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22/8/09

Una novela de Felisberto

Puede que tenga pinta de loco, pero cómo escribe...


Aunque hace semanas que terminé de leer esta novelita de Felisberto Hernández no se me va de la cabeza. La empecé a leer en el autobús, seguí en la playa ese día por la tarde y la acabé por la noche en la cama. Es corta, la leí despacio, saboreando cada frase, esa sencillez. La novela es un retrato, poco más o menos. El retratado es el profesor de armonía del propio Felisberto, que fue pianista antes que escritor. Y como en todo retrato el retratado es también el que observa y saca la foto. Felisberto es un Proust que no escribe en los márgenes ni amplía sus subordinadas con incisos entre guiones. Un Proust que escribiera como Baroja. Merece un artículo este autor. Tengo ganas de escribir sobre lo poco que llevo leído de él (sólo los relatos de Nadie encendía las lámparas y ésta novela titulada "Por los tiempos de Clemente Colling"). Por ahora os dejo aquí este fragmento:

"Mi entusiasmo y mi manía de ir demasiado temprano a los espectáculos, nos colocó en la puerta de la sala mucho antes de que la abrieran. Después, apoyado en la baranda de la tertulia, empezaba a sentir ese silencio de sueño que se hace antes de los conciertos cuando falta mucho para empezar; cuando lo hacen mucho más profundo los primeros cuchicheos y el chasquido seco de las primeras butacas; cuando se espera oír y sin embargo es más lo que se ve que lo se oye; cuando el espíritu, sin saberlo, espera trabajando; cuando trabaja casi como en el sueño, dejando venir cosas, esperándolas y observándolas con una distracción infantil y profunda; cuando se pronto se hace esfuerzo para suponer lo que vendrá y se mira por centésima vez el programa; cuando se repasa la vida de uno y se aventuran ilusiones; cuando uno siente la angustia de no estar colocado en ningún lugar de este mundo y se jura colocarse en alguno; cuando uno sueña con llamar la atención de los demás algún día y siente cierta tristeza y rencor porque ahora no la llama; cuando se pone histérico y sueña un porvenir que le adormece la piel de la cabeza y le insensibiliza el pelo; y que jamás lo confesaría a nadie porque se ve a sí mismo demasiado bien y es el secreto más retenido del que tiene algún pudor; porque tal vez sea lo más profundo del sentido estético de la vida; porque cuando no se sabe de lo que se es capaz, tampoco se sabe si su sueño es vanidad u orgullo." [pág. 38-39, Por los tiempos de Clermente Colling, Felisberto Hernández]

23/12/08

La tos

Un buen ojo para ver como se acerca la tos.


La familia de tosedores por la calle. El primero que tose es el padre, o el que más fuerte tose. Lo veo venir y tose con escándalo. Tiene la cara roja y los ojos parecen a punto de explotarle, de precipitados y reventones. Dan grima. Su tos se eleva por encima del ruido de los coches (que se callan), y desde la otra acera algunos levantan la cabeza para ver al que se muere. El padre, por más que se muera, no deja de caminar con prisa, y detrás, sin perder el ritmo, el resto de la familia. Quizá cuatro o cinco hijos, o seis o siete, todos iguales de cara (esos ojos a punto de saltar) y todos tosedores, porque además del padre todos empezaron un coro de toses afligidas y esquivas (cosa de bujía), que son las que no alivian, pues no arrancan flujo de las paredes de la pareja de pulmones y bronquios y tráquea, o por ahí. Imaginaos a un grupo denso y uniforme (las mismas caras padre e hijos) tosiendo como locomotoras podridas, y hay una mujer también, que no sé cómo es, pues el rostro tumefacto y cada vez más rojo y escandaloso del padre, como si se hubiera vuelto loco el hijoputa, o como si pidiera ayuda desde el fondo de los ojos, es todo lo que veo, y se acercan a mi posición de frente por la acera, y para no tragarme todas sus toses me refugio en una farmacia, primero en el escaparate, y después entro y suena una campanilla y reviso los chupetes. No me compro nada, aunque no está nada mal la farmacéutica (tallada en gominola diría), y salgo y los veo alejarse y pienso que es muy raro, porque había cierta chulería en esa tos de tenor de chabola, en esa tos que nos ordenaba callar a todos.

Esa tos de apartad que voy yo. Esa tos del que quiere que pase algo, sea lo que sea.

En las películas, al menos, nadie tose en balde. Todo aquel que pierde su tiempo (y el nuestro) tosiendo, muere dando mucha pena, dejando hijos en la miseria o el sueño de una granja en el campo para otra vida.

14/12/08

Un café



En los bares uno está bien y mal. Afuera llueve y hace frío. A veces llueve frío y hace lluvia, de tan bien que se complementan y hasta unen en un solo ente invisible estos dos elementos cabrones, y se cuela a través del jersey, la cazadora y nos lima las esquinas de los huesos poco a poco. El frío húmedo y un poco glacial es al tacto la tiza que chirría en la pizarra.

Veo como se estremecen los viejos cuando ponen un pie fuera. Algunos aprovechan para provocarse un orgasmo, o eso parece. La calle está mojada de agua dura, casi nieve, que brilla mucho con el sol como un suelo de papel de aluminio.

Los bares son un purgatorio. No hay uno que no tenga su cosa mala. El calorcillo nos envuelve, pero también hay una corriente de aire que viene de no sé dónde y nos hace cosquillas en la nariz. Lo peor de estornudar es no acabar de estornudar, o mejor dicho, no empezar. A veces, despistados, estornudamos como verdaderos animales y nos quedamos muy a gusto, hasta que caemos en la cuenta de lo excesivo del estornudo en público y casi sin querer nos entra una vergüenza que encoge el cuello. Una vergüenza de caracoles, de nuestro pasado de caracoles.

Las ventanas mojadas como si estuviésemos en una sauna, o en un submarino, o en la sauna de un submarino. La tele a un volumen que se mete en todo, entre todo, entre lo que uno ve y piensa, entre lo que uno piensa y ya nunca pensará, pues ahí están las voces de siempre para dispersar la mejor idea que tendríamos en esta vida y que ya nunca conoceremos. De los bares y cafeterías yo supongo un pasado menos higiénico pero más tranquilo y acogedor. En realidad tampoco han cambiado mucho, si exceptuamos un par de aparatos que se enchufan y unas luces menos temblorosas y blancas.

Aquí tenemos el café caliente y con sabor a café. Odiarías el café si no fuera por el sabor, que después de tantos años ya te parece hasta necesario. Pero, ojo, sólo el sabor. El efecto estimulante es más un fastidio que una ayuda. Acaban temblándole a uno los párpados y parece que chisca el ojo a cualquiera que nos mire.

De fondo también las voces de los paisanos arreglando el mundo, pero sobre todo arreglándose la necesidad de charlatanear, que es una necesidad tan importante como dormir o follar. Hablar de algo o de nada es el principio de una salud mental aceptable en cualquier individuo. Después de discutir sobre fútbol o de insultar a un ministro en un bar nadie va a casa y se pega un tiro. Si está muy borracho quizá se lo pegue a su mujer, pero eso es otro asunto. El alcohol.

Nunca he podido hacer nada (estudiar, escribir, leer mucho tiempo y a gusto) en bares y cafeterías. Siempre acabo mirando a la gente, que me parecen mucho más interesante que todo lo que tenga entre manos. Puedo también hojear el periódico, casi siempre el periódico que algunos llaman hoja parroquial y que por supuesto es mucho menos interesante que una hoja parroquial (aunque no haya leído una nunca). Los periódicos de los bares siempre parecen un poco sudorosos. Al final del día aparecen hinchados, un poco descompuestos. Si los pesáramos por la mañana, recién llegados, y por la noche, veríamos que hay una diferencia no despreciable. Casi podríamos decir que por la noche, antes perderse para siempre en la basura, incluye más noticias que por la mañana.

17/11/08

En esas cabezas

"Cuando levanto la cabeza y veo al resto de cabezas de alumnos trabajando apenas puedo contener la risa. Resulta tan misterioso, tan curioso, tan extraño. Es como si se tratara de un cuento infantil que se susurra. La sola idea de que en todas esas diligentes cabezas revolotean apresurados pensamientos me parece que ya encierra suficiente misterio."

Robert Walser. Los cuadernos de Fritz Kocher, editorial Pre-Textos (1998).

Cuando voy a buscarla al colegio, y mientras espero, tengo ganas de asomarme a la ventana de su clase (que da a la calle) y ver qué cara tiene, y qué hace. Ella y los demás. Me parecen tan pequeños (son rodillas con cabeza) que me cuesta creer que tengan su vida independiente. Y verla ocupada en algo, haciendo trazos verticales y horizontales. Por ahora su vida escolar, principalmente, se divide en trazos verticales y trazos horizontales. El resto son juegos y borrones. Borrones enormes que ocupan un folio y representan escenas; un león durmiendo, un árbol muy grande, una nube comiendo. Tengo la impresión de que esa vida fuera (cuando no está con nosotros) es el principio de la que tendrá en el futuro; su verdadera vida. Poco a poco ocupará más tiempo, y más, hasta que lo ocupe todo.

16/11/08

Pensar en Oporto

Es una ciudad que no se impone, y que se deja caer, si hubiese algún sitio donde caer. No es una ciudad de ciudadanos. Quizá no sea una ciudad. A lo mejor es un decorado. Las ruinas de un decorado. Toda esa gente son figurantes, pero no hay ni hubo película (los protagonistas hace tiempo que se largaron con la música a otra parte). Es una ciudad cuesta abajo, pero en cuanto nos damos cuenta es una ciudad cuesta arriba. Hay ropa colgada en las fachadas y alguna que otra bandera verde y granate, y ventanas oscurecidas por el polvo y todo lo torcido en estas calles parece mal torcido; si se sostienen los edificios es por las grietas, que siempre estuvieron ahí y son los grandes pilares más o menos invisibles. Por cierto, nadie en ninguna ventana (sólo los turistas en sus ventanas de hotel); es una ciudad a la intemperie, abandonada cada casa a su suerte, y cada edificio se deja ir a la mierda sin importarle nada. Los que van por las aceras (nadie mira arriba) caminan con la cabeza baja esquivando cacas de perro y tipos durmiendo y a veces bolsas de basura y sobre todo debemos tener cuidado con las ondas de baldosines en las aceras. Suben, bajan, estas corrientes. Entonces, los desconchados y el óxido y cierto tono terroso (de tierra húmeda) que ya forma parte de las fachadas, conforman una ciudad que ya no tiene fuerzas para levantarse de dónde quiera que esté tirada. Aunque se levanta; se levanta y no hace frío. Y como es una gran ciudad, aunque quizá no sea una ciudad, se despierta con cristales rotos en las plazas y os mismos tipos de ayer a la noche sentados en los bancos. Cuidado; cristales verdes, castaños, trasparentes (hielo), y botellas amputadas que dan ganas de lanzar al aire (porque parece que sufren). Para entrar en calor, aunque no hace frío (pero hay algo oscuro en el aire que casi obliga a tener frío), dos pedigüeños a las puertas de una iglesia discuten. Cada uno en su lado. Ahora que pasamos se contienen y se miran de reojo en silencio y adelantan una mano, casi sonrientes. La iglesia se cierra porque alguno va a comer. ¿Qué pasa si te atropella un tranvía? Me preguntan. Vaya pregunta. Ya de noche, porque se hace de noche con el postre, nos perdemos por las calles menos principales (el reverso del decorado) y hay ruidos de persianas que se desploman y cuchicheos. Y el silencio del que sentado en una banqueta no tiene a quién hablar ni nada que decir. Veo como apagan las luces de una tienda; era una luz que dejaba un rectángulo amarillo enmarcado en el suelo de adoquines. Baja la reja. Un comercio de qué; ni estanterías, las paredes blancas de azulejo como un baño público. Más allá unos pasteles de carne en un escaparate y una tarta amarilla, muy amarilla, y enorme (monstruosa), casi amenazante (¿respira?), y empanadillas barnizadas y sangrando algunas por la boca, y pasteles de crema con canela que están ahí, ya disecados. Quizá mañana alguien los mastique. Alguien con boca pero sin ojos. Me hacen gracia (eres un infantil, ya lo sabía) unos maniquís negros de pelo rizo vestidos como señores, que gesticulan con una mano y nos indican que atendamos a razones porque algo grave ha pasado; ¿qué te duele? Lo señalo para que se enteren todos; que no está todo perdido parece que dice (qué va a estar todo perdido, pienso), aunque no veo que le hagan caso y se queda tan tieso con los ojos muy abiertos. Hay señoras que arrastran bolsas de plástico abombadas y misteriosas. Son las señoras de mi pueblo, intercambiables. Caminan balanceándose. Señores que fuman en pipa y llevan una señora de goma colgada del brazo; señores que conducen tranvías y gritan congestionados a los que no se apartan. Y estos les miran asombrados, y no quieren apartarse. O eso parece.

4/11/08

Leña

Le estoy robando minutos a mi hija. Mientras me escapo a la habitación (¡el email!) ella ve El jorobado de Notre-Dame, de Disney. ¿Qué tal? Bien, dice. Mi vecino corta leña. Tienen una cocina de leña. Dan un calor de la leche. Antes, en este país, en los pueblos, se sentaban delante de la cocina de hierro y echaban tronquitos de madera. Se quedaban horas ante la puñetera cocina, esperando que les diera el sueño. Qué vida más triste. ¿Cómo podían vivir sin la luz de las pantallas? Da igual televisión, ordenador; el caso es mantener una pantalla encendida, dando ese otro calor. La verdad es que no sé que es más triste. A veces se pone uno muy rural, como si en vez de hombre lobo en determinadas noches, o días, se volviera uno pueblerino; jersey de lana, botas, ganas de pasear por el monte en invierno. El vaho de la respiración, las gotas de agua cayendo de las ramas (y colgadas como estalactitas), los perros ladrando a lo lejos, la posibilidad de mear en un charco, que después saltamos satisfechos. Los fines de semana iba a casa de mis abuelos; ese es el pueblo, el único pueblo que pisé. Había un monte y un matadero de pollos que olía a goma quemada. Por aquella zona nadie comía pollos.

El vecino sigue cortando leña en la huerta de atrás; antes con una sierra mecánica (pensé que era un cortacésped), ahora con la machada. Son golpes secos, que suenan cansados, de persona poco ágil. Por una parte me gustaría estar abajo cortando leña. Le diría; aparte vecino, déjeme a mí. Cortaría leña muy ensimismado. Qué cinematográfico. Cortando leña decidiría muchas cosas; se me ocurrirían otras. Al menos dormiría mejor, eso casi seguro. Algunos días vamos a la cama con la silla pegada al culo. En un relato de Carver recuerdo a un tipo cortando leña; sólo eso. Llega a un lugar, alquila una habitación, corta leña y después se va.

PD: Acabo de buscar el relato ese de Carver. Se titula precisanente Leña, y está incluido en el libro Si me necesitas, llámame. Es más que esa frase que intentaba resumirlo. O quizá no. La historia subterránea siempre es una historia de amor o de muerte, o ambas. Amor, muerte, no hay uno sin el otro. Myers, el protagonista, escribe en un cuaderno, al final, después de cortar la leña: "Estoy en un país de lo más exótico. Me recuerda a un sitio del que en alguna parte he leído pero al que nunca había ido hasta ahora. Por la ventana abierta oigo un río y en el valle que se extiende detrás de la casa hay un bosque, precipicios y cumbres nevadas. Hoy he visto un águila y un ciervo, y he serrado y partido un camión de leña."

15/10/08

Citas al azar


Insistía tanto en que no me preocupara de nada (¡No te preocupes de nada! No me preocupo… ¡No te preocupes!) que pensé que realmente estaba bromeando. Cuando nos despedíamos le pregunté (también bromeando, aunque no lo pilló) si podía preocuparme aunque sólo fuera un poco, casi nada, por pensar en algo, pero volvió a la carga; ¡No te preocupes de nada!… No me preocupo… ¡Qué no te preocupes!... No me preocupo, nada de nada… Y así todo el tiempo. Por supuesto acabé muy preocupado.


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Una frase recién encontrada sobre el eterno tema realidad-ficción del que se discutió unos post atrás: "Toda autobiografía es ficcional y toda ficción es autobiográfica."
Es de Barthes y la encuentro en un libro de artículos de Vila-Matas que hojeaba ayer. Vila-Matas es, cuando menos, un recopilador de citas magnífico. Yo esto lo reconozco, lo de las citas, porque durante años copié en unas libretas, con paciencia de amanuense (más bien de desocupado), los fragmentos de lecturas y lo que pillaba por banda y me gustaba. Ahora me parece increíble; el tiempo que perdí copiando a veces párrafos enormes. La razón, muy de pobre; cogía los libros en la biblioteca y así salvaba los fragmentos que más me interesaban para volver a ellos cuando quisiera. Tengo un montón de libretas viejas, descoloridas, sólo con citas (o casi), pero sin ningún orden, a no ser el cronológico en el que fueron transcritas. Por lo tanto no valen para nada, pues casi nunca se encuentra la cita que buscamos, a no ser que nos acordemos del orden en que se leyeron los libros. A veces me acuerdo; Joyce, Valle, Butor, Céline, Ramón, Salinger, Torga, Capote… A saber qué me llevó de uno a otro; a primera vista el puro azar.

14/10/08

Cosas peores

Podemos imaginar tantas cosas fatales, y lo que me esperaba sobre la mesa de la cocina era, al parecer, una de ellas. Está sobre la mesa, me anunciaron nada más llegar. ¿Qué podía estar sobre la mesa? ¿Qué cosa tan horrible descansaba sobre la mesa en la que desayunamos y comemos y cenamos? ¿Qué me esperaba? Y no había nada que pareciera tan horrible, sólo unas cartas, una de ellas abierta. Lo primero que vi fue una foto del trasero de nuestro coche, con la matrícula bien visible. Una foto en blanco y negro. ¿Eso era lo horrible? Respiré, porque en pocos segundos desfilaron en procesión cosas muy peores, aunque indefinidas. Pero pensé; no cantes victoria, un momento, busca rápido lo que te clavan, ¿cuánto? ¿Me quitan el carnet? ¿Me echan de España? Y volví a respirar un poco aliviado. Todo el mal se reducía a una multa por exceso de velocidad, y por poca cosa. Por muy prudente que seamos siempre se siente uno un poco Al Capone, al que sólo lo pillaron por evasión de impuestos. Después del susto inicial, de eso tan fatal que dijo ella que me esperaba, aquella cifra que surgía de la nada (con foto incluida) hasta no era para tanto. No digo bonita, pero hay cosas peores.

25/9/08

La pregunta fatal

Viendo la tele. Mi hija tumbada en el sofá; la cabeza apoyada en mis piernas. Con tres años y pico ya hace preguntas jodidas. Es esa edad. Sale Bush (qué cara de mono bizco tiene el tío) y dice: "Más negocios cerrarán sus puertas y millones de americanos perderán sus trabajos."

Digo diossss… como si oyera que anuncian el apocalipsis en el telediario. Y ella, mi hija, me mira sonriente y pregunta lo peor que me puede preguntar: ¿Qué es Dios? Pruebo a hacerme el sordo pero sólo consigo que se interese más, como si hubiese dado con un misterio. Si supiera qué berenjenal, qué misterio, qué batallas provocó responder a esa pregunta. Si fuese creyente bajaría un rayo de alguna parte del cielo que me alumbraría la cabeza y se lo explicaría todo. Qué fácil sería. Dios es bueno y nos ve siempre y nos apunta los pecados en una libretita. Pero no es uno muy creyente o no es uno de los que tienen muy claro en qué creer y esa pregunta me parece más difícil de contestar que si me preguntara de dónde vienen los niños o porque tengo pilila y mamá no. Así que, ante la insistencia (¿qué es dios?, ¿qué es dios?, sonríe como si supiera que me pone en un aprieto), resuelvo haciendo trampa y escurriendo el bulto: "Un señor… que es como Papá Noel".

Podría haberme preguntado cuando viene, si en navidad también, u otro día, y si también es barbudo y bonachón y viene cargado de regalos. Pero no lo hizo. Se río y volvió a la tele.

31/8/08

Notas del agente secreto

Acaban de pasar dos payasos por la calle, con un maletín cada uno. Van con pantalones cortos y muy anchos, color butano uno y verde fosforito el otro. Quizá una americana violeta de lunares fucsia y el otro puede que amarilla, porque primero veo y más tarde escribo. Así que escribo como si estuviese pasando pero sólo los veo en mi cabeza, reproducidos una y otra vez. Estos payasos caminan muy serios, mirando al frente y a paso ligero. Parecen unos payasos ejecutivos, con negocios muy importantes que tratar. Calzan unos zapatones enormes, de cordones, hasta los tobillos, con las punteras redondas, como pelotas de fútbol negras. Un payaso es más alto, el de los lunares, y parece más serio que el bajito, que camina levantando mucho los talones, y gesticula algo con las manos. El pequeño es el que habla; el alto ni se inmuta. Dan la vuelta a la esquina.

*****

El señor oxidado se sienta, lentamente, en la terraza del bar de enfrente. Ya está. Se queda mirando a ningún sitio. Hasta la hora de comer. Este hombre se arrastra hasta la taberna todos los días. Lleva un traje con mucha caspa antigua, camisa blanca, corbata morada, como su cara (corbata que le apunta a los testículos y le dobla el espinazo, como si le pesara demasiado). Unas gafas enormes y un bigote hitleriano, leve, casi invisible, café con leche, o color sucio, desteñido, como si se lo hubiese lavado demasiado con agua del grifo. Los calcetines blancos y los zapatos de plástico agrietados. La frente de cera, llena de pústulas, rojeces y manchas marrones. La nariz gorda, inflamada y rugosa.

El oxidado es padre. He visto a una de las drogadictas del barrio sentada a su lado. Le llama papá. El oxidado ni se inmuta. Sigue a lo suyo; parece disecado; mira a ninguna parte, fuma, bebe su vino. La hija es grande y habla mucho, gesticula apurada. El padre es todo lo contrario; tan blanco, tan lento, tan tieso y al mismo tiempo frágil. Una sabana amarilla.

*****

Veo a un tipo que cruza la calle, delante de mi ventana. Es alto, la chaqueta colocada en los hombros con las mangas sueltas, los pulgares en los bolsillos a lo cowboy, los zapatos en punta, los pantalones vaqueros estrechos y gastados, el pelo encanecido mojado y peinado para atrás. La cara de recién levantado, con los parpados inmensos, el paso desafiante. ¿Quién será este fulano?

20/8/08

Platos desechables y comida para perros

En el supermercado. Una señora bajita y con los ojos muy abiertos (y paraguas, pelo rizado, o enmarañado, como estropajo, piel curtida con surcos que no conocen cremas) le pregunta a la cajera; ¿Dónde están los platos de tirar? Y la cajera responde; ¿Se refiere a los platos desechables? La señora, un poco impaciente (casi parece que lo que le queda de vida depende de esos platos), confirma con un movimiento de cabeza que eso es lo que quiere. Están ahí (el dedo señala al fondo del pasillo) al pasar la comida para perros… La señora hace unos movimientos de cabeza; a derecha e izquierda, orientándose. Ve esos retratos de perros sanos y peludos y alegres en los sacos de comida y ve el dedo de la cajera que continúa indicando un más allá. El dedo índice hace unos movimientos intermitentes en diagonal de abajo arriba. Más allá de la comida de perros…

Por alguna razón la cara de los presentes es de cierta vergüenza o embarazo. O eso me parece. Es como si algo en la situación los turbara. ¿Será la inédita relación entre la comida para perros y los platos deshechables? ¿O será que no quieren esperar ni un segundo más? Veo sus caras y no puedo evitar reírme un poco, porque todos me parecen buenas personas que sufren muy fácilmente. Siento ganas de cuidarlos a todos, de aclararles que no pasa nada. La señora, con el paraguas mojado tocando con la punta el suelo, se aleja por el pasillo dejando un reguero de gotas.

12/8/08

Un paseo por Ciudad Catedral

En verano (sobre todo en agosto) se va todo el mundo, o casi. Ciudad Catedral se convierte en otra. No cambia el escenario, pero cambian muchos de sus actores y casi no la reconocemos. Las calles quedan para los turistas, peregrinos o no, aunque también para los nativos que sacan a pasear a sus criaturas por la tarde y para los camareros de pantalón negro y camisa blanca que hacen tiempo antes de entrar otra vez en el chiringuito que atienden. Fuman y están muy blancos, más que la camisa que tiene el tono amarillo de muchos lavados. La gente se arrima a las paredes; temen que el sol, todo él, les caiga encima, y los soportales son pasillos con sombra por el que apenas se puede pasar de lo concurridos. Se instalan allí músicos callejeros (muy morenos, con las barbas descoloridas y largas) y algún que otro borracho de cartón de vino, sonriente; se sientan en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Los peregrinos, confusos ante los escaparates se apelotonan sin saber qué hacer, como pasmados por algo. También los cochecitos de los niños atascan el paseo por estos soportales y uno a estas horas ha de echarse al sol y sudar esa grasa que se ha ido instalando alrededor de las costillas y en el abdomen a lo largo del invierno. Grasa que no parece grasa, todo hay que decirlo, pero que ahora sobra, como sobraría un jersey de lana. Tiende uno a pensar que toda grasa se convertiría en puro músculo sólo de hacer unos abdominales. Es en las terrazas, donde tanto se abusa de las frituras que acompañan a las cervezas (como la rémora acompaña al tiburón), cuando esa capa protectora se hace poderosa y gran ejemplo también, cómo no, de buen vivir. O de mucho papar ordenador, que de todo hay.

Llegan las terrazas a la mitad de la calle con sillas de aluminio y cuando pasa una furgoneta de reparto o del ayuntamiento alguno, repantingado, aparta los pies con pereza mirando de reojo la rueda y su sandalia, calculando. Se oyen carcajadas y voces liadas, enmarañadas, un rumor alegre, y muchas rodillas a la vista, unas huesudas, blancas, con pelos negros poco finos, y otras morenas y suaves, saliendo por debajo de un vestido claro.

Yo camino y les voy echando la bendición (laica, que no tengo ni ganas ni preparación para echar la otra), mentalmente, y pienso; hijos míos, comed y bebed, y sobre todo charlar, relacionaos, que no se diga que hemos pasado por esta vida sin saber nada unos de otros, como fieras salvajes que apenas se miran de reojo. Si no os entendéis usad las manos, como los sordos y los italianos. ¿Qué cosa que valga la pena realmente no se podrá decir con las manos?

Sudan los sobaquillos, y los pasos suenan lentos sobre la arena. Algunos se tiran en el césped de la alameda a fumar porros y a dormir con la boca abierta. Esperan que llegue la noche. Hay unas negras bellísimas acostadas y con las piernas muy largas. Son muy negras, y las plantas de los pies están desteñidas, un poco rosadas. Vemos alemanes rojos como camarones, o como langostinos, más amplios, arrastrándose y levantando mucho polvo; miran al infinito desde esa altura que dios les dio y parecen zombis disgustados por algo.

Un coche de policía, y una nube de polvo detrás, y un gordo enorme con un chorrete de sudor cayendo patilla abajo y comiendo un helado. Es un helado diminuto, o lo parece, como si se chupara el meñique. Después una señora que me saluda y no conozco de nada, y le sonrío, por loca. Se me queda mirando un poco embobada; ¿Seré ese novio que perdió en la guerra de Cuba? Compruebo que no era a mí a quién hablaba, porque aparece otra señora que estaba detrás y sigo mi camino, o sigo a mis piernas, que van a lo suyo.

Sí, la ciudad es otra, aunque siempre es otra, como ese río de Heráclito, que siendo el mismo nunca lo es. Sólo veo desconocidos, que vienen aquí buscando algo, o escapando de algo, o ambas cosas.

6/8/08

Catálogo...

Rescato de hoy; el pie de la peregrina vendado y supurante (amarillo pus que rezuma a través de la venda), y la mosca que le pasea la pierna gorda y ella ni se inmuta. El camarero voluntarioso que asiente cada petición con un movimiento de cabeza como si se estuviera tragando algo poco masticado, y después cuando se le pregunta cuánto es aparta la cara (como un vampiro que se tapa tras la capa) y aprieta los ojos y parece tener el cerebro estreñido, pues al calcular el importe hace el mismo gesto que hacen todos los estreñidos del mundo. Última imagen del día: las almejas en la tartera abriéndose de repente bañadas en vino blanco y ajo y aceite de oliva.

Y la lluvia, que olía mucho a lluvia, después de un día de nubes y calor pegajoso.

[Del Catálogo de imágenes y personas y lugares de hoy].

5/8/08

Trabajos

Uno de los trabajos más importantes de todo escritor consiste en convencer al lector de que sus incapacidades y defectos son virtudes.

14/7/08

Verano

Al empezar el verano siempre tengo ganas de largarme a la playa y caminar descalzo por la arena y tirarme al agua como si estuviese ardiendo, con prisa y alboroto. Pero a las dos horas me canso de ver a tanta gente casi desnuda (o de verme a mí mismo) y ya no quiero volver hasta el año que viene. De pequeño mi madre nos llevaba mucho a la playa y estábamos tan morenos que en las fotos parecemos gitanos o indios. Lo más ridículo que vi en la playa fue un día de nubes que empezó a llover de repente y en la estampida general, con gritos y todo, algunos corrieron a refugiarse en el agua. Aunque supongo que por hacer el chiste. Siempre hay alguien dispuesto a sacrificarse y quedar como un gilipollas en público.

Cuando salíamos de la playa mi madre nos compraba un gofre. No siempre, pero a veces sí. Estaba caliente y se pegaba a los dedos. Un día que había partido (un trofeo de verano, en Coruña) pasó el autobús del Real Madrid, y me pareció que los jugadores miraban al gofre con apetito. Me parecieron muy brillantes de piel, como si fuesen de cera.

Una vez vino una ola tan grande que perdí el conocimiento y al despertar había dos tetas enormes, casi ni contenidas por un bikini, balanceándose ante mis ojos. Pensaba que me había muerto, pero estaban reanimándome. Hay días en el que todos los recuerdos parecen de broma.

21/6/08

Síntomas

Tengo un pequeño diccionario de síntomas (Diccionario médico de signos y síntomas, del dr. Frederic Casas Gassó) y de alguna vez le echo un vistazo, para ponerle nombre a mis males, o posibles males, por si aparecen. Me encontré dos manías curiosas:
Grafomanía: Acto de escribir sin interrupción. Este tipo de alteración se acostumbra a ver en ciertos alienados y se acompaña de una exaltación de la propia personalidad.

Fonomanía: Manía consistente en la tendencia a cometer asesinatos.

No es por nada, pero hay definiciones (y eso que está escrito de forma bastante chapucera) que son poesía; Veáse:
Pus: Exudado patológico líquido, turbio y opaco que aparece tras una inflamación aguda o crónica. Está constituido por glóbulos de pus (piocitos), leucocitos y otras células de tejidos más o menos degenerados, así como por microorganismos.

18/6/08

Notas de un observador

Me gustó más “Cultivos” que “Vacaciones baratas en la miseria de los demás”. Ambas forman parte del ciclo “Piezas de resistencia”, que podría decirse que son libros que calcan un cuaderno de notas, con toda la frescura y el quémásda de un cuaderno de notas. Cosas más o menos breves. Memorias, diario, algo de ensayo. Piezas anotadas mientras se espera el autobús, o se calienta la leche, o acaban los anuncios. También un libro que trata de cómo se construye el libro; este libro y el libro fracasado. Todo escritor tiene una decena, una centena, de libros fracasados. La historia de un libro fracasado.

En una entrevista a Lobo Antunes recuerda el portugués la frase de Manoel de Melo cuando le preguntaron de qué trataba su libro; “El libro trata de lo que está escrito en él”.

Lo que más me gusta del libro Julián Rodríguez es a lo que apunta. No tanto a la forma (es lo de menos) como a la manera de encarar la narración, sin intermediarios digamos novelísticos. No es que invente nada (en realidad nadie inventa nada, sino recuérdese la definición de limpiar de Allan Kaprow, el inventor del happening: “Limpiar es desplazar la suciedad de una parte a otra; la suciedad nunca desaparece, sólo cambia de sitio”), no es que deslumbre por original lo que propone, ni creo que lo pretenda, pero participa en esa otra visión de la literatura que es evitar los artefactos ficcionales clásicos, o empleados con una recurrencia que aburre a las ovejas (esa distancia artificiosa que pretende ser verosímil y produce un poco de vergüenza en el lector algo leído). Y se va por lo que es siempre la literatura, personas contándose a sí mismos o a otros, con más o menos sentimiento y hondura. Encontramos; apuntes de infancia (lo que más me gusta), reflexión sobre el rural (muy presente en este libro, el rural extremeño) y recuerdo a cierta literatura realista, un fondo de preocupación por lo social, y alguna confesión literaria (“A mediados de los años ochenta, Samuel Beckett era mi dios y Thomas Bernhard y Peter Handke sus apóstoles.”) y alguna menos literaria (“…también me canso de mí mismo”).

Tiene gracia un libro que en una página lo mismo te habla de los Stooges y la Sun Ra Arkestra y en la siguiente de una casa familiar en Las Hurdes, del trabajo en el campo, del sofá de escay y un padre durmiendo la siesta en verano. “Soy tan sólo un observador”, dice en la página 131.