26/3/11

Resistencias

LLUEVE, pero da igual. No nos vamos de picnic; nos vamos a un concierto. La venta de entradas, por lo que sé, no va mal. Pero el aforo no es muy grande. El dinero que se saque es para la Cruz Roja Japonesa. Hace un par de días llamó la SGAE a mi casa. ¿Qué vas a tocar?, le dijeron a K. ¡Mándanos el programa! ¡El programa! Ni Mozart ni leches.

No se cómo quedará la cosa. La mujer que llamó tenía la voz quebrada, como de haberse pasado años gritando desde la ventana de un patio de luces. Quizá dentro de unos días manden a dos hombres barrigones en chándal, tipo Los Soprano, a sacarme el canon de la piel. Han conseguido que no gastar un céntimo en música sea casi una posición ideológica, como estar en contra de los abrigos de piel o de la matanza de focas en el Ártico. La SGAE es a la música lo que las termitas a la madera. Por desgracia.


LEO en El italiano, de Bernhard:
“La dificultad es comenzar. Para el imbécil eso no es una dificultad, porque no conoce ninguna. Hace niños o hace libros, hace un niño, un libro… niños y libros sin interrupción. Le resulta totalmente indiferente, al fin de al cabo no piensa. El imbécil no conoce la dificultad, se levanta, se lava, sale a la calle, lo atropellan, se convierte en puré, le da lo mismo. No hay más que resistencias desde el principio, probablemente ya de siempre.” [pág. 27, El italiano, editorial Alianza.]

EXCELENTE artículo de Vila-Matas hoy en el Babelia.

22/3/11

Mayúsculas que dan miedo

De fondo, ya digo, el jorobado de Notre Dame.


QUIZÁ ALGÚN DÍA tenga que escribir esta frase: Me dejó porque no soportaba que se me ocurriesen cosas por la noche.

AL VER UNA película me imagino los cortes que haría siendo el director. Ayer, viendo en la televisión una hora y media más o menos de La hija de Ryan, me quedó la hora y media de película en veinte minutos. En todo caso había más película, antes de encender la televisión, y después, cuando ya me fui a la cama. Para algunas películas nunca seremos lo suficientemente pacientes. No por lentas, sino por insistentes. No se conforman con decir algo una vez; no dejan de subrayar lo que ya hemos entendido perfectamente. Digamos que el error del director está en tomarnos por sordos. Una película marcada en demasiados pasajes con rotulador fluorescente, como esos libros de adolescentes que confunden memorizar con pintar surcos sobre las líneas. David Lean no se aplica la frase de André Gide: “No hay obra de arte sin atajos.” Si me preguntaran qué salvaría de esta película, diría; el aburrimiento. Cuando pasan cosas se hace insoportable. Y salvaría a Robert Mitchum, sobre todo; un tipo que no hace nada en toda la película; sólo ponerse y quitarse las gafas. Pero qué bien se quita las gafas, el tío. Hay más cine en esa mirada de tortuga hipnotizada que en todas las caras de idiota que pone John Mills, que hace de tonto del pueblo, aunque parece que se escapó de El jorobado de Notre-Dame. El Oscar, por supuesto, se lo dieron a John Mills.

EXPLICÁRSELO. Podría decir: Los escritores son personas que tienen problemas con las palabras.

LO DE JAPÓN no parece dar más de sí. Si los terremotos y los tsunamis no muestran una filiación política clara, al menos las Centrales Nucleares sí. Las Centrales Nucleares son de derechas; sólo hay que verlas. Aunque, qué duda cabe, son muy prácticas al parecer. Del viento y del sol no se puede fiar uno. Ah, pero de los átomos. Esos no fallan. Los neutrones se chocan unos con otros llueva, nieve o haya sol. Los neutrones trabajan día y noche. Si no quiere usted neutrones chocándose cerca de su casa, renuncie a la tele, al ordenador, a la maquinilla eléctrica. La derecha siempre ha sido, sobre todo, práctica. Y en ese mundo ideal en el que no pasa nunca nada la energía nuclear es lo más práctico que hay. Es decir, supuestamente barata. No he oído en mucho tiempo, puede que nunca, más rebuznos a favor y en contra de la energía nuclear, sobre todo a favor, que la semana pasada. Y lo que no soporto son las estadísticas. Cuando alguien me saca estadísticas le rebanaría el cuello con un cuchillo oxidado.

SI ME DARÁN miedo las centrales nucleares que las he escrito más arriba con mayúsculas.

19/3/11

Un minuto de gaita


AYER NOS ACERCAMOS a la plaza del Obradoiro. Un minuto de silencio con una gaita de fondo. La gaita era del omnipresente yonqui gaiteiro que no abandona, ni para comer, el túnel que sube a San Martín Pinario. La gaita histérica, como un coche que se ha quedado sin frenos, le quitó un poco de gravedad al momento. Era una muiñeira despeñándose. Había más fotógrafos que manifestantes. Lógico, el gesto es bueno, pero figurar en estos saraos es un coñazo. Estaba el alcalde, etcétera. El alcalde y los demás se protegían los testículos, ese gesto tan piadoso, tan sacerdotal, como si formaran una barrera y la falta la fuese a tirar CR7. Habló Megumi, la, digamos, embajadora japonesa en Galicia, o la embajadora de Galicia en Japón. Es una mujer muy bajita. Tiene uno que ponerse de rodillas para darle los besos del saludo. Nos dan miedo las mujeres tan bajitas, porque el icono de la mujer superbajita en el cine contemporáneo es esa enana de voz chillona que habla con los muertos. Quizá sea por eso también, por bajita, y por maga, que se mueve con esa agilidad por los pasillos de las administraciones. Supongo que es otra especie de relación con el más allá. Ella es el Camino de Santiago en Japón. Dijo; los japoneses también lloramos. Los fotógrafos enfocaron las cámaras a sus ojos, pero no, no lloraba. Guardamos los clinex para otro momento. Hay que ir a lo práctico y dejarse de mariconadas. Haruna, pianista, dijo: Se va a hacer un concierto para recaudar fondos para la Cruz Roja Japonesa. El alcalde dio su bendición y ya nos dispersamos.

El concierto será el sábado día 26 en el Hostal Reyes Católicos. Ese marco incomparable. La entrada no es gratuita, sino ya no sería recaudatorio el asunto, y los miles de niños japoneses sin casa tendrían que taparse con periódicos por las noches. Muchos no tendrán padres ni madres que les arropen, por lo menos que tengan mantas y comida. Pocas mantas y comida se comprarán con el dinero que saquen, pero algo es algo.


UN HAIKU de Borges:

Callan las cuerdas.
La música sabía
Lo que yo siento.
La cosa irá por ahí.

17/3/11

Que salgan ya los cerezos en flor y que se acabe la broma


LA COSA NUCLEAR de Fukushima tiene un aspecto lamentable. No sabemos si ese humo blanco que sale es aire radiactivo, vapor de las duchas o restos de una fogata inofensiva. No hay esquina del bicho que no esté tocada. Lo que era cubo perfecto es ruina, papel vegetal arrugado, meado ya, retrete público atascado por un inmenso zurullo que nadie es capaz de neutralizar. He visto en la tele a un profesor de Física Atómica que ha asegurado que la NHK está mintiendo y que la fuga radiactiva ya se ha producido o se está produciendo. Lo decía con mucha gravedad. No es para menos. Le he visto cara de enterrador, de enterrador buena persona, como el que echa su tierra con el respeto que merecen los muertos y se lamenta de las vidas arrebatadas por la guadaña. Esos camiones de bomberos y esos helicópteros echando agua sobre el núcleo candente le parecen una engañifa; un espectáculo para que nadie les culpe cuando pase lo peor; es apagar un incendio en un bosque con un botijo. ¿Qué pensar? Pensar es malo y no sirve para nada en estos casos. En casi ningún caso. Si queréis pensamiento ahí tenéis en la Web hordas, cientos, quizá miles de pensadores anónimos (pero con nick) denunciando las vanidades del mundo en los sótanos de algún blog famoso. Así que hablamos con Tokyo; aceptan lo que tenga que pasar. Sonríen. Los niños de la familia se van a pasar el fin de semana a Kyoto, más al sur, de vacaciones. Los demás se quedan. Se queda todo el mundo. No van a moverse. No hay éxodo, a no ser de extranjeros. Tokyo no se mueve. Eso es lo que yo sé, lo que ellos saben o creen.

Entre el histerismo occidental y el estoicismo japonés me quedo con la pena, esa pena un poco borracha, de borracho ocasional, sin ir más lejos, y que sólo es mía, de ella, nuestra. Le digo entonces, que todo se acabará arreglando, qué voy a decir, aunque no se arregle, y que dentro de poco la noticia dejará de ser Japón y entonces todo volverá a su cauce; la atención estará en otra parte, otro apocalipsis cualquiera en otro lugar del mundo (quizá se vuelva al hundimiento general de España, punto y seguido), y a los japoneses les dejarán en paz sufrir su fin del mundo, como a cada hijo de vecino, aceptando con verdadera valentía el precio que haya que pagar por lo que llamamos progreso, pero también, seguro, para levantarse otra vez a esperar otro fin del mundo mientras fabrican coches, duermen en el metro al volver de sus trabajos y comen bolas de arroz envueltas en alga bajo los cerezos en flor. Salud.

SE REEDITA “El gato encerrado”, el primer tomo de los diarios de Trapiello. Me sigue pareciendo muy bueno. Es el tomo que más he releído, el único que he releído entero. Pero ni creo que sea el mejor escrito, aunque esa prosa ya está ahí, sin duda, ni el que alberga las entradas más famosas y descacharrantes (cómo no acordarse de Gimferrer), ni por supuesto se le ve al escritor la seguridad y el alcance y quizá la ambición de otros tomos. Pero sí, no le sobra nada. Es un libro casi derrotado. Vacilante, a vida o muerte, pero sin apuro. Está escrito desde la nada. Siempre se escribe desde la nada, pero hay nadas más nadas que otras. Es más íntimo que ninguno, aunque sea el principio de una intimidad, no del yo, sino de una, tan bien nombrada en la solapa, verdadera “literatura del tú”.

16/3/11

No pasa nada

Esta podría ser la foto de uno de esos anuncios de crecepelos o dietas en los que siempre hay un antes y un después. En este caso; antes del terremoto, y después del terremoto. Es el portavoz del Gobierno japonés.


AYER, EL COMISARIO de Energía de la Unión Europea, un tal Ötinger, habló, refiriéndose a la crisis nuclear de Japón, de ‘apocalipsis’. Y para que no se pensara que la palabra se le había escapado sin meditarla, aclaró: “La palabra me parece muy apropiada. Todo está prácticamente fuera de control.” Antes, el tipo, ya se había encomendado al Cielo: “Espero que con la gracia de Dios se pueda evitar lo peor.”

Menos mal que era comisario de Energía; si llega a ser comisario de cualquier otra cosa se echa al suelo a rezar una plegaria.

Hoy, Akihito, este emperador con nombre de dibujo animado, dijo en la televisión pública japonesa que está “profundamente preocupado”. También dijo que reza por todos sus súbditos. En Japón el emperador no es un tipo que vaya dando discursos por ahí, cada dos por tres. Se reserva para ocasiones muy especiales. Sólo cuando una gran catástrofe destroza una parte del país aparece él, casi Él, digamos, en pantalla, dejando un reguero de palabras tranquilizadoras, en un tono sereno y pausado, perfecto para aprender japonés o para dormirte. Es un discurso que apaciguaría al mismísimo Godzilla. Si es un misterio el papel que hoy en día juegan las monarquías en este mundo, en el caso de Japón la monarquía es un misterio de un misterio.

Me dicen que nunca había salido a perorar antes en la tele. Ser emperador es un chollo.

LOS JAPONESES LLORAN, claro que sí. Y si les pinchas con una aguja maldicen. Lloran menos que en Gran Hermano, al menos en público, pero lloran. Otra cosa es que en el resto del mundo haya más alarma respecto a lo que está pasando allí que en Japón. Y esto es así. Por lo menos en las zonas menos afectadas por el tsunami. En Tokio, al menos, puede haber cierta preocupación por el desastre en Fukushima, pero no pánico. Ni mucho menos. Se lo toman con bastante calma. Con demasiada calma, me parece. O ellos están locos, o nosotros estamos locos. ¿Quién tendrá razón, los que creen que estamos ante el apocalipsis nuclear (en general, los medios de fuera de Japón, es decir, el resto del mundo), o los que creen que no es para tanto? También puede ser que, aún creyendo que es para tanto y más, piensen que no pasa nada. Una especie de orgullo nacional. Sólo las ratas y los banqueros abandonan el barco cuando se hunde. Puede ser complicado, en todo caso, acabar de entender a quienes no saben cada noche al acostarse si en mitad del sueño no tendrán que salir corriendo de sus casas para no volver a entrar en ellas nunca más.

LA ENERGÍA NUCLEAR es tan limpia y segura que al final todo se reduce a unos tipos desesperados echando cubos de agua a algo que no se acaba de enfriar.

15/3/11

Nostalgia de cuando no se acababa el mundo

La vida se complica más y más. Antes aparecía Fraga en bañador y se arreglaba todo.


LA VIDA SIGUE, pero no del todo. Uno se queda encallado (y encanallado) en la noticia de última hora, en el último minuto, como si en un descuido de atención pudiera ocurrir lo peor. Y a pesar de todo ocurre. Esto no es como el fútbol. Uno ve los partidos de su equipo, no ya porque le guste el fútbol (el fútbol quizá no le gusta a nadie), sino porque cuando se levanta uno al baño a mear la cerveza el contrario siempre mete un gol. No digamos ya si no vemos el partido. Así que me quedo hasta las dos de la mañana pendiente de si esa central nuclear va a dejar escapar su veneno o no. Los expertos y los políticos de aquí, a miles de kilómetros de Japón, repiten el rollo: Eso nunca será Chernobyl. Tranquilizador, señores. Podríamos ponerle el bañador a Fraga y lanzarlo desde un helicóptero al mar, frente a Fukushima, aunque sólo sea para demostrar al mundo que la centrales nucleares son seguras, porque a Fraga, indudablemente, no le pasaría nada. Fraga es a la contaminación nuclear como esos canarios que se llevaban a las minas y al que no se le quitaba ojo por si se desmayaban. Pero Fraga está pachucho. Que se lleven a Esperanza Aguirre.

EL ALCALDE DE TOKIO tiene una teoría: Lo que le ha pasado a Japón es “un castigo divino”. Demasiado egoísmo, dice. Todos esos barcos clavados en los tejados de los edificios y en alguna colina le han recordado el diluvio universal. Eso lo dijo ayer. Se conoce que ha dormido mal esta noche y hoy pide disculpas. No todas las víctimas se merecían la ira divina. Es un nazi, me dice K, cabreada. Y no es que sea exagerado: es famoso por sus paridas escandalosas contra inmigrantes, homosexuales. Curioso, por cierto, que el alcalde de una ciudad de doce millones de supuestos ateos hable de castigo divino. Claro que los japoneses no son ateos, como asegura el bueno de Arcadi Espada. Son algo menos que ateos, diría yo. Ateo ya sería algo, algo divino. Ateo es el mínimo porcentaje de religioso que puede ser uno. Ser ateo implica haberte codeado alguna vez con dios, y negarlo; los japoneses, en cambio, a dios, no le han mirado a la cara en su vida. Así que el quiera rezar que rece; y el que quiera creer que al pagano no le afectan los rezos del creyente que lo crea. Ridículo de todas formas.

LOS NIPONES NO son perfectos. Es verdad que son educados, amables, silenciosos, no escupen en la calle, saben mucho de ordenadores y hasta les gusta el flamenco. Son sensibles y su arte no suele ser charlatán, o retórico. Si algo está demostrando esta desgracia al mundo es lo admirable que es el pueblo japonés. Como defecto podemos decir que son un poco sádicos. La prueba irrefutable, por supuesto; Humor amarillo. Pero lo peor no es eso; lo peor es que son bastante masoquistas. Véase la clase gobernante de sus últimos treinta años. Corrupción, militarismo, incapacidad para sacar al país de la crisis económica en veinte años. Y no será porque no son resultones en I+D. Japón es su pueblo, esa es la fuerza; políticamente no pasa de república bananera.

11/3/11

Ya

¿Qué coño está pasando en Ciudad Gominola?


Lo primero es: ellas no están allí. Podrían estar, pero no están. Después pienso en todo lo demás.

Supongo que pocos minutos después del terremoto ya habría colgados videos y comentarios en la Red. La noticia retransmitida en el acto. Antes incluso de que el terremoto acabase de derrumbar todo lo que había venido a derrumbar. Es la inmediatez literal. En una de las imágenes que ponen en los telediarios vemos cómo tiembla una oficina (quizá de una cadena de televisión), y van cayendo torres de papeles, libros, pantallas, etcétera. Algunos están de pie, con las manos sobre la mesa; otros sentados, mirando a todas partes, por si el techo se les viene encima. Cuando los temblores parecen más fuertes veo que uno empieza a teclear en su ordenador. ¿Qué está haciendo? ¿Está buscando ya en Google la noticia que él mismo está viviendo? ¿Está, acaso, el tipo, buscando cómo va a acabar todo? Seguramente ya este dando la noticia de su muerte en Twitter.

En otro video, un hipermercado. Las empleadas, con mascarillas (¿?), sujetan con sus manos las estanterías. Dan ganas de abofetearlas. Alguna botella de vino se cae y se rompe contra el suelo. Soportan con paciencia el meneo de las estanterías. No les importa, parece, morir aplastadas por latas de comida para gatos. O peor aún; para perros.

Se habla de la educación de los japoneses. Viven desde pequeños inmersos en la cultura del terremoto, de la catástrofe inminente. Así que al sentir los primeros temblores pensarían; Otro terremoto. Y después, cuando la cosa no sólo no se extinguía sino que iba a más, pensarían; Ya está, ya ha llegado.

Lo más repugnante en los medios que informan sobre el terremoto; la noticia económica. Siempre hay una noticia económica miserable que nada más enterarnos de la catástrofe, o revolución, o guerra, terremoto en este caso, ya nos está adelantando las consecuencias económicas del suceso. Como si eso fuese lo que más nos importase. Como si todos fuésemos una especie de especuladores internacionales que viven pegados a la pantalla del ordenador viendo cómo suben o bajan las bolsas del mundo y frotándonos las manos de gusto o echándoselas a la cara de disgusto dependiendo de lo que pasara. En El País: “El terromoto llega en el peor momento para la economía japonesa, acuciada por su alto nivel de deuda.”

Ni siquiera sabemos cuántos muertos hay. Que los cuenten primero, al menos. Yo, a la Bolsa, ese ente misterioso (esa mano invisible siempre tira para el mismo lado, como los carritos del super), le diría: Espera a que acabe de una puta vez el terremoto y después nos cuentas lo que te debemos.

10/3/11

Bilbao

SI ME ABURRE conducir, más me aburre no conducir. Pero no lo va a conducir uno todo (sobre todo en un viaje largo), así que me revuelvo en el asiento del copiloto y cambio el repertorio musical por la radio. Ella conduce con alegría, tamborileando con los dedos en el volante, y perfectamente concentrada (creo) esquivando camiones que nos aplastarían como una colilla y leyendo el nombre de los pueblos por los que pasamos. En la radio uno de esos programas de tarde en los que todo el mundo parece llevarse muy bien y ríen automáticamente. Charlan de cualquier cosa, parece, lo mismo del paro que de las redes sociales o de los inconvenientes de tener perro, gato o iguana. En directo sacan ahora a una ex ministra, una que tenía sus problemas para hacerse entender y administrar aeropuertos y obras del AVE. No detesto el acento, pero me cae mal la mujer; ahora es vicepresidenta o por ahí de una banco de inversiones europeo, sea eso lo que sea. La felicitan por ser mujer y haber llegado a tan altas posiciones. Respecto al gobierno actual dice: quizá haya que mejorar la comunicación. Podríamos decir que un político es alguien que sólo admitirá como equivocación un error de comunicación, de transmisión. Es decir, de venta. Nos está diciendo: Es que mentimos todavía mal, es que somos vendedores deficientes. Presumen con falsa modestia de lo mal que ‘comunican’, como si admitieran un exceso de sinceridad. Al mismo tiempo acusan al adversario de ser mucho más hábil en la mentira. En el fondo, la culpa va a ser nuestra, por no conformarnos con sus mentiras a medias y aspirar a que nos den gato por liebre.


BILBAO. Primer día. Caminamos despreocupados por la Gran Vía. Se hace de noche. Las gafas de sol de nada sirven, pero quedan tan bien. Hasta las feas tienen algo. Ya conocemos la ciudad, más o menos, así que no nos sentimos nada obligados a hacer cosas de turistas. Además ella viene a trabajar. Yo vengo de acompañante (puesto oficial) y de cuidador infantil. Está claro, me dice en la calle, que es un país de altos. Pero después de recordármelo varias veces, o de recordárselo, dice: Ah, es que no llevo tacones… Es por eso.


YO NO SÉ cómo era Bilbao antes. Yo veo cómo es Bilbao ahora. Y lo veo como un paseante sin destino, más que salir a comer y volver al hotel. Conozco Bilbao, no sé, de siete años para acá. El Bilbao de antes era el Bilbao gris, laborioso, hundido e industrial, agrio casi, en el que uno creía por tener algo a lo que agarrarse, no porque lo hubiera visto. Era el Bilbao que nos contaban. Por lo menos antes de que se inventase el Museo ese con arquitectura cibernética de repollo metalizado y contagiase al resto de la ciudad un futurismo próspero y modernillo, sostenible. No hay palabra hoy en día más bendita; sostenibilidad. Y ni idea de qué viene siendo, o si viene siendo algo de verdad. Pero a uno se le ocurren en esta ciudad esta y otras palabras de igual catadura, porque más que una ciudad parece la maqueta de una ciudad ideal. Las zonas verdes parecen pintadas por un Antonio López, de lo pulcras y bien cuidadas; las aceras son anchas y aparecen aquí y allá algunas de esas figuras con perro que se colocan en las maquetas para que no parezcan proyectos fantasmas. Hasta los perros, sin ir más lejos, parecen llevar una vida muy completa y cómoda. Hay zonas verdes para ellos en las que se relacionan con otros perros e intercambian babas y ladridos. Supongo que hasta las cucarachas, discretas y señoriales aquí, tendrán una calidad de vida excepcional. Es tan moderna y habitable esta ciudad que, ya digo, parece una maqueta radiante en la que no falta de nada. Los autobuses no portan esa publicidad espantosa que nos pone de mal humor y las papeleras son portentos de diseño. Al fondo de algunas calles, muy cerca, se ven las colinas verdes, pero de un verde otoñal, terroso, y le da a la ciudad un aspecto muy sano y desahogado. Uno tiene a la vista el campo, lo rural, el verde pastoril, y tan cercano que casi podemos ver a la oveja que en estos momentos dispara sus pelotillas de mierda en la pradera, tan cerca de nuestra vida urbana que no nos hace extrañar nada ni perdernos en nostalgias por una vida más auténtica entre vacas y tomates. Esto desde una terraza céntrica tranquiliza mucho; todo parece a mano, la vista descansa con ese fondo bucólico. Los humos del tráfico son un espejismo y hasta el tranvía verde, silencioso como un rayo sin trueno, lo vemos pasar como una parte del futuro que nos adelantan.

Supongo que exagero, pero también supongo que no. Han sido unos días de sol. Eso también influirá.

3/3/11

¡Comed más fruta!

A ver quien es el guapo que convence a estos para que se indignen. Bueno, quitarles las drogas y la música y ya veréis el cabreo que pillan.


NO LE NIEGO BUENAS intenciones al hombre, un anciano de 93 años, e incluso tiendo a creer que de un anciano, de cualquier anciano, podríamos aprender a restarle importancia a tantos asuntos mezquinos en los que gastamos nuestras vidas. Ellos ya han gastado las suyas, quizá puedan decirnos cómo no caer en los mismos errores. Una vida más sabia. Aprender a vivir mejor. No encuentro por ninguna parte al anciano vivo y sabio de la tribu que nos informe, que nos aconseje. Los sabios que conozco están todos muertos y ellos me informan. Pero quiere creer uno casi que cualquier anciano podría ser perfectamente un alegre y nostálgico anarquista, un indiferente, un bendito, un maestro. Ese alegre y quizá nostálgico bendito, ese maestro anarquista, indiferente a las paridas diarias del mundo, no existe o no se deja ver. Por alguna razón los ancianos no tienen tanto que contar, y lo que tienen que contar muchas veces está deformado por las arengas radiofónicas y los discursos ideológicos de uno u otro gran grupo mediático. Los ancianos son tan mortales como nosotros; puede que más. En fin, una pena.

Es la vejez que nos espera, eso en el caso de que lleguemos. Se diría que la vejez nos empuja a supervisar obras públicas por los agujeros de las vallas y a echar pan duro a las palomas en los parques mientras charlamos con otros ancianos de lo mal que mal que el mundo se administra y en concreto el ayuntamiento en el que se vive. El adolescente suele ser un bárbaro, incluso un gilipollas, como nos decía un profesor a la cara con una sonrisa cuando éramos adolescentes y supuestos gilipollas. Pero yo tiendo a ver en esa rabia adolescente y gilipollas más verdad y valentía que en el puño anciano golpeando la barra del bar. Sí, la rabia casi siempre es mala consejera, pero sin la rabia no somos más que corderos que se creen muy libres. En su libro “¡Indignaos!” yo no sé qué cuenta Stéphane Hessel, pero no es difícil imaginárselo. Incluso me parece una redundancia el título. Me lo tomaría como un insulto si tuviese ganas. Lo hojeo, y me acuerdo de ese camión de fruta bastante conocido en esta ciudad que lleva un letrero enorme en el que dice: ¡Comed más fruta! Si de algo no tiene uno ganas al ver el camión es de comer más fruta. Qué somos, para que se nos ordene de esa forma (¡entre exclamaciones!) que comamos más de esto o de lo otro.

¿Que me indigne? Pues, hombre, si me da la gana.

Ese apostolado me irrita. Cualquier apostolado. No faltarán voluntarios para decirnos lo que tenemos que hacer y cómo tenemos que vivir como para que además vengan también a decirnos cuándo y por qué cosas hay que indignarse. Sé positivo, sonríe, da muchos abrazos, come fruta, haz deporte, indígnate, ponte moreno.

Pues eso, ¡indignaos!, si os apetece. Yo soy de los que nunca dice nada entre exclamaciones. Espero que haya un incendio para estrenarme.

***

EN "DESGRACIA" DE COETZEE, que acabo de leer hace un par de semanas; al protagonista su hija le reprocha que no tenga una conciencia muy desarrollada respeto a los derechos de los animales:


Perdóname, hija, pero me cuesta un gran esfuerzo interesarme un poco por esta cuestión. Es admirable lo que tú haces, lo que hace ella, pero los defensores de los derechos y el bienestar de los animales a mí me parecen un poco como cierta clase de cristianos: todos tienen mucho brío, mucho ánimo, y tan buenas intenciones que al cabo de un rato a mí me entran ganas de irme por ahí y dedicarme al saqueo y al pillaje. O dar de patadas a un gato.
[Pág. 90. Desgracia. J.M. Coetzee. Mondadori]