28/7/07

Una librería histórica y un hipnotizador histórico

En la plaza de Cervantes, en plena zona vieja, acaban de inaugurar una librería nueva. En realidad es un traslado, ya que la librería Couceiro pasó por distintos locales de Santiago en los últimos treinta años. Ahora reaparecen a lo grande, en un edificio de cuatro plantas que era pura ruina y quedó muy chulo. El librero mayor de la familia, pues está toda metida ahí, toda, toda, sólo falta el perro llevando el mueble de animales domésticos, es Xesús Couceiro.

He pasado una tarde de esta semana por el nuevo local. La verdad es que he visto mucho espacio y pocos libros; parece una tienda de decoración, con estanterías ocupadas por libros de adorno. Supongo que el género aumentará y el desorden propio de una librería, con todos los huecos aprovechados, también. Por ahora parece un museo del libro, sobre todo del libro gallego. En la tercera planta está lo interesante; lo viejo. Es una pared, no mucha cosa, y en pocos segundos ya se nos va la vista a varias cosas, pero ahora ya no vale lo de contar monedas, primero, porque ya soy un joven entrado en años, y segundo porque lo bueno, y también lo menos interesante, tiene unos precios de carajo. Ah, "A lús do candil", qué bonito, con portada de Xohan Ledo; 175 euros. Obra completa de Cunqueiro en tapas duras, magnífica, de Galaxia, 1/2 riñón cada tomo; son 4 tomos, y se necesita mínimo un riñón para ir tirando.

Eso sí, si es castellano parecen más accesibles los precios. El gallego está por las nubes, se ve que no quieren desprenderse de estos libros. Es la librería Couceiro una librería de literatura gallega. Mientras me espanto con los tomos viejos, y voy descartándolo todo casi con buen humor una vez consultado el precio en la primera página, oigo a mis espaldas una voz que me suena; es el apóstol, ya retirado, del nacionalismo gallego: esas erres tan marcadas y arrastradas de su gallego (propio de muchos nacionalistas, y que parece como un gallego rabioso o la parodia de un alemán hablando gallego) y un tono de quien dice cosas principales ya lo había escuchado antes; giré la cabeza un momento y vi un culo enorme, muy cuadrado, metido en unos pantalones claros que los ataba muy arriba. Era Beiras, la gran esperanza blanca (por la barba) del nacionalismo gallego que no acabó de despuntar, como en su día Prosinecki, aunque sigue siendo una vieja gloria. Había quedado con una periodista joven que hablaba temblorosa y ya antes de empezar parecía entregada; los acomodaron en una mesa y el mesías pensionista le dio una par de avisos malhumorados en las primeras frases sobre el poco tiempo que tenía etcétera.

Si te señala con el dedo ya la has cagado...
Seguí a lo mío, pese a que todo el mundo desertó de la zona. Si no le miraba nada me podía pasar. Hablaba muy contundente, con los codos apoyados en la mesa y la mirada fija en los ojos de la muchacha. La estaba hipnotizando, como el conde Drácula. La pobre aguantaría un discurso de horas sin pestañear.

24/7/07

Se llama Manolo

A Manuel Juan

Ahí está, lo estoy viendo. Se llama Manolo. Ya hacía tiempo, mucho, que no lo veía. Pero ahora sí lo veo; camina por la acera, lleva su clarinete en el estuche, va a tocar o viene de tocar. Camina con pasos muy largos; parece un mono, un mono disfrazado de Groucho Marx. Sonríe, saluda a todos, como en los pueblos (en el barrio lo conoce todo el mundo). Aunque vio mundo, estuvo en Alemania aprendiendo a soplar y poner las manos sobre un clarinete con los mejores, y dio conciertos en todas partes, sigue pareciendo un chaval de pueblo. Es un chaval de pueblo; tiene treinta y tantos, nació en un pueblo de Alicante. Le gusta jugar al ajedrez, juega hasta las cinco de la mañana algunos días de semana en el pub de abajo, con el dueño, o con quien se ponga a tiro. Con una mano mueve y con la otra se lleva el cubata a la boca. Gana siempre. Alguna vez estuve en su casa tomando algo, hace años, y en el baño vi un montón de revistas de ajedrez, y de jazz.

Ha tocado para los mejores directores; todo el mundo sabe, todo el mundo que lo ha oído, que es un clarinetista impresionante. Recuerda al gitano ese Django Reinhard, el virtuoso de la guitarra, hasta físicamente un poco.Él apenas parece darle importancia a eso, pero cuando toca se transforma; es otro. De todas las veces que lo vi tocar recuerdo una ahora; no fue en un auditorio, ante cientos de personas, fue en un bar, ante una ringlera de señores echados sobre la barra y unos amigos. Un bar de esos de aserrín por el suelo para que no se maten los borrachos al ir a mear. Ese día, no sé porqué, le exigimos unos cuántos que tocara algo. Nunca lo había hecho. Los viejos que lo conocían de verlo por el barrio nunca lo habían escuchado. Sacó el clarinete y toco la Rhapsody in blue de Gershwin. Se le puso la piel de gallina hasta al grifo de la cerveza. Le vi la cara de cerca por primera vez tocando; no me parecía él, me parecía otro tipo, o no me parecía nadie. Sólo estaba la música, esas notas. Había quedado la cáscara, que mantenía el clarinete con las manos y tenía el culo pegado al taburete redondo de cuero de mentira, pero no podía ser la cáscara la que tocaba; era, por cojones, imposible.

Hemos ido al pub de al lado. Ya se ha ido todo el mundo. Quedamos los dos, como tantas veces. Bebemos en silencio, comemos cacahuetes, y sobre todo fumamos. En aquella época fumábamos todo el tiempo. Eres un tipo raro, Manolo, que lo sepas, ya lo sabes, pero con pocas personas podía uno estar en silencio y tranquilo. Solían ser días de semana, noches de insomne, y en casa no te esperaba nadie, y a mí de aquella tampoco. Una noche me contaste un chiste ochocientas veces; el del catalán, ese de si será hijoputa que no me quiere dejar el taladro. Era tan malo que me reí las ochocientas veces. Antes de empezar la copa ya nos tenías otra al lado, aguardando turno. A veces te quedabas sin dinero, pues tus juergas duraban más de veinticuatro horas, era como si sacaras vueltas de ventaja a los que se iban dormir y volvían al día siguiente, porque tú seguías allí, mirando la diana de los dardos pero sin lanzar ningún dardo. En aquellos momentos decisivos mirabas a alguno de por allí y le decías muy serio; ¡paga!

Y pagaba. Entonces seguías contando las hazañas de Rommel, el Zorro del Desierto, o escenificabas un pasaje de la Biblia poniendo las voces de los personajes con tu acento del sur, como un cómic oral. Hace bastante tiempo que no te veía y nos has jodido bien. Ya no sé ni porque escribo en segunda persona. Todas las personas del verbo me parecen una gilipollez; la tercera, la primera, todos los tiempos del verbo son idiotas ahora; el presente, el pasado. El futuro ya tiene menos sentido. Te escribo en presente, pero ya eres algo del pasado; ya no existes. El lector puede cambiar todos los tiempos verbales si quiere; donde hay presente hay que poner pasado. Porque te has esfumado, te has suicidado. O matado; ¿qué suena mejor, matado o suicidado? Ahora tendría que cambiar a tercera persona y decir; se suicidó. Así suena más irreal.

Apareciste muerto en tu piso, después de dos días sin contestar al móvil. Ni sé cómo lo hiciste, ni quiero saberlo. Qué verdad me parecen todos esos tópicos sobre alguien muerto ahora. Son todos puñetera verdad. Ni grave enfermedad ni accidente de coche. "A los que sufren no les queda otra cosa que la ofensiva contra sí mismos", decía Cioran, el perpetuo suicida que murió de viejo, afortunadamente. Miro por la ventana y me parece increíble que la lluvia de hoy ya no te pille debajo.

Ahora me pregunto; ¿me ha servido de algo escribir esto? ¿voy a estar menos jodido? No, me parece que no. Esto que he escrito es como un pañuelo (un pañuelo de flores y mocos). No he encontrado ni una noticia de tu muerte. Nada. Tus padres se llevaron el cadáver a tu pueblo y no hemos tenido ni entierro.

Ya han pasado unos días. Ahora nadie me ve y se me ha abierto el grifo del ojo escuchando algo terrible, en el peor sentido de la palabra. Has tocado el Concierto para clarinete de Mozart mejor que nadie en estos años y ahora echo la lágrima con esto. Tú te levantabas de repente, en medio de la conversación, y a voz en grito, despertando a todo el garito, soltabas: Booooooooooommba... Seeen-sual, un movimiento muy seeen-sual, seee-xy, un movimiento muy seee-xy... y meneabas la cadera como un tarado. Todo el mundo se te quedaba mirando, como si hubiese bajado jesucristo a echarse un baile.

Pongo Manuel Juan en Google y no sales tú. No sale nada.

PD; acabo de encontrar esto.

17/7/07

Chejov

Abro un libro de cuentos de Chéjov. Leo las primeras líneas de un cuento titulado "El estudiante". Es el último cuento del libro.

"En un principio el tiempo era bueno y apacible. Piaban los zorzales y en los alrededores, en los pantanos, algo vivo zumbaba tristemente, como si soplara dentro de una botella vacía. Una chocha inició el vuelo y una bala surcó con alegría y estrépito el aire primaveral en su busca. Pero cuando en el bosque cayó la noche y empezó a soplar un intempestivo viento frío del este, todo quedó en silencio. En las charcas aparecieron agujas de hielo y el bosque adoptó un aspecto desapacible, solitario y recóndito. Olía a invierno."


(Antón Chéjov, El estudiante, extraído de Cuentos, traducción de Víctor Gallego, editorial Pre-textos, 2001.)

No hay ni una sola palabra que sea palabra, aquí. Incluso la triada "desapacible, solitario y recóndito" desaparecen como adjetivos para levantar el lugar, el momento. Tan difícil, porque las triadas adjetivas son un vicio para algunos, una artesanía complicadísima y solo a veces algo más. Se siente uno al releer estos cuentos como un manazas con las manos embadurnadas de pintura, o de grasa, como si antes de coger el libro tuviese un zanco de pollo asado en la mano. Y no es solo por ese lenguaje transparente que se encuentra en cada cuento y novela, sino quizá porque pocas veces debe tener más sentido esa máxima de Cervantes que puede servir también para separar el grano de la paja en cosa de libros y escritores; "Quien sabe sentir sabe decir."

"Los libros, los niños y los hombres"

"El gato con botas" (Ilustración de Gustavo Doré)
"Cuando alcanzan la edad madura, distan mucho los humanos de ser agradables a la vista: apenas dejan de observarse a sí mismos y les cae la máscara, vemos que su rostro ha envejecido diez años súbitamente, advertimos las arrugas, la piel barrosa, los ojos febriles y cansados. Nada lograrían los perfumes de Arabia par remozar esa tez que ya amarillea y se cubre de manchas. El cuello se afea, se vuelve enjuto o bocioso. Tiende el busto a encorvarse y tórnanse rígidas las piernas. La cruel Naturaleza les da a entender que ya no los necesita: pasó su tiempo, pueden ya morir.

Raras veces se conserva el alma mejor que el cuerpo. Perdió su lozanía, pues ha recibido un exceso de imágenes y la placa está ya usada. Cada vez que la imaginación ha querido lanzarse, se ha lastimado; ahora ya no se atreve. La razón adquirió fortaleza, pero ¿quién sabe? Acaso se habrá endurecido. Los adultos no gozan de libertad: son prisioneros de sí mismos. Aun en sus juegos muéstranse interesados; juegan para distraerse, para olvidar, para no pensar en el escaso tiempo que les queda. Nunca por el puro deleite del juego.

¡Cuán lejos se halla ya el reino de la niñez! Los seres que allí habitan diríanse de otra especie."

Paul Hazard, Los libros, los niños y los hombres, Editorial Juventud, cuarta edición, 1982.

15/7/07

Plaza Roja

Ya casi es de noche y no hace frío ni calor. Es una temperatura de centro comercial. En la plaza Roja muchos toman el aire. Veo a un gordo apoyado en el cemento del respaldo de un banco frente a un cajero de Caixa Galicia. Es un señor de unos cincuenta y tantos, con sandalias, calcetines gruesos, pantalón que le llega hasta las tetas y una camisa de cuadros abotonada hasta arriba, con una bufanda de carne protegiéndole el cuello de la camisa. Tiene una panza que impresiona y se destaca redonda bajo el pantalón. Si abriera la cremallera le podrían operar de apendicitis, pero poco más, porque para mear tendrá que desabrocharse, creemos. Me llama la atención su observación atenta de algo para lo que usa una lupa; parece un cuadernillo. Poco a poco me voy acercando y me fijo. La lupa es grande y el cuadernillo una libreta de banco, azul, quizá de Caixa Galicia. Tiene los labios mojados, y el bigote estrecho me parece alemán, no sé porqué. Está muy peinado y le brilla la frente por la luz de las farolas.

12/7/07

Los trastos del desván

Sin duda hay un desván en la memoria donde se almacenan los trastos. En el piso principal están los recuerdos importantes, los días señalados, lo inolvidable. Es ese desván donde se juntan cosas que no sabemos muy bien qué hacen ahí, guardadas. ¿Y esto para qué vale? Todo está lleno de polvo y porquerías. No es el subconsciente, que si existió ahora ya no existe; el subconsciente podría haber sido la cuadra, en la que caían las cacas humanas desde arriba a través de un agujero de madera en el piso de arriba. Ahora, con el váter y la cisterna, el subconsciente es prehistoria.

Algunos teóricos sostienen que la memoria está compartimentada, como en termos de café. La memoria desván, o de cochambres, tendría forma de cenicero y apenas guarda nada aunque a veces algunas cenizas se pegan a la chapa del cinzano y se quedan ahí para siempre.
Pero yo venía aquí a hablar del desván. A veces alguien nos baja algo del desván y tropezamos con eso en la cocina mientras nos preparamos el café, o se aparece justo delante de nuestras narices al despertarnos, sobre los libros de la mesilla. Son cosas sacadas de su contexto, como fantasmas de desconocidos, que no se sabe qué hacen aquí, y que tenemos que ver con ellos. Son chorradas que no hemos olvidado sabe dios por qué. Desempolvo tres, hoy, cuyo recuerdo es un gasto de termo, o cenicero, sin mucho sentido (Son cosas de hace bastantes años):

1.- Voy al médico. No es nada grave, un análisis, una prueba, no recuerdo exactamente. Es temprano. De frente, en la calle del Ambulatorio, veo venir un señor de unos cuarenta y tantos, balanceándose como un barco a la deriva. Está borracho, tras una larga noche de juerga, intuyo. Perdón, ¿tienes un cigarro?... me dice. Le digo que no. Se para, me mira con infinita cara de pena y suelta; Soy un divorciado...

2.-
Mi madre trabajó en un hospital, y en las comidas nos contaba casos que vivía cada día allí. Casos penosos en su mayoría, incompatibles casi siempre con la degustación de lo que teníamos en el plato. De tantas y tantas historias sólo me viene a la cabeza a veces un momento de un caso que ya no recuerdo con detalle; sólo que era un tipo joven, con una enfermedad muy grave, que trae libros a su habitación, para hacer más llevadera la estancia en el hospital. El médico le dice; X, no traigas mucho... Se refería el médico a que no iba a darle tiempo a leer tanto.

3.- Otra vez en la calle. Tengo mucha prisa. No llevo reloj y los móviles no estaban inventados o yo no tenía. Voy a coger un tren o un autobús. Sin fijarme pregunto la hora a una que se cruza conmigo. Es joven. Perdón, ¿tienes hora?... Me dice: Sí, y se me queda mirando fijamente. Tardo unos segundos en reaccionar. Y, ¿me la puedes decir?... Vuelve a decirme quey se queda mirando. Estamos frente a frente; ¿Qué hora es? Por favor... Y por fin, acercando mucho la muñeca con el reloj a los ojos me dice la hora. Me fijo, es retrasada. Le doy las gracias.

(Algo parecido, aunque eso es "cultural", y que no acabo de comprender, me pasó en Japón: cuando preguntas la hora la frase correcta es esta; ¿Qué hora es ahora? (Ima nanji desuka). Sin el ahora la frase no se entiende, es incompleta. Le pregunté a una japonesa; Nanji desuka (¿Qué hora es?) y se me quedó mirando con cara de póker, hasta que añadí ima (ahora). Uno ha de especificar que quiere saber qué hora es ahora.)

9/7/07

El caso del ordenador encantado


Aparcado en una esquina tenemos un ordenador viejo que aún levanta el párpado si le damos al botón. Hace un ruido como de turbinas arrancando y algún que otro bip y tarda mucho en estar listo para que el ratón nos haga algún caso. Debería uno empezar de nuevo (en esto sí se puede) y pasarle por encima una capa de asfalto nueva, enterrando para siempre toda esa basura imantada al disco duro, todos esos iconos sospechosos cuyos nombres acaban en exe, dll, bin, txt, sfv... Pero, la pereza para meter la cabeza en estas cosas es infinita. Y además el uso que se le da es limitado.

Es pieza de museo que aún respira, y los trabajos que le encargamos son ajustados a su edad, más propia de echar unas partidas al dominó que de trasegar con asuntos que requieran brazo de piragüista, aunque apenas necesitemos esclavo electrónico de brazo tan poderoso. Hace poco reventó al encenderlo; es el infarto o la embolia de los ordenadores. Se le quemó el sistema de alimentación (ese fue el diagnóstico probable de un conocido) y se lo cambié, con la parsimonia de un cirujano operando un extraterrestre. Parecía que todo iba bien, pero sigue con achaques. Un día se queda tieso, congelado, con la mirada fija de un muerto, otro día el riñón no le responde, o le dan taquicardias, o se le duermen las piernas, y así, variando en males. Es un Amd 900, del pleistoceno, de cuando Marujita Díaz era virgen.

Al encenderlo siempre pienso en una gran máquina excavadora en un vertedero, removiendo despacio quilos y quilos de basura, con algunas gaviotas sobrevolando el revuelto de desperdicios de toda calaña y cosas viejas que merecían otro fin, y que fueron a compartir cementerio con tanta mierda. Quizá también algún tesoro olvidado.

Encontré el otro día un libro de Cunqueiro que se titula "Tesouros novos e vellos", en Galaxia, segunda edición de 1980. El título en blanco y en minúsculas, una foto de un brazalete con piedras azul turquesa sobre una tierra hundida por la rueda de un tractor, o eso parece. Con muchas sombras la foto, de salida o puesta de sol. La contraportada negra. El texto de Cunqueiro empieza así:
"GALICIA É UN PAÍS DE TESOUROS ESCUSADOS NOS CASTROS, ASOLAGADOS nas lagoas, enterrados aquí ou acolá, e cáseque sempre ben gardados por mouros, enanos, xigantes, fadas, cobras... Son os que se chaman encantos."
Podría ser este, entonces, el caso de un ordenador encantado. Además de viejo.

2/7/07

¿A qué dedica el tiempo libre?

Me lo cuenta a la hora de comer. Sigo comiendo, mastico como un robot. La ventana es el refugio perfecto; una visión magnífica del maldito invierno instalado en verano. Dos meses seguidos con nubarrón encima. ¿No dices nada? No digo nada. Me quedo de piedra, pero poco a poco, casi sin darme cuenta. En todo el día no me he quitado de la cabeza a este tipo.

Qué jodíos somos los humanos. Hasta van a ser buenos los chuchos y todo, en comparación.
Se llama Robert King. Bien; lo suyo es la música antigua. Se podría decir que es uno de los más prestigiosos directores del mundo. Bach, Teleman, Handel y todas esas cosas que se inventaron antes del clasicismo, y un poco el agua del aceite romántico. Porque Robert King es uno de los pioneros en tocar, o hacer tocar a sus orquestas, con esa sequedad barroca (agua destilada, de la que se echa en las baterías de los coches, pero en música, échenle imaginación, o un vermú seco, que eso se imagina mejor) que quiere imitar el sonido de las orquestas de época. Incluso tocan con instrumentos antiguos. Sólo falta que el público se vista de paje.

Hace un par de años iba mucho a los conciertos que daba la orquesta de la ciudad. Allí me juntaba con los perfumes y los abrigos de bicho y los catedráticos, y a pesar de todo ello me aficioné un poco. Las entradas me las regalaban, lo que estaba bien, y además salteadas por el gallinero había algunas mozas muy dignas de observar detenidamente, lo cual estaba muy bien. El arte, ya se sabe, atrae la belleza, como esas tiras pegajosas se acaban llenando siempre de moscas. Robert King estuvo alguna vez dirigiendo la orquesta, siempre con programas barrocos, de buena música. Yo lo vi dos veces, que fueron ambas de lo mejor que haya oído en mi vida en directo. Eso y una vez que vi a unos italianos vestidos casi de payasos tocando las cuatro estaciones de Vivaldi también con instrumentos de época. Es un misterio que sin entender nada de todo esto pueda uno maravillarse así.

Robert King, recuerdo, es alto y delgado, de mediana edad, pero de aspecto joven. Sorprende la edad, cuarenta y tantos. Salía siempre muy sonriente, se subía a su pequeño estrado y se quedaba con las rodillas dobladas, como el que va a tirar un tiro libre en baloncesto. Hacia un gesto (lanzaba el tiro libre) y empezaba la música, que se abría y cerraba como amortiguada por unos muelles, botando por los aires, todos a una. El muelle era él, que se movía siempre sobre las rodillas de unas piernas largas, como si bailase alguna danza macabra. Pero la sonrisa permanente del rostro le quitaba toda pedantería a una obras y a una música por lo demás tan fresca y desnuda como es la música antigua. Nada de tormentas de pasión y tempestades estropeando olas contra acantilados. Cosa tenue, cosa fina, cosa alegre. Y uno acaba sonriendo de entusiasmo al escuchar un concierto interpretado por este señor.

No siempre cae bien esa música entre las urracas, que menean sus joyas y tosen sus pulmones cuando la música no está hecha para encoger corazones, pero de vez en cuando nos daba esa alegría Robert King, que venía a traernos buena música a este quinto culo. Ya no va a poder ser, al menos por un buen tiempo. Estoy más que nada confuso, no me trabaja la imaginación. Pienso lo que todo el mundo piensa en un caso así, claro, pero reconozco que me es difícil conjugar la imagen que tenía de este maestro (conozco algunos músicos que trabajaron con él y todos hablan de alguien extraordinario en lo humano y en lo musical) con lo ocurrido. El humor negro me lo guardo, que me duele la cabeza.

Ya no va a poder ser Sir. Y que nadie me hable, por dios, de Michael Jackson.