8/11/06

Cómo estar solo antes de hacerse monja


La primera vez que fui a Barcelona llegué de mañana muy temprano (tan temprano que aún era de noche); así que estuve todo el día dando vueltas, y compré algún libro para leer antes de dormir: a las ocho de la tarde ya estaba muerto; me arrastraba, más que caminar, por las Ramblas y peleaba por los bancos con los jubilados. Después, cuando ya pensaba en irme a dormir, conocí a una chica en una cafetería . Me conoció ella a mí, hablaba por los codos. Era portorriqueña, clavada, aunque sin tetas, a una ex-novia que odiaba porque me había dejado y era una imbécil. Esta escribía una tesis; literatura, judíos, siglo XVI... todo mezclado y extendido sabe dios cuántos miles de hojas.

Se interesó por los libros que llevaba en la bolsa. ¿Qué es? Eran el Cómo estar solo, de Jonathan Franzen (el autor de Las correcciones, que solo sé que es muy voluminoso, como una tesis), y Cómo me hice monja, de César Aira. Ella no conocía ninguno de los dos libros ni los autores, pero por su cara creo que pensó que lo que me pasaba era que tenía algún tipo de problema. Me dijo que a estar solo se aprende bla bla bla... y un rollo así bastante aburrido y confuso sobre cómo sobrevivir a la soledad etcétera. Yo no tenía fuerzas para cortarle el carrete así que atendía con cara de estreñido esperando que todo acabase y me dejase en paz. Conseguí meter baza, a la desesperada.

- Mira, perdona, creo que te equivocas, yo no...
- ¿Eres gay?
- No

Fui al baño esperando poder colarme por el retrete y aparecer por retrete-transporte en el cagadero de mi hostal. Al volver la chica estaba leyendo el principio del libro de Aira:

Mi historia, la historia de "cómo me hice monja", comenzó muy temprano en mi vida; yo acababa de cumplir seis años. El comienzo está marcado con un recuerdo vívido, que puedo reconstruir en su menor detalle. Antes de eso no hay nada; después, todo siguió haciendo un solo recuerdo vívido, continuo e ininterrumpido, incluidos los lapsos de sueño, hasta que tomé los hábitos.
Nos habíamos mudado a Rosario. Mis primeros seis años los habíamos pasado, papá, mamá y yo, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires del que no guardo memoria alguna y al que no he vuelto después: Coronel Pringles. La gran ciudad (era lo que parecía Rosario, viniendo de dónde veníamos) nos produjo una sensación inmensa. Mi padre no demoró más que un par de días en cumplir una promesa que me había hecho: llevarme a tomar un helado.

Cómo me hice monja,
César Aira
No recuerdo si dijo algo o qué cara tenía, si parecía interesarle o hacía que leía. Era el maldito doble de mi ex-novia, en Barcelona, pero sin tetas, totalmente plana. Me enseñó la noche barcelonesa y nos hicimos buenos amigos, aunque le encantaba García Márquez y escribía como él. Porque me leyó alguna cosa; quería escribir un libro sobre la ciudad. Estaba obsesionada con los meos del barrio gótico.

Por cierto, no me la tiré.

Te mando un saludo por si me leyeres aquí. Es poco probable pero nunca se sabe. Ojalá todo te vaya bien. Soy muy vago para retomar amistades relámpago. Un beso. Perdona por lo de las tetas, soy un exagerado. Chau.

3 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

Muchas gracias por la referencia.

Gusto en saludarte.

Mabalot dijo...

El gusto es mío, Magda... visítame siempre que quieras: aunque no aprenderás lo que aprendo yo en Apostillas...

Magda dijo...

Gracias, qué amable. Por supuesto, aqui vendré muy seguido.