7/5/08

Un santo ecologista

Mi mujer dice que tengo afición por las personas raras, y que las trato mejor y con más consideración que a los normales. Pero no creo que tenga razón, y además encuentro que todo el mundo es un poco raro y merece su atención como cualquier tarado clásico. Aunque es verdad que hay algunos casos de conocidos (o saludados, que diría Pla) que son un poco especiales y me llaman la atención. Y este Manuel es uno de los más curiosos.

No sé si empezar por su retrato físico o mental. Da igual por dónde empiece, el caso es que lo vea bien y además al final todo se mezcla como la comida en el estómago. Da igual que comamos primero la sopa y después el bistec. Como me topé con él ayer aún tengo reciente su imagen; llevaba unos pantalones blancos no muy pulcros, una camisa blanca y unas botas negras que terminaban en unas rodilleras a la altura de los tobillos para resguardar la pernera del pantalón de la cadena grasienta de la bicicleta, pues va siempre en bicicleta a todas partes. Es una bicicleta de montaña con una cesta de fruta atrás (sin fruta) y con bolsas de supermercado dentro de la que asoman libros, ropa, cedés y muchas porquerías y papeles. Le da un aire de vagabundo de la cultura, que va recogiendo por los cubos de basura libros y música y poesía. Está obsesionado por la cultura, así, en general. Parece que le fuera a salvar de algo toda esa música clásica que se fuerza a escuchar y todos esos mamotretos infumables que se mete a veces entre pecho y espalda. Me tiene en alta estima por razones misteriosas y siempre cree que bromeo. No se puede creer que hable en serio cuando le digo que el Ulises no vale mucho y es un aburrimiento, que lo de Hermann Hesse es muy plasta o que de la ópera Wozzeck sólo recuerdo un grito desgarrador de chalada que siempre me pillaba desprevenido cuando lo ponían en mi casa, dándome unos sustos del copón. Tiene esa afición ingenua por todo lo que se considera serio en lo que llaman cultura, y pone mucha voluntad, y nos parece un poco como si le estuvieran dando el palo. Siente uno un poco lástima, aunque me acuerdo de los yonquis que se pasean por la Quintana y acabo pensando que podía ser peor.

Es joven, no pasa de treinta, aunque parece un chaval de instituto y lleva unos pelos separados y casi invisibles a modo de barba. Estudió Teología y va para cura. Aunque no es muy ortodoxo, pues permite que se blasfeme delante de él sin que le tiemble ni un párpado y sonríe de medio lado como si estuviera acostumbrado a escuchar de todo. Mezcla el ecologismo radical con el catolicismo y parece uno de esos curas de pueblo que eran un poco comunistas y santos y que tanto salvaban a rojos como a nacionales y se les posaban pajarillos en el hombro que le piaban las bienaventuranzas y todas las glorias del paraíso en el ya les tenían un sillón reservado cerca de los importantes, que por supuesto nunca eran los Papas y todos esas carroñas de la alta Curia.

Es un Cristo en pequeñito, o mejor, un San Francisco de las contaminaciones, y también un varas y viene de una familia de muchos hermanos en la que hay drogadictos y exdrogadictos y algún muerto y vive a las afueras en un barrio de edificios de Protección Oficial, al lado de un río pequeño que hasta hace poco parecía una cañería enchufada a todos los retretes de la zona. De las veces que he hablado con él lo veo bastante pesimista; cree que nos vamos sin remedio todos a la mierda y que el planeta se vuelve una cloaca y moriremos como chinches y tiene poca fe en el ser humano, lo que no parece casar muy bien con su futura ocupación. O quizá sí. A pesar de todo va por el mundo saludando a las farolas y es muy probable que no quede nadie en la ciudad sin conocerlo. Reparte muchas estampitas, de todos los santos, de los grandes y poderosos, y de los otros, los que no conoce nadie. Explica sus historias, con decapitaciones, empalamientos y otras muertes violentas, como si en vez de santos me estuviese hablando de miembros de la mafia.

Da todo lo que tiene al primero que pase, como si las cosas le quemasen en las manos, y por eso todo el mundo cree que está zumbado. Además es árbitro de fútbol en categorías del submundo donde hay conciertos de tibias rotas y los espectadores borrachos o serenos apalean a los jugadores, al entrenador, al árbitro y hasta a la pareja de la Guardia Civil. Eso confirma que nació para mártir y que está loco y que quizá vaya para santo.

6 comentarios:

M. dijo...

(Ovación)

Un retrato espléndido, a tu altura, y seguro que a la de este santo varón.

PD: Miembros de la mafia: conmovedora similitud. Nunca me perdonaré no haber caído en la cuenta antes.

Teresa, la de la ventana dijo...

Mabalot...

Uf.

Qué grande.

El Viejo Fettes dijo...

Ciertamente, todos somos raros; pero unos más que otros.

El viejo Fettes dixit

conde-duque dijo...

Me uno a la ovación... y sigo y sigo, para que se me vea en la platea, con las manos rojas.

M. dijo...

Otra como ésta y te hacemos el pasillo, Mabalot.

Mabalot dijo...

Ya me parecía a mí que de una u otra forma sacarías lo del pasillo.

Peeeeeerrosss...

Un abrazo. Gracias por leerme.