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23/10/08

De opacos

No sé en qué artículo de qué libro de artículos leí hace mucho una frase de J. Marías: más bien un trozo al vuelo, tres palabras en una frase que por alguna razón se me quedaron grabadas casi sin querer. Era esto, refiriéndose a una obra literaria: "…una cierta opacidad embriagadora…", que decía.

Al principio, lo admito, me sonó como si dijera "…cierta bofetada embriagadora…". Ah, pensé; por eso le gusta Benet, el hacedor de ladrillos. ¿Opaco? ¿Será el mismo opaco (el opaco opaco de toda la vida)? Veamos el diccionario, que todo lo sabe: según el María Moliner, opaco: "1. No transparente. Turbio. 2. Poco brillante, en sentido material o inmaterial. Deslucido, gris, insignificante." Es decir, que el camino que lleva del significante al significado está roto (o es tan difuso que no lleva a ninguna parte), lo mismo que pasa a veces con un enlace web. Podemos leer pero no saber del todo qué cojones se nos está diciendo.

Esto, a todas luces, es un vicio, lo de leer sin entender del todo lo que leemos. Yo, que soy tan vicioso como cualquiera (quizá más), me tomo mi dosis de opacidad leyendo en portugués a Lobo Antunes. Claro que Lobo Antunes escribe bien; es decir, se le entiende. Si lo lees. A algunos se le entiende sin leerlos; a Lobo Antunes hay que leerlo, y así nos entendemos. Además, para mí, es muy cercano. Parece gallego. Pienso todo esto porque tengo en la mesilla el libro de relatos (casi todos, inéditos y publicados) de Faulkner que sacó Anagrama (lo encontré en librería de viejo) hace años. Ahora lo encontráis reimpreso en bolsillo con una letra microscópica, ilegible del todo. Una letra como cagarrutas de mosca. Pues eso, que lo leo y me interesa de alguna manera. Estoy preso del mal del que hablaba Marías; esa cierta opacidad embriagadora, quizá, me tiene en vilo. Porque el tipo no me acaba de disgustar; es decir, creo que Faulkner es nutritivo, como las lentejas. No tanto porque me importe lo que pasa en su sur y sus personajes y perros olfateando una presa, sino porque era lo suficientemente bruto como para creerse lo que escribía. No pido más. No creo que nadie pida mucho más. Leo un relato titulado Adolescencia, de los primeros suyos (1920, o por ahí), y es muy bueno por la simple razón de que también es muy malo. Y está escrito de pena. Cuando acabas dices; guau, vaya tío. Aquí pasó algo. Es como leer un buen poema, un gran poema, uno entre cien millones de millones. Dices; con lo que pillo me tiemblan las carnes. Quitando florituras literarias, al final lo que vale es eso; aquí pasó algo. Lo malo es que me pone del hígado; Faulkner escribe como un culo. Quiero decir, que lo leo a pesar de cómo escribe: No pido que escriba bonito, al contrario; que escriba menos hermoso, con esas frases que se pierden en sí mismas y que casi te pones nervioso no sabiendo dónde acaban, con veinte subordinadas contándonos a qué se parece una teta de la yegua y que un niño se rasca un sobaco mientras… Eso. No creo que sean tiempos estos para churriguerías. A lo mejor es que vimos demasiada televisión y se nos fastidió alguna glándula para mantener la atención mucho tiempo seguido antes de un punto. Claro que hay churriguerías huecas, pero no es el caso de Faulkner, por lo menos. Aún así dan ganas de reescribir sus cuentos.

Eso si uno supiera escribir.

[Sí, a algunos de los mejores escritores de la historia literaria se les acusó de escribir mal, lo que parece paradójico, y no lo es. Aquí vuelvo a lo que decía Marías, que interpreto así: Para escribir bien hay que escribir un poco mal, o no escribir bien del todo. 

Tampoco hay que pasarse de rosca.]

31/7/08

Imaginación y memoria

"Es curiosa la conexión tan íntima que hay entre ambas. Si no tienes memoria, no puedes tener imaginación. Creo que la memoria no tiene solamente que ver con el pasado; también tiene que ver con el presente y quizá con el futuro."

Antonio Lobo Antunes (del libro Conversaciones con A. Lobo Antunes, editorial Siruela)

18/3/07

Una enorme sombra

En esto de los libros hay que dejar que el instinto (esa glándula) decida por nosotros; el cerebro no tiene ni puta idea. Si le hacemos caso, si nos guiamos por lo que nos cuenta (el pobre se deja convencer con razones) acabamos leyendo cosas infumables como mártires jilipuertas, y lo que es peor, acabamos leyendo cosas aburridísimas, que nada tienen que ver con nosotros.

Cada uno lee su biografía, su biografía interna, y su vida, la de afuera, también. Por eso a veces no tiene mucho sentido recomendar libros. Cada uno que se encuentre los suyos, los únicos que le valen. Hay algunos tan buenos que nos explican a todos, en ellos el retratado es el humano profundo, es decir, el subnormal profundo que duerme mayormente aquí dentro, debajo de las costillas o del cráneo, su sueño de zombi espiritual. Con esos libros, que son “como el hacha para el mar helado que llevamos dentro”(Kafka), valen las recomendaciones; es apostar sobre seguro, pero no son muchos. Por desgracia, o por fortuna.

Por eso hay cosas con las que no puedo, y como no puedo ya ni quiero poder, ya que estamos, si me fío de mi glándula lectora. Cuántas veces (bueno, no tantas), me dije; voy a leer a Benet. Las mismas que acabé diciéndome; no vuelvo a intentarlo. Nada qué hacer, cosas de la glándula. También le repele, por ejemplo, la "Ley de régimen jurídico de las Administraciones Públicas y del procedimiento administrativo común", que tanto se parece a veces a las cosas del propio Benet.

Y después he comprobado una norma que se cumple casi a rajatabla por mis praderas interiores; haciendo cuentas llego a la conclusión que todo escritor que se dice admirador de Faulkner se me atraganta, como hueso de pollo, y si dice que es deudor, vamos, salgo corriendo, aunque sea en bata... No es que Faulkner esté mal, no es eso, está bien, me gusta, pero sus deudores me sientan como una patada en los mismísimos. Es decir, mi glándula no los tolera, es así de fina. No es mi culpa, la culpa es de esa cosa, una próstata que segrega endorfinas o ácido clorhídrico según leamos a Pessoa o a T.S.Eliot, respectivamente.

Pero hay una excepción; Lobo Antunes. Y dentro de Lobo Antunes, otra excepción; sus crónicas. Estas me gustan, más que sus novelas. Sobre todo en portugués, lo prefiero.

Me lo imagino escribiendo esos pequeños relatos sobre la mesa de la cocina, entre migas de pan, como un descanso que se toma de sus novelas, con la luz amarilla de la bombilla temblando de soledad o de frío o de algo así, que encoge el coraçao, en ese momento del día que los medio portugueses llamamos entre lusco e fusco, ni día ni noche, y añorando otros tiempos que ya no volverán, otras viudas que no fue, o ese jubilado que da de comer a las palomas y que habla con la foto de su mujer, recordando aquel pie de niño muerto para el que escribe.

Remato con esta cita. Es el final de una crónica (A compaixao do fogo). Se refiere al final de la vida de Tolstoi, tan ventilada últimamente en una casa vecina:

“Talvez acabe morrendo sozinho, numa pobre estaçao isolada de caminho de ferro, como Tolstoi. Espero que sim, porque enquanto agonizava, deitado numa espécie de maca, os seus dedos continuavam a desenhar no lençol letras e letras que o encarregado dos comboios ia tentando ler. Uma estaçao de caminho de ferro isolada pola neve, um velho agonizante a deixar na mortalha uma mensagem de fogo e um camponês a soletrar-lhe as frases até que a mao parou. A mulher de Tolstoi no seu diário: morei quarenta anos con Leao Nicolaievitch e nunca soube que espécie de homen ele era. Ninguém sabia entao. Hoje sabemos: fez-nos erguer sobre as patas traseiras e projectamos uma enorme sombra.”

14/3/07

Fazer chichi

Yo soy portugués, aunque nací en Pontevedra, que no acaba de ser Portugal. Soy portugués, aunque nadie de mi familia es portugués, pero eso es lo de menos, no nos fijemos en estas nimiedades, no seamos aguafiestas (¡suspensión de la incredulidad, cojones!); soy portugués y basta. Lo sé.

La bandera de Portugal es una auténtica caca, una caca enmohecida retratada por Tapiés. Horrorosa como la de España. Juntas hacen algo más horrible aún, un Camerún o así. Pero no hablo de banderas ni de patrias; hablo de algo tan abstracto como eso pero menos idiota y por supuesto menos aburrido. Me refiero al alma, esa entelequia, que como tal, como entelequia onanística, es lo que a mi, un servidor, le salga de los cojones. Por lo tanto, soy portugués porque me sale del alma, es decir, de los testículos, que son los testigos del culo, es decir (una vez más), los ojos, no, el ojo de la oscuridad, de la parte oscura de la luna.

Portugal es el lado oscuro de la luna; Portugal es el culo. El culo del mundo.

Cuando pierda por fin del todo, cuando el fracaso ya sea irremediable y no haya forma de seguir engañándose, me escaparé a Porto, o a Lisboa, depende, a vivir en un cuartucho inmundo como en un culo gordo de vieja prostituta, y sacaré la cabeza por la ventana (de ese culo) para oler la sal del escupidero inmenso que es el mar. Mis babas de residuo humano perplejo saltarán por la ventana también si me da la gana, aunque solo porque rima con ventana, y escribiré un poema, uno solo, para qué más, que corregiré cada día con barba de una semana.

Esta será mi ventana,
y las bragas tendidas,
las de mi lusa amada.

Entonces seré feliz. Sólo, feliz, nadie me conocerá ni yo conoceré a nadie, ni a mi mismo, por supuesto, que es lo importante. Uno se marcha para marcharse de uno mismo, aunque suene a tópico barato. Eso es lo que hace todo el mundo, sino no habría ninguna necesidad de marcharse. ¿Para qué? ¿Para gastar gasolina?

Caminaré por las calles con cautela de anciano, una rama seca que se va a romper, y antes de dejar que me atropelle un tranvía me enamoraré (de mentiras, claro, pero yo me lo creeré) de una portuguesa que me dirá:

-Vou fazer chichi...

Y en ese momento de espera mientras va al baño a fazer chichi la esperaré con una sonrisa pensando; la vida valía la pena.

Todo esto viene a cuento porque estaba pensando en Lobo Antunes, al que le acaban de dar el Premio Camoens de Literatura. Pensar es soñar.

Pues sí, Antunes, también una buena razón para ser portugués. Felicidades, jefe.