19/5/12

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QUEREMOS tanto a Augusto Monterroso. No por bajito, aunque también. Es más fácil admirar a un escritor bajito que a uno alto. De alguien alto cuesta creer que escriba algo, y menos algo valioso, como si los altos tuvieran mejores cosas que hacer en la vida que escribir. La verdad es que a Monterroso se le había puesto un poco cara de dinosaurio de dibujos animados. O al menos de rana sabia. Hombre tímido, sobre todo, me parece. Presume también. Un tímido no tiene por que ser idiota. Uno puede ser tímido y no necesariamente salir corriendo tras un palo que nos tire alguien. Monterroso fue uno de esos escritores tan educados que apenas escribieron. De fondo, su gran tema es la incapacidad para escribir. O, no escribir todo lo que quisiera. "Yo no escribo; yo sólo corrijo", dijo en una conferencia, después de que en esa misma conferencia Bryce Echenique dijera que él no corregía apenas. Quizá sea mejor el Monterroso que corrige que el que escribe. Hay escritores que escriben y escritores que corrigen. Le hizo mucho daño el dinosaurio, ese microrrelato que se hizo célebre entre los que prefieren hacer yoga a leer.

RBA, que reedita mucho, lo mismo Nabokov que Onetti o Celine o Juan Goytisolo, con ese papel tan cutre y el pegamento que nunca se descose, acaba de poner en la mesa de novedades a Monterroso. Como unos diarios, o ensayos breves. Todo literatura e interrupciones, me llamó por teléfono fulano para preguntarme, me piden una conferencia y yo no puedo. Así. Reúnen aquí tres libros; La letra e, Literatura y vida, y Pájaros de Hispanoamérica. En Monterroso esa manía de editar varios volúmenes juntos si estos son breves tiene menos sentido. Esa escritura quintaesenciada, exprimida, pierde parte de su valor en ese conglomerado. Esto de aprovechar el viaje sacando tres libros no vale, o vale menos, con Monterroso. Son breves sus libros por algo. No quería aburrir y no aburría.

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