20/05/13

La entrevista a Andrés Trapiello para JD


Andrés Trapiello (Manzaneda del Torío, León, 1953) nos recibe en su casa un sábado a media mañana. La conversación dura horas, las grabadoras se mueren. Más que opiniones de actualidad buscábamos una vida, un pasado, una intimidad. Se puede decir incluso que la conversación había empezado tiempo atrás, a través del correo electrónico. De cerca nuestro entrevistado tiene un no sé qué barojiano. Podría ser el pantalón de pana pero quizá sea la certeza de estar ante un escritor de largo alcance, más allá de los gritos del momento. De sus diarios ha escrito Félix de Azúa en esta misma revista que “será uno de los monumentos en la literatura española de dos siglos”. Hombre cordial, incisivo y laborioso, su bibliografía completa asusta a cualquiera. No sabemos si es más poeta que ensayista o que diarista o que novelista; no importa, todos los géneros se le dan bien. Además de escritor, es tipógrafo y editor.
Desde el sofá en el que nos sentamos vemos su mesa de trabajo en el cuarto de enfrente; el ordenador portátil en el que escribe, unos cuadernos, la pared tapizada con libros de un tono pajizo.
[LA ENTREVISTA  en Jot Down]

29/04/13

Disparates íntimos

Magma, de Lars Iyers, novela. La he leído. A Flaubert le hubiese gustado. O al Flaubert de treinta años que ha leído a Kafka y ya no tiene rentas de las que vivir. La literatura, en fin, como trastorno. Como trastorno digestivo incluso. Suena mal pero aquí está bien. Hay que reírse, y te ríes. Y con humedad viscosa de fondo, en una periferia inglesa casi monstruosa, casi gallega. Se trata de un Bouvard y un Pecuchet abrumados por una ilusión que ya les huele a podrido. Dos monos quitándose los piojos uno a otro. A Kafka también le olía a podrido; pero él era Kafka. Aunque estaba muy lejos de saberlo. Si lo hubiera sabido no habría escrito ni una palabra más. He ahí la clave, la trampa, el elevado y torturante pasatiempo. Otros hacen Sudokus.

El éxito, por supuesto, es una vulgaridad imperdonable. Como tantas cosa buenas, o que hacen buena la vida. La vida puede ser muy mala; avinagrarse es muy malo. Pese a todo el éxito es el pan nuestro de cada día, algo así como las flechas que señalan el camino. El fracaso es una remota posibilidad, hasta que se convierte en todas las posibilidades y entonces llega la gracia; desaparece. Deja de existir.

El éxito es sobre todo una multiplicación, una repetición del exitoso hasta el delirio. El éxito convierte a alguien en muchos, como una clonación histérica, vírica. Hay siempre un empacho, una incapacidad para digerir el éxito de los demás y quizá el de uno mismo. O sobre todo el de uno mismo. De ahí que sea tan habitual morirse de éxito, como acribilllado por todos esos yoes que han tomado el mundo con su cháchara blenorrágica.

Tengo buen recuerdo de esta novela. Estoy ahora con La tentación del fracaso, los diarios de Julio Ramón Ribeyro, que es un poco seguir con lamentaciones de escritor sietemesino y todos esos disparates que comprendo sin mucha dificultad. Disparates íntimos.

03/04/13

El problema del mundo pequeño

Stanley Milgran, psicólogo estrella de los años jipis, contribuyó a que se popularizara la idea de los seis grados de separación. Se refiere la cosa a que "cualquiera puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios". Milgran se había hecho famoso con un experimento en el que se relacionaban los conceptos de autoridad y obediencia con descargas eléctricas. Lo de las descargas impone mucho, es muy nazi. Como experimento fue un escándalo. Los resultados parecían dar la razón a Hannah Arendt y su banalidad del mal. El noventa por ciento del ser humano es oveja, además de agua. Sobre los seis grados de separación (o el problema del mundo pequeño, lo que sin duda es un gran problema) hizo otro experimento. Una especie de facebook analógico. Se trataba de mandar unos paquetes por correos usando intermediarios que nosotros creyésemos que podían conocer al destinatario fijado de antemano. Al parecer se usaron de media entre 5 y 6 intermediarios. Por lo tanto Milgran concluyó que en Estados Unidos la población estaba separada por seis personas, más o menos, de promedio. Las conclusiones son casi siempre obra y gracia de la estadística, esa ciencia, ese chiste. De todas formas la idea de las seis personas es, en principio, bastante inverosímil. Y esto es bueno.

Esto me recuerda una frase de Thomas Wolfe: "Si esto parece inverosímil, lo lamento, pero fue así."

28/03/13

Mortal y cursi

Por supuesto, Cela no vuelve, y a Umbral lo vamos perdiendo como a esa amistad de la infancia que hoy ya poco tiene que ver con nosotros. El mundo es cada vez menos azucarado; reverencias las justas, también en la literatura. Tenemos las bibliotecas municipales más o menos bien surtidas. Llegan las novedades y los experimentos van por otra parte; después del monstruo Kafka ya nadie puede ser feliz haciendo crucigramas ni ganando unos juegos florales. Es una desgracia. Leo con más gusto a los émulos de Umbral que al maestro mismo. Gistau, sin ir más lejos. Nos hemos arruinado, quizá a nuestro pesar, ese gusto elemental por la llamada prosa poética (como poesía o casi poesía en prosa, más bien), y que en Umbral venían siendo una contínua distracción de la frase, distraída consigo misma, juguetona y cursi muchas veces.

Mortal y rosa, por ejemplo. Es uno de los pocos libros que tengo todavía de Umbral; le tengo poco aprecio. La mayoría del libro es hojarasca, el llanto declamatorio que acaba casi siempre convertido en un jardín modernista de Rusiñol. Se echa de menos en esa prosa el no ser más que eso, prosa, e incluso el ser menos que prosa. Con los años se aprecia más esa poesía que se da por defecto (y no hablo de Hemingway ni de su puñetero iceberg); hay, digamos, más poesía en la poesía que no está, que no se ve, que no aparece, que en la poesía redundante del buscador de oro en cada frase.

Es un dolor distraído, un juego de dedos nervioso, a veces delicado, casi sentido, porque Umbral usa la escritura como recipiente de lo que en el fondo le importa poco. Escribe como silba, más que como mea. O silba y mea al mismo tiempo, cosa muy común. La verdad, en cambio, no se atreve a silbarla y mucho menos a mearla; sería ridículo además.

Esto no significa que el maestro se haya equivocado. No es que escogiera la opción equivocada. No hay nada que escoger. Cada uno escribe como es realmente. En los excesos poéticos está el pudor, el muro florido que ponemos entre nosotros y los demás. Al maestro le sobró quizá ser demasiado él mismo; con un poco menos de Umbral en Umbral nos hubiésemos conformado. Hay que ir siempre un poco contra uno mismo, no mucho, algo. Se duda, se escribe, y qué más da.

De vez en cuando hojeo algún libro de él. Ya no sé qué busco, si esa prosa estupenda y cursi o el recuerdo del adolescente que fui leyendo en la cama, de lado, con luz de ventana, a la manera de un emperador romano comiendo uvas en su diván.

26/03/13

Vida, lo que sea

En el EPS de hace un par de semanas: reportaje sobre una novela de Kirmen Uribe del propio Kirmen Uribe. Novela basada en hechos reales. Ya sólo falta que se indique esto bajo el título, como en aquellos telefilmes luctuosos que echaban en horario de sobremesa. A KU una de las personas implicadas en la historia le dijo: "No quiero que escribas una biografía, prefiero que hagas ficción, una novela. Las biografías no tienen vida; las novelas, en cambio, sí."

Qué fácil, pienso. Una novela. Por supuesto, es una confusión generalizada. Se entiende la biografía como una tarea del escritor académico, una rata de biblioteca que vomita datos contrastados sin apenas más talento que una correcta redacción. Y la novela, ya se sabe; en la novela se supone que ronda el poeta siempre, aunque un poeta maniatado y amordazado.

Más abajo KU habla de Glenn Gould y sus interpretaciones tan personales de los clásicos. Cita a Gould: "Hago diferentes lecturas de las partituras clásicas para mostrar que no hay una sola lectura de la realidad". Esta no es precisamente la frase que un periodista pegaría en un pósit a la vista en su mesa de trabajo. Pero debería.

Ayer mismo empezaba a leer un libro de Paul Valéry sobre Degas; tiene la cosa una pinta estupenda, lo que es muy raro, teniendo en cuenta que no se me ha perdido nada ni en Valéry ni en Degas y sus bailarinas. Como declaración de intenciones Valéry aclara: "No se trata, pues, de una biografía en toda regla; no me merecen las biografías una opinión excesivamente buena, lo que sólo viene a demostrar que no valgo para hacer biografías. Bien pensado, una vida no es sino una con­secución de casualidades y de respuestas más o menos atinadas a esos acontecimientos vulgares...
Por lo demás, lo que me importa en un hombre no son los accidentes; y no son cosas que me valgan ni cuándo nació, ni a quién amó, ni qué miserias padeció, ni casi nada de lo que pueda observarse. No encuentro en ello la mínima claridad real en lo tocante aquello que le otorga su valía propia y lo diferencia a fondo de los demás y de mí. No voy a decir que no sienta frecuentemente curiosidad por esos detalles que no nos informan de nada consistente: lo que me intere­sa no es siempre lo que me importa, y eso es algo que le ocurre a todo el mundo".[Cursivas tal cual en el libro]

Es curioso; cada cual llama vida a algo completamente distinto.

Degas, también fotógrafo. 

24/03/13

Lo nuestro

Por un lado hemos sabido de esa Viena por la infancia de Thomas Bernhard. Bueno, digo Viena pero estoy pensando en ese territorio germánico (de idioma), centroeuropeo, que burbujeó en la década de los treinta. Claro que el de Bernhard es un punto de visto no precisamente histórico; ah, pero ahí, al final, la estampa se le queda a uno en el recuerdo. Lo que llaman vida. Estoy pensando en Kafka: Praga. Y no sólo Kafka por Kafka. Kafka por Reiner Stach; me gustó mucho esa biografía, los últimos años de Kafka. Pero a lo que iba, tiendo a caer en esos años siempre. Vaya a donde vaya acabo viviendo en esos años. El ascenso de la barbarie. No, pero no es eso. A la vuelta de la esquina, y la vida normal convertida en atrocidad.

Joder con la historia. La Historia, quiero decir. Qué husmeará hoy la Historia, me pregunto.

En La liebre con ojos de ámbar se llega también a la Viena desquiciada y tomada por Hitler. Hace poco una señora me dijo que Hitler le caía muy mal. Me pareció al principio descabellada la afirmación. Hay gente para todo. Hitler, recién fagocitada Austria, tarda seis horas desde Linz a Viena; es un baño de masas. Edmund de Waal toma como escusa una colección de netsukes para contarnos la historia de su familia. Judíos, les ha ido bien en los negocios, el mundo es pequeño, y cuánto mejor te vaya más pequeño es. Sale todo el mundo conocido: Monet, Renoir, Proust, Rilke. Todo el mundo. No sé, cualquier nombre aparece en alguna parte del libro. A lo Forrest Gump pero sin deficiencia mental. Por cierto, que los netsukes son una especie de posapapeles muy finos, muy bonitos, y que no son, en definitiva, posapapeles. Figurativos, delicados, el japonismo hecho marfil o madera.

Llegamos, entonces, con esa elevada familia, al ruido. Camiones, pistolas, gritos.
"El ruido de cosas rompiéndose es la recompensa por tanto tiempo de espera. [...] Esta noche es la de la historia que los abuelos les contaban a los nietos, el momento en que al fin los judíos tendrían que rendir cuentas por tanta rapiña, por todo lo que han robado a los pobres; la historia de cómo se limpiarían las calles y se encendería la luz en los rincones oscuros. Trata de la roña, de la inmundicia que los judíos trajeron a nuestra ciudad de sus chozas hediondas, de cómo nos quitaron lo nuestro." [pág. 255]

 Cosa, netsuke. Me estaba acordando ahora precisamente de Maus.

22/03/13

Aquí, ahora

Lo peor de ausentarse tanto tiempo es que no sabe uno qué decir cuando vuelve. Es un poco como si volviéramos del extranjero, quizá de la selva, más tosco y moreno y salvaje. Pero no, al contrario, todo son temores. Ya no sé andar con tacones, o lo que es lo mismo, escribir aquí en la cuartilla del blogger. He vivido casi un mes sin conexión a Internet en casa y no he leído más ni he escrito más ni he paseado o fornicado más. No sé a dónde ha ido el tiempo que antes perdía ante la pantalla, leyendo periódicos, por ejemplo.

Se echa de menos el paseo matutino en la Red, con la taza de café al lado y el pijama todavía puesto, como el jubilado que sale cada mañana a curiosear obras por un hueco de la valla.

En fin, que siga la partida. Y para acabar por hoy una frase de Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro que podría ser un mantra para momentos turbios: "Todo tiene importancia, nada tiene importancia, aquí, ahora."

24/02/13

La bola de hierro

Mudanza. Hemos ido vaciando la casa; primero, lo sobrante. Conozco todos esos contenedores de colores. Y donaciones, que circulen las cosas mientras no sean basura. Después, ha ido saliendo lo que se va con nosotros. Así que poco a poco se ha ido vaciando la casa. Apenas tenemos lo mínimo. Toda la ropa de tres personas que cabe en una maleta y el resto en una mochila; dos libros. Bueno, y el ordenador. El mecanismo interno de una mudanza es bien parecido a pelar una cebolla; se actúa por capas, y se supone que ahora estamos en el corazón de la cebolla. Se oye el eco de nuestras vidas en esta casa vacía, y si acaso somos más libres, como si todas esas cajas de útiles, recuerdos, papeles, libros, nos esperasen para una vida futura que todavía no hemos empezado. Y en ese intervalo disfruto del vacío. Un vacío con internet, eso sí.

Releyendo a Michon hace un par de semanas encuentro este fragmento: 
"Aún no amanecía, había una helada punzante; vivíamos muy lejos de la estación, yo tenía muchas maletas, estúpidamente voluminosas, con todo el peso de los libros que me siguen como a un presidiario su bola de hierro." [Pierre Michon, Vidas minúsculas, pág. 134]

05/02/13

El botanizador

Son unos diarios de hombre/ mundo, que no de hombre de mundo. Más bien alemán de mundo, pues al leer este Pasados los setenta I (yo a Jünger lo he leído con mucho desorden y con gusto), no puedo dejar de ver al señor ese de buen pelo blanco y patillas en hacha que pasea su vitalidad y sosería alemana por medio planeta. Qué duda cabe que es un prodigio de la naturaleza (además de un milagro); así como el poetilla enfermizo se nos muere entre suspiros a los veintipocos, dejando esos versos que en seis meses le hubieran aborrecido, este Sigurd del pensamiento se hace centenario dándose unos puñetazos en el pecho todas las mañanas, para despabilarse. No hay apenas flema interior, nada que interfiera en su estudio de bichos y plantas, en sus paseos por Roma o por el centro de la Tierra. Me desespera su capacidad para botanizar en cualquier momento; están bien unos cuántos nombres de flores, porque los nombres de lo que sea da mucho empaque a cualquier página (tiene como más peso, siempre hay que nombrar mucho), pero Jünger trae una botánica de hombre de ciencia jubilado, con su hermetismo y su vicio. Con los bichos otro tanto. Así que voy pasando páginas.

Son estos unos diarios, entonces, de observador científico. Pero no nos descubre nada (qué podría descubrirnos, aunque los bichos también tendrán sus anécdotas, su mitología), más allá de su propia capacidad para no aburrirse en lugares en los que es tan fácil pescar un tifus como una insolación. De todas formas es un científico de la vieja escuela, cuando estos, más que cortar y pegar cifras y gráficas sabían escribir. Jünger escribe y quizá sea el tono lo que sostiene toda esa cacharrería de coleccionista de lo suyo. Quizá su interés radique en que sigue viendo el mundo con ojos de explorador del diecinueve. Y lo interesante está en el tipo ya ha visto el horror, y por partida doble. Ya sabe lo que le espera al hombre y mientras tanto disfruta de sus expediciones en calma.

27/01/13

Obsoletos


En una revista literaria celebran los "cincuenta años del boom". La cosa va sobre Cortázar y su Rayuela. En fin, yo llegué muy tarde a la fiebre Rayuela. Aquello ya nada tenía que ver conmigo ni con lo que me rodeaba. Puede que nuestro Rayuela sea Foster Wallace, La broma infinita. No lo sé. Podría ser la modernidad de hoy. Hace quince o veinte años tres de cada cuatro jóvenes estaban hipnotizados con Carver. No me parece mala lectura para aprender a escribir, siempre que se tomen ciertas medidas higiénicas. Carver es una de esas influencias pegajosas que acaban embadurnándolo todo de misterio carveriano. Como hijo de Hemingway que es siempre me pareció un tanto comprimido, como si en lugar de escribir en cuartillas o en folios no tuviese más que una servilleta para escribir un relato. Después sabríamos que tres cuartas partes del relato habían sido rebanados.

Sobre Rayuela, la conclusión parece más o menos unánime; ha envejecido muy mal. Felix de Azúa no se anda por las ramas: "Este libro está tan datado como el Madison. Creo que es imposible leerlo hoy día. Y sin embargo, ¡cómo nos entusiasmó hace medio siglo! Lo que nos confirma que en materia de arte solo hay un autor: el Tiempo. Y cambia de estilo, convicciones, gusto y preferencias, constantemente."

Carlos Franz no dice menos: "Rayuela, el libro más moderno de la narrativa latinoamericana del pasado siglo, es hoy el más fechado, el más obsoleto. Nada envejece peor que lo moderno."

Pienso en Bolaño. Creo que Los detectives salvajes es nuestro Rayuela. Dentro de cincuenta años dudo que pueda leerse 2666, por ejemplo. Son dos novelas imposibles, cuyo único tema parece ser únicamente el hecho de escribir una novela larga. Bolaño está mejor en cualquiera de sus otros libros, en sus artículos, en sus novelas cortas. Al menos no es tan pedantesco como Cortázar. En eso salimos ganando.

20/01/13

#6 Maestros

"Actualmente no se nos permite usar la palabra loco. Qué chifladura. Los pocos psiquiatras por los que siento respeto siempre usan la palabra loco. Hay que usar las palabras más breves, sencillas y auténticas. Yo digo muerto, y agonizante, y loco y adulterio. Y no digo fallecido ni terminal (¿terminal? ¿de autobuses?), ni desórdenes de personalidad, ni un poco tocado, ni últimamente va muy a menudo a visitar a su hermana. Lo que yo digo es loco y adulterio. Eso es lo que yo digo. Loco suena como tiene que sonar. Es una palabra corriente, una palabra que nos muestra que la locura puede venir y llamar a nuestra puerta como si fuera una furgoneta de reparto. Las cosas terribles son, también, ordinarias."

[Julian Barnes, El loro de Flaubert, ed. Anagrama 1986]

19/01/13

Ojos en Faulkner

De El villorrio, que he empezado a leer y disfruto como una película de Chaplin (risas incluidas), me llama la atención la gran variedad de ojos que salen. He ido copiando algunos:
"ojos como opacas uvas de invernadero" [pag. 20
"los fríos e impenetrables ojos color ágata bajo el atormentado saliente de las cejas" [pag. 33] 
"con ojos del color de agua estancada" [pag. 35] 
"y ojos del color de una cuchilla de hacha sin estrenar" [pag. 44] 
"ojos de un gris opaco y frío entre irascibles cejas hirsutas que empezaban a encanecer" 
"con el caballo de Beasley poniendo los ojos en blanco, como si fueran huevos de zurcir" [pag. 49] 
"y los ojos del color de una cuchilla nueva de arado e igual de cordiales"  
"los ojos incoloros que eran incapaces de ver" [pag. 108]
Después ya no sé si Faulkner se cansó de traernos ojos o si yo me volví ciego para detectar más ojos.


Aquí, don William soplando por el cuerno. [Photo by George Barkley of William Faulkner with hunting horn, at Farmington Hunt Club, 1960.]