20/4/07

Diario de Niponia

Soy Paco, alias Mabalot, y esta es la expresión de mi cara todo el puñetero día en Planeta Gominola (parezco jilipollas, pero es que hay que ver cada cosa).
Es de noche. Todos duermen en Planeta Gominola. K, mi mujer, mi lazarillo, mi comprensiva (casi siempre) colega, mi casi mamá, está a mi lado, como desactivada; no parece un androide. Ella no es un androide. Casi nadie conocido parece un androide, pero no puedo confiarme (Nota: mirar a los ojos a los niponianos, observarlos detenidamente, no olvidarme). Chorizón, el pobre, reposa en una esquina, sobre la bolla de pan. Está baldado, no puede con su alma. K no quiso que durmiese con nosotros.

- El chorizón a la cocina. ¿Cómo va a dormir con nosotros?
- Pero se va a sentir muy solo. No conoce a nadie, no está acostumbrado a esos compañeros de alacena. Son cosas muy extrañas para él, ni siquiera conoce la salsa de soja. Es muy sensible.
- Me da igual, chorizón a la cocina...
- Además no le llames así, con minúscula; mi fiel amigo merece una mayúscula. Es como la voz de mi conciencia. ¿Quieres encerrar mi conciencia en una alacena, con algas secas y frascos sospechosos e ilegibles, de los que apenas puedo leer ni la fecha de caducidad? ¿Es eso?
- No entiendo nada, tengo sueño, chorizón a la cocina, con el pan...
- El pan se queda, y Chorizón.
- Tengo sueño.
- De acuerdo, que duerman en una esquina... de la habiitación.

Es una habitación japonesa, no tiene cama. El suelo es de tatami (placas de fibra natural, no sé qué fibra), sobre el que se pone el futón, un colchón de algodón no muy grueso. Escribo boca abajo, la lámpara apenas ilumina este cuaderno. Hay una ventana, unas cortinas y la ventana interior de shoji (papel japonés muy fino) y madera. El shoji es como papel de fumar. Si fuésemos unos jipis ya nos habríamos fumado la ventana.

Al desenvainar a Chorizón para acostarlo sobre el pan he roto una cuadrícula de la ventana. K dijo que no pasa nada. Huele a madera, y un poco a húmedo. Con el mando a distancia regulo el climatizador. Se está bien. Seguro que los samurais pasaban un frío del copón. Así estaban siempre de mala hostia.

Antes de conocer a mi suegro la cabrona de mi imaginación me jugó malas pasadas. Algo así se me aparecía en sueños, dispuesto a segarme como a un calabacín. Nada más alejado de la realidad, gracias a Buda.
Es una casa occidental (esta blanca del centro en forma de L) enterrada entre otras miles de casas apelotonadas, unas también de tipo occidental y otras de madera y maneras orientales. Desde la avenida principal uno se mete con el coche en un laberinto de callejuelas en cuadrícula asfaltadas y extremadamente estrechas, y además de doble sentido. El colmo del optimismo y de la paciencia ante lo que para cualquiera no nativo parecería imposible. Porque Ciudad Gominola presenta sus salones iluminados y apabullantes, pero no es allí donde se duerme. Tokyo son, sobre todo, kilómetros y kilómetros de barrios así, todo casas pegadas unas a otras, quizá con un pequeño jardín interior tapado por una valla de madera.

Por aquí pasan coches, bicicletas, nipones a pie y el camión de la basura, que es una carretilla con motor y cabina en la que caben varios trabajadores del residuo. Ese poste está dotado de una goma que amortigua y reduce el daño de los rascazos en la chapa de los vehículos. Los nipones piensan en todo.

Exceptuando esta habitación, la de invitados, y el dormitorio de mis suegros, también con tatami y futón, apenas se nota que estamos en una casa japonesa. Aunque ante la puerta de la calle hay un espacio, un nivel más bajo que el pasillo, en el que se dejan los zapatos. Hemos de elegir entre andar descalzos o unas zapatillas muy finas sin suela.

Sigamos con la casa. Nos entran ganas de mear; sino fuera la segunda vez que respiro el aire de Planeta Gominola habría de vérmelas por primera vez con el Váter Automático, que ya se extendió como una epidemia por todas partes. Imagino que la casa más humilde y tradicional dispondrá de tal adelanto. Ha sido un paso importante para el progreso humano. Que ni un culo más se tope con la tapa fría, que ni un ojete más se vaya a dormir con restos endurecidos y rebeldes de materia cementosa. (Nota; escribir una redacción sobre el tema; contar las experiencias de uno con tales instrumentos. No omitir detalles. No olvidarme).

Dividido en tres partes el baño; un cubil diminuto con Váter Automático, otra parte el lavabo, espejo/mueble, y la tercera parte, separada por una puerta, el ofuro, que es una habitación de baldosas y azulejos que es todo ducha (no hay plato donde situarse) y al lado tenemos una especie de bañera bastante honda (sentado casi se ahoga uno) conectada (cómo no) a un aparato que la mantiene a la temperatura que le marques todo el santo día. Los nipones, quizá por su naturaleza a medias humana, a medias robótica, soportan temperaturas que cualquier humano normal consideraría de escándalo; por ejemplo, 39, 40, 41 grados. Lo más sospechoso es que no parecen cocerse el largo tiempo que pasan a remojo a diario. Otro misterio más de Niponia (¿De qué pasta están hechos los niponianos?). Antes de meter sus pequeños pero resistentes cuerpos en el ofuro se duchan, porque la coción ha de ser en agua impoluta y sus cuerpos otro tanto. Se diría que ellos mismos se preparan para el banquete de otros seres mayores que los zampan (¿Será esto el recuerdo genético de algún tipo de ceremonia en la que se sacrificaban como alimento a unos dioses? Nota; investigar eso; los nipones y su conductas autococinadoras y/o sus ventajas nutritivas).

No quiero acabar por hoy sin hacer mención a un sujeto que me da mala espina. Ya antes, en mi anterior visita a Niponia, no hicimos buenas migas, aunque supe disimularlo como un campeón. Su nombre, además, no deja lugar a dudas; nada bueno puede salir de él. Estoy completamente seguro de que se trata de un robot primitivo, uno de esos monotemáticos y absurdos, más tontos aún que los que solo saben jugar al ajedrez y después ni puñetera idea de hacer una "O" con un canuto. El sujeto en cuestión tiene aspecto de chucho de "palleiro", nada más y nada menos, y se llama "Ano". Lo juro por mi boina, que me caiga un rayo en el pitorro. En mi confusión idiomática pensaba que "Ano" podía ser ese aro de fuego por el que saltan las focas en los acuarios, pero no es correcto. "Ano" significa "esto", en idioma nipón, y como nombre no significa nada.

Por ejemplo; Ano hon desu. (Esto es un libro). Así que le decimos al chucho; "Esto", ven aquí, que te voy a calentar las orejas.

Cierro el cuaderno por hoy. Chorizón está destapado. Lo arropo con la mantita que me dejaron para él. K duerme con la boca abierta; es una paleta de los sueños, como diría Ramón (somos paleto y paleta). Aparco la boina hasta mañana.

6 comentarios:

conde-duque dijo...

¡Qué grande! Le estoy cogiendo mucho cariño a Chorizón, pero mucho mucho. No me lo mates ni te lo comas, por favor. Se merece ser protagonista de un libro para niños él solito.
¡LLamar a un perro "Esto"! ¡Es una gran idea! Genial. Si tuviese perro le pondría ese nombre, pero ni tengo ni creo que vaya a tener...
Un gusto leerte, como siempre.

Azófar dijo...

Ese chorizón tiene no sé qué de caracol Oswaldo, francamente. Muy bueno, Malabot, además de las carcajadas despierta la curiosidad: dan ganas de interrogar a algún turista niponiano de los que tanto abundan en esta ciudad. Salud

la luz tenue dijo...

¡Qué humor! Se le acumula el trabajo, tomando notas... Es divertidísimo leerle. Le imagino con los ojos abiertos, asombradísimo.

Mabalot dijo...

Bueno, seguiremos mirando mundo al lado de Chorizón, al menos hasta que el hambre sea más fuerte que el cariño que le tenemos.

Y el caracol Oswaldo no sé quién es. ¿Sale en Rayuela, de Cortázar? Veo en google. Pues no tengo el honor y el placer de conocer a Oswaldo, porque con ese libro no puedo. Lo intenté hace dos siglos o tres y lo dejé pronto; me llevó a él la curiosidad y me apartó de él el aburrimiento. Me doy cuenta que no nací para leer a Cortázar, ni sus cuentos ni sus novelas. Cargo con mis defectos e incapacidades con resignación.

Gracias Conde, Azófar y Luz Tenue. Respecto a lo del asombro os diré una cosa; a veces me sorprendía de no estar continuamente asombrado; pensaba, estoy en Tokyo, mis antepasados ni sospecharían que parte de sus genes pudieran estar paseándose por esta parte remota del mundo, para ellos fuera del universo, seguro. Y uno llevaba el rol de observador pero hay que decir que nos adaptamos a todo y nos acostumbramos a las cosas más extrañas en menos de lo que canta un gallo. Eso sí que produce asombro.

Lo mejor de salir de casa es que a la vuelta uno ve lo de siempre de otra manera, como un extranjero, como desde fuera, fruto de la forma de enfrentarse a la calle y a todo en ese otro lugar. A veces yo quiero ser testigo, sólo testigo, y es cuando me río de todo, por dentro, y lo veo absurdo, este mundo, pero demasiadas veces me olvido y soy un actor más, haciendo el jilipollas, dejándome llevar por la corriente.

Un saludo.

Portorosa dijo...

Magnífico, Mabalot. Esto (demostrativo, no sustantivo) está muy bien, esto, esto que escribes.

Rrose dijo...

...los nipones y su conductas autococinadoras... JAJAJAJA