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30/6/11

Escribir en los periódicos

"Si yo escribo por dinero es porque me pagan. Si no me pagasen no escribiría por dinero, sino por otra cosa: tendría que buscarme una excusa más pobre. Cuando no pueda escribir en los periódicos escribiré en las paredes." 
[pág. 128, Irse a Madrid, M. Jabois, editorial Pepitas de Calabaza]


A Manuel Jabois lo descubrí yo, y un día, antes de una cena, me subió una bombona de butano a casa. En realidad ya estaba descubierto (aunque antes tenía un blog mucho más aseado), pero eso no lo sabía y, la verdad, tampoco era yo nadie para ir por ahí descubriendo al mundo el futuro de la literatura o del periodismo. Cuando publicó su novela vi que tenía la ciudad de Pontevedra a sus pies, y ya sólo le faltaba ir besando niños por la calle y firmando bragas. Llevo años leyéndolo y creo que ha mejorado su prosa, tirando adjetivos y subordinadas por la borda. Escribe fácil, muy fino, con un punto asilvestrado que toda buena página necesita. Siempre me ha asaltado una imagen, una duda, leyéndolo; no sabía cómo un tipo más bien alto y poco dado a la invisibilidad podía escribir unos artículos tan medidos, tan ligeros y espumosos, pues saben siempre un poco a champán sus artículos. No sé porqué pensaba eso. Quizá porque uno siempre acaba pareciéndose a lo que escribe, en un extraño proceso de mimetismo, al igual que los perros acaban siempre pareciéndose a sus dueños, o los dueños a sus perros. Véase el caso Juan Manuel de Prada, que es clavado, el tipo, a lo que escribe.

En "Irse a Madrid" (sus artículos reunidos por la editorial Pepitas de Calabaza) está Jabois quintaesenciado. Y la quintaesencia de Jabois es su realidad más cercana. Él sabe que para arreglar el país, y por extensión el mundo, ya están todos los demás articulistas, que en ello llevan toda la vida, y así queda libre para contarnos lo que le da la gana. Y es en ese artículo de cualquier cosa dónde se le cuela la vida y hasta la vida de su perra, que saca mucho a pasear y le da bastante juego. Ahora que Camba está plenamente resucitado (no olvidemos que hace no mucho estaba en el limbo de las viejos catálogos) es un gran momento para reivindicar el artículo como literatura con mayúsculas. El artículo está muy puteado; suele ser el clinex de los obedientes. Los grandes temas son los que se tratan siempre en la taberna, con la televisión de fondo, e irnos al periódico para encontrarnos después las mismas cosas (y dichas de la misma forma) es una redundancia que nos aburre la vida. Para eso nos sobra Montaigne y nos sobra doctrina de periodista.

Juega Jabois en el título a ser provinciano, con la suficiencia del que sabe que no lo es o del que le da igual. Porque para ser provinciano hay que creer en Madrid, y en Madrid, hoy en día, ya sólo creen los nacionalistas, que son a los que más les interesa que Madrid siga siendo Madrid. En lo que sí cree, y eso no deja lugar a dudas, es en el Real Madrid, maldición que arrastra con elegancia.

Le queda muy bien el papel a estos artículos. Los píxeles de las pantallas pixelizan un poco también las metáforas y las emociones. Hasta parecen mejores, o son mejores en papel, estos artículos; más graciosos, más locos, más deslenguados, con un punto de nostalgia que se sacude pronto y que llega quizá por eso más. Yo a este Jabois lo he vuelto a descubrir, y ahora que me suba a casa otra bombona.


13/1/09

Empezar a vivir

El señor Jabois acaba de publicar su primera novela.


"Ciertos días tenían la impresión de que no habían empezado a vivir", dice Perec en Las cosas. Y eso es lo que parece sucederles a los personajes de A estación violenta, la primera novela de Jabois, que no empezaron a vivir, ni ganas que tienen. Natural. Si lo sé no vengo, como decía la tele, o me hago poeta, o jipi. Pues ahí están estos personajes, estirando al máximo ese paso de joven a señor y agotando todas las posibilidades. Para ello recurren a la mistificación, a la extravagancia, al alcohol, al espejo, a la poesía, al egotismo de la tristeza. Ya saben que los punkis se engañaban; sí, hay futuro, pero es casi peor que si no lo hubiera, o eso creen ver ellos un poco a lo lejos, con la mano de visera y los ojos entrecerrados. Se supone, por suponer algo, que hay una raya en el suelo que separa el limbo de la vida. ¿Qué limbo? ¿Qué vida? Será lo de afeitarse todos los días, aparcar el encandilamiento de la nada (la nada o el techo mirado fijamente y las manos de almohada), hablar con gente que no nos gusta, escuchar lo que no queremos oír; en fin, la vida, hacerse un seguro para la jubilación, lavar el coche, comer lentejas, hacer footing, follar los sábados. Después ya sólo volvemos al limbo, a ese limbo, en sueños, o de forma violenta quizá, despojándonos de todo y todos y corriendo atrás como uno de esos personajes de película bélica que se vuelven locos y corren suicidas hacia el enemigo gritando y bueno, ya se sabe cómo acaban. Unos personajes, los de esta novela, que se mueven en ese terreno fronterizo donde casi todo se decide.

Literariamente, el libro alcanza momentos de gran altura. También es verdad que pertenece al género primeras novelas, pero eso incluso la hace más atractiva, más atrevida, un poco más puta. Bien, no sé si es una obra de inspiración faulkneriana, como decía alguien (Faulkner que estás en los cielos…), si hay ecos más bien de un Marías, de un Fitzgerald y hasta fragancias valleinclanianas, pero lo que sí sé es que hay fragmentos que de por sí valen la lectura de esta novela y de todas las que vengan de la mano de Jabois. Que sean muchas.

En la página 130, que es en la que voy, me encuentro, por ejemplo, esto: "Ademáis dos cheiros, entusiasmábanme certos rostros de xeometría exacta, normalmente de beizos circulares e carnosos, de fazulas anchas e cellas longas e escuras. Atopábaos normalmente en froiteiros e mozas de dezanove anos, e cando daba con algún desatábase unha pequeña euforia no meu interior que lamentaba non compartir con ninguén. Houbo días nos que tamén me aledaba ver semáforos en laranxa, mulleres xa maiores embarazadas, nenos aos que se lles esquecía subir a petrina ao saír dun baño público, olivas negras nunha cunca de barro, a espuma da cervexa aínda pegada a un vaso de tubo, señores con chapeu de á ancha, nenas de menos de cinco años con paraugas e caixas baleiras de peixe amontoadas ás portas dun mercado."

(A estación violenta, Manuel Jabois, Edicións Morgante, 2008)