No sé en qué artículo de qué libro de artículos leí hace mucho una frase de J. Marías: más bien un trozo al vuelo, tres palabras en una frase que por alguna razón se me quedaron grabadas casi sin querer. Era esto, refiriéndose a una obra literaria: "…una cierta opacidad embriagadora…", que decía.
Al principio, lo admito, me sonó como si dijera "…cierta bofetada embriagadora…". Ah, pensé; por eso le gusta Benet, el hacedor de ladrillos. ¿Opaco? ¿Será el mismo opaco (el opaco opaco de toda la vida)? Veamos el diccionario, que todo lo sabe: según el María Moliner, opaco: "1. No transparente. Turbio. 2. Poco brillante, en sentido material o inmaterial. Deslucido, gris, insignificante." Es decir, que el camino que lleva del significante al significado está roto (o es tan difuso que no lleva a ninguna parte), lo mismo que pasa a veces con un enlace web. Podemos leer pero no saber del todo qué cojones se nos está diciendo.
Esto, a todas luces, es un vicio, lo de leer sin entender del todo lo que leemos. Yo, que soy tan vicioso como cualquiera (quizá más), me tomo mi dosis de opacidad leyendo en portugués a Lobo Antunes. Claro que Lobo Antunes escribe bien; es decir, se le entiende. Si lo lees. A algunos se le entiende sin leerlos; a Lobo Antunes hay que leerlo, y así nos entendemos. Además, para mí, es muy cercano. Parece gallego. Pienso todo esto porque tengo en la mesilla el libro de relatos (casi todos, inéditos y publicados) de Faulkner que sacó Anagrama (lo encontré en librería de viejo) hace años. Ahora lo encontráis reimpreso en bolsillo con una letra microscópica, ilegible del todo. Una letra como cagarrutas de mosca. Pues eso, que lo leo y me interesa de alguna manera. Estoy preso del mal del que hablaba Marías; esa cierta opacidad embriagadora, quizá, me tiene en vilo. Porque el tipo no me acaba de disgustar; es decir, creo que Faulkner es nutritivo, como las lentejas. No tanto porque me importe lo que pasa en su sur y sus personajes y perros olfateando una presa, sino porque era lo suficientemente bruto como para creerse lo que escribía. No pido más. No creo que nadie pida mucho más. Leo un relato titulado Adolescencia, de los primeros suyos (1920, o por ahí), y es muy bueno por la simple razón de que también es muy malo. Y está escrito de pena. Cuando acabas dices; guau, vaya tío. Aquí pasó algo. Es como leer un buen poema, un gran poema, uno entre cien millones de millones. Dices; con lo que pillo me tiemblan las carnes. Quitando florituras literarias, al final lo que vale es eso; aquí pasó algo. Lo malo es que me pone del hígado; Faulkner escribe como un culo. Quiero decir, que lo leo a pesar de cómo escribe: No pido que escriba bonito, al contrario; que escriba menos hermoso, con esas frases que se pierden en sí mismas y que casi te pones nervioso no sabiendo dónde acaban, con veinte subordinadas contándonos a qué se parece una teta de la yegua y que un niño se rasca un sobaco mientras… Eso. No creo que sean tiempos estos para churriguerías. A lo mejor es que vimos demasiada televisión y se nos fastidió alguna glándula para mantener la atención mucho tiempo seguido antes de un punto. Claro que hay churriguerías huecas, pero no es el caso de Faulkner, por lo menos. Aún así dan ganas de reescribir sus cuentos.
Eso si uno supiera escribir.
[Sí, a algunos de los mejores escritores de la historia literaria se les acusó de escribir mal, lo que parece paradójico, y no lo es. Aquí vuelvo a lo que decía Marías, que interpreto así: Para escribir bien hay que escribir un poco mal, o no escribir bien del todo.
Tampoco hay que pasarse de rosca.]

