Para Pessoa España engloba bajo la hegemonía de Castilla (entiéndase el antiguo reino de Castilla, o mejor aún, todas las zonas que hoy hablan castellano) a dos naciones más, Cataluña (singularmente) y Galicia. En un primer estadio de sus reflexiones Pessoa cree que en la Confederación ibérica que busca, en la Iberia global que nunca pierde de vista, Galicia debiera unirse a Portugal. Sin embargo pronto se da cuenta de que Galicia ya no es Portugal y que, consecuentemente –tras siglos de distancia– Galicia está tan cerca de Castilla como de Portugal. Y dice: «Nadie que sea verdaderamente portugués quiere para nada Galicia. No queremos que Galicia sea parte de Portugal, o que Galicia y Portugal sean un solo país». Y más adelante: «Sería –Galicia– un cuerpo extraño que perturbaría por exceso la gran virtud portuguesa, que es la formidable unidad de nuestra nación»
14/6/13
Iberia
Con el café un artículo de Luis Antonio de Villena sobre Pessoa y su iberismo, al hilo del libro en Pre-Textos. Curioso. Es una relación, cuanto menos, extraña, la de Portugal y Galicia, como dos hermanos a los que la vida ha separado y ya no tienen nada que decirse.
9/6/13
Recordando a doña Virtudes
Me gusta mucho esto que dice Jonas Trueba de sí mismo: “No me considero muy virtuoso ni haciendo cine ni como autor de libros”.
Sólo tolero a los virtuosos en los deportes (que son lo contrario que el arte), e incluso en estos casos prefiero siempre a los virtuosos más pedestres, como fuerzas de la naturaleza que no han aprendido del todo a hacerlo bien. O mejor dicho, a hacerlo correctamente. Lo perfecto, siempre odioso.
Y no por envidia. Es una cuestión fundamental.
En un volumen de artículos de Proust me encuentro estas primeras frases: "Saint-Saëns tocó ayer, en el Conservatorio, la parte de piano del Concierto de Mozart. A la salida se veía a mucha gente decepcionada". Proust se pregunta el porqué de tal decepción. ¿Habrá tocado mal Saint-Saëns? No; es justo lo contrario: "la razón es ésta: que la ejecución era realmente bella." Y añade: "La verdadera belleza es lo único que no puede responder a las expectativas de una imaginación novelesca."
Claro que a quién le importa la verdadera belleza pudiendo ver un ataque epiléptico en el escenario, o en la página, o en la pantalla. Lo destacable es el talento que lo parece. El talento virtuoso es como un subrayador fluorescente, y no deja de señalarnos todo el tiempo lo que sabe hacer.
Sólo tolero a los virtuosos en los deportes (que son lo contrario que el arte), e incluso en estos casos prefiero siempre a los virtuosos más pedestres, como fuerzas de la naturaleza que no han aprendido del todo a hacerlo bien. O mejor dicho, a hacerlo correctamente. Lo perfecto, siempre odioso.
Y no por envidia. Es una cuestión fundamental.
En un volumen de artículos de Proust me encuentro estas primeras frases: "Saint-Saëns tocó ayer, en el Conservatorio, la parte de piano del Concierto de Mozart. A la salida se veía a mucha gente decepcionada". Proust se pregunta el porqué de tal decepción. ¿Habrá tocado mal Saint-Saëns? No; es justo lo contrario: "la razón es ésta: que la ejecución era realmente bella." Y añade: "La verdadera belleza es lo único que no puede responder a las expectativas de una imaginación novelesca."
Claro que a quién le importa la verdadera belleza pudiendo ver un ataque epiléptico en el escenario, o en la página, o en la pantalla. Lo destacable es el talento que lo parece. El talento virtuoso es como un subrayador fluorescente, y no deja de señalarnos todo el tiempo lo que sabe hacer.
7/6/13
Relaciones ultralejanas
SÓLO me interesan las ficciones que pueden competir con el periódico... en fantasías.
QUÉ dirán de estos años dentro de unas décadas: quizá eso que escribía Renard en su diario: "No la edad de oro, sino la edad del oro."
MATA con la fregona a las hormigas que entran en casa mientras les pide perdón.
ESTAMOS indignados, parece, no tanto por la corrupción, sino porque ya no hay tarta para todos.
LA mano invisible del mercado es ahora la mano invisible que nos estrangula. Claro que lo peor ya no es que nos estrangule, sino que nos clave las uñas.
ES el hombre más importante; su firma sale en los billetes.
QUÉ dirán de estos años dentro de unas décadas: quizá eso que escribía Renard en su diario: "No la edad de oro, sino la edad del oro."
MATA con la fregona a las hormigas que entran en casa mientras les pide perdón.
ESTAMOS indignados, parece, no tanto por la corrupción, sino porque ya no hay tarta para todos.
LA mano invisible del mercado es ahora la mano invisible que nos estrangula. Claro que lo peor ya no es que nos estrangule, sino que nos clave las uñas.
ES el hombre más importante; su firma sale en los billetes.
3/6/13
¿Leen sus majestades los reyes?
Quizá debería haber puesto unas cuantas mayúsculas en el título, pero me cuesta poner mayúsculas a dioses, no siendo creyente, y a reyes por lo mismo. Hace unas semanas coincidió la publicación de la entrevista que Ernesto Baltar y yo le hicimos a Andrés Trapiello con mi lectura del último tomo del Salón de pasos perdidos, titulado Miseria y compañía. Cuando se habló de elegir un titular yo estaba leyendo un fragmento que alude a la escasa afición del Rey por la lectura y recordé la frase de la entrevista en la que alude a ello ("Me sigue pareciendo extraño que de los millones de fotografías que hay del Rey, no se le vea en ninguna leyendo un libro"). Al final se desechó este titular.
Me acordé de esta frase leyendo una novelita de Alan Bennett: Una lectora nada común. Novelita, digo, por corta, se lee en dos sentadas, no por insustancial o poca cosa. Los que saben dicen nouvelle, que queda mejor. Había visto alguna serie de los ochenta escrita por Bennett; nada que ver con The Wire, no, cosas muy teatrales, a medias entre una aventura kafkiana y Benny Hill. Supongo que ahora The Wire es el patrón oro de las series; es tan buena que dentro de diez años nos parecerá infumable. Pero volviendo a la novela de Bennett. Trata de ella, de Su Majestad. Su Majestad es la Reina de Inglaterra y un buen día se aficiona a leer. Lee literatura, claro, se adentra en la literatura. También se puede leer el Sun, como el chófer, o a Ken Follet, pero ese ya es otro leer, el leer generalizado. Entre lectura y lectura se da un repaso cervantino a ciertos autores, y casi parecemos tener a una versión inglesa del cura y el barbero de El Quijote revisando la biblioteca del hidalgo averiado. Así que la Reina (al menos la Reina de la novela se merece las mayúsculas) pasa por varias fases lectoras; desde la indiscriminada lectura de todo lo que caiga en sus manos hasta la lectura reflexiva, con anotaciones y hasta la punzada de hacer algo con las propias palabras.
Evidentemente, el hecho de que sea la Reina hace gracia. La comedia está servida, pero el cuento se eleva por encima del ambiente y las circunstancias de los personajes. Lo mismo que al leer La metamorfosis de Kafka nos importa un bledo si se trata de un escarabajo o de una cucaracha. Eso le importaba a Nabokov, que coleccionaba bichos.
Por supuesto es una fantasía, los reyes quizá no leen gran cosa. Qué sería de ellos.
"Si le hubieran preguntado si la lectura había enriquecido su vida habría contestado que sí, sin duda alguna, aunque habría añadido con la misma certeza que al mismo tiempo la había vaciado de toda finalidad. En otra época era una mujer resuelta y segura de sí misma, que sabía cuál era su deber y tenía la intención de cumplirlo todo el tiempo que pudiera. Ahora muchísimas veces estaba dubitativa. Leer no era actuar, eso era malo. Y a pesar de su edad era una mujer activa.
Volvió a encender la luz, tomó su libreta y escribió: No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos."
[A. Bennett, Una lectora nada común, ed. Anagrama.]
31/5/13
Escombrera y glamour
La única revista que leo es una de moda que trae El País el sábado. La leo, desordenadamente, pero no dejo rincón de esa revista sin escrutar. Una semana da para algunos tiempos muertos en los que no sabe uno qué hacer con las manos y con los ojos. Y no diré que la leo en el retrete, hay vida lectora más allá del retrete. Tampoco hay mucho que leer en esta revista. Casi todas las palabras que usan son nombres de marcas de ropa o de perfumes o de zapatos o de modistos. Uno piensa que la gente sólo se viste ropa, y no, todo lo que visten tiene su firma, sea la firma la que sea y del precio que sea. Hasta la más cutre de las marcas es una marca, y parece representar esa pincelada estilística y hasta sofisticada del maniquí humano que la viste. Es como si en el vestirse hubiera primeramente una intención artística. Uno se viste como si pintara un mural. Las modelos salen con caras de desquiciadas y la camisa rota hasta el ombligo, la boca entreabierta, la mirada felina, como si estuviesen a punto de saltar sobre un corzo. Desde fuera el mundo de la moda es un poco absurdo; supongo que como todo. Todas las entrevistas y secciones tienen, claro, ese sesgo; qué ropa se pone la gente. Es fascinante. Y qué gente, todos tienen cientos de pares de zapatos, todos tiene esa manía de los zapatos. Una debilidad como otra cualquiera.
Para descansar de tanta moda publican alguna que otra página de tinte cultural. En una de estas entrevistan a una famosa artista. Digo famosa porque será famosa; todos los artistas tiene la obligación o el deber de ser famosos y famosas. Y mientras no se demuestre lo contrario lo son. Esta ha llenado un pabellón entero, el Pabellón de España en la Bienal de Venecia, de escombros. Lo importante no son los escombros, claro, sino lo que esos escombros quieren decir. Y esos escombros, esos cascotes, esos pedruscos, quieren representar el hartazgo de la artista por el exceso de construcción en todos los países. Ella está muy cansada de que todo el espacio esté demasiado "racionalizado". El comisario de la escombrera complica la explicación un poco más, para eso está: "Es tanto un cuestionamiento como una representación sobre cómo vivimos y cómo queremos hacerlo proyectando una conciencia reflexiva de la posibilidad de vivir de otra manera." Bien, pero para todo eso podrían haberse ahorrado la escombrera. Podrían haber puesto unos carteles que digan; Aquí 500 metros cúbicos de escombros de hormigón, de mortero, de ladrillo, de tejo; aquí no sé cuántos de arena, allí de tal. E incluso podrían haber señalado lo que todo eso significaría. Es decir, el rollo de la artista y si acaso una cuántas reflexiones del comisario.
Al final aclara en qué se gasta el dinero: "El dinero me lo gasto fundamentalmente en transporte y en pagar la carga y descarga, porque luego lo devolveré todo a la escombrera donde me los han cedido." Con eso parece decirnos: Tranquilos, si estos son cuatro duros, que son unos escombros de alquiler.
Para descansar de tanta moda publican alguna que otra página de tinte cultural. En una de estas entrevistan a una famosa artista. Digo famosa porque será famosa; todos los artistas tiene la obligación o el deber de ser famosos y famosas. Y mientras no se demuestre lo contrario lo son. Esta ha llenado un pabellón entero, el Pabellón de España en la Bienal de Venecia, de escombros. Lo importante no son los escombros, claro, sino lo que esos escombros quieren decir. Y esos escombros, esos cascotes, esos pedruscos, quieren representar el hartazgo de la artista por el exceso de construcción en todos los países. Ella está muy cansada de que todo el espacio esté demasiado "racionalizado". El comisario de la escombrera complica la explicación un poco más, para eso está: "Es tanto un cuestionamiento como una representación sobre cómo vivimos y cómo queremos hacerlo proyectando una conciencia reflexiva de la posibilidad de vivir de otra manera." Bien, pero para todo eso podrían haberse ahorrado la escombrera. Podrían haber puesto unos carteles que digan; Aquí 500 metros cúbicos de escombros de hormigón, de mortero, de ladrillo, de tejo; aquí no sé cuántos de arena, allí de tal. E incluso podrían haber señalado lo que todo eso significaría. Es decir, el rollo de la artista y si acaso una cuántas reflexiones del comisario.
Al final aclara en qué se gasta el dinero: "El dinero me lo gasto fundamentalmente en transporte y en pagar la carga y descarga, porque luego lo devolveré todo a la escombrera donde me los han cedido." Con eso parece decirnos: Tranquilos, si estos son cuatro duros, que son unos escombros de alquiler.
27/5/13
Un torero, un toro, y un escritor sudafricano
José Tomás es un torero, un religioso. No he visto en mi vida a ese José Tomás. Yo pensaba que los toreros eran hijos de toreros que salían en las revistas, y esas revistas las consultábamos en las salas de espera de los dentistas con dolor de muelas. Los toreros eran guapos y cerriles, con los ojos al fondo de unas cuevas oscuras, y eran esas cuevas con eco las que los hacían guapos y sentimentalmente conflictivos. Después bailaban un poco delante de un toro y los toros se iban muriendo, fatigados de la ceremonia y los gritos. En ese bailar y morir el animal algunos encuentran el arte. Allá ellos que saben. Me dice el hombre de la cabellera de rizos blancos que José Tomás es otra cosa. Me habla de Nîmes, de la corrida histórica, que presenció. Puede morirse, ya ha visto lo que tenía que ver. Le hacen chiribitas los ojos; habla, y qué voz de testigo quebrado se le pone, casi de apóstol. El milagro y el mesías. No se cuántas orejas y rabos, sale a hombros el torero y puede que un toro, indultado esa tarde.
Voy a su libro, el del torero. A José Tomás lo corneó un toro en Aguascalientes, y desde entonces es un reaparecido. Ha vuelto de la muerte y eso le ha convertido en un Lázaro tranquilo y elegante, la pareja de baile perfecta, al parecer, para ese herbívoro de media tonelada más o menos y con astas. Hasta el toro que estuvo a punto de matarle le habla, muy sabio. "En la plaza no se puede fingir, en la plaza todo es de verdad." Incluso no sé si es el toro o el torero que cita a Hegel en el discurso.
Pensando en esto me acuerdo de Michel Leiris. Concebía la literatura como una tauromaquia. Al menos eso decía él. En su prólogo a Edad del hombre escribe: "Así pues, soñaba con el cuerno de un toro. No podía resignarme a ser sólo un literato. El matador que aprovecha el peligro que corre para ser más brillante que nunca y muestra toda la calidad de su estilo en el momento en que está más amenazado: eso es lo que me maravillaba, eso es lo que quería ser."
Supongo que Leiris se refiere a lo que dice ese toro, en la literatura no se puede fingir, en la literatura todo es verdad. Aunque se mienta, que ya es lo de menos.
Hoy me encuentro con la noticia; Coetzee ha enviado una carta a los diputados españoles instándoles a no declarar el toreo bien de interés cultural. Y algunas de sus señorías dirán; ¿pero quién es este desgraciado?
Sospecho que Coetzee sabe tanto de toros como yo. O sea, nada. Frente a la cobarde horda de cazadores que pueblan nuestros montes la tauromaquia me parece una salvajada a proteger. Quizá la única. No sé muy bien por qué, no entiendo su belleza pero no descarto que exista, y tampoco descarto que en el futuro, en un mundo más avanzado y quizá más inteligente, pueda ser considerado el toreo ecología en acción. El hombre y el animal, cara a cara. Es decir, un hombre y un animal.
20/5/13
La entrevista a Andrés Trapiello para JD
Andrés Trapiello (Manzaneda del Torío, León, 1953) nos recibe en su casa un sábado a media mañana. La conversación dura horas, las grabadoras se mueren. Más que opiniones de actualidad buscábamos una vida, un pasado, una intimidad. Se puede decir incluso que la conversación había empezado tiempo atrás, a través del correo electrónico. De cerca nuestro entrevistado tiene un no sé qué barojiano. Podría ser el pantalón de pana pero quizá sea la certeza de estar ante un escritor de largo alcance, más allá de los gritos del momento. De sus diarios ha escrito Félix de Azúa en esta misma revista que “será uno de los monumentos en la literatura española de dos siglos”. Hombre cordial, incisivo y laborioso, su bibliografía completa asusta a cualquiera. No sabemos si es más poeta que ensayista o que diarista o que novelista; no importa, todos los géneros se le dan bien. Además de escritor, es tipógrafo y editor.
Desde el sofá en el que nos sentamos vemos su mesa de trabajo en el cuarto de enfrente; el ordenador portátil en el que escribe, unos cuadernos, la pared tapizada con libros de un tono pajizo.
[LA ENTREVISTA en Jot Down]
29/4/13
Disparates íntimos
Magma, de Lars Iyers, novela. La he leído. A Flaubert le hubiese gustado. O al Flaubert de treinta años que ha leído a Kafka y ya no tiene rentas de las que vivir. La literatura, en fin, como trastorno. Como trastorno digestivo incluso. Suena mal pero aquí está bien. Hay que reírse, y te ríes. Y con humedad viscosa de fondo, en una periferia inglesa casi monstruosa, casi gallega. Se trata de un Bouvard y un Pecuchet abrumados por una ilusión que ya les huele a podrido. Dos monos quitándose los piojos uno a otro. A Kafka también le olía a podrido; pero él era Kafka. Aunque estaba muy lejos de saberlo. Si lo hubiera sabido no habría escrito ni una palabra más. He ahí la clave, la trampa, el elevado y torturante pasatiempo. Otros hacen Sudokus.
El éxito, por supuesto, es una vulgaridad imperdonable. Como tantas cosa buenas, o que hacen buena la vida. La vida puede ser muy mala; avinagrarse es muy malo. Pese a todo el éxito es el pan nuestro de cada día, algo así como las flechas que señalan el camino. El fracaso es una remota posibilidad, hasta que se convierte en todas las posibilidades y entonces llega la gracia; desaparece. Deja de existir.
El éxito es sobre todo una multiplicación, una repetición del exitoso hasta el delirio. El éxito convierte a alguien en muchos, como una clonación histérica, vírica. Hay siempre un empacho, una incapacidad para digerir el éxito de los demás y quizá el de uno mismo. O sobre todo el de uno mismo. De ahí que sea tan habitual morirse de éxito, como acribilllado por todos esos yoes que han tomado el mundo con su cháchara blenorrágica.
Tengo buen recuerdo de esta novela. Estoy ahora con La tentación del fracaso, los diarios de Julio Ramón Ribeyro, que es un poco seguir con lamentaciones de escritor sietemesino y todos esos disparates que comprendo sin mucha dificultad. Disparates íntimos.
El éxito, por supuesto, es una vulgaridad imperdonable. Como tantas cosa buenas, o que hacen buena la vida. La vida puede ser muy mala; avinagrarse es muy malo. Pese a todo el éxito es el pan nuestro de cada día, algo así como las flechas que señalan el camino. El fracaso es una remota posibilidad, hasta que se convierte en todas las posibilidades y entonces llega la gracia; desaparece. Deja de existir.
El éxito es sobre todo una multiplicación, una repetición del exitoso hasta el delirio. El éxito convierte a alguien en muchos, como una clonación histérica, vírica. Hay siempre un empacho, una incapacidad para digerir el éxito de los demás y quizá el de uno mismo. O sobre todo el de uno mismo. De ahí que sea tan habitual morirse de éxito, como acribilllado por todos esos yoes que han tomado el mundo con su cháchara blenorrágica.
Tengo buen recuerdo de esta novela. Estoy ahora con La tentación del fracaso, los diarios de Julio Ramón Ribeyro, que es un poco seguir con lamentaciones de escritor sietemesino y todos esos disparates que comprendo sin mucha dificultad. Disparates íntimos.
3/4/13
El problema del mundo pequeño
Stanley Milgran, psicólogo estrella de los años jipis, contribuyó a que se popularizara la idea de los seis grados de separación. Se refiere la cosa a que "cualquiera puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios". Milgran se había hecho famoso con un experimento en el que se relacionaban los conceptos de autoridad y obediencia con descargas eléctricas. Lo de las descargas impone mucho, es muy nazi. Como experimento fue un escándalo. Los resultados parecían dar la razón a Hannah Arendt y su banalidad del mal. El noventa por ciento del ser humano es oveja, además de agua. Sobre los seis grados de separación (o el problema del mundo pequeño, lo que sin duda es un gran problema) hizo otro experimento. Una especie de facebook analógico. Se trataba de mandar unos paquetes por correos usando intermediarios que nosotros creyésemos que podían conocer al destinatario fijado de antemano. Al parecer se usaron de media entre 5 y 6 intermediarios. Por lo tanto Milgran concluyó que en Estados Unidos la población estaba separada por seis personas, más o menos, de promedio. Las conclusiones son casi siempre obra y gracia de la estadística, esa ciencia, ese chiste. De todas formas la idea de las seis personas es, en principio, bastante inverosímil. Y esto es bueno.
Esto me recuerda una frase de Thomas Wolfe: "Si esto parece inverosímil, lo lamento, pero fue así."
Esto me recuerda una frase de Thomas Wolfe: "Si esto parece inverosímil, lo lamento, pero fue así."
28/3/13
Mortal y cursi
Por supuesto, Cela no vuelve, y a Umbral lo vamos perdiendo como a esa amistad de la infancia que hoy ya poco tiene que ver con nosotros. El mundo es cada vez menos azucarado; reverencias las justas, también en la literatura. Tenemos las bibliotecas municipales más o menos bien surtidas. Llegan las novedades y los experimentos van por otra parte; después del monstruo Kafka ya nadie puede ser feliz haciendo crucigramas ni ganando unos juegos florales. Es una desgracia. Leo con más gusto a los émulos de Umbral que al maestro mismo. Gistau, sin ir más lejos. Nos hemos arruinado, quizá a nuestro pesar, ese gusto elemental por la llamada prosa poética (como poesía o casi poesía en prosa, más bien), y que en Umbral venían siendo una contínua distracción de la frase, distraída consigo misma, juguetona y cursi muchas veces.
Mortal y rosa, por ejemplo. Es uno de los pocos libros que tengo todavía de Umbral; le tengo poco aprecio. La mayoría del libro es hojarasca, el llanto declamatorio que acaba casi siempre convertido en un jardín modernista de Rusiñol. Se echa de menos en esa prosa el no ser más que eso, prosa, e incluso el ser menos que prosa. Con los años se aprecia más esa poesía que se da por defecto (y no hablo de Hemingway ni de su puñetero iceberg); hay, digamos, más poesía en la poesía que no está, que no se ve, que no aparece, que en la poesía redundante del buscador de oro en cada frase.
Es un dolor distraído, un juego de dedos nervioso, a veces delicado, casi sentido, porque Umbral usa la escritura como recipiente de lo que en el fondo le importa poco. Escribe como silba, más que como mea. O silba y mea al mismo tiempo, cosa muy común. La verdad, en cambio, no se atreve a silbarla y mucho menos a mearla; sería ridículo además.
Esto no significa que el maestro se haya equivocado. No es que escogiera la opción equivocada. No hay nada que escoger. Cada uno escribe como es realmente. En los excesos poéticos está el pudor, el muro florido que ponemos entre nosotros y los demás. Al maestro le sobró quizá ser demasiado él mismo; con un poco menos de Umbral en Umbral nos hubiésemos conformado. Hay que ir siempre un poco contra uno mismo, no mucho, algo. Se duda, se escribe, y qué más da.
De vez en cuando hojeo algún libro de él. Ya no sé qué busco, si esa prosa estupenda y cursi o el recuerdo del adolescente que fui leyendo en la cama, de lado, con luz de ventana, a la manera de un emperador romano comiendo uvas en su diván.
Mortal y rosa, por ejemplo. Es uno de los pocos libros que tengo todavía de Umbral; le tengo poco aprecio. La mayoría del libro es hojarasca, el llanto declamatorio que acaba casi siempre convertido en un jardín modernista de Rusiñol. Se echa de menos en esa prosa el no ser más que eso, prosa, e incluso el ser menos que prosa. Con los años se aprecia más esa poesía que se da por defecto (y no hablo de Hemingway ni de su puñetero iceberg); hay, digamos, más poesía en la poesía que no está, que no se ve, que no aparece, que en la poesía redundante del buscador de oro en cada frase.
Es un dolor distraído, un juego de dedos nervioso, a veces delicado, casi sentido, porque Umbral usa la escritura como recipiente de lo que en el fondo le importa poco. Escribe como silba, más que como mea. O silba y mea al mismo tiempo, cosa muy común. La verdad, en cambio, no se atreve a silbarla y mucho menos a mearla; sería ridículo además.
Esto no significa que el maestro se haya equivocado. No es que escogiera la opción equivocada. No hay nada que escoger. Cada uno escribe como es realmente. En los excesos poéticos está el pudor, el muro florido que ponemos entre nosotros y los demás. Al maestro le sobró quizá ser demasiado él mismo; con un poco menos de Umbral en Umbral nos hubiésemos conformado. Hay que ir siempre un poco contra uno mismo, no mucho, algo. Se duda, se escribe, y qué más da.
De vez en cuando hojeo algún libro de él. Ya no sé qué busco, si esa prosa estupenda y cursi o el recuerdo del adolescente que fui leyendo en la cama, de lado, con luz de ventana, a la manera de un emperador romano comiendo uvas en su diván.
26/3/13
Vida, lo que sea
En el EPS de hace un par de semanas: reportaje sobre una novela de Kirmen Uribe del propio Kirmen Uribe. Novela basada en hechos reales. Ya sólo falta que se indique esto bajo el título, como en aquellos telefilmes luctuosos que echaban en horario de sobremesa. A KU una de las personas implicadas en la historia le dijo: "No quiero que escribas una biografía, prefiero que hagas ficción, una novela. Las biografías no tienen vida; las novelas, en cambio, sí."
Qué fácil, pienso. Una novela. Por supuesto, es una confusión generalizada. Se entiende la biografía como una tarea del escritor académico, una rata de biblioteca que vomita datos contrastados sin apenas más talento que una correcta redacción. Y la novela, ya se sabe; en la novela se supone que ronda el poeta siempre, aunque un poeta maniatado y amordazado.
Más abajo KU habla de Glenn Gould y sus interpretaciones tan personales de los clásicos. Cita a Gould: "Hago diferentes lecturas de las partituras clásicas para mostrar que no hay una sola lectura de la realidad". Esta no es precisamente la frase que un periodista pegaría en un pósit a la vista en su mesa de trabajo. Pero debería.
Ayer mismo empezaba a leer un libro de Paul Valéry sobre Degas; tiene la cosa una pinta estupenda, lo que es muy raro, teniendo en cuenta que no se me ha perdido nada ni en Valéry ni en Degas y sus bailarinas. Como declaración de intenciones Valéry aclara: "No se trata, pues, de una biografía en toda regla; no me merecen las biografías una opinión excesivamente buena, lo que sólo viene a demostrar que no valgo para hacer biografías. Bien pensado, una vida no es sino una consecución de casualidades y de respuestas más o menos atinadas a esos acontecimientos vulgares...
Por lo demás, lo que me importa en un hombre no son los accidentes; y no son cosas que me valgan ni cuándo nació, ni a quién amó, ni qué miserias padeció, ni casi nada de lo que pueda observarse. No encuentro en ello la mínima claridad real en lo tocante aquello que le otorga su valía propia y lo diferencia a fondo de los demás y de mí. No voy a decir que no sienta frecuentemente curiosidad por esos detalles que no nos informan de nada consistente: lo que me interesa no es siempre lo que me importa, y eso es algo que le ocurre a todo el mundo".[Cursivas tal cual en el libro]
Es curioso; cada cual llama vida a algo completamente distinto.
Qué fácil, pienso. Una novela. Por supuesto, es una confusión generalizada. Se entiende la biografía como una tarea del escritor académico, una rata de biblioteca que vomita datos contrastados sin apenas más talento que una correcta redacción. Y la novela, ya se sabe; en la novela se supone que ronda el poeta siempre, aunque un poeta maniatado y amordazado.
Más abajo KU habla de Glenn Gould y sus interpretaciones tan personales de los clásicos. Cita a Gould: "Hago diferentes lecturas de las partituras clásicas para mostrar que no hay una sola lectura de la realidad". Esta no es precisamente la frase que un periodista pegaría en un pósit a la vista en su mesa de trabajo. Pero debería.
Ayer mismo empezaba a leer un libro de Paul Valéry sobre Degas; tiene la cosa una pinta estupenda, lo que es muy raro, teniendo en cuenta que no se me ha perdido nada ni en Valéry ni en Degas y sus bailarinas. Como declaración de intenciones Valéry aclara: "No se trata, pues, de una biografía en toda regla; no me merecen las biografías una opinión excesivamente buena, lo que sólo viene a demostrar que no valgo para hacer biografías. Bien pensado, una vida no es sino una consecución de casualidades y de respuestas más o menos atinadas a esos acontecimientos vulgares...
Por lo demás, lo que me importa en un hombre no son los accidentes; y no son cosas que me valgan ni cuándo nació, ni a quién amó, ni qué miserias padeció, ni casi nada de lo que pueda observarse. No encuentro en ello la mínima claridad real en lo tocante aquello que le otorga su valía propia y lo diferencia a fondo de los demás y de mí. No voy a decir que no sienta frecuentemente curiosidad por esos detalles que no nos informan de nada consistente: lo que me interesa no es siempre lo que me importa, y eso es algo que le ocurre a todo el mundo".[Cursivas tal cual en el libro]
Es curioso; cada cual llama vida a algo completamente distinto.
Degas, también fotógrafo.
24/3/13
Lo nuestro
Por un lado hemos sabido de esa Viena por la infancia de Thomas Bernhard. Bueno, digo Viena pero estoy pensando en ese territorio germánico (de idioma), centroeuropeo, que burbujeó en la década de los treinta. Claro que el de Bernhard es un punto de visto no precisamente histórico; ah, pero ahí, al final, la estampa se le queda a uno en el recuerdo. Lo que llaman vida. Estoy pensando en Kafka: Praga. Y no sólo Kafka por Kafka. Kafka por Reiner Stach; me gustó mucho esa biografía, los últimos años de Kafka. Pero a lo que iba, tiendo a caer en esos años siempre. Vaya a donde vaya acabo viviendo en esos años. El ascenso de la barbarie. No, pero no es eso. A la vuelta de la esquina, y la vida normal convertida en atrocidad.
Joder con la historia. La Historia, quiero decir. Qué husmeará hoy la Historia, me pregunto.
En La liebre con ojos de ámbar se llega también a la Viena desquiciada y tomada por Hitler. Hace poco una señora me dijo que Hitler le caía muy mal. Me pareció al principio descabellada la afirmación. Hay gente para todo. Hitler, recién fagocitada Austria, tarda seis horas desde Linz a Viena; es un baño de masas. Edmund de Waal toma como escusa una colección de netsukes para contarnos la historia de su familia. Judíos, les ha ido bien en los negocios, el mundo es pequeño, y cuánto mejor te vaya más pequeño es. Sale todo el mundo conocido: Monet, Renoir, Proust, Rilke. Todo el mundo. No sé, cualquier nombre aparece en alguna parte del libro. A lo Forrest Gump pero sin deficiencia mental. Por cierto, que los netsukes son una especie de posapapeles muy finos, muy bonitos, y que no son, en definitiva, posapapeles. Figurativos, delicados, el japonismo hecho marfil o madera.
Llegamos, entonces, con esa elevada familia, al ruido. Camiones, pistolas, gritos.
Joder con la historia. La Historia, quiero decir. Qué husmeará hoy la Historia, me pregunto.
En La liebre con ojos de ámbar se llega también a la Viena desquiciada y tomada por Hitler. Hace poco una señora me dijo que Hitler le caía muy mal. Me pareció al principio descabellada la afirmación. Hay gente para todo. Hitler, recién fagocitada Austria, tarda seis horas desde Linz a Viena; es un baño de masas. Edmund de Waal toma como escusa una colección de netsukes para contarnos la historia de su familia. Judíos, les ha ido bien en los negocios, el mundo es pequeño, y cuánto mejor te vaya más pequeño es. Sale todo el mundo conocido: Monet, Renoir, Proust, Rilke. Todo el mundo. No sé, cualquier nombre aparece en alguna parte del libro. A lo Forrest Gump pero sin deficiencia mental. Por cierto, que los netsukes son una especie de posapapeles muy finos, muy bonitos, y que no son, en definitiva, posapapeles. Figurativos, delicados, el japonismo hecho marfil o madera.
Llegamos, entonces, con esa elevada familia, al ruido. Camiones, pistolas, gritos.
"El ruido de cosas rompiéndose es la recompensa por tanto tiempo de espera. [...] Esta noche es la de la historia que los abuelos les contaban a los nietos, el momento en que al fin los judíos tendrían que rendir cuentas por tanta rapiña, por todo lo que han robado a los pobres; la historia de cómo se limpiarían las calles y se encendería la luz en los rincones oscuros. Trata de la roña, de la inmundicia que los judíos trajeron a nuestra ciudad de sus chozas hediondas, de cómo nos quitaron lo nuestro." [pág. 255]
Cosa, netsuke. Me estaba acordando ahora precisamente de Maus.
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