A Manuel Juan
Ahí está, lo estoy viendo. Se llama Manolo. Ya hacía tiempo, mucho, que no lo veía. Pero ahora sí lo veo; camina por la acera, lleva su clarinete en el estuche, va a tocar o viene de tocar. Camina con pasos muy largos; parece un mono, un mono disfrazado de Groucho Marx. Sonríe, saluda a todos, como en los pueblos (en el barrio lo conoce todo el mundo). Aunque vio mundo, estuvo en Alemania aprendiendo a soplar y poner las manos sobre un clarinete con los mejores, y dio conciertos en todas partes, sigue pareciendo un chaval de pueblo. Es un chaval de pueblo; tiene treinta y tantos, nació en un pueblo de Alicante. Le gusta jugar al ajedrez, juega hasta las cinco de la mañana algunos días de semana en el pub de abajo, con el dueño, o con quien se ponga a tiro. Con una mano mueve y con la otra se lleva el cubata a la boca. Gana siempre. Alguna vez estuve en su casa tomando algo, hace años, y en el baño vi un montón de revistas de ajedrez, y de jazz.
Ha tocado para los mejores directores; todo el mundo sabe, todo el mundo que lo ha oído, que es un clarinetista impresionante. Recuerda al gitano ese Django Reinhard, el virtuoso de la guitarra, hasta físicamente un poco.Él apenas parece darle importancia a eso, pero cuando toca se transforma; es otro. De todas las veces que lo vi tocar recuerdo una ahora; no fue en un auditorio, ante cientos de personas, fue en un bar, ante una ringlera de señores echados sobre la barra y unos amigos. Un bar de esos de aserrín por el suelo para que no se maten los borrachos al ir a mear. Ese día, no sé porqué, le exigimos unos cuántos que tocara algo. Nunca lo había hecho. Los viejos que lo conocían de verlo por el barrio nunca lo habían escuchado. Sacó el clarinete y toco la Rhapsody in blue de Gershwin. Se le puso la piel de gallina hasta al grifo de la cerveza. Le vi la cara de cerca por primera vez tocando; no me parecía él, me parecía otro tipo, o no me parecía nadie. Sólo estaba la música, esas notas. Había quedado la cáscara, que mantenía el clarinete con las manos y tenía el culo pegado al taburete redondo de cuero de mentira, pero no podía ser la cáscara la que tocaba; era, por cojones, imposible.
Hemos ido al pub de al lado. Ya se ha ido todo el mundo. Quedamos los dos, como tantas veces. Bebemos en silencio, comemos cacahuetes, y sobre todo fumamos. En aquella época fumábamos todo el tiempo. Eres un tipo raro, Manolo, que lo sepas, ya lo sabes, pero con pocas personas podía uno estar en silencio y tranquilo. Solían ser días de semana, noches de insomne, y en casa no te esperaba nadie, y a mí de aquella tampoco. Una noche me contaste un chiste ochocientas veces; el del catalán, ese de si será hijoputa que no me quiere dejar el taladro. Era tan malo que me reí las ochocientas veces. Antes de empezar la copa ya nos tenías otra al lado, aguardando turno. A veces te quedabas sin dinero, pues tus juergas duraban más de veinticuatro horas, era como si sacaras vueltas de ventaja a los que se iban dormir y volvían al día siguiente, porque tú seguías allí, mirando la diana de los dardos pero sin lanzar ningún dardo. En aquellos momentos decisivos mirabas a alguno de por allí y le decías muy serio; ¡paga!
Y pagaba. Entonces seguías contando las hazañas de Rommel, el Zorro del Desierto, o escenificabas un pasaje de la Biblia poniendo las voces de los personajes con tu acento del sur, como un cómic oral. Hace bastante tiempo que no te veía y nos has jodido bien. Ya no sé ni porque escribo en segunda persona. Todas las personas del verbo me parecen una gilipollez; la tercera, la primera, todos los tiempos del verbo son idiotas ahora; el presente, el pasado. El futuro ya tiene menos sentido. Te escribo en presente, pero ya eres algo del pasado; ya no existes. El lector puede cambiar todos los tiempos verbales si quiere; donde hay presente hay que poner pasado. Porque te has esfumado, te has suicidado. O matado; ¿qué suena mejor, matado o suicidado? Ahora tendría que cambiar a tercera persona y decir; se suicidó. Así suena más irreal.
Apareciste muerto en tu piso, después de dos días sin contestar al móvil. Ni sé cómo lo hiciste, ni quiero saberlo. Qué verdad me parecen todos esos tópicos sobre alguien muerto ahora. Son todos puñetera verdad. Ni grave enfermedad ni accidente de coche. "A los que sufren no les queda otra cosa que la ofensiva contra sí mismos", decía Cioran, el perpetuo suicida que murió de viejo, afortunadamente. Miro por la ventana y me parece increíble que la lluvia de hoy ya no te pille debajo.
Ahora me pregunto; ¿me ha servido de algo escribir esto? ¿voy a estar menos jodido? No, me parece que no. Esto que he escrito es como un pañuelo (un pañuelo de flores y mocos). No he encontrado ni una noticia de tu muerte. Nada. Tus padres se llevaron el cadáver a tu pueblo y no hemos tenido ni entierro.
Ya han pasado unos días. Ahora nadie me ve y se me ha abierto el grifo del ojo escuchando algo terrible, en el peor sentido de la palabra. Has tocado el Concierto para clarinete de Mozart mejor que nadie en estos años y ahora echo la lágrima con esto. Tú te levantabas de repente, en medio de la conversación, y a voz en grito, despertando a todo el garito, soltabas: Booooooooooommba... Seeen-sual, un movimiento muy seeen-sual, seee-xy, un movimiento muy seee-xy... y meneabas la cadera como un tarado. Todo el mundo se te quedaba mirando, como si hubiese bajado jesucristo a echarse un baile.
Pongo Manuel Juan en Google y no sales tú. No sale nada.
PD; acabo de encontrar esto.