
Hay un lugar; el sur. Allí se dirigen un padre y un hijo. ¿Qué hay en el sur? Se supone que algo, algo vivo, menos frío, menos hambre. En realidad al sur va todo dios. ¿Quién no tiene su sur? El sur es también una ballena blanca. El Sur, digamos. El autor de “La carretera”, Cormac McCarthy, sitúa precisamente a Moby Dick como la gran novela, su Sur literario. Y así empieza su novela: “Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano pata tocar al niño que dormía a su lado.” Ahí está todo; es el rollo de papel higiénico que se desenrolla después. Hombre, niño, frío, oscuridad, y de fondo un mundo cadáver, ni siquiera parece haber cucarachas, o ratas. Después de lo que parece haber sido la última gran jugarreta nuclear, un Hiroshima de dimensiones planetarias, el mundo se queda seco, ceniciento. Se nos presenta un territorio quemado; la ceniza lo invade todo, es el intermediario que flota en el aire, se posa en la carretera, en los árboles secos, entra en las casas abandonadas y viste de luto las ciudades desiertas y embadurna todas las orejas y pulmones de los supervivientes. Todo sabe o huele a ceniza. Al principio piensa uno; coño, Galicia después de los incendios del año pasado. Pero no. En la novela no ve uno que el narrador ubique concretamente la desgracia en parte alguna. En la contraportada en cambio se explica que la acción “transcurre en la inmensidad del territorio norteamericano”. Es una novela compuesta de fragmentos cortos, como pequeños poemas en prosa, también muy secos, exprimidos, sin subordinadas, frases cortas y al grano. Claro que a veces, muy pocas veces, deja lo concreto y pierde pie el narrador, ese ojo que todo lo ve, y se va por unos cerros que claman a Dios, o por ahí, una cosa entre soñada y delirante. Pero muy poco; de 210 páginas en la edición castellana, a dos fragmentos por página de media (no llega a quinientos), pocos de estos trozos son grandilocuentes, malos. La traducción, eso sí, tiene tropezones, pero los tomamos como efectos secundarios de la radiación y parte del ambiente apocalíptico. La verdad es que el libro es un tratado de prosa concisa, que trata de nombrar cosas que se tocan o se ven o se sienten con la piel o el estómago. Estos fragmentos son como fotografías que se iluminan unos segundos; en la oscuridad encendemos una cerilla.
Interpretaciones infinitas, si se quiere. La historia da pie a todo tipo de ocurrencias y suposiciones, todas lícitas y hasta necesarias si nos ponemos, que si es una metáfora de nuestro mundo, un alegato ecológico. Es obvio que el territorio que presenta es desolador y no descabellado como posibilidad futura. Terrible es poco, la verdad. Pero lo primero que vemos en todo caso es la fuerza de la unión entre un padre y un hijo. Esa, yo creo, es la idea básica de la novela. Decía Joyce que nada hay más fuerte que el amor de una madre por su hijo. Por encima de todo, en cualquier circunstancia, hasta en la más terrible, y pocas habrá más terribles que esta, el padre está dispuesto no solo a dar su vida por su retoño, sino a aplazar su muerte, a resistir en un infierno, por salvarlo. Impresiona la descripción de ese mundo, pero la relación entre ambos personajes conmueve más, quizá porque contrasta con todo lo que les rodea, y es lo único humano que aparece en escena. Porque lo otro humano, los otros, que recuerdan a los zombis de las películas de terror de serie B son otra cosa, animales erguidos, quemados, huesos peludos y moribundos harapientos que se arrastran por la carretera y le meten a chancho a cualquiera. No escatima horrores, McCarthy, pero es elegante. Piensa uno a lo largo de todo el libro que lo peor está por llegar. No hay apenas resquicio de esperanza, y la soledad de los personajes es tal que se compadece uno antes de que pase nada por el chico. ¿Qué coño va a hacer un crío sólo en ese lugar, cuando muera el padre?
Eso es lo que subyace a todo en la novela. Por eso el final decepciona a muchos. No es que sea improbable, desde el punto de vista de lo que podría pasar en la realidad, sino que es improbable desde el punto de vista literario. La novela dice A y el final dice B. Es un as escondido en la manga; o más bien, un as sacado de otra baraja. Es un deus ex machina en toda regla, o esa es la impresión que da al lector inconsciente que somos, el que no piensa y solo siente y vive lo que lee, y en esta novela se siente y vive mucho, y se lee muy rápido, por cierto. Ya no digo al lector que se sienta a pensar en posición de cagón como el de Rodin, el lector crítico.
Aceptando o no este final, podemos decir que La carretera es una muy buena novela. Planto aquí un fragmento de un fragmento que me parece interesante, cerca del final: “Decía que no quería que nada lo cubriese. Se quedó acostado mirando al chico junto al fuego. Quería ser capaz de ver. Mira todo esto, dijo. No hay un solo profeta en la larga crónica de la Tierra que no encuentre hoy aquí su razón de ser. Teníais razón, hablarais de lo que hablarais.”