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4/5/08

El domingo del pájaro-que-da-cuerda

"Desde una arboleda cercana llegaba el chirrido regular de un pájaro, un ric-ric, como si estuviera dándole cuerda a algún mecanismo. Nosotros hablábamos de él como del pájaro-que-da-cuerda. Fue Kumiko quien lo llamó así. No sé cuál es su auténtico nombre. Tampoco sé cómo es. Pero, se llame como se llame, sea como sea, el pájaro-que-da-cuerda viene cada día a la arboleda que hay cerca de casa y le da cuerda a nuestro apacible y pequeño mundo."

Haruki Murakami, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, editorial Tusquets, 2007 (pág. 17)

14/3/08

Un señor japonés; el que busca

Un suicida en potencia

Tiene mirada optimista (le brillan los ojillos). No parece que se vaya a suicidar dentro de poco. Todos conocemos la preferencia del nipón medio (ese tipo inexistente) por el suicidio, pero esta tendencia es más acusada entre los escritores. Y si escribe cosas de provecho ya no lo salva nadie. Akutagawa, Dazai, Mishima. Dazai se pasó la vida intentando suicidarse, y entre intento e intento escribió algunas de las mejores obras de la literatura japonesa del siglo pasado. Hay una generación de escritores (los Marsé y Goytisolos de allá; Abe, Nosaka, Oe) que aún no se han decidido.

Un tipo con éxito y algo más

Haruki Murakami es más joven (nació en el 49). No sabemos si el éxito que está teniendo le obliga a algo, o lo disuade. Lo que sí tengo bastante claro es que pocas veces como esta el éxito coincide tan escrupulosamente con el talento del escritor. Y cuando digo talento me refiero, más que a la capacidad de hacer las cosas únicamente bien (que no es poco), y a cuadrarlas, al coraje de asumir un cierto riesgo e incluso adoptarlo como componente esencial de una obra. O al menos su libro de relatos Sauce ciego, mujer dormida contiene piezas excelentes, maestras, que lo son porque no se quedan en aparatos perfectos. En realidad todos tienen algo de fragmento narrativo extraño. Lo dice en el prólogo el propio autor: “… todo lo que escribo es, más o menos, un cuento extraño.”A uno le pueden gustar unos cuentos más que otros, pero en todos asoma esa especie de rebeldía del propio relato para no quedarse inmóvil dentro del marco formal que se le asigna en un principio. Porque uno, quiera o no, lee un relato aplicando el molde que creemos que lo leído tendrá, y estos relatos se resisten, se nos escapan por los lados, como leche que hierve. Son relatos, no que quieran ser raritos por serlo, no dan esa impresión, sino que parece que no se conforman con ser relatos, o con ser literatura. Quieren saltarnos a los ojos, como aceite hirviendo, y por eso se revuelven y sacan los pies fuera de la cama y se quedan un poco asimétricos, deshilachados. Ya lo había dicho Baudelaire (qué lejano suena); “La belleza moderna será asimétrica o no será.” A Murakami se le mete en el saco posmoderno (¿?, esto seguro que lo explica muy bien algún hombre nocilla), con los DeLillo, Pynchon… Pero sea lo que sea consigue arriesgar sin martirizarnos, como si le debiéramos algo, que es lo que pensamos al leer a algunos escribidores de supuestos tochos posmodernos.

El planeta Murakami

Son relatos diferentes pero en todos pisamos el mismo planeta. Eso no pasa con todos los escritores, o pasa con pocos. La mayoría se quedan en la forma, que es lo primero que se ve y sobre todo lo último, por desgracia. El ingenio formal, la buena idea. Como esas nueces que pesan poco y al partirlas vemos que están secas, que no hay nada dentro, aprovechable, aunque por fuera parezcan perfectas. O pueblan sus macondos de gestas verbales que no pasan de ser meros intentos de llevarle la contraria a la ley de la gravedad, o a alguna otra ley física, como si estuviésemos en un circo.

El planeta Murakami lo mismo se llama Tokio, Kyoto o Hanaley Bay. Son lugares reales en los que cualquier cosa puede pasar, porque en la lógica (o ilógica) del relato lo más extraordinario es lo más natural y a veces lo más normal es lo más extraño. En esto último vemos también la sombra de Carver (Murakami fue el traductor de los relatos de Carver al japonés), esa capacidad para mostrarnos lo desconcertante en lo cotidiano, con trazo fino. Hay también un fondo kafkiano distinto al acostumbrado, al manido, al literal. Aprendió muy bien la lección en Kafka. A veces lo que hace es incluso una relectura lúcida del checo. Y como en él algunos relatos parecen leyendas que remiten al consciente colectivo de un pueblo, o del ser humano. Que no al inconsciente, que es un invento muy aburrido, un paraíso o purgatorio interior decorado con relojes derretidos y todo al estilo Art Nouveau.

Donde parezca que esto pueda hallarse

Mi historia particular con este autor es extraña. Hace un año o más encontré en casa de mi hermana su novela más conocida y convencional, según tengo entendido; Norwegian Wood (Tokio Blues). Era una tarde de domingo, acababa de comer y había una butaca al lado de la ventana. Me quedaba solo y tenía curiosidad por el autor. Todo era favorable, pero lo dejé pronto. Quizá la foto de la portada de Círculo de lectores, con una chica japonesa muy joven con cara de tristeza de ni fu ni fa, Coca-Cola o Pepsi, y quizá la idea de encontrarme con unos personajes enrocados en depresiones pseudoexistencialistas, me desanimaron de antemano. El caso es que se me hizo insoportable el tono.

Hace un mes o mes y medio cayó en mis manos el libro de relatos. Y desde que empecé a leerlo dejaron de existir los demás libros de la mesilla. Tiene razón Orejudo, es adictivo. Pero no una adicción de querer acabar cuanto antes (eso es prisa), sino un deseo de que no se acaben nunca, una lectura pausada. Como decía hay relatos que son pequeñas obras maestras. El otro día, aprovechando la fiebre y mi coartada de enfermo (una vez al año no hace daño), me quedé en cama toda la mañana y me leí de un tirón su novela Al sur de la frontera, al oeste del sol. Cosa que no hacía con una novela de casi trescientas páginas desde que era estudiante.

Seguiremos probando mientras merezca la pena, y me da que sí. Como dice en uno de mis relatos favoritos: “Y yo, posiblemente, buscaré de nuevo, en cualquier otro lugar, algo que tenga la forma de una puerta, o de un paraguas, o de un Donut, o de un elefante. En cualquier lugar donde parezca que esto pueda hallarse.” (pág. 335)