11/3/12

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"Escarranchada", de F. Leiro, rodeada de hombrecillos, a todas luces no-gallegos por ese aspecto de infralimentados que presentan.

De vez en cuando nos juntamos varios gallegos, quizá hartos de no saber si subimos o bajamos escaleras, y nos dedicamos a masticar. Solemos masticar con la boca entreabierta, nada de finuras, nada de rumiar como marquesas, y para ello es muy importante elegir con cuidado el lugar. Es decir; el lugar ha de ser un lugar cualquiera, formica en las mesas, new age en las paredes, de gente de la tierra, con mucha sombra de pelo en la cara, ellos, y el rostro antiguo de la raza, y la bata floreada de todo matriarcado, ellas. Porque el gallego, por comer, come de todo, es un gran masticador, pero tiene un paladar que no es cualquier cosa. Acostumbrado desde niño a la carne y al pescado fresco, a la carne del amigo carnero y de la amiga vaca y por supuesto del familiar cochino, no hablemos de los tesoros de las rías ni de las verduras de la tierra casi radiactiva (todo natural), no soporta que le pongan ante las narices una espumilla de gato recién vomitada por el chef. En fin, el gallego arruga la nariz al mismo tiempo que olfatea el churrusquín espumoso del plato/ bandeja en claro signo de desprecio. No, así no vamos a ninguna parte y se queda el gallego en casa, oyendo la radio y haciéndose amigo del cocido. Sabemos que el mejor amigo del gallego es el cocido, y lo sabemos porque soy gallego y solo con el cocido me atrevo a determinadas confidencias.

Lo mejor es apartarse de las ciudades para el buen y largo masticar. En las ciudades ya todo es disfraz, un señorío de familias domingueras y hastiadas, o ni eso. Hay que perderse por carreteras secundarias rodeadas de valles verdes y enormes vacas consagradas a la siesta (cómo se levantarán, ¡sin brazos!, qué difícil ser vaca), viudas ancianas de pañoleta caminando por el arcén de toda carretera, como gnomos, y un sinfín de diminutos seres con los pelos puntiagudos y la piel encerada que apenas miran por encima del volante de sus coches tuneados. Es el reino de los dos canales de televisión (la primera y la gallega), como un viaje espacio/ temporal al pasado en el que todavía es posible llevar blusas estampadas verde marujito sin mostrarse irónico. Cierto rescate cool de lo horrible que es lo que uno se atreve a llevar mostrando un cierto nivel cultural.

Encontramos entonces el lugar cualquiera, que en realidad no es tan cualquiera (todo es disimulo en el gallego, como si no fuese con él la cosa); ha sido previamente chivado por otro masticador. Las bondades, pues, material de primera y gasto mínimo. Es la antropología la que cocina, la que ya ha sentado las bases científicas de esa cocina, la McDonalización de la tradición, personificada en la señora, ya digo, la madre generosa de carnes, la teta felliniana que nos alimenta. Una vez cruzado el umbral de aluminio entendemos que es el lugar. Nadie con cara de enfermo (hasta los viejos moribundos le chupan el cerebro a los langostinos), nadie sin las mejillas coloradas, nadie sin comunicarse a gritos en un descanso a los músculos de las mandíbulas, como un tour de force con el ruido ambiental. Nadie sin el palillo en la boca, para despejar la pista al siguiente plato.

Me encanta este país. Como nos quiten el cocido inventamos la guillotina.

1 comentario:

Portorosa dijo...

Una maravilla, este texto, este paisaje.
La puerta de aluminio, los personajes, etc.; todo.

Un abrazo.