28/11/07

La casa de los abuelos

Había un alpendre al lado de la casa. Durante años hubo un carro de vacas allí, aparcado, como una parte de la vivienda que cumplía una función misteriosa. En una esquina una lareira en la que se asaban castañas, y cordero, y sardinas. Cuando se hacía de noche poco a poco, solo la luz del fuego y el crepitar de la leña consumiéndose ya daba calor. El suelo de cemento con hojas de pino que llegaban allí como polizones agarradas a las suelas de alguien. O volando.

Arriba, en la casa, se oía a mi madre y a mis tías y a mi abuela hablar en alto. Cuánto más animadas, más alto hablaban. Ya era de noche. Las castañas saltaban, como animalitos sufriendo. Más allá de la bombilla despreciable que no atraía ni a las moscas y el fuego todo era oscuro. No había huerta, ni castaños, ni higuera, ni casetas de unos perros que también formaban parte de la nada negra que era todo ahora. Y por supuesto no había camino hacia el bosque, ni fincas. Quizá había lobos, con sus ojos encendidos como faros de coche, correteando por ahí.

El balón de cuero muerto de aburrimiento en el pequeño reguero que bajaba como frontera natural del alpendre y el patio. Entonces le daba una patada con todas mis fuerzas y desaparecía en lo negro. Se oía botar a lo lejos. Después mi hermano pequeño se perdía también en la negrura, trotando y quejándose como un inocente. El creer que quizá no volviera nunca me hacía sentir raro.

21/11/07

Lluvia

Con lluvia anochece antes. Consigo aparcar enfrente la frutería. Parece más iluminada. Es una luz muy blanca que resalta los colores, los tomates son más rojos, las espinacas más verdes y las naranjas más naranjas. Hay una frutera gorda, grande y de pelo rizo con gafas de pasta que parece una muñeca. Y joven. Incluso unos ojos de trapo, fijos, aunque mueve la cabeza derramando sacos y bolsas en los cajones aquí y allá. Me llama la atención una cosa; toda la fruta y verdura está mojada. No empapada; cubierta de finas gotitas trasparentes que hace todo más apetecible y fresco. Salgo con dos bolsas. Justo delante de mi coche hay otro en doble fila. Queda un hueco pero es muy estrecho y solo a la fuerza, rayando la chapa, podría salir. Me quedo de pie, esperando. Una chica sale de uno de los coches aparcados cerca del mío. Hace un gesto señalando el coche mal aparcado y sin decir nada afirmo con la cabeza que sí, que voy a salir. Entonces me dice, sonriendo: Pero, vigílame al niño...

Miro al coche del que acaba de salir; no veo nada. Guardo las bolsas en el maletero. Vuelvo a mirar ahora más cerca la ventanilla de atrás, por si hay un bebé. Una lona, o un edredón, apenas me deja ver nada, pero noto que algo se revuelve atrás, como un animal, bajo el edredón. El coche se tambalea un poco. Me estoy mojando y me meto en mi coche y salgo. A través del parabrisas las cosas parecen como soñadas.

18/11/07

Ese Sur


Hay un lugar; el sur. Allí se dirigen un padre y un hijo. ¿Qué hay en el sur? Se supone que algo, algo vivo, menos frío, menos hambre. En realidad al sur va todo dios. ¿Quién no tiene su sur? El sur es también una ballena blanca. El Sur, digamos. El autor de “La carretera”, Cormac McCarthy, sitúa precisamente a Moby Dick como la gran novela, su Sur literario. Y así empieza su novela: “Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano pata tocar al niño que dormía a su lado.” Ahí está todo; es el rollo de papel higiénico que se desenrolla después. Hombre, niño, frío, oscuridad, y de fondo un mundo cadáver, ni siquiera parece haber cucarachas, o ratas. Después de lo que parece haber sido la última gran jugarreta nuclear, un Hiroshima de dimensiones planetarias, el mundo se queda seco, ceniciento. Se nos presenta un territorio quemado; la ceniza lo invade todo, es el intermediario que flota en el aire, se posa en la carretera, en los árboles secos, entra en las casas abandonadas y viste de luto las ciudades desiertas y embadurna todas las orejas y pulmones de los supervivientes. Todo sabe o huele a ceniza. Al principio piensa uno; coño, Galicia después de los incendios del año pasado. Pero no. En la novela no ve uno que el narrador ubique concretamente la desgracia en parte alguna. En la contraportada en cambio se explica que la acción “transcurre en la inmensidad del territorio norteamericano”. Es una novela compuesta de fragmentos cortos, como pequeños poemas en prosa, también muy secos, exprimidos, sin subordinadas, frases cortas y al grano. Claro que a veces, muy pocas veces, deja lo concreto y pierde pie el narrador, ese ojo que todo lo ve, y se va por unos cerros que claman a Dios, o por ahí, una cosa entre soñada y delirante. Pero muy poco; de 210 páginas en la edición castellana, a dos fragmentos por página de media (no llega a quinientos), pocos de estos trozos son grandilocuentes, malos. La traducción, eso sí, tiene tropezones, pero los tomamos como efectos secundarios de la radiación y parte del ambiente apocalíptico. La verdad es que el libro es un tratado de prosa concisa, que trata de nombrar cosas que se tocan o se ven o se sienten con la piel o el estómago. Estos fragmentos son como fotografías que se iluminan unos segundos; en la oscuridad encendemos una cerilla.

Interpretaciones infinitas, si se quiere. La historia da pie a todo tipo de ocurrencias y suposiciones, todas lícitas y hasta necesarias si nos ponemos, que si es una metáfora de nuestro mundo, un alegato ecológico. Es obvio que el territorio que presenta es desolador y no descabellado como posibilidad futura. Terrible es poco, la verdad. Pero lo primero que vemos en todo caso es la fuerza de la unión entre un padre y un hijo. Esa, yo creo, es la idea básica de la novela. Decía Joyce que nada hay más fuerte que el amor de una madre por su hijo. Por encima de todo, en cualquier circunstancia, hasta en la más terrible, y pocas habrá más terribles que esta, el padre está dispuesto no solo a dar su vida por su retoño, sino a aplazar su muerte, a resistir en un infierno, por salvarlo. Impresiona la descripción de ese mundo, pero la relación entre ambos personajes conmueve más, quizá porque contrasta con todo lo que les rodea, y es lo único humano que aparece en escena. Porque lo otro humano, los otros, que recuerdan a los zombis de las películas de terror de serie B son otra cosa, animales erguidos, quemados, huesos peludos y moribundos harapientos que se arrastran por la carretera y le meten a chancho a cualquiera. No escatima horrores, McCarthy, pero es elegante. Piensa uno a lo largo de todo el libro que lo peor está por llegar. No hay apenas resquicio de esperanza, y la soledad de los personajes es tal que se compadece uno antes de que pase nada por el chico. ¿Qué coño va a hacer un crío sólo en ese lugar, cuando muera el padre?

Eso es lo que subyace a todo en la novela. Por eso el final decepciona a muchos. No es que sea improbable, desde el punto de vista de lo que podría pasar en la realidad, sino que es improbable desde el punto de vista literario. La novela dice A y el final dice B. Es un as escondido en la manga; o más bien, un as sacado de otra baraja. Es un deus ex machina en toda regla, o esa es la impresión que da al lector inconsciente que somos, el que no piensa y solo siente y vive lo que lee, y en esta novela se siente y vive mucho, y se lee muy rápido, por cierto. Ya no digo al lector que se sienta a pensar en posición de cagón como el de Rodin, el lector crítico.

Aceptando o no este final, podemos decir que La carretera es una muy buena novela. Planto aquí un fragmento de un fragmento que me parece interesante, cerca del final: “Decía que no quería que nada lo cubriese. Se quedó acostado mirando al chico junto al fuego. Quería ser capaz de ver. Mira todo esto, dijo. No hay un solo profeta en la larga crónica de la Tierra que no encuentre hoy aquí su razón de ser. Teníais razón, hablarais de lo que hablarais.”

16/11/07

La solución final


Una vez fui verdugo. O casi; yo llevé la pieza al verdugo, y una vez allí ya se encargó él, aunque para el hombre la cosa no tendría mucha importancia porque no conocía a la víctima. Yo sí. Era el perro de mi hermano, lo conocía perfectamente. Odiaba a ese perro. Odio a todos los perros, pero ese me caía peor que ninguno. Un Bob Tail, tan bonito, grande, loco, con esa pelambrera, el rastafari de los chuchos. Tenía dos ojos, como casi todo el mundo, pero uno de cada color, como David Bowie. Recuerdo; uno azul, el otro marrón. Eran ojos que siempre daban la impresión de moverse en redondo, como los de algunos muñecos. Aguzaba el oído, cuando nadie me veía, para escuchar de cerca su cabeza, por si sonaba a maraca. El día que murió mi abuelo mi hermano apareció en casa con el chucho, pequeño y juguetón. Casualidades. Los perros de mi abuelo bajaban las orejas cuando pasaba él. Se meaban. Era otra filosofía; nunca le pondría un chubasquero o un chaleco a un chucho. De aquella mi hermano vivía en un pueblo, en una casa enorme para él solo. Él y el perro. Cada vez que lo veía aparecía ante mí otro animal, que recordaba al anterior pero más hinchado, bruto, una bestia. En poco tiempo el perrito que parecía un ovillo de calceta se convirtió en un toro con melenas, y sin cuernos, pero con colmillos. Siempre queda un poco extraño un jipi gordo, no sé porqué, como si los jipis no comieran, pero ese perro era un jipi gordo, como al que la pubertad convierte su cuerpo de niño no en un hombre, sino en dos hombres. Uno al lado de otro, o uno encima del otro. Comía las escaleras de madera, el reproductor de DVD, la alfombra, los zapatos de uno, con el pie dentro incluso. No había forma de meterlo en cintura; nunca se cansaba. Una respiración agitada, un tío nervioso. Siempre era el centro de atención, pues cuando uno hablaba hacía lo que fuera para volver los ojos de todos hacía él. Se colgaba de la lámpara, hacía el pino, saltaba por un aro de fuego, lo que fuera con tal de recibir el cariño de los presentes, que nunca parecían abstenerse de admirar a un chucho tan hermoso. El pobre pasaba también mucho tiempo solo. Algunos creen que se volvió majara por eso. Mi hermano lo adoraba, quizá también eso es importante; a un perro no hay que adorarlo, dicen. Yo no sé nada de razones ni causas. Lo que pasó fue que le dio un ataque de locura, un arrebato. Precisamente había visitado a mi hermano el anterior fin de semana. Con una pelota jugamos a marearlo (me doy cuenta que no escribí su nombre hasta ahora, y es porque no me acordaba ni de qué tenía un nombre; Turco, eso era). Se ponía muy nervioso, lo veía muy agresivo ese día. A mediados de semana mi hermano dejaba la casa (el lugar, se mudaba a una ciudad) y estaba recogiendo todo. Turco se le metía en el medio mientras hacía las maletas y lo apartó. El chucho, que no tenía un rifle a mano pero sí sus dientes, le atacó y le desgarro la mano izquierda y la muñeca. Lo echó como pudo de la habitación, a patadas.

Se habló de reeducación. Qué palabra más nazi, la verdad. Muchos perros que habían atacado a sus dueños podían recuperarse, ser pacíficos y amar al prójimo, sobre todo del que dependieran económicamente, pero no quedaba garantizado que no le fuese a dar un jamacuco otra vez. Se le cruzaron los cables como el que coge unas pistolas, va a un supermercado y dispara a embarazadas, viejas, niños y botes de tomate. Mi hermano tardó un tiempo en curarse de la mano, pero se quedó bastante más dolido de lo otro. Lo otro; el más allá del abismo emocional. Era joven, inocente, y amaba al supuesto tarado. Lo había querido, sino más, como a su novia, y no era poco el tiempo que habían vivido juntos, chucho y hombre, en una zona más bien remota y aislada. Ya no se fiaba de Turco. Creo que le daba miedo. Tampoco podía regalarlo con esos antecedentes. A los pocos días se decidió que la solución (la solución final), la no-solución, era sacrificarlo. El encargado de cumplir con la tarea, de llevarlo al veterinario/ verdugo, sería yo, pues todo el mundo coincidía en que no había nadie más apropiado. Como no me gustaban los perros pensaban que me sería más fácil. La noche anterior al día en que le tocaba palmar Turco estuvo llorando todas y cada una de las horas que pasó a solas en la cocina, y recuerdo pasar aquella noche sin poder pegar ojo oyendo al que al día siguiente acompañaría a la muerte. No sabría decir si esa noche no pude dormir por el ruido o por saber, al igual que él lo sabía, que al día siguiente sería su último día. Muchas vueltas le di; me veía a mí mismo convenciendo a todos, a mis padres, de que no hacía falta deshacerse de él, de que había que darle una oportunidad al chucho. Me veía a mí mismo diciendo chucho, y rectificaba; es Turco. Al día siguiente hice lo que me habían dicho; llevarlo al veterinario. Estaba nublado; por la calle me paraban algunas viejas, qué bonito. El veterinario era alto y con las orejas de soplillo, como si se las hubiesen estirado mucho de niño; habíamos encargado el pack muerte completa, ellos se ocupaban del cadáver. Le dejé la correa a un tipo; lo bajaron por unas escaleras. Lo veo bajar, tranquilo, y ya no lo vuelvo a ver nunca más. Adiós, chucho. Después fui incapaz de hablar, mientras el veterinario peroraba.

10/11/07

El poder de la literatura

Y qué libro es ese, me pregunta la vecina, quizá atraída por los colores, como esos abejorros que le persiguen a uno si paseamos por el campo con una camiseta amarilla. Es esta señora muy aficionada a las excursiones del Inserso y siempre parece buscar nuevas formas de invertir su tiempo, interesándose por cualquier cosa, al acecho de pasatiempos ajenos. Es meter la llave en la cerradura del portal y aparecer ella, como quien no quiere la cosa, riéndose sola y contándome cosas que no entiendo. Al principio no me resignaba a perderme lo que contaba, pero ahora ya soplo cuando me acorrala. No tiene piedad, aunque por lo menos tiene una risa contagiosa. Le explico lo del libro; es una autor norteamericano al que se le ocurrían cosas muy simpáticas, y estaba un poco majara, la verdad. Mira el libro muy fijamente. A ver, a ver, de qué va, me dice. No puedo resistirme, le leo el texto del dorso:

A mediados del siglo xxi, el gobierno de los EUAE (Estados Unidos de América y Europa) es un fraude, y su presidente, un androide; queda un solo psicoanalista sobre la faz de la Tierra, plagada de enfermos mentales, y la humanidad ha sufrido una regresión evolutiva que ha originado una nueva raza de neandertales. Por este inquietante panorama desfilan personajes tan insólitos como un pianista... (Simulacra, de P.K. Dick, ediciones Minotauro)

Asiente mientras leo, señala el libro afirmando con la cabeza pero no dice nada. Es como si se quedara sin palabras. Dice algo de no se qué al fuego y se mete dentro, casi sin despedirse. Tengo ganas de levantar los brazos y saltar como Rocky Balboa, me siento bien. Que digan después que los libros no sirven para nada.

9/11/07

Parodie usted

En una carta (18 de marzo de 1908) Proust afirma que escribe sus parodias "porque soy demasiado perezoso para escribir crítica literaria, y porque he descubierto cuán divertido es hacer crítica literaria práctica."

Dice también; "En el caso de escritores gravemente intoxicados por Flaubert, jamás recomendaré con el suficiente encarecimiento la purgante y saludable virtud de la parodia; es preciso que hagamos una parodia a plena consciencia, para evitar malgastar el resto de nuestras vidas escribiendo parodias involuntarias."

Sacadas de la biografía de Proust escrita por Painter, que no sé si es la mejor, pero es la que leí hace años. Razona Painter: "Las parodias escritas por Proust también tenían el objetivo de atacar el mal empleo del estilo a modo de artificio, de evasión de la realidad, de adorno de vaciedades, de explotación del aspecto más superficial de la personalidad del escritor, de concesión al lector poco atento." Concluye: "Las parodias fueron el antídoto contra las toxinas de la admiración."

Sí, la admiración, cuántos estragos... en la escritura.

7/11/07

El misterio Sherman


Manda mucho y huele fatal, aunque intenta disimularlo echándose encima cantidades desproporcionadas de aftershave, lo que deja un reguero de olorazo allá por donde pasa. Esto no es malo del todo; es fácil saber si se acerca, y antes de que le cace a uno mirando al infinito con la mirada perdida de haber sufrido un electroshock, o leyendo blogs o periódicos o indecencias en Internet, sabe uno a ciencia cierta si se acerca el toro. Es extraño lo del olor, porque si se para mucho con uno aparece esa fragancia a pescado podrido, o a bolsa de basura orgánica, que no sabe uno si sale de su boca o de sus poros, traspasando el traje y llegando a nuestras sumisas narices. Más de uno sufrió mareos y nauseas de tenerlo mucho tiempo cerca y tuvieron que sacarlo en brazos. Tiene el aspecto pulcro de un marrano engominado, y con gafas, unas enormes que le tapan la mitad de la careta. Eso y los zapatones de suela gruesa que lleva le dan un aspecto de carro de combate, un sherman, que queda poco fino. Es gordo, o gordo de barriga, siempre de siete meses, aunque nunca acaba de parir, y camina un poco echado hacia adelante. Tiene una cabeza curiosa, más estrecha arriba y abombada abajo, sin cuello. Es una cabeza pirámide de Egipto, aunque con pliegues asentados sobre el cuello de la camisa, y le brilla mucho. De cerca la piel de su cara es como de formica, con un brillo artificial y sospechoso.

Hay muchas teorías sobre su origen y si es humano o no. Es de Segovia (la mayoría hace el chiste del cochinillo), pero algunos creen que es el producto de un experimento de Franco, como una cosa de los nazis, que también experimentaban mucho, una especie de Frankestein del trabajo, creado con los órganos de los más destacados currantes y militares de la época, y también de algunos animales, para imprimirle más fiereza y capacidad de amedrentamiento al ente. Todo son conjeturas y fantasías de subordinados, pero la verdad es que explicaría muchas cosas, entre ellas el olor asqueroso, pues no es difícil suponer que Frankenstein debía oler como mínimo a muerto, y no tenía mucha pinta tampoco de cambiarse el calzoncillo todos los días.

Ya es mayor, le falta poco para jubilarse. Después de tantos años de órdenes tajantes y de entregarse a su trabajo con una rabia de fanático apenas queda uno que no desee perderlo de vista. Gana una pasta (si fuese Presidente del Gobierno perdería dinero) y quieren jubilarlo, pero antes de perder un céntimo prefiere quedarse hasta el último día y está más rabioso que nunca, como un viejo león que se niega a dejar el circo. Los de su comunidad de vecinos están desolados, pues temen un golpe de estado y mano de hierro hasta el final de sus días.

Un día lo vi venir por la calle, de frente. Era él pero no era él; llevaba una camisa estampada, con muchas flores o vegetación tropical, abierta hasta el pecho, y por fuera, que casi le llegaba a las rodillas, con una cadena de oro al cuello y unos pantalones muy anchos. Llevaba unos auriculares que salían del bolsillo de la camisa. Me saludó un poco cohibido. No era su hermano gemelo. Pensé; ahí lo tienes, cada uno hace su papel en esta vida, o sus papeles, y fuera de ahí todo es misterio. ¿Qué se esconde detrás de la careta de cada uno? Nadie lo sabe.

2/11/07

El artículo literario

Por lo que tiene muchas veces de empeño únicamente nutritivo, alejado de musas y recalentamientos de coco, prefiero leer artículos a cuentos, o relatos, por comparar dos géneros cortos. La novela es un viaje, y un viaje en el que cabe de todo; el artículo y el relato son una carrera de cien metros, pero tengo la impresión que mientras el relato (con todo ese deber de concisión y contención y ajuste milimetrado casi hasta en la respiración) es una carrera esforzadísima con unas vallas enormes y todos esos señores negros corriendo como gamos y tensando todos los músculos y donde todo acaba en unos segundos y parece increíble que más de uno no se haya infartado desplomándose sobre el tartán, echando espuma por la boca del esfuerzo sobrehumano. Tiene algo de demasiado ambicioso en el fondo; diríamos que los corredores quieren desaparecer de la salida y aparecer en la meta, casi sin transiciones, fantasmales, o teletrasportados. En los artículos, que también son carreras de cien metros, veo a unos señores muy tranquilos caminando con las manos en los bolsillos, silbando cualquier paridilla sin vergüenza, quizá con una barra de pan bajo el brazo y el periódico enrollado, mirando a los lados o a una mariposa que revolotea a su alrededor, presumida. Le habían dicho que tenía que llegar a la meta, o se lo había dicho a sí mismo, pero le da igual llegar o no; se entretiene con un trébol que hay al borde de la pista; el trébol le recuerda a Trini, y suspira emocionado porque no tiene ninguna prisa, todo le vale; respirar le vale, el cielo azul y un avión con un reguero publicitario de una marca de pasta de dientes le vale para entretenerse mientras camina por la pista. Claro; llegue o no llegue ha de simular que llega, dando el saltito final, la cabriola que anuncie su retirada de la pista, el regate al charco en el que estaba a punto de meterse; en fin, oficio de caminante, una pequeña prueba de reflejos.

No le va a dar un infarto; en el relato alguien parece obligado a padecer un infarto, emocional se entiende; el lector, los personajes, el escritor, el librero incluso, uno que pasa por allí, o todos a la vez, en un clímax de infartos orgiástico. Del alma, se entiende. Se compran un poco como poemas, se leen como poemas, son poemas en prosa. Los artículos son más plebeyos; se leen con un trozo de hamburguesa en la boca, se leen mientras habla fulano y ponemos cara de escuchar, mientras miramos de reojo en el autobús a la que tenemos al lado, mientras cagamos, que es donde mejor se leen y más aprovechan, aunque la ciencia no sepa el por qué. Y no me refiero solo a los artículos diarios que tenemos cada día en los periódicos, o menos a esos, porque no hay mucho que sobresalga del sopor restante de letras y declaraciones y etcéteras, la verdad, que a los artículos que se quedaron como obra menor de algunos autores y que quizá sobreviven mejor al tiempo que sus novelas y relatos. Una vez más David le quita un ojo a Goliat, y lo elevado se evapora cual nube de humo, y lo bajo y menor sobrevive como una roca a los años, al tiempo que todo lo muele. La mejor obra de un Chesterton, por ejemplo, está en sus artículos. Leemos a Larra, no al Duque de Rivas, ni a Espronceda. ¿Qué quedará de los Mendoza, Azúa, Marías, Monzó, que me parecen grandes articulistas, de los más interesantes hoy en día? Uno al menos lee con más gusto sus andanzas periodísticas que lo otro. Será pereza de lector, quizá, como dice Lobo Antunes de los que preferimos sus artículos a sus novelas, ganas de silbar mientras paseo con las manos en los bolsillos.

G.K. Chesterton, que me hizo disfrutar de crío las aventuras de un cura detective, y que ahora me tiene embelesado con sus artículos. Un maestro absoluto, el tipo.