé ni quién es Manuel Vilas. ¿Será gallego, hijo de gallegos? Leo en la solapa: Nació en Barbastro, tiene varios libros publicados (Alfaguara le acaba de sacar el último: Aire nuestro). Poeta con libros premiados. Su novela más celebrada hasta el momento es España. El titulo tiene narices. Esto sí que es provocación.

Hace algún tiempo descubrí su blog. No lo sigo mucho. Es más bien un blog de autobombo, como un tablón de anuncios. Vilas publica sus artículos breves y anuncios a saraos literarios relacionados con él. Cierto día encuentro la reseña a una novela actual que no leí. En realidad no leí ningún libro entero (ni mucho menos) de ese autor que reseña (Fdez. Mallo). Todo el mundo me dice que está bastante bien. Unos, los más entusiastas, parecen ver en este autor un nuevo gurú de las letras. A otros les gusta, simplemente, y todos opinan, como si uno tuviese que estar a favor o en contra. Yo, en cambio, ni puedo estar a favor ni en contra; ni me parece malo, o lo suficientemente malo para interesarme, ni me parece nada nuevo.

El caso es que Vilas, en la reseña esa, se vuelve loco y se deja llevar por el más rutinario fraude literario. Esta vez el elogio es tan hiperbólico que descoloca. Si acaso ese lenguaje gris y descafeinado cubre con un poco de discreción el asunto y despista al lector. La reseña, en fin, yo veía que no podía ser en serio. Da igual si el autor reseñado es amigo, da igual si la editorial potente que publica a Vilas también publica esa obra; yo en esa reseña veía una burla del mecanismo habitual de la reseña literaria. O al menos una jugada más o menos descabellada, pero muy habilidosa. Nadie salía perdiendo, al contrario.

Hoy, leyendo su Dos años felices con la tele de fondo (supongo que a Vilas le hará ilusión que se lean sus libros así), encuentro un fragmento curioso:

"Una de mis perversiones literarias favoritas, si es que puede haberlas literarias: contestar mintiendo, con convincente sintaxis y léxico, a los pocos libros de versos que me mandan. Elogio libros que me importan nada. Atribuyo pureza, emoción, contención lírica, refinamiento, gusto, inspiración vital, y otras majaderías de la reciente preceptiva literaria, que inventan los periódicos y los profesionales y las revistas y las modas, a los libros que recibo. Y especialmente, observo 'ya es hora de que se te valore como a uno de los grandes poetas de tu generación'. Tal afirmación se la digo a los preteridos. Es lo que desean oír. Gánome así el cielo, con bastardo talento y esfuerzo ninguno. Nadie te discute el elogio. Sí, en cambio, la crítica y la opinión adversa. Jamás me han contestado contradiciendo o rebajando un encomio. […] Es mentira la calidad de una obra, salvo pocas excepciones, aunque éstas valgan y mucho. No creo que D. Pedro Lombía sea peor poeta que los afamados que elogia el aburrido y desilusionante crítico de turno todas las semanas en célebres periódicos."

Con reseñas así el aburrido y desilusionante crítico de turno nos va hasta a parecer un tipo de fiar. Puede que todo sea ficción, e incluso que el propio Manuel Vilas no sea más (ni menos) que un heterónimo de Leopoldo María Panero.

27/10/09

Las cocinas austríacas


"Di unos pasos hacia la ventana de la cocina, pero de antemano había sabido que por la ventana de la cocina no puedes ver nada, porque, como queda dicho, está sucia de arriba a abajo. Las ventanas de cocina austríacas están todas totalmente sucias y no se puede ver nada por ellas y como es natural, pensé, es la mayor de las ventajas no poder ver nada por ellas, porque si no, se vería directamente la catástrofe, el caos de la suciedad de las cocinas austríacas."

[Thomas Bernhard, El malogrado]

25/10/09

El picor

Espejito, espejito...

Lo malo de Proust es que es muy contagioso. Y es lo único malo que le veo. También Borges es muy contagioso, pero su influencia se nota menos en el estilo. Con Proust hasta las lentejas que nos llevamos a la boca a la hora de comer se nos convierten en metáfora, sobre todo si uno duerme poco y tiene tendencia a enredar con esas cosas, como un don Quijote proustonizado. Es inevitable no dejarse llevar un poco a la hora de escribir por lo que estamos leyendo, pero quizá lo más conveniente mientras leemos a uno de estos maestros demasiado influyentes (ese poder de un estilo demasiado marcado, es decir, un mundo demasiado particular o demasiado real) es escribir a la contra de ese autor. Frases cortas y sin subordinadas casi para que apenas se nos cuelen las metáforas y comparaciones que escribiríamos si fuésemos Proust, pues siempre el, digamos, maestro influyente, no sólo se conforma con aniquilar nuestro mundo cuando lo leemos (para colocar el suyo en su lugar), sino que quiere continuar su escritura en lo que escribimos. Es decir, quiere escribir por nosotros, y como estamos muy lejos de ser el tal, lo que sale suele ser algo insignificante, una voz en falsete que cantamos en la ducha.

El peligro está ahí. Todo el mundo sabe que las influencias más provechosas son las de los maestros menores. Esto ya lo recordó Pla en algún libro. Lo mismo que cuando Bolaño recomendaba encarecidamente no leer a Umbral o Cela para escribir relatos. Hay escritores muy pegajosos.

Hace años, empachado supongo con la lectura de Thomas Bernhard (sigo pensando que con Proust y Celine forma el trío de ases del siglo pasado), escribí una novela, por llamarlo de alguna manera, infumable y pretenciosa, con un estilo muy bernhardiano (una parodia que no pretendía serlo), aunque con más puntos y aparte que las del austríaco, y en la que el narrador, como no podía ser de otra manera, cuenta la irrupción de una enfermedad
misteriosa o innombrada y de cómo ésta configura su pasado, etcétera. Todo muy grave y negro y más o menos abstracto. Un churro tecleado. Años después encontré el archivo en un disco duro viejo. Nada más acabarla ya me había dado cuenta que con aquello no había nada que hacer; no había ni una coma que no la hubiese colocado siendo el escritor austríaco que no era. Lo único que me quedaba por hacer era descabezarla, pintarle unos bigotes para resaltar la falta de originalidad del asunto, la desvergüenza de esa escritura adolescente que miraba hacia cualquier parte menos hacia sí mismo, o desde sí mismo. Cambié de forma automática la palabra enfermedad por la palabra picor y le eché un vistazo; era una gilipollez bien absurda y disparatada, y por supuesto desmelancolizadora. La gravedad se convertía parodia, o en broma, en chiste. El narrador no dejaba de nombrar el picor y de cómo influyó el tal en su vida; no salía ni una vez la palabra rascarse. Ya no recuerdo el título que le había puesto en su día. Lo cambié. Por supuesto se titularía El picor, título que podría ser del mismo Bernhard si no fuese tan ridículo para un austríaco que las pasó tan canutas en su vida.

Creo que uno debe cuidarse de querer ser otro que el que somos. Puede que una vez que uno sepa que no somos más que un buen lector de ese al que tanto nos gusta leer pueda dejarse llevar, con ciertas prevenciones, digamos, higiénicas, por el estilo y universo tan particular de ese autor. En nosotros, el que somos en el momento que vivimos, todo eso tiene a la fuerza que dar un resultado muy distinto, y más distinto según vayamos avanzando.

Supongo que escribir bien es darse cuenta de que nadie puede escribir por nosotros. Tengo mucho que aprender aún. Ni siquiera Proust, saliéndose por fuera de sus libros (y si yo fuese Proust traería aquí la imagen de un cazo de leche desbordándose al hervir), puede hacer algo por nosotros al escribir, a no ser llevarnos por la senda del ridículo para que al fin todos los personajes que saquemos de la chistera acaben sufriendo un picor del que no se pueden rascar.

21/10/09

Laberinto


Es como si la nave de Star Trek hubiese aterrizado en una colina. Aún de noche, pues amanece tarde estos días, se ve a lo lejos con todas sus luces blancas proyectándose desde las ventanas infinitas. Una vez dentro es imposible orientarse; por muchos carteles que veamos con flechitas, el único que parece fácil de encontrar es el guardia jurado de la entrada, muy solicitado siempre. Hemos de atravesar una entrada gigantesca, con mucha gente cruzando desde todas las direcciones, la mayoría apurados, y la mayoría acaban confluyendo en un túnel acristalado que enlaza con otra parte del edificio, o con otro edificio. Estas grandes áreas de baldosa brillante con tipos yendo y viniendo son mucho de película de ciencia ficción. El silencio, el eco de alguna voz aislada, un rumor de fondo. Sólo falta el ruido de suelas, pero pocas suelas que hagan ruido hay ahora. Es posible que haya laberintos más sofisticados, y es posible que con un poco de práctica acabe uno aquí encontrando lo que busca rápidamente, pero así, de buenas a primeras, la impresión es la de que todo, incluidas las indicaciones de los carteles, favorecen que uno se pierda con sólo dar unos pasos dubitativos. Menos mal que al vernos en pasillos largos y vacíos, bautizados con nombres tan amenazadores como Diálisis, Radioterapia, Esterilización, y otros sorprendentes y misteriosos como Lencería, podemos encontrarnos a alguien en pijama, por ejemplo de color amarillo o azul o verde, que nos asesore y nos digo lo muy perdidos que estamos. Es posible, aunque no muy probable, que caminemos por pasillos enormes sin cruzarnos con nadie y todas las puertas cerradas, y sobre las entreabiertas, resultan misteriosas; no hay indicio de movimiento en su interior pero tienen las luces encendidas; los ordenadores mueven sus ventiladores, papeles y bolígrafos sobre mesas que parecen abandonadas ante un terremoto.

Puede que sea esa señora que empuja la mesita con ruedas y de pijama amarillo la que nos aclare algo. Nos acompaña un rato y vemos cómo conduce con mucho salero la mesa con un portátil y cables y algunas pinzas que parecen de batería de coche. Por fin llegamos a nuestro destino; hay una larga y perfecta fila de humanos cabizbajos esperando a que les quiten un poco de sangre. Me uno a ellos.

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De todos los pacientes portadores de virus y gérmenes y maldiciones que nos rodean en un hospital desconfiamos sobre todo del que lleva mascarilla, como si en lugar de una muestra de higiene y respeto por los demás (o una precaución sensata para sí mismo si su salud lo requiere) fuese la marca del Mal. En Japón es algo muy frecuente, sobre todo en primavera con la llegada del polen y las alergias, pero también es una muestra de respeto hacia los demás cuando alguien tiene gripe, o incluso un simple catarro. Ellos, con la mascarilla, parecen individuos tristes, vulnerables, un poco como chuchos con bozal, y resultan un poco ridículos: ellas se pintan y se preparan como si la mascarilla fuese invisible, y esto nos da la impresión de que la llevan sin enterarse y casi tenemos ganas de decirles que con eso en la cara no hay forma de saber qué persona lleva ese cuerpo. Quedan los ojos, lo único que se mueve en sus caras.