17/8/07

Lecturas (5); Mabalotadas del pasado

Delante del café Dákar, en plena zona vieja, de noche, tocaban y cantaban unos tunos raros. Entre canción y canción le echaban unos tragos a unas botellas de tintorro, y el cigarro en la boca, como albañiles del folkclore, y el aspecto un tanto roído y avejentado de casi todos les daba un aire de tuna barriobajera y decadente. Conde-Duque se reía, a mi lado. A aquellos tipos daba grima verlos, de estropeados y espantosos. Me dijo; tienes que hacer unos retratos a estos, a cada tuno. Y me acordé que ya lo había hecho (en el 99, o por ahí), con la excusa de un diario novelado, o ficticio, ambientado en Santiago, y muy solanesco, parece. Así que busqué antes entre carpetas de un disco duro con muchas vergüenzas que tenía escondidas en un cajón y encontré aquel fragmento de los tunos. Parecían sacados de la casa de la Troya, como dijo Conde y escribía yo. Aunque apenas se reconoce uno en eso que escribía. Lo pego aquí y le pongo un título, con testículos; Los otros tunos. Total, por unos cuántos rastrojos que queme... que diría el anuncio...

(Sino fuese tan poca cosa dedicaría con letras mayúsculas, a letra en grito, este trocito de prosa de otra época, cuando no conocía a estas dos personas con las que pasé ese día unas horas maravillosas. La Esfinge y Conde-Duque; ya sabéis, mientras viva en Santiago aquí tenéis vuestra casa, y allá donde vaya allí la tendréis. Gracias, amigos, por todo)

"Los otros tunos

Llegan a la plaza del Obradoiro, sacan las cámaras, se esquivan unos a otros, miran arriba, reconocen el trozo de piedra labrado a conciencia, y cuando más despistados están les aborda un tuno falso, con una nariz de pimiento arrugándose fuera de la nevera, con los pantalones bombachos y medias, muy delgado y torcido, que parece una broma. Les enseña unos casetes y les sonríe, que da pena verle vestido de tontorrón de pueblo decimonónico. Algunos peregrinos se tragan el cuento y le compran algo. Otros no aguantan el olor a coñac y acaban cediendo o escapando para no marearse con el aliento del tuno. En realidad son varios, estos tunos pordioseros. Tres, creo. Ninguno de los tres baja de los cuarenta, pero corren detrás de los turistas farfullando inglés con una agilidad que causa admiración. El más alto, fuerte como un toro mejicano, tiene un bigote tan negro, largo, y una capa de tuno roída por caniches tan solemne y puerca, que en las persecuciones, con los jirones volando entre las cintas, uno sería incapaz de oponerse a su discurso. Aunque fuese en libanés. El otro es bajito, ancho, con flotadores que le combinan muy mal con los bombachos y las medias negras. Siempre tiene un cigarro en la boca, como un apéndice del labio. Sólo el alto lleva capa. Los otros dos van a cuerpo, y yo creo que lo agradecen porque en verano la temperatura en la plaza no respeta a nadie. Al sol, el terciopelo comido y grimoso del tuno con la cara cruzada de cicatrices y viruelas, a la luz del mediodía se pasa del negro al marrón verdoso, y parece un podrido con vida. En la cabeza, unas calvas amarillas y mal disimuladas se le alternan con grasas peludas, que se pueden tomar por pelo de corderillo recién parido si uno se fija bien. Uno no sabe si serán los tunos de la casa de la Troya, que siguen dando guerra y subsisten como pueden.

Hartos los turistas de que les coma la oreja un tuno caducado, mientras se gastan el carrete no muy convencidos, descubren algo que les resulta más impresionante; el verdadero espectáculo, mucho más interesante que la mierda de la piedra, que aburre no por piedra sino por cultura, pues uno ya no ve una fachada, sino un enredo de telarañas y ovillos por todas partes dónde pacen, como arañas venenosas, los historiadores del arte, que no dejan ver nada con sus redes y sus porquerías, y son a la piedra esculpida lo que las polillas a los tresillos de madera. A un lado de la Catedral, cerca de Fonseca, dos o tres fulanos, pintados de arriba abajo y disfrazados, de egipcio al plástico o de vikingo bañado en purpurina, se suben a un podio y se transforman en estatuas. No mueven ni una pestaña.

Definitivamente, los peregrinos abandonan la fachada de la catedral y se amontonan maravillados ante las estatuas humanas. Eso sí, respetan un área, unos metros, terreno vedado, alrededor de estas. Los codos se afilan más que nunca por sacar unas fotografías. La mujer y los niños, cruzan de puntillas la zona vedada, y posan a los pies de alguna estatua. Según, a elegir; cada uno tiene sus preferencias.

Al atardecer, las estatuas bajan y recogen la bolsa con el dinero y el podio. Antes, durante el día, a pesar del sol, resistieron como estatuas de verdad, de mármol. Sólo interrumpen la parálisis para fumarse un cigarro y contar las pesetas."

3 comentarios:

Portorosa dijo...

Bueno, yo creo que hoy lo habrías hecho mejor, pero está bien. Y dar la cara está muy bien.

Un abrazo.

Mabalot dijo...

La verdad es que esos tunos se merecen un retrato como dios manda, tendríais que verlos.

Un abrazo.

Portorosa dijo...

Estoy seguro. Sin ser esos, los que suelo ver merodeando por la plaza son tremendos.
Con los años, uno va viendo que hay grupos que pasan de ser mayores, a ser iguales, y luego a ser más jóvenes: deportistas, camareros, dependientes, azafatas, cajeras de súper, etc... menos esos tunos; ésos siguen siendo mayores que yo, los cabrones.

Un abrazo.