10/7/11

País


SE hace de noche al volver. La peor hora para el miope, cuando el contorno del mundo se borra más todavía, como una realidad grabada en VHS, grano grueso.

Pienso en la vuelta, cómo es volver, como si volviera uno de la selva. Pero tengo ganas ahora de largarme. Hago planes. Pocos días. Será un verano raro. Estoy aquí, al lado de la ventana, pensando en largarme. No hay cortinas. Unos arbustos como quedándose dormidos ya. Perder de vista este país asqueroso. La patria escandalosa de las grandes zampadas y verbenas. Se llenan los montes de gallegos durmiendo la siesta, transpirando pata de carnero, la boca abierta, el pecho peludo de búfalo moribundo. La carne roja de una raza, todos esos capilares reventados de un pueblo al que le cuesta respirar con tanto festival de comida. Sí, que viva la ostra.

De vez en cuando tengo que pasar la frontera. Me da igual la ciudad o el pueblo, o la montaña o la playa. Portugal es una Galicia menos echada a perder, como pueblo, como paisaje. Ni siquiera es un pueblo, esta nuestra cosa/ país/ región/ comunidad autónoma. Qué va a ser un pueblo. Señoritos con acento caídos del cielo. Eso somos. Y así está bien. Nuestros pobres nacionalistas predican en el desierto. No hay nada que hacer, señores. La pasta, nuestra bandera. Un antinacionalista aquí es una redundancia, un despiste sin perdón.

Siempre hago igual, salgo echando pestes. Y si vuelvo de la meseta se me pone la piel de gallina al dejar atrás las rectas y la arena. Reconozco esas montañas viejas y ellas me reconocen a mí. Corro a abrazar a un árbol. Me aguanto las ganas de mear hasta llegar a casa.


1 comentario:

Portorosa dijo...

Puesto al día ya, elijo este post para aplaudir otra vez.