22/8/09

Una novela de Felisberto

Puede que tenga pinta de loco, pero cómo escribe...


Aunque hace semanas que terminé de leer esta novelita de Felisberto Hernández no se me va de la cabeza. La empecé a leer en el autobús, seguí en la playa ese día por la tarde y la acabé por la noche en la cama. Es corta, la leí despacio, saboreando cada frase, esa sencillez. La novela es un retrato, poco más o menos. El retratado es el profesor de armonía del propio Felisberto, que fue pianista antes que escritor. Y como en todo retrato el retratado es también el que observa y saca la foto. Felisberto es un Proust que no escribe en los márgenes ni amplía sus subordinadas con incisos entre guiones. Un Proust que escribiera como Baroja. Merece un artículo este autor. Tengo ganas de escribir sobre lo poco que llevo leído de él (sólo los relatos de Nadie encendía las lámparas y ésta novela titulada "Por los tiempos de Clemente Colling"). Por ahora os dejo aquí este fragmento:

"Mi entusiasmo y mi manía de ir demasiado temprano a los espectáculos, nos colocó en la puerta de la sala mucho antes de que la abrieran. Después, apoyado en la baranda de la tertulia, empezaba a sentir ese silencio de sueño que se hace antes de los conciertos cuando falta mucho para empezar; cuando lo hacen mucho más profundo los primeros cuchicheos y el chasquido seco de las primeras butacas; cuando se espera oír y sin embargo es más lo que se ve que lo se oye; cuando el espíritu, sin saberlo, espera trabajando; cuando trabaja casi como en el sueño, dejando venir cosas, esperándolas y observándolas con una distracción infantil y profunda; cuando se pronto se hace esfuerzo para suponer lo que vendrá y se mira por centésima vez el programa; cuando se repasa la vida de uno y se aventuran ilusiones; cuando uno siente la angustia de no estar colocado en ningún lugar de este mundo y se jura colocarse en alguno; cuando uno sueña con llamar la atención de los demás algún día y siente cierta tristeza y rencor porque ahora no la llama; cuando se pone histérico y sueña un porvenir que le adormece la piel de la cabeza y le insensibiliza el pelo; y que jamás lo confesaría a nadie porque se ve a sí mismo demasiado bien y es el secreto más retenido del que tiene algún pudor; porque tal vez sea lo más profundo del sentido estético de la vida; porque cuando no se sabe de lo que se es capaz, tampoco se sabe si su sueño es vanidad u orgullo." [pág. 38-39, Por los tiempos de Clermente Colling, Felisberto Hernández]

14/8/09

Noche soleada


Todas las imágenes volaron. Hay días que se recuerdan con años de por medio, aunque el calendario diga que eso fue ayer, o antes de ayer. No sabemos si el ayer era el ayer de ayer o el ayer de otro año. Un ayer en todo caso lejano. Un día de un año remoto en el que las noches eran soleadas y tranquilas como una siesta. Noches de pleno día, de grillos a la sombra, con sábanas blancas colgadas de las ventanas, tapando los geranios. Las sábanas se movían con la brisa y quizá nos hacían señales que etcétera etcétera no había forma de descifrar (con esta paz y esta digestión y este vino no había forma de…), mientras intercambiamos palabras como otros juegan a las cartas.

En esa noche soleada y remota , o noches (pues ya no sé si fue una o más), una gitana vieja sacaba su organillo y ese era el momento de escapar. Pero no había forma de salir de allí. Como en aquella película de Buñuel. Una plaza vieja, una calle vieja, la misma plaza otra vez. Otra plaza, la misma plaza. Aparece y desaparece gente que nos acerca sus mejillas para saludar. Todos miran con los ojos muy abiertos, como si fuese de día. Son mujeres borrosas, amables, imposibles de identificar a los pocos segundos en una rueda de reconocimiento. Un desfile de chicas con minifalda y cochecito de bebé juegan a las carreras entre las mesas y sillas. Alguien, por lo bajo, me cuenta la historia del crítico joven (carne de canapé) que eructa como un cerdo, un día, en un baño. Son eructos atronadores, que hacen temblar los cimientos del meadero y del negociado cultural que ponía canapés a disposición del pueblo hambriento ese día. Me imagino al pobre crítico, bajito y ancho, liberando su frustración con el mundo y la vida a través de esos rugidos bestiales de coca-cola.

*****

Uno de mis amigos, que parece un perfecto monstruo de frankenstein a medias entre Hemingway y Scott Fitzgerald (en el buen sentido), se levanta y va por entre las mesas de puntillas, saludando y toreando a los camareros y a los borrachos, respectivamente. Lleva los brazos levantados como si fuese a colocar unas banderillas a alguien. Algunos le hacen la ola y dos o tres paralíticos se acercan a él esperanzados, pero se escabulle como un bailarín y aparece en lo alto de una mesa contando un chiste malo, muy malo, y todos se ríen y se revuelcan por los suelos de piedra caliente. Él también se ríe mucho y ya los ojos se le quedaron congelados en una risa infinita, y ni cuando lleva los párpados hinchados de bohemio con salud puede esconder esa carcajada contenida en la mirada. Y menos aún su prosa, que pisotea con sus tacones casi toda la caca periodística que leemos todos los días.

El otro amigo parece un Nietzsche joven y sin mostacho. La misma frente, los mismos ojos ocultos en una trinchera, que de vez en cuando salen a darse una vuelta, confiados y poéticos. Me lo imagino hundiendo en la arena, a golpe de mazo, poetillas decadentes y charlatanes pangeicos, todo por el bien de la literatura y de la vida en general. Pero más que con un martillo, filosofando o lo que sea, va por la vida con un cuaderno y una cámara pequeña de fotos copiando y captando ambientes de ciudades y pueblos. Después se queda a solas en su casa con esos fragmentos de palabras e imágenes, que une, mezcla y pega en un álbum de hojas amarillas (o en algún cuaderno que él sabrá), como si su objetivo fuese completar una colección de lugares y personas y paseos y vidas, o lo que sea. Parece que una conspiración oculta le lleva a los más insospechados rincones del planeta, disfrazado de persona sencilla que observa cosas sin importancia aparente, y las registra con la minuciosidad de un espía o un loco o un artista. O, por supuesto, de un combinación de los tres.

Para acabar la noche soleada nada como discutir sobre Chávez (el dictador maraca) con los que pasan. Es el etorno retorno de todas las conversaciones pueriles del borracho, que sabe que el bien mundial depende de su poder de elocuencia. Al final queda poco de ese ayer remoto que el tiempo irá reconstruyendo a sus anchas.


6/8/09

Vargas Llosa, Mabalot, Proust, Borges, Cervantes, Homero, el Espíritu Santo, etc…

Hoy he visto a la loca de las gafas de sol. Es muy guapa y está muy mal de la cabeza. Como una princesa rusa exiliada que no entiende el mundo. Que no entiende nada de nada. Alguna vez he hablado con ella, por casualidad (en una cosa cultural), y es como hablar con alguien de otra especie. Camina con sus gafas de sol de mosca haga sol o llueva, dentro o fuera. Hoy se estaba comprando un bollo de leche. Al verla pensé que ella era como era porque alguien había inventado la psiquiatría algún día. Si hay personas interesadas hoy en día en la psiquiatría son los locos. Al menos a ella parece no interesarle otra cosa.

***

A veces quiero ver la ciudad con ojos de turista, intentando imaginar qué pensarán de tal o cual calle, de esa tienda de zapatos, de esa librería. Y de nosotros, los que tenemos toda la pinta de vivir aquí. O quizá no lo parezca, y al verme piensen que soy uno de ellos. Miro a los que no son turistas intentando imaginar qué vida prometen, qué vida podría llevar en esta ciudad si no viviera aquí, si nunca hubiera vivido aquí.

***

Me hace gracia y me sorprende. Resulta que Mabalot (ese tipo que soy cuando escribe para el blog) aparece en una revista literaria de nivel entre Mario Vargas Llosa y Luis Sepúlveda como autor de un texto sobre Mordzinski. Y todos lo demás de la lista son también pesos pesados de la literatura. Además soy el único indocumentado de la lista de ilustres. Me siento como un salvaje (descalzo y peludo) al que alguien dejó entrar en un salón de gente fina y bien relacionada, lo más granado de la sociedad. Todos se conocen y se dan palmaditas en la espalda mientras esnifan rapé y observan encantados a sí mismos retratados para la eternidad por el gran fotógrafo de los plumíferos.

Alabado sea Mordzinski si hace falta.

La revista en cuestión es Otro Lunes. Gracias.