5/7/11

Cosas del verano

Parece tan feliz que de mayor no le va a quedar más remedio que hacerse drogadicto, quizá poeta, y en el peor de los casos poeta drogadicto.
Cada época del año tiene sus nostalgias. El verano era adaptarse a un nuevo régimen de vida. Dicho así suena muy duro. De estar casi atento a estar disperso, rebanando el aire con un palo, golpeando un balón contra una pared, besando en la mejilla a una tetona o a una tetona incipiente, puntiaguda, sonriente, todo dentadura. El pueblo casi no era pueblo, se ve una carretera desde el baño, y tranquilo escucho los coches a lo lejos mientras balanceo las piernas en el váter. Los niños cagan flores, así es el verano de aquellos años. Digo es, no era. Ese era no me gusta. Me llega el zumbido de los coches cuando ya se han ido. Truenos solitarios, conducidos por señores calvos que pueden ser profesores de matemáticas y se mueren pronto. En el lavabo la brocha del abuelo abierta, de yeso seco, las moscas en el aire, paralizadas. Llegan los sobrinos del vecino, franceses, un poco mayores, atléticos y con muchos granos rojos, blancuchos de piel. Asquillo. Blancucha ella, una niña que parece haber corrido demasiados maratones. Es horrible, pero es una niña. O una mujer, no hay diferencia ahora, es decir, antes. Poco a poco entiendo cuando hablan entre ellos; no hablan, gruñen. Lo entiendo todo. Qué otra cosa hacer que gruñir. Los hermanos, sobre todo entre hermano y hermana, no hablan, ni en francés ni en ningún idioma. Nos hacemos colegas y asesinamos lagartos de cincuenta centímetros. Comemos lechuga fresca y tortilla y bistec empanado que sacamos del horno. La casa para nosotros solos. Vemos la tele mientras afuera los pájaros se abrigan del sol bajo las hojas de los árboles. Bajamos a comprar helados. El paisaje duerme la siesta y volvemos a por más helados. Espiamos la casa del psicópata portugués, que entra y sale, confuso, muy sospechoso. Nunca sabremos cómo se llaman esos perros furiosos. El portugués vive solo, la casa a medio hacer. Cemento, ladrillo, escaleras de hormigón, con el peldaño casi imaginario. En el pueblo las casas tardan décadas en terminarse. Nunca se terminan, lo de décadas es un decir. Se heredan pero nunca se terminan. El eterno gris de esas casas, desquiciado el perro de tanto gris. Los domingos se va mirando qué le falta. Menos los traficantes, que se levantan un palacio saudí en dos días. Las piedras rectangulares de las pirámides, granito gris. Balaustrada de piedra, mesas de piedra, bancos de piedra, columpios de piedra para los críos. Palmeras y niños o ángeles de mármol meando en una fuente. Millones enterrados en el jardín y en la televisión Gayoso arrancándole una carcajada al señor padrino. Dejemos atrás el pueblo, que ya no es pueblo. Un Beverly Hills con vacas poco exprimidas. Vacas tapadera. Pero entre los torreones las casas de siempre, las vacas tan trabajadas de siempre. La gallinas sobre una alfombra de mierda de gallina.

El invernadero, ya cerca del riachuelo, abandonado, de plástico arruinado, verdoso, tomado por una selva. Una burbuja huérfana custodiada por perros. Por la noche corremos echando humo, perseguidos por los mosquitos, que están más cabreados que nunca. Ah, la noche desde la ventana de la buhardilla, el alumbrado casi inexistente, toda luz en las ventanas, una aquí y otra allá, parece de candil. Hoy al despertarme estaba la carretera mojada. Está bien que el verano, de vez en cuando, se lleve un poco la contraria a sí mismo.

2 comentarios:

Jacobusto dijo...

A mí tampoco me gusta ese "era". Gracias por el blog.

Portorosa dijo...

Ahora que sé que se te puede "hablar", insisto en lo bien que escribes, Maba.

¿Sabes que al entrar en esta página de comentarios salta publicidad? ¿Te estás lucrando con esto?

Un abrazo.