7/11/07

El misterio Sherman


Manda mucho y huele fatal, aunque intenta disimularlo echándose encima cantidades desproporcionadas de aftershave, lo que deja un reguero de olorazo allá por donde pasa. Esto no es malo del todo; es fácil saber si se acerca, y antes de que le cace a uno mirando al infinito con la mirada perdida de haber sufrido un electroshock, o leyendo blogs o periódicos o indecencias en Internet, sabe uno a ciencia cierta si se acerca el toro. Es extraño lo del olor, porque si se para mucho con uno aparece esa fragancia a pescado podrido, o a bolsa de basura orgánica, que no sabe uno si sale de su boca o de sus poros, traspasando el traje y llegando a nuestras sumisas narices. Más de uno sufrió mareos y nauseas de tenerlo mucho tiempo cerca y tuvieron que sacarlo en brazos. Tiene el aspecto pulcro de un marrano engominado, y con gafas, unas enormes que le tapan la mitad de la careta. Eso y los zapatones de suela gruesa que lleva le dan un aspecto de carro de combate, un sherman, que queda poco fino. Es gordo, o gordo de barriga, siempre de siete meses, aunque nunca acaba de parir, y camina un poco echado hacia adelante. Tiene una cabeza curiosa, más estrecha arriba y abombada abajo, sin cuello. Es una cabeza pirámide de Egipto, aunque con pliegues asentados sobre el cuello de la camisa, y le brilla mucho. De cerca la piel de su cara es como de formica, con un brillo artificial y sospechoso.

Hay muchas teorías sobre su origen y si es humano o no. Es de Segovia (la mayoría hace el chiste del cochinillo), pero algunos creen que es el producto de un experimento de Franco, como una cosa de los nazis, que también experimentaban mucho, una especie de Frankestein del trabajo, creado con los órganos de los más destacados currantes y militares de la época, y también de algunos animales, para imprimirle más fiereza y capacidad de amedrentamiento al ente. Todo son conjeturas y fantasías de subordinados, pero la verdad es que explicaría muchas cosas, entre ellas el olor asqueroso, pues no es difícil suponer que Frankenstein debía oler como mínimo a muerto, y no tenía mucha pinta tampoco de cambiarse el calzoncillo todos los días.

Ya es mayor, le falta poco para jubilarse. Después de tantos años de órdenes tajantes y de entregarse a su trabajo con una rabia de fanático apenas queda uno que no desee perderlo de vista. Gana una pasta (si fuese Presidente del Gobierno perdería dinero) y quieren jubilarlo, pero antes de perder un céntimo prefiere quedarse hasta el último día y está más rabioso que nunca, como un viejo león que se niega a dejar el circo. Los de su comunidad de vecinos están desolados, pues temen un golpe de estado y mano de hierro hasta el final de sus días.

Un día lo vi venir por la calle, de frente. Era él pero no era él; llevaba una camisa estampada, con muchas flores o vegetación tropical, abierta hasta el pecho, y por fuera, que casi le llegaba a las rodillas, con una cadena de oro al cuello y unos pantalones muy anchos. Llevaba unos auriculares que salían del bolsillo de la camisa. Me saludó un poco cohibido. No era su hermano gemelo. Pensé; ahí lo tienes, cada uno hace su papel en esta vida, o sus papeles, y fuera de ahí todo es misterio. ¿Qué se esconde detrás de la careta de cada uno? Nadie lo sabe.

5 comentarios:

conde-duque dijo...

A lo mejor en la vida real no huele tan mal, y lo de la fragancia a pescado es otra parte del disfraz de jefe, para mantener las distancias, para imponerse.
Más allá del disfraz todo es misterio.

Anónimo dijo...

Qué maestría. La pirámide de Egipto. El cuello. Las gentes sin cuello me ponen en guardia o sobre aviso. Si hasta dicen que la fotogenia depende del cuello. Un cuello largo, una especie de puente entre el corazón y lo que la boca habla de lo que rebasa el corazón. Un nudo donde se agolpan la voz, la respiración,la deglución y por donde asciende el beso.
El lugar de trabajo propicia el encuentro de olores y exhudados y también las alucinaciones. Hace una temporada, cápitan, estuve 4 años viendo un salvapantallas de George Clooney que tenía quien se sentaba tres metros por delante de mi. Un día, cuando regresó del excusado, le dije: "No puedo más, si me pareció que me guiñaba un ojo, quita eso, anda, por favor, por lo que más quieras."
Saludos.

Portorosa dijo...

Qué bien, Maba. Me ha encantado.

Un abrazo.

Mabalot dijo...

Estoy con Conde. Además, siempre que escribo algo sobre alguien me arrepiento del tono, o de las palabras, o de lo mal que queda. Es como si me aliviara, y al mismo tiempo me sintiera culpable. Veo después al individuo y lo veo mejorado, hasta humano. Me siento como un ácido que correo aquello que mira. Claro que tengo razón, porque después vuelvo a recordar y pienso que me quedo corto. Pero la duda, siempre la duda, el no saber a ciencia cierta quién es el observado. No saberlo, y estar seguro de ello yo creo que es lo primero, lo básico, para pensar en alguien, y retratarlo.
Claro que ahora que me acuerdo, fue este retratado el que me dijo un día, en su despacho: "Yo le conozco a usted muy bien, M. Sé cómo es."

NO le dije; Sabe usted más que yo. Pero me quedé con las ganas.

Un saludo, amigos.

Mabalot dijo...

corroe, quería decir