22/4/12

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Aquí, Ai Wei Wei; así como los críos se disfrazan de otoño o primavera, él es la perfecta personificación del domingo. Un domingo cualquiera, de adolescente envejecido.

Me levanto con dolor de cabeza. Me tomo dos aspirinas con el desayuno. De todas formas cuento chistes, el dolor me pone de buen humor. Me irrita y me salva, me afloja, el dolor. El dolor de cabeza, al menos el que me afecta de vez en cuando, es como un eco, una reverberación. Es un dolor que promete, un dolor futuro; su recorrido es ascendente, y eso es lo que aterra de un dolor así. Hay dolores que desfallecen a cada latido, pero otros parece que cogen carrerilla, y éste es uno de ellos. Siempre aparecería alguien que nos diría que eso no es nada, que mi dolor de cabeza debe ser poca cosa cuando cuento chistes e incluso cuando me levanto tan campante de la cama. Seguro que hay alguien, siempre hay alguien así, que insiste en que su dolor de cabeza es un señor dolor de cabeza, y que nuestro dolorcillo es así como de gorrión, absolutamente insignificante. Habrá quien piense que sólo el rey de los dolores de cabeza, la migraña, merece ser considerada y que sólo alguien que la padezca tiene derecho a exponer a todos que la cabeza le va a explotar y que en el aire ve chiribitas e incluso en la oscuridad. Bien; lo acepto. Quédese usted con la migraña, con las explosiones y con las chiribitas. Con dos cafés cargados y el sabor de las aspirinas en la lengua pienso; ni las voces, ni los puritos, ni las cervezas, ni los goles más o menos dolorosos, nada de todo eso ha existido.

*

Es domingo, como casi todos los domingos. El domingo se hace con los ratos muertos que le sobran a los días laborales. Es un día perfecto para dormir la siesta, aunque uno nunca la duerma ni la vaya a dormir. Tiene el domingo ese olor a siesta, en todo caso, que aletarga y exaspera. Dan un poco ganas de coger al domingo por las solapas y zarandearlo, por melifluo. Es un día en el que nos subimos mucho a los miradores para ver el horizonte. Es como si el horizonte de los domingos fuese un horizonte más serio, menos reservado. Pareciera que el horizonte de los domingos nos trajese recuerdos más nítidos del pasado o del futuro, como si ese horizonte dominguero pudiese decirnos algo, al igual que los posos del café. De todas formas nos vale una piedra, y en domingo todo el mundo va por ahí subiéndose a las piedras y mirando más allá con la mano de visera. Quizá sea el día en el que el paisaje se hace más paisaje, porque el paisaje es una cosa de domingo, como los goles de la radio. El domingo suele ser el día en el que la mayoría de las familias se aburren juntos. Se sale a pasear y a tomar cafés y a tirar pan a los patos municipales; las parejas jóvenes se abrazan y sueñan; las parejas veteranas miran escaparates y sueñan.

1 comentario:

Portorosa dijo...

¡Qué última frase!

(Oye, ¿y seguro que lo de que no aparezcan el acceso a los comentarios no se puede solucionar?)