Los cigarrones, al parecer, eran los ojeadores de grandes cacerías fundados por el Conde de Monterrei en el S. XVI. Ahora van por las calles asustando al personal que, quizá por instinto animal, los mira con cierto recelo, aunque sepan que debajo se esconden sus familiares, amigos y vecinos. O precisamente por eso.
Detrás llevan las chocas (o cencerros, en castellano) que anuncian en las calles la cercanía de un cigarrón e impresiona más que el látigo de cuero con el que amenazan y a veces utilizan sobre las carnes bien abrigadas de los paseantes y curiosos.
Aunque a primera vista todas las caretas parecen iguales no lo son. Los dientes más separados, la nariz más prominente, las cejas más o menos ladeadas... como la vida misma.