7/1/15


1/2/14

El otro marqués

Desayuno con la muerte de Aragonés. La muerte en los periódicos nunca acaba de ser del todo real, al menos de la gente que no has conocido ni visto nunca. Supongo que Aragonés caía bien a todos. Bueno, menos a Romario, al que en su día le dirigió aquella frase maravillosa que hoy se recordará bastante: "Míreme a los ojitos". Romario, esquivo, sería más de fijarse en las patillas. Ha sido, Romario, el jugador del mundo que más ha hecho con menos kilómetros de carrera. Seguro que hay alguien en la TVG que tiene la estadística. En el Camp Nou tuvo su parcelita de siete metros cuadrados y allí fue feliz, rompiendo caderas y metiendo goles sin fatigarse. En el Valencia ya no era lo mismo; el fútbol era correr. La hermosa estampida del contraataque, es verdad. Una suerte de eyaculación precoz futbolística, pero siempre hay alguien al que no le importa esperar una hora de partido para ver una de esas incursiones. Aragonés se adaptó a lo que tuvo; cuando hubo toque ordenó tocar y cuando no lo tuvo, antes de esa primera selección campeona, ordenó correr. Ahora que pienso en la cara de Aragonés recuerdo que se habían reído mucho de él cuando lo pillaron con un dedo dentro de su nariz, como desatascando un partido que no había otra forma de desatascar. Empezaba a haber más cámaras en los campos de fútbol que futbolistas y sólo un muñeco de cera hubiese resistido impasible y digno tal exposición. Que yo sepa se murió sin que le nombraran marqués.

24/1/14

En el nombre de hoy

Cómo pasa el tiempo. Esto se dice mucho al encontrar a un viejo amigo; acompaña al gesto de dar palmadas en la espalda. Pues esto me he dicho al comprobar la fecha de la última entrada aquí, e incluso estuve a punto de darme unas palmadas en la espalda. A diferencia de un jardín un blog, a primera vista, no parece un lugar abandonado. Todo está o parece en su sitio; si alguien ha abierto la página y leído aquí o allá no se nota. Es la fecha la que canta y el blog abandonado parece un poco el blog de un muerto, como una bolsa vieja de papeles encontrada en un rastro, cartas a no se sabe quién y de ya no se sabe quién. Sin duda, el autor se fue con la música a otra parte. O a ninguna parte, que es un lugar estupendo para escribir, y no porque no haya nadie, al contrario. Tenía hoy el día un aspecto muy rumano, como de país del este tras un largo invierno y una larga dictadura. Me basta la visión de unos cuantos ojerosos sin afeitar caminando bajo esta lluvia invisible para imaginarme la película. Y vuelvo de la tienda recordando vagamente unos versos de Gil de Biedma que al llegar a casa busco.

A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.

(Apología y petición, Jaime Gil de Biedma)

Feliz año 14 (a buenas horas) a todos. 

18/10/13

Taxonomías literarias; el escritor soltero

[...]
Como buscaba un soltero destacado de la literatura, o la soltería misma hecha literatura, para iniciar una serie de taxonomías literarias al margen de las más ortodoxas (y no menos disparatadas que las que se me puedan ocurrir), podría haber sacado de la chistera docenas de escritores solteros que lo fueron descaradamente. Ejemplos hay de sobra. Pero no se trataba de eso; buscaba el ejemplo paradigmático, el modelo supremo. Siempre dentro de unos referentes propios. Alguien para quien la posibilidad del matrimonio fuese un asunto central en su vida y obra.
¿Existe una literatura de solteros, y a su vez, otra de casados? Es el tipo de preguntas que no tienen respuesta, y también da igual que no la tengan. Las mejores preguntas nunca tienen respuesta. Siempre me han parecido un poco ridículas las clasificaciones literarias. Incluso las de género, qué se le va a hacer. Eugenio D’Ors en una de sus glosas pasaba por encima de todas las clasificaciones literarias para quedarse con la que divide a los escritores en dos grupos; responsables e irresponsables. Cosa moral, por supuesto. Y, mudando la terminología a su gusto, habla de «edificantes y corrosivos». Como ejemplo de lo primero, aunque «avieso», señala a Nietzsche; de lo segundo, a Leon Bloy. Entiendo, arremeter contra Bloy justifica cualquier invención taxonómica. Según D’Ors, «los escritores que no sirven para nuestra edificación no son verdaderos autores»2.

23/8/13

Nuestro chino

Sobre Sylvia Plath y su muerte habla Cunqueiro en un artículo. No parece partidario Cunqueiro de zanjar la vida metiendo la cabeza en el horno. Tampoco parece muy conforme con su poesía. "Demasiados poemas, quizá, para tan breve vida". Y, "de una mujer de treinta y un años, que nunca había sabido estar quieta". Resulta hasta gracioso que toda esa mística de la poeta y su horno quede plasmada en esa perífrasis verbal. Como yo digo, Cunqueiro es un sabio chino, un viejo poeta de largos bigotes blancos que caza moscas con unos palillos.

8/8/13

Brazos

Uno de mis viejos temores es verme ante una audiencia a la que tengo que contar algo y en lugar de pronunciar palabras sólo emito cacareos. Como una gallina. Las pocas veces que he tenido que hacerlo, dando clase o hablando en una reunión con desconocidos muy engominados, nunca he conseguido librarme de ese temor. Me dicen, imagina que está todo el mundo desnudo. Y tengo que decir que eso no me sirve porque yo siempre imagino a todo el mundo desnudo (dentro de un razonable límite) y ya me acostumbré a ese tipo de imaginaciones. Afortunadamente, apenas tengo que decir nada en público y ese miedo lo entierro rápido si no hay un peligro cercano. En eso somos como esos mafiosos o asesinos que sacan un cuerpo del maletero y lo entierran en un bosque, después de cavar mucho. Pero el miedo siempre vuelve por mucho que lo enterremos. Sobre este tema escribió muy bien Felisberto Hernández, pianista, y como tal describió mejor que nadie ese temor y ese nerviosismo antes de un concierto.

Rescato este fragmento que acabo de encontrarme:
"No sé por qué recuerdo tanto un instante del mediodía en que yo comía lechuga y miraba el brazo de mi hermano que venía a quedar al lado del mío. Aquél era el brazo de un hombre que ese día no daría ningún concierto ni tendría ninguna responsabilidad; en cambio mi brazo no estaba libre y quién sabe cómo lo miraría yo unas cuantas horas después."

7/8/13

Camba, puñetas

Después de Haciendo de República no he vuelto a leer un artículo de Camba. Y ayer, ojeando una de sus mejores recopilaciones de artículos he vuelto a sonreír, aunque no tardé en hartarme. Pero, ¿de qué me había hartado? ¿cómo puede uno perder el gusto por ese fino humor de Camba?

Hoy, buscando otra cosa en ese Cuadernos (1957-1972) de Cioran, encuentro esta nota:
"No conozco nada más insoportable que la ironía continua, sin fallo, sin descanso, que no te deja tiempo para respirar y menos aún para reflexionar, la ironía, que debería ser delicada y ocasional... ¡vuelta grosera, es decir, automática! Incluso ella está destinada a degenerar, a seguir la ley común." 
Claro que la ironía de Camba acaba irritando como la amargura continua de Cioran acaba divirtiendo.

1/8/13

No pisar

Qué sabré yo, qué sabrá el vecino de seguridad ferroviaria. Pobres imbéciles, quiénes somos nosotros para opinar sobre asuntos de ingenieros y de técnicos. Opinar es una cochinada. Esta frase quizá sea de Breton, el surrealista. En realidad casi nadie opina, al menos en la calle. Se cuentan cosas; todo el mundo es amigo o primo de una víctima o de un héroe. Si una ciudad es pequeña se hace más pequeña todavía ahora. Leo la entrevista a Julio Gómez-Pomar, el presidente de Renfe. Yo no sabía ni que existía, este señor; y sí, existe. De todas formas no parece ir mucho con él el descarrilamiento de Santiago. No quiero ser injusto, demagogo. Bueno, un poco sí que quiero ser injusto, qué narices. Escribir sobre lo que pasó estos días en Santiago es como estar ante uno de esos jardines públicos en los que hay un cartel de No pisar. La muerte es muy delicada. Estará desolado, ese hombre que preside Renfe. Bajo ese barniz hermoso, moreno marqués (a otros el moreno los devuelve a la caverna, como si el sol de unos y de otros no fuese el mismo; es que no es el mismo, claro), habrá un hombre que sufre en silencio la desgraciada muerte de todos esas personas en uno de sus trenes. Pero. El tren descacharrado en cambio era más del que lo conducía. Allá él y sus despistes.

Titular de la entrevista, era éste: "El tren accidentado y el AVE son igual de seguros, pero cada uno con un sistema”. Ok. Cada uno con un sistema. También dijo: "No hay ningún elemento para poner en duda que son sistemas seguros". Ok, si lo dice él, pues no lo habrá. Lo mejor es no encanallarse. A fin de cuentas no se despista un maquinista todos los días en una curva peligrosa. Hay que convivir con la remota posibilidad del despiste. El sistema lo tendrá todo bien atado, menos un par de cosillas muy improbables, como ese despiste del todo inoportuno.

El mejor artículo, esta carta al director en El País.


El presi de Toyota, poniendo el cuello por si alguien quiere sacar la katana.

27/7/13

Variaciones sobre un poeta gallego


Precisamente porque Manuel Antonio (Rianxo, 1900- 1930), poeta gallego, ha tenido una vida tan razonablemente fotogénica cuesta encontrar al individuo tangible tras esos intentos por hacerse una biografía.

Variaciones sobre un poeta gallego, en Jot Down.

25/7/13

Vidas queridas

Ayer por la tarde me trajeron este libro; Sobre la inutilidad de la poesía, de César Antonio Molina. Efectivamente, qué inutilidad, ahora. O quizá no. De todas formas no leía poesía, ayer, por la tarde, casi de noche, cuando me llamaron. Oye, que se suspende todo. No jodas. Un tren, un accidente, un atentado. Imagino la plaza del Obradoiro llena de gente. Me dicen un tren pero imagino la plaza del Obradoiro llena de gente. Es lo que tiene haber crecido comiendo con la televisión de la cocina dando las carnicerías etarras. La niña hace origami, ese aburrimiento tan japonés, esperando los petardos de la noche. En japonés fuegos artificiales se dice flores de fuego. Se traduciría así, digo. No está mal. Dejo el tomo de la Munro (Mi vida querida, se titula) y busco en los periódicos digitales la noticia. Ya despegaba la noticia. Media hora, como mucho, y ya hay gente contando algo. En Público.es se habla de accidente de tren y de Aníbal Malvar, escritor gallego, columnista de ese mismo diario, que iba en ese tren. Está bien, al parecer. Después vamos a la tele. Empieza el goteo de muertos. El tren está muy feo, pero tan cerca nada muy malo puede suceder. Eso me lo dice la voz de la experiencia; las cosas muy malas siempre pasan muy lejos, en Nueva York, en Madrid, en Vietnam, qué sé yo. Las piezas del accidente desplegadas, vemos, y para siempre. Esos vagones. En la televisión de Galicia empieza la repetición, una y otra vez, de las imágenes grabadas, al menos mientras no haya otras. En una de estas sale un tipo que se parece al escritor Malvar, y que será él, en lo alto del camino paralelo a las vías del tren: lleva una maleta pequeña con ruedas, la ropa muy sucia, parece recién salido de una mina. Unas señoras le gritan algo: dice que está bien. Confusión. Van sacando personas de los vagones. Personas sobre tablas, como puertas que se usan de camilla. No quitamos la vista de la televisión, parece fundamental que observemos todo eso. Una chica, la cámara desde arriba sigue los movimientos de los dos o tres o cuatro rescatadores, no sabemos, sólo vemos a la chica sobre esa tabla. La sacan poco a poco por una ventanuco de un vagón. Además de sucia la ropa, y puede que manchones oscuros en las piernas, que pueden ser sangre, parece bien. Tiene el pelo corto, es joven, la dejan en la cuneta, con cuidado. No se mueve, está herida. Cerca de ella una manta grande cubre un cuerpo. Con lo que sobra de manta le tapan la cabeza a la chica. Aparece otra manta y ya la cubre toda. Esa vida se nos fue delante de las narices, a nosotros. A cualquiera que mirase la televisión en ese momento. Salimos a donar sangre y todo el mundo ha salido a donar sangre. Qué otra cosa podemos hacer, además de mirar en la televisión pies saliendo por debajo de esas mantas. Qué hacer. Y cómo arreglar todo eso, esas vidas.

1/7/13

El punto imaginario


Polaroid de Tarkovski. Hace un par de años hicieron una exposición con unas cuantes en el Seoane de Coruña.

Zona, de Geoff Dyer. A modo de subtítulo lo siguiente: Un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación. Es el más difícil todavía, el salto mortal circense. El Ulises de Joyce; un tipo de desayuna tripas y sale a dar una vuelta. Proust; a un asmático le sirven un té con magdalenas. Pero bueno, de algo hay que vivir; unos escriben libros en los que nadie (los personajes, se entiende) se aburre ni un minuto y otros escribimos lo que podemos. Dyer, no teniendo grandes cosas que contar seguramente de sí mismo ni de nadie nos cuenta una película. La película, para colmo, es de Tarkovski. En cine, Tarkovski, es la mirada fija en un punto imaginario. El punto imaginario lo mismo puede ser una mancha en la pared, una tubería oxidada o la cabeza de un caballo comiendo. Nos hacemos una idea. Una vida en el campo; el reloj es el sol. Tarkovski no es un urbanita, precisamente. Hay que ser joven para amoldarse al tempo Tarkovski. Después todo son picores, todo es ir a alguna parte y venir y volver a ir, y hacer y dejar hecho para mañana. Mi querido Claudio Rodríguez: "Heme aquí bajo el cielo, / bajo el que tengo que ganar dinero".

Tarkovski está salvado. Calcetó su cine con imágenes sagradas; eran sagradas porque para él eran sagradas. Con eso basta, o eso es todo. Lo de Dyer no es una elección cualquiera; es casi una poética, y sin ponerse muy estupendo. Lo mejor del libro, claro, son sus incursiones en lo autobiográfico. "Los conceptos pasan, las formas permanecen", decía J.R. Ribeyro.

18/6/13

Notas de invierno en junio

Se me queda pequeña la ciudad, y he de cerrar el paraguas para atravesar algunas calles.

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Ponemos un cactus al lado del ordenador para que nos sirva de ejemplo, aunque no sepamos muy bien de qué.

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Sí, lo verdaderamente importante no sale en los periódicos. Pero todas las mañanas corro a leerlos, no vaya ser que olvide que lo verdaderamente importante no sale en los periódicos.

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Viejo casino de pueblo, hasta con pianista de ojos saltones. Toca su música y ésta, en lugar de elevarse y perderse entre las lámparas, va por las mesas tirándonos de las orejas, como un niño maleducado.