A Manuel Jabois lo descubrí yo, y un día, antes de una cena, me subió una bombona de butano a casa. En realidad ya estaba descubierto (aunque antes tenía un blog mucho más aseado), pero eso no lo sabía y, la verdad, tampoco era yo nadie para ir por ahí descubriendo al mundo el futuro de la literatura o del periodismo. Cuando publicó su novela vi que tenía la ciudad de Pontevedra a sus pies, y ya sólo le faltaba ir besando niños por la calle y firmando bragas. Llevo años leyéndolo y creo que ha mejorado su prosa, tirando adjetivos y subordinadas por la borda. Escribe fácil, muy fino, con un punto asilvestrado que toda buena página necesita. Siempre me ha asaltado una imagen, una duda, leyéndolo; no sabía cómo un tipo más bien alto y poco dado a la invisibilidad podía escribir unos artículos tan medidos, tan ligeros y espumosos, pues saben siempre un poco a champán sus artículos. No sé porqué pensaba eso. Quizá porque uno siempre acaba pareciéndose a lo que escribe, en un extraño proceso de mimetismo, al igual que los perros acaban siempre pareciéndose a sus dueños, o los dueños a sus perros. Véase el caso Juan Manuel de Prada, que es clavado, el tipo, a lo que escribe.
Juega Jabois en el título a ser provinciano, con la suficiencia del que sabe que no lo es o del que le da igual. Porque para ser provinciano hay que creer en Madrid, y en Madrid, hoy en día, ya sólo creen los nacionalistas, que son a los que más les interesa que Madrid siga siendo Madrid. En lo que sí cree, y eso no deja lugar a dudas, es en el Real Madrid, maldición que arrastra con elegancia.
Le queda muy bien el papel a estos artículos. Los píxeles de las pantallas pixelizan un poco también las metáforas y las emociones. Hasta parecen mejores, o son mejores en papel, estos artículos; más graciosos, más locos, más deslenguados, con un punto de nostalgia que se sacude pronto y que llega quizá por eso más. Yo a este Jabois lo he vuelto a descubrir, y ahora que me suba a casa otra bombona.
