Mostrando entradas con la etiqueta RETRATOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RETRATOS. Mostrar todas las entradas

3/8/08

Concierto

Cuando hay concierto el aparcamiento, bastante grande, se llena una hora antes, como si cada persona trajese dos coches. Todo el mundo parece muy apurado, aunque quede media hora y la puerta del auditorio esté a dos minutos. Salen de los coches ajustándose el cinturón y la camisa y colocándose el jersey sobre los hombros. Ante la taquilla unos cuántos en fila india y cerca de la puerta un grupo de personas mirando a lo lejos, con cara de preocupación unos, fumando otros con los ojos entornados y la otra mano en el bolsillo del pantalón, como tanteándose los testículos, y conversando la mayoría, muy animados, con la mano en el hombro del que escucha, para que no se escape. Hay tantas sonrisas que se diría que van o vienen de una orgía. Y de repente estalla una carcajada; una chica rubia de piel roja y con un tatuaje indeterminado en el brazo se lleva las manos a las rodillas, como si fuese a vomitar, pero se ríe, y se ríe, y después dice en alto algunas palabras con muchas jotas extranjeras y erres que arrastra como si las untara. Es guapa. Quizá por eso se la ve tan sana, por reír alto y bien.

Ya dentro las azafatas van distribuyendo el juego. Pero la mayoría de los que vienen aquí son fijos y ya saben dónde está su butaca, aunque se atascan con mucha facilidad en los pasillos como si quisieran tocarle el culo a las señoras o les gustase rozarse entre ellos un poco. El público es mayor; hay mucha cana, tanto en barba como arriba, y son en general las canas más pensantes de la ciudad; arquitectos, economistas, catedráticos, y la mayoría colaboradores o altos cargos de alguna administración (o de todas). Saludan a todo el mundo y luchan entre ellos por ser los más simpáticos, poniéndose a los pies de sus respectivas señoras, que esconden las tetas un poco ajadas bajo los abrigos de piel de algo noble. Vemos muchas bocas muy cerca de otras orejas, y vemos que las orejas, muy concentradas, mantienen el dedo sobre el mentón, como reflexionando sobre lo que le dice la boca, y miran al escenario pero sabemos que ven otra cosa, quizá contratos millonarios y un futuro acojonante y a todo eso dicen que sí moviendo la cabeza arriba y abajo. Nos parece que ahora, en estos minutos previos, se resuelven los verdaderos problemas de este mundo (y unas cuantas urbanizaciones), pero el tiempo da para poco y ya sale el director, esta vez un húngaro vestido de pies a cabeza de director de orquesta. Todo el mundo aplaude y acaban los últimos murmullos, aunque quedan siempre unas señoras un poco sordas y buchonas que no se enteran y siguen con su desparpajo hasta que se dan cuenta que las luces se apagaron y todo el mundo de alrededor las mira.

Cuenta el director con una joroba en la parte izquierda que da grima porque parece que quiere encaramarse al hombro y no puede. El faldón de la chaqueta se le levanta un poco. Da la impresión que la joroba sufre y tenemos ganas de colocarla bien, darle un pequeño empujoncito para que llegue a la cima. De la primera parte no podemos decir que esperemos mucho (Concierto para violín de Beethoven), pues será el momento de un violinista caucásico muy famoso, como una especie de Ronaldinho de los violinistas, pero que al narrador ni le suena y al parecer es tan rápido que en algún momento perderemos de vista el brazo que maneja el arco y uno se sentirá raro y hasta deprimido, quizá, porque a veces se deprime uno por cosas sin mucho sentido.

Sale el solista. Aplausos. Empieza la música. El solista espera de pie, con el violín y el arco agarrado por el mástil, y recordamos la famosa greguería de Ramón, cuando compara el violín así cogido con un bebé agarrado por los pies, recién parido. El virtuoso es alto, cuadrado, con unos mocasines que le hacen unos pies muy pequeños. Lleva un pañuelo en el cuello, y el aspecto es el de un aristócrata en el salón de su castillo, con una copa de coñac y al lado de una chimenea. Es grande como un portero de discoteca y tiene un mentón muy desarrollado y saliente como el de los héroes de algunos dibujos animados. Espera y pone cara de concentración, cerrando los ojos, mirando al suelo, al techo. De vez en cuando echa una mirada furtiva al público, para sopesar el ambiente. Aún no le toca dar el callo. A veces parece que se queda dormido y cuando la orquesta ataca
abre los ojos de repente, como si volviese de otro planeta.

Empieza su recital y parece que quiere aplastarse el violín contra el hombro, y es tanta la fuerza que parece que pone en el asunto que todo el mundo lo observa con cierto gesto de angustia, pues temen que le salten unas cuerdas y le latiguen un ojo. Acaba lo suyo y se aplaude durante diez minutos casi seguidos, con breves interrupciones, pues cuando ya se acaba el aplauso vuelve a salir al escenario haciendo muchas reverencias y echando besos al público, y los espectadores, otra vez, como acordándose de lo figura que es el solista aplauden hasta que se va por un lateral con un ramo de flores en una mano y el violín en la otra.

3/7/08

Mi amiga friki y el escritor de best-sellers (2)


Joven, aunque con el pelo nevado, y se hace raro y artificial en él, como un personaje de melodrama que envejece de un fotograma a otro, y lo vemos con el pelo harinoso y hasta la piel cubierta de talco como el trasero de un bebé después de limpiarle las cacas. Lleva vaqueros gastados y anchos con unos zapatos negros brillantes y un jersey y una camisa por debajo. Gafas de metal. El rostro sin arrugas, y casi sin sombra de barba. Las malas lenguas dicen que está un poco loco, y que es más publicista que escritor, pero visto de cerca y viéndole hablar parece bastante normal, y hasta demasiado normal y adaptado al mundo, como si lo hubiera inventado él mismo y a su medida. Será entonces una locura controlada (lo que ya no es locura, faltaría más) al servicio de la causa.

La causa será la causa de todo el mundo; comer a diario y darse algún vicio de vez en cuando.

Habla un poco inclinado hacia delante, y parece que de repente va a salir alguien de alguna parte y lo va a azotar con un látigo. Sale un camarero con unas tapitas de empanada y el escritor de best-sellers se queda mirando, distraído. Lleva un libro en la mano y le comenta a mi amiga friki las aventuras que se narran en él. Habla como si se tratara de un documento secreto arrancado de las manos al mismísimo Hitler antes de morir, y abre los ojos tanto al explicarse que casi le veo el círculo rojo de las cuencas y dan ganas de echarle los trozos de empanada para que se calme. Al parecer (cuenta, habla muy alto) la Tierra, por una epidemia, o por una radiación cósmica, o por algo así (quizá desconocido), se convierte en una piara de zombis chupasangres o chupacerebros, y en fin, el desastre es casi total. Años después, cuando las cosas vuelven a su cauce y los sobrevivientes siguen a lo suyo, un tipo viaja por el mundo investigando los acontecimientos de la tal epidemia y escribe un informe, que tanto narra lo que pasó en la China como en Hawai y busca resolver el enigma planteado y seguramente evitar una nueva catástrofe. “El informe es el libro”, dice el escritor de best-sellers. Cuenta la historia en medio de la calle, gritando mucho y escenificando con su cuerpo los hechos más espeluznantes que contiene el libro, aunque sin olvidar el tono pedantesco y finolis, como de locutor de radio clásica que se ha tomado un ácido. Insiste en que tiene que leerlo, aunque la amiga friki, pese a su frikismo y lo bien que le cae el escritor de best-sellers, pone cara de escepticismo y deja caer que a ella las de zombis no le atraen mucho.

Me llaman la atención tres cosas del escritor de best-sellers; primero, gesticula muy rápido, como un muñeco a cámara rápida y sospecho que de un momento a otro va a explotar, por un cortocircuito o por una saturación de algo bajo el jersey; segundo, por fuera parece hecho de mazapán con azúcar en polvo, aunque esto no podría justificarlo, pero algo hay en él que me recuerda a un mazapán, y supongo que si uno fuera zombi evitaría hacerme con su cerebro porque no soporto los mazapanes (es como comerse… no sé, no hay nada peor que un mazapán); y tercero, se me hace extraño estar ante un escritor de best-sellers, como si fuera una profesión más, carpintero, ebanista, ingeniero, odontólogo. Tuve en las manos alguna de sus novelas y no sabría qué decir de ellas. Mi amiga friki se las leyó y dijo que eran entretenidas y que se leían rápido, lo que para algunos puede ser la mejor razón para leer un libro. Por comparación hasta preferiría uno la prosa administrativa de Benet y la embolia literaria que son sus tomazos, antes que los guiones con forma de novela que invaden las mesas de novedades, las playas, los autobuses, las camas, las estaciones de autobuses, los trenes, los aviones y los regazos hermosos y peludos de muchas damas y gorilas, respectivamente.

No digo palabra, por no parecer pedante y porque no deja hueco con su verborrea acelerada, aunque ganas no me faltan de comentarle que casualmente estoy leyendo el Diario del año de la peste de Defoe, escrito en 1720, y que es precisamente una novela con forma de informe o reportaje sobre la epidemia brutal de peste que asoló Londres en 1665, y en el que se narran hechos tan horribles o más que los protagonizados por un conjunto de zombis, sobre todo teniendo en cuenta que Defoe cuenta algo sucedido de verdad y basándose tanto en documentos médicos como en casos narrados por allegados y testigos directos de la catástrofe. Un reportaje, vamos. También Defoe pretende exponer lo ocurrido por si se volviera a repetir la epidemia y de esa forma evitar ciertos errores que se cometieron. Es verdad que parece también ciencia ficción, pero, claro, sabemos que todo eso sucedió, aunque parezca imposible, y que en el mismo lugar que alguna vez hemos pisado ocurrió tal cosa hace trescientos años no deja de sorprendernos. Estoy por comentárselo por ver qué me cuenta pero lo dejo y sigue hablando de otros best-sellers infames, cursis, literatura de y para señoras muy deprimidas, con gran admiración y ya casi creo que este famoso sólo lee porquerías o le pilla uno en un muy mal momento, como el que siempre alterna con cachondas entre cachondas y un día le pillamos del brazo de un callo.

Se larga, saludando mucho con la mano, y miro el cielo; nubes y sol, calor. Quizá unos gorriones pían el hambre que les da ver esas tapas de empanada y tortilla que saca el camarero con un lamparón en la camisa blanca y cara de descuartizador. Desfilan muchos brazos y hombros y piernas blancas (invernaban) y algunas morenas y sigo pensando que estar vivo, sin peste y sin zombis, está muy bien. Así que levanto un dedo, como en el colegio, y pido dos cañas.

27/6/08

Mi amiga friki y el escritor de best sellers (1)

La relación con mi amiga friki es un poco extraña. O no. Todo es extraño, o nada lo es, depende del momento. Apenas tengo nada en común con ella, pero nos llevamos bien, y lo más sorprendente; tenemos muchas cosas de las que hablar. Hay afinidades difíciles de explicar. ¿Por qué nos cae bien una persona? Más allá de la clase social, ideología (sea esto exactamente lo que sea), intereses o gustos, y equipo de fútbol al que uno sigue, algo misterioso convierte a unos individuos en candidatos adecuados para una charla agradable y a otros en sujetos a evitar.

Mi amiga friki es una entusiasta y también una vehemente y tenemos siempre mucho de lo que discutir, o acabamos siempre encontrando algo de lo que burlarnos entre carcajadas.

Emplea la palabra friki varias veces al día. Me habla de frikis que conoce, o todos los que conoce son un poco frikis, según ella. Yo creo que es friki de tanto usar la palabra, como otros son jodidos, guays, qué pacha o no obstantes o por consiguientes. Me dijo que cuando tenía edad de instituto se parecía físicamente a Urkel, el chaval aquel negro, alto y delgado, algo repelente, de gafas horteras y vestido de forma ridícula, con los pantalones por las canillas, que salía haciendo el gilipollas en una serie. Ahora no se parece nada a ese Urkel, gracias a una dieta equilibrada y un desarrollo hormonal eficiente. Pero con los años (es joven, mitad de la treintena) ha cogido algo de peso y se nota sobre todo: (1); en los brazos, que son, cerca del hombro, de gran diámetro: (2); en la cintura, dónde se ve (cuando lleva camisetas apretadas o el ombligo a la intemperie) un surco oscuro y profundo que divide la zona del abdomen en dos territorios, cruzando esta frontera justo por el ombligo, como el meridiano de Greenwich pasa por Greenwich: y (3); en los pechos, pues le han crecido de forma extraordinaria y se queja mucho de ellos, aunque destaquen tanto y en principio sean los candidatos principales al estudio obsesivo de algunos pares de ojos que pasan a su lado cada día. Es muy morena, casi azulado de tan negro el pelo, y aunque tiene alguna cana el peinado le da un aire juvenil y malvado que cuadra perfectamente con su personalidad. Es como si llevara un libro abierto sobre la cabeza, y le cae un flequillo muy largo que casi le tapa media cara. Destaca de su rostro un par de ojos saltones, casi siempre enrojecidos.

Habla muy rápido y a veces se traba la lengua y la saca exagerando una tartamudez, mientras repite la sílaba problemática. De carácter fuerte y del tipo no me toques las narices. Defiende lo suyo con rabia y sería el prototipo de persona que en un campo de concentración nazi encontraría la manera de sobrevivir como fuera, convenciendo a los guardias que se metieran ellos en la sala de frituras. No cree que la tristeza sea algo serio; eso de las depresiones le parecen gilipolleces, mamonerías; lo despacha con bah, bah, bah… como si dijera que con un par de bofetadas arregla las depresiones que se le pongan a tiro. Es tan del PP que cuando este partido la caga en unas elecciones la encuentro malhumorada y esquiva y me la imagino dándole una patada a un pedrusco enorme del cabreo que coge. Conoce a algunos políticos famosos (le viene de familia), y un día encontró a un ex-presidente de la Xunta por la calle y le pidió explicaciones por la derrota en unas municipales. Y el ex-presidente de la Xunta, que la conoce, se las dio. Rajoy no le acaba de convencer (le parece un poco meapilas), y en realidad ninguna de las alternativas que los periódicos ofrecen le entusiasma. Está últimamente un poco escéptica y prefiere hablar de otra cosa. Pero cualquiera vale con tal de que desaparezcan del mapa algunos. Porque odia a Zapatero y a Pepe Blanco, como personas (y es un odio natural, como el de los perros a los gatos), y sólo recordarlos se le hincha una vena en el cuello y fuma echando el humo con mucho disgusto, como si la existencia de tales individuos le afectase de forma muy personal. Contrae el labio superior en un gesto como de asco y el inferior parece el rompeolas contra el que choca el humo al salir, como disparado de un lanzallamas.

Le brillan los ojos cuando habla de sus libros, de lo que le gusta leer. Y lee mucho (se queda a veces hasta las tantas quemando córnea) pero casi siempre de lo mismo, y es un abismo que nos separa y que nos hace caer en burlas amistosas (o no) el uno del otro. Le va la ciencia ficción (de la más sumergida y de serie B, la menos conocida por sus bondades literarias), y fantasía, épica, ese tipo de tochos que narran culebrones en mundos pseudomedievales dónde tanto se encuentra uno a un dragón como a un batallón de enanos con superpoderes y las orejas en punta. Hay muchas batallas a garrote o espada, y en campo abierto, entre ejércitos de monstruos y feos en general, así como juramentos y traiciones y amores más o menos románticos, incestuosos y enfermizos. Habla tanto y con tanto entusiasmo de lo que lee que a la persona no inmunizada con sus vehemencias quizá le entren ganas de perderse en esos mundos, a ver si encuentra una décima parte de la felicidad que mi amiga friki lleva consigo vaya donde vaya.

Su estado natural es el entusiasmo, como ya dije, y dice diooooss… muchas veces, subrayando lo grave de un asunto, o lo sorprendente. Harry Potter le apasiona, y Tolkien, y ahora está muy pesada con una cosa que se llama Canción de hielo y fuego, y que es un bombazo y en el futuro, dice, va a ser el no va más. Sería como Un señor de los anillos pero para supuestos adultos. Y digo supuestos porque no lo leí; sé lo que me cuenta. Por volumen de papel estaríamos ante un En busca del tiempo perdido, pues el autor no parece tener freno y quizá tenga que sufrir un infarto cerebral o apoplejía para que le ponga el punto final a la cosa, que ya lleva varios volúmenes. Son varios libros que narran politiqueos y guerras y aventuras en tiempos de Maricastaña, con muchas espadas y muchos reyes y príncipes que se rebanan los cuellos entre sí y van de aquí para allá usurpando tronos, un poco como en el juego de las sillas.

Eso me cuenta.

Ayer, mientras tomaba algo en una terraza con mi amiga friki, pasó el escritor de best-sellers, al que conozco de vista. Mi amiga dijo: ¡Fulano!

Y él se paró en seco, giró la cabeza y acto seguido, con una sonrisa de tipo peligroso, corrió con los brazos abiertos y los labios en “o” directo a saludar a mi amiga y estamparle dos besos, uno en cada mejilla.

Se queda de pie porque tiene prisa. Lo miro. Me da la mano, un poco como muerta, aunque caliente y muy blancucha. Este tipo es el éxito andante. Es bajito. Un escritor de best-sellers de carne y hueso. Lleva dos, y aparte de pertenecer al género best-seller, quizá hayan sido best-sellers de verdad. Según mi amiga está forrado y sólo se dedica a parir best-sellers.

1/6/08

El viejo triste

No sólo en el cine se da la sensación de encontrar falsísimo a alguien que de repente, de un fotograma a otro, ha envejecido. El pelo blanco lo vemos harinoso, las arrugas nos parecen de careta de goma, y todo nos lleva a sospechar casi sin querer de un maquillaje que no acaba de convencernos. Pero esa misma sensación tuve ayer en la realidad, y todo porque de repente es un anciano. Hacía años que no veía a ese señor; ya era calvo, pero ahora de esa calva demasiado abultada, de una cabeza con forma de melón, le salían dos peluquines a los lados, sobre las orejas, blancos y mal puestos. Sabemos que es su pelo porque nadie se pone dos peluquines para presumir de patillas. La frente es más ahuevada, y recuerda a un extraterrestre. Todo el rostro tiene unas arrugas más profundas. El buril del tiempo (a veces da un gusto escribir estas cosas tan horribles, como si nada importara, o todo valiera): el buril del tiempo va surcando las líneas casi imperceptibles de antes, dejando unas cunetas en la cara que forman el maquillaje de un payaso triste. Pero sonríe. Y los ojos encendidos, que es lo único que parece de verdad.

Se tambalea al caminar.

7/5/08

Un santo ecologista

Mi mujer dice que tengo afición por las personas raras, y que las trato mejor y con más consideración que a los normales. Pero no creo que tenga razón, y además encuentro que todo el mundo es un poco raro y merece su atención como cualquier tarado clásico. Aunque es verdad que hay algunos casos de conocidos (o saludados, que diría Pla) que son un poco especiales y me llaman la atención. Y este Manuel es uno de los más curiosos.

No sé si empezar por su retrato físico o mental. Da igual por dónde empiece, el caso es que lo vea bien y además al final todo se mezcla como la comida en el estómago. Da igual que comamos primero la sopa y después el bistec. Como me topé con él ayer aún tengo reciente su imagen; llevaba unos pantalones blancos no muy pulcros, una camisa blanca y unas botas negras que terminaban en unas rodilleras a la altura de los tobillos para resguardar la pernera del pantalón de la cadena grasienta de la bicicleta, pues va siempre en bicicleta a todas partes. Es una bicicleta de montaña con una cesta de fruta atrás (sin fruta) y con bolsas de supermercado dentro de la que asoman libros, ropa, cedés y muchas porquerías y papeles. Le da un aire de vagabundo de la cultura, que va recogiendo por los cubos de basura libros y música y poesía. Está obsesionado por la cultura, así, en general. Parece que le fuera a salvar de algo toda esa música clásica que se fuerza a escuchar y todos esos mamotretos infumables que se mete a veces entre pecho y espalda. Me tiene en alta estima por razones misteriosas y siempre cree que bromeo. No se puede creer que hable en serio cuando le digo que el Ulises no vale mucho y es un aburrimiento, que lo de Hermann Hesse es muy plasta o que de la ópera Wozzeck sólo recuerdo un grito desgarrador de chalada que siempre me pillaba desprevenido cuando lo ponían en mi casa, dándome unos sustos del copón. Tiene esa afición ingenua por todo lo que se considera serio en lo que llaman cultura, y pone mucha voluntad, y nos parece un poco como si le estuvieran dando el palo. Siente uno un poco lástima, aunque me acuerdo de los yonquis que se pasean por la Quintana y acabo pensando que podía ser peor.

Es joven, no pasa de treinta, aunque parece un chaval de instituto y lleva unos pelos separados y casi invisibles a modo de barba. Estudió Teología y va para cura. Aunque no es muy ortodoxo, pues permite que se blasfeme delante de él sin que le tiemble ni un párpado y sonríe de medio lado como si estuviera acostumbrado a escuchar de todo. Mezcla el ecologismo radical con el catolicismo y parece uno de esos curas de pueblo que eran un poco comunistas y santos y que tanto salvaban a rojos como a nacionales y se les posaban pajarillos en el hombro que le piaban las bienaventuranzas y todas las glorias del paraíso en el ya les tenían un sillón reservado cerca de los importantes, que por supuesto nunca eran los Papas y todos esas carroñas de la alta Curia.

Es un Cristo en pequeñito, o mejor, un San Francisco de las contaminaciones, y también un varas y viene de una familia de muchos hermanos en la que hay drogadictos y exdrogadictos y algún muerto y vive a las afueras en un barrio de edificios de Protección Oficial, al lado de un río pequeño que hasta hace poco parecía una cañería enchufada a todos los retretes de la zona. De las veces que he hablado con él lo veo bastante pesimista; cree que nos vamos sin remedio todos a la mierda y que el planeta se vuelve una cloaca y moriremos como chinches y tiene poca fe en el ser humano, lo que no parece casar muy bien con su futura ocupación. O quizá sí. A pesar de todo va por el mundo saludando a las farolas y es muy probable que no quede nadie en la ciudad sin conocerlo. Reparte muchas estampitas, de todos los santos, de los grandes y poderosos, y de los otros, los que no conoce nadie. Explica sus historias, con decapitaciones, empalamientos y otras muertes violentas, como si en vez de santos me estuviese hablando de miembros de la mafia.

Da todo lo que tiene al primero que pase, como si las cosas le quemasen en las manos, y por eso todo el mundo cree que está zumbado. Además es árbitro de fútbol en categorías del submundo donde hay conciertos de tibias rotas y los espectadores borrachos o serenos apalean a los jugadores, al entrenador, al árbitro y hasta a la pareja de la Guardia Civil. Eso confirma que nació para mártir y que está loco y que quizá vaya para santo.

17/3/08

El desaparecido


Da la impresión de tener la cara muy caliente. Tiene sesenta y pico años. Vive solo en un estudio del barrio de Pelamios, ese grupo de edificios y casitas que hay tras el monasterio de San Francisco. Camina muy echado hacia adelante, como si le pesara mucho la barriga, y puede ser porque le sobresale por encima del pantalón y le presiona los botones de la camisa. Si os cruzáis con él es probable que no os mire porque no levanta la vista del suelo y parece contarse los pasos. Si os saluda agitará una mano y quizá os diga algo con esa voz de adulto crío que tiene. Una voz rasgada de inocente puro, aunque esto no quiere decir que sea idiota. Los que no lo conocen y lo ven pueden pensar que es un borracho, y efectivamente, muchos lo piensan; el rostro blando y como hinchado, muy rojo, el labio inferior grande y caído, que nos deja ver la fila de dientes de abajo y un lago de saliva apresado por ese labio grueso que no puede contenerlo todo y deja fluir un hilillo por la comisura.

Un hilillo transparente por el que parece que va a subir una araña.

Eso a veces, cuando está tranquilamente sentado tomando su descafeinado en algun bar del barrio. Nunca toma alcohol. Se toca el lóbulo de una oreja, se ríe como si hiciera esfuerzos por carcajear, pero con un tono algo infantil que dan ganas de regalarle una piruleta o retorcerle las mejillas flácidas que tiene. Los ojos son raros; cuando le mira a uno casi desaparecen las pupilas bajo los párpados y quedan en blanco como si estuviera endemoniado.

Daría un buen escritor maldito si no fuera que no ha escrito una sola línea en su vida, que uno sepa, y sobre todo, porque no tiene ningún interés en ser maldito, en ninguno de los sagrados campos del arte, que tantos malditos, cagones, vagos y petardos ha recogido en su regazo. Porque lo de escribir sería lo de menos si quisiera hacerse el maldito.

Una vez al mes se va de putas. La pensión no le da para mucho y tiene que racionar los lujos, que tampoco es mucho lujo ya que frecuenta los locales de menos glamour de la ciudad. Por lo demás no son muchas las aficiones que tiene y nos parece que lleva una vida triste, solitaria y con pocos alicientes. Sigue una dieta para no aplastarse el corazón a fuerza de engordar y sólo come ensaladas ahora. No trabaja desde que se volvió loco, que es como se le llama a las personas que no se sabe qué les pasa y se comportan de forma extraña. Lo de la serotonina y la noradrenalina subiendo y bajando dentro de las cabezas está bien como teoría (no hay más), pero no explica nada en el fondo. Quizá no haya nada qué explicar (dentro de uno la lucha entre el catecismo conformista de no todos los misterios pueden entenderse y la cabecita científica de todo puede saberse, aunque por ahora no), quizá estar loco sea simplemente no trabajar (o no tener amigos, como dijo ese señor de profesión loco, Leopoldo María Panero), y trabajar sea no estar loco, aunque parezca al revés.

El caso es que un día nuestro retratado fue a trabajar; tenía treinta y dos años. Nadie sabe porqué, ni siquiera él mismo, o él menos que nadie, desapareció. Se largó. Dónde antes había un portero de edificio público, quizá una Gobernación Civil o algo así, después no había nada. Un hueco en el aire, una nube de polvo, quizá. Se volvió loco, así de repente. Todos los locos se vuelven locos de repente, un día concreto, un jueves, por ejemplo, aunque llevan años preparando el terreno para ese gran día.

¿Por qué te largaste?

No sé.

¿Y qué pasó?

Me marché, desaparecí.

Pero, ¿dónde estabas?

No me acuerdo. Por ahí, escapado. Me cogió la policía y me llevaron al psiquiátrico, y ya empecé el tratamiento y así hasta ahora.

Después ya no volvió a trabajar. Lleva muchos años con el tratamiento, tiene cara de pastilla, o de carretera recién asfaltada. Y veo como le cuelga ese hilillo de saliva por el que quizá sí le sube una araña.

7/11/07

El misterio Sherman


Manda mucho y huele fatal, aunque intenta disimularlo echándose encima cantidades desproporcionadas de aftershave, lo que deja un reguero de olorazo allá por donde pasa. Esto no es malo del todo; es fácil saber si se acerca, y antes de que le cace a uno mirando al infinito con la mirada perdida de haber sufrido un electroshock, o leyendo blogs o periódicos o indecencias en Internet, sabe uno a ciencia cierta si se acerca el toro. Es extraño lo del olor, porque si se para mucho con uno aparece esa fragancia a pescado podrido, o a bolsa de basura orgánica, que no sabe uno si sale de su boca o de sus poros, traspasando el traje y llegando a nuestras sumisas narices. Más de uno sufrió mareos y nauseas de tenerlo mucho tiempo cerca y tuvieron que sacarlo en brazos. Tiene el aspecto pulcro de un marrano engominado, y con gafas, unas enormes que le tapan la mitad de la careta. Eso y los zapatones de suela gruesa que lleva le dan un aspecto de carro de combate, un sherman, que queda poco fino. Es gordo, o gordo de barriga, siempre de siete meses, aunque nunca acaba de parir, y camina un poco echado hacia adelante. Tiene una cabeza curiosa, más estrecha arriba y abombada abajo, sin cuello. Es una cabeza pirámide de Egipto, aunque con pliegues asentados sobre el cuello de la camisa, y le brilla mucho. De cerca la piel de su cara es como de formica, con un brillo artificial y sospechoso.

Hay muchas teorías sobre su origen y si es humano o no. Es de Segovia (la mayoría hace el chiste del cochinillo), pero algunos creen que es el producto de un experimento de Franco, como una cosa de los nazis, que también experimentaban mucho, una especie de Frankestein del trabajo, creado con los órganos de los más destacados currantes y militares de la época, y también de algunos animales, para imprimirle más fiereza y capacidad de amedrentamiento al ente. Todo son conjeturas y fantasías de subordinados, pero la verdad es que explicaría muchas cosas, entre ellas el olor asqueroso, pues no es difícil suponer que Frankenstein debía oler como mínimo a muerto, y no tenía mucha pinta tampoco de cambiarse el calzoncillo todos los días.

Ya es mayor, le falta poco para jubilarse. Después de tantos años de órdenes tajantes y de entregarse a su trabajo con una rabia de fanático apenas queda uno que no desee perderlo de vista. Gana una pasta (si fuese Presidente del Gobierno perdería dinero) y quieren jubilarlo, pero antes de perder un céntimo prefiere quedarse hasta el último día y está más rabioso que nunca, como un viejo león que se niega a dejar el circo. Los de su comunidad de vecinos están desolados, pues temen un golpe de estado y mano de hierro hasta el final de sus días.

Un día lo vi venir por la calle, de frente. Era él pero no era él; llevaba una camisa estampada, con muchas flores o vegetación tropical, abierta hasta el pecho, y por fuera, que casi le llegaba a las rodillas, con una cadena de oro al cuello y unos pantalones muy anchos. Llevaba unos auriculares que salían del bolsillo de la camisa. Me saludó un poco cohibido. No era su hermano gemelo. Pensé; ahí lo tienes, cada uno hace su papel en esta vida, o sus papeles, y fuera de ahí todo es misterio. ¿Qué se esconde detrás de la careta de cada uno? Nadie lo sabe.

26/10/07

El mecánico ruso

Es un gran local que siempre está atestado de coches, unos en lo alto, colgados, otros arrinconados con el capó abierto y el motor al aire y dan un poco la impresión de individuos en el médico con la boca abierta esperando algo, obedientes. Las aceras de los alrededores también están llenas de coches que esperan su turno o que aguardan a sus dueños, ya arreglados. El suelo tiene la famosa capa de suciedad negra, aceitosa, de todos los talleres, como un amortiguador para los zapatos que nunca suenan al caminar. Es muy fácil darle un susto al mecánico, si le tocamos en el hombro cuando tiene metida la cabeza en algún motor.

Aparco afuera, entro. El mecánico (solo hay uno, es el dueño y único empleado, todo a un tiempo) está al teléfono y un señor mayor y calvo con la frente muy salida y unas gafas enormes y el entrecejo muy arrugado, aunque parece permanente, espera que le resuelva algo. El mecánico, impaciente, habla:

— En castellano o en gallego, dice... Vai ó carallo... estos de telefónica son a hostia... ¡EN RUSO!... ¡EN RUSO!... ¡Fálame en ruso, no te jode...!

No puedo evitar sonreír, me doy la vuelta y espero afuera; hay un coche encendido y dentro apesta a tubo de escape. Acaban, acompaña al viejo hasta fuera y me mira y me saluda con un buenas caballero a todas luces demasiado formal que contrasta con el aspecto de borrón que todo taller mecánico tiene, incluido las personas que allí trabajan. Es bajito y se mueve rápido; pienso, no sé por qué, que sería un excelente hombre bala, saliendo de un cañón con un casco y volando muy tieso por encima de la ciudad. Le explico el problema y se queda mirando para el coche con la mano en el mentón. Durante unos segundos acojona como esos presentadores que dilatan la espera del concursante y aspiran a engañarlo un poco, dándole después la sorpresa agradable. No es la primera vez que lo trato y nunca tuve queja de sus amaños, al contrario, pero siempre salgo con la impresión de no acabar de cogerle el tranganillo a la conversación que mantenemos, sobre todo porque parece que nunca nos ponemos de acuerdo en el idioma, saltando del gallego al castellano en cada frase y hasta en la misma, ambos, creando paridas descomunales que le hacen a uno avergonzarse de lo que sale de la boca. Es como si la inercia del idioma que uno supone adecuado casi inconscientemente al contexto y el momento o el individuo no acabasen de concordar. No sería este un caso del llamado bilingüismo armónico, parece, aunque el coche siempre me lo deja perfecto y es barato.

¿Qué más se puede pedir?

6/10/07

El mercadillo (2)

Es difícil recorrer todos los pasillos del mercadillo; las mismas lonas y mesas, todas iguales, y las mismas señoras vestidas de negro y las mismas riñoneras atadas a barrigas enormes, con el cambio, y el laberinto que se forma confunde los sentidos de orientación más desarrollados. Es ropa casi todo y pocas porquerías de desván, como en algunos rastros; muchas bragas, fajas, todo braga 3 por 5 euros, que nadie ande sin bragas, y sujetadores blancos y beis y rojos y negros que parecen cinturones de castidad para las tetas y estos puestos de intimidades femeninas siempre están atestados de manos revolviéndolo todo, señoras prestas a buscar su talla entre las montañas de puntillas y bordados, y levantan las prendas en alto para calcular mejor o imaginar mejor sus partes cubiertas por esas monadas, y también hay muchos zapatos, con grandes tacones de aguja, que asustan un poco, y zapatillas de casa negras de señora de aldea y otras más coloristas y hasta horteras, y deportivos, y botas como cañerías que subirán las rodillas, y una anciana de negro con mandil y pañoleta y un bigote negro y los ojos hundidos en la calavera informa al dudoso, un señor de sombrero con una bota en la mano, que estos son restos de tiendas, que no son de los chinos... No son chinos, no son chinos, repite.

Los tiempos cambian y dos cosas sorprenden al mirón no habitual; parece que los gitanos hablan más en gallego, incluso forzado y tan mal como un político, lo que indica que lo usan como herramienta de trabajo para atraer al cliente, otra vez igual que los políticos, y la otra cosa que sorprende es ese afán por diferenciar sus mercancías de la que venden los chinos. Más veces oiría eso; Esto no es Chinatown.

Cosas para bebé, pequeños cadáveres sin cabeza en cajas abiertas, unos al lado de otros, que atienden viejas que pegan la hebra a cualquiera que pasa por delante, y en general casi todo es ropa que so se sabe muy bien de donde sale y de qué año sale y que hace vestir a las señoras con camisetas adornadas con puntos brillantes que forman palabras a la altura de los pechos como SEX o LOVE&SEX, pues han sido varias las que he visto calzadas sobre el busto de alguna venerable señora, y ridícula. No se vende comida. Sólo churros. El puesto se conoce rápido a lo lejos; una nube de humo blanco que riza el pelo y quita el hambre lo rodea. Un tipo vende ajos, en medio de un pasillo. No tiene pinta de haberlos recogido él mismo y habla como triste, con sordina. Es joven y mantiene baja la cabeza, el pelo grasiento le tapa la barba. Los tiene en un saco; 3 euros la bolsa. Una gitana de un puesto de zapatos le grita por encima del jaleo (su voz poderosa se oiría aunque estallase una bomba atómica cerca); Eh, tú, ajos, hoy no te me escapes como el otro día... dame una de ajos, perdido. Se los da, le paga. Se dan las gracias. Y ya me iba cuando escucho; ¡Libros a 1 euro!, y una lona en el suelo y una capa de libros que la cubre, de cualquier manera, unos por encima de otros, como un mar embravecido de volúmenes viejos. Un tipo de barba recortada blanca y con gafas y una cazadora de cuero está a cargo de la mercancía. Sin esperar gran cosa empiezo a revolver. A un lado todos son manuales de medicina viejos, en castellano sobre todo, pero también en inglés y en francés, y tomos sueltos de enciclopedias infantiles. Alguna guía de pediatría con muchas estampas de niños enfermos con manchas terribles en la piel o deformaciones. Una chica muy apurada mira uno por uno todos estos manuales. Se lleva varios. Yo me enamoro de un Tratado de patología médica, que pone tercera edición de 1937, y hay una firma ilegible en la primera página y debajo; Santiago a 20 de noviembre de 1941. El índice de materias es el paraíso de un hipocondríaco; Concepto de enfermedad, Enfermo y enfermedad, Correlaciones psicocorporales de la enfermedad, y después pasa a lo sustancioso; Dietética general, Farmacoterapia general, Balneoterapia, Hidroterapia y termoterapia... y más sobre terapias, y ya empieza con el estudio de las enfermedades; enfermedades de los órganos endocrinos, enfermedades del metabolismo y por carencia alimentaria, e infecciosas, y del corazón, y de la sangre y de los órganos hematopoyéticos. El libro es muy bonito, de buen papel y con la letra bien puesta, y en sus millones de palabras incluye algunas tan hermosas como cornezuelo, carotina, linfocito y cubreobjetos. Sigo revolviendo tranquilo y apilo lo que vale la pena a un lado; de los tochos no encuentro nada mejor y la pereza y el buen sentido de llevar mamotretos caprichosos para casa me salva, y de lo demás encuentro la biografía de Balzac por Stefan Zweig, de Hispano Americana, mayo 1948, bien conservado, aunque descoloridas las tapas, eran azules, y el segundo tomo de Alianza de Jean Santeuil de Proust y un libro de crónicas (Crónicas escogidas) del mismo de la editorial MCA, con una portada más fea que la bandera de Portugal, pero con una pinta excelente, y El espejo de la muerte de Unamuno, recopilación de relatos, editorial Juventud, y Max Aub en Salvat, y Cunqueiro en Galaxia y Marcovaldo de Italo Calvino en italiano, un libro que traducido debí leer cuando estaba en el instituto una docena de veces.

Cuando ya me falta nada más que una esquina por peinar llega el gran olfateador de tomos de la ciudad, el enemigo, un catedrático de filosofía de barba blanca que siempre aparece cuando uno encuentra algo así, y que tiene el ojo avisado y la mano muy rápida, así que apuro el rastreo y él empieza por la esquina en la que estoy y sin decirnos nada movemos aquella masa de papel en un periquete y uno coge su pila y la paga y él acaba con unos legajos. Un euro cada libro. Hablo con el gitano; estos libros son de un chaval, se los di yo, y lo que saque, me dice, es para él, para sus cosas, para que coma.

Me largo, entre animado y melancólico, con los pies fríos y pensando que estos libros a 1 euro volverán a la lona algún día, pues durarán más que uno, a no ser que venga un fuego y se lleve todo por delante. Será que los manuales de enfermedades le ponen a uno trágico. Leo las primeras palabras de Marcovaldo:“Il vento, venendo in città da lontano, le porta doni inconsueti, di cui s’accorgono solo poche anime sensibili, come i raffreddati del fieno, che starnutano per pollini di fiori d’altre terre.” (El viento, llegando a la ciudad desde lejos, trae regalos insólitos, de los que solo se percatan almas sensibles, como los resfriados del heno, que estornudan a causa del polen de las flores de otras tierras.”)

Como recién salido de una chistera aparece un gitano gordo detrás de un puesto de chinerías, innegable; de todo un poco, desde coladores para la leche hasta lápices.

- Venga, comprarme, por favoooor...

3/10/07

El mercadillo (1)

Justo delante de Hacienda, un edificio acristalado que parece un cubo de Rubik, hay una explanada enorme asfaltada en la que cada jueves se instalan los vendedores ambulantes con sus puestos. Es la feria, o mercadillo. Todo lo que se vende allí apenas existe para la Gran Recaudadora, y en cambio, los funcionarios la tienen delante de sus narices cada jueves. La mayoría de los puestos están regentados por gitanos, que gritan un poco como los antiguos charlatanes de productos mágicos que iban por los pueblos ofreciendo el cielo en botes por pocas pesetas.

Hemos bajado a ver qué se ofrece. Hace un frío que pela y en esa explanada el viento, que parece también interesado en comprarse unas bragas o unas tarteras, no deja de rondar entre los puestos. Es un viento afilado que insensibiliza las orejas a todos. Quizá sea muy temprano, aún no son las once, y algunos sacan de los maleteros sus mercancías y los van colocando con parsimonia, casi con cariño. Mientras, permanecen mudos, reservándose para después. El público, en cambio, ya da vueltas por los corredores; llevan todos las solapas levantadas, el que las tiene. Uno tras una mesa con todo tipo de cables y cargadores para móvil y relojes y altavoces me mira; Cómo pela, ehh... Lo dice dando saltitos a un lado y a otro sin dejar de disfrutar de la vida. Al sonreír se le ve que le falta una muela, o dos, y tiene los pelos de la barba incipiente muy separados, como si fuese ruso. Hay negros que venden alfombras, o marroquíes, y son también los primeros los que venden las copias piratas de las películas y los grandes éxitos musicales. Son tan rápidos de reflejos para las novedades que pueden tener a la venta películas que no solo no han sido estrenadas, sino que aún están sin terminar, y quizá algún día vendan películas que ni se le han ocurrido al autor, lo que será sin duda un prodigio y cosa de gran mérito. Siempre están muy pendientes de la policía, mirando por encima de las cabezas y sospechando hasta de su sombra. Un día salieron corriendo todos, dispersándose por todas partes, y muchos señores vestidos de personas normales le perseguían como niños. Varios coches patrulla aparcados y con las puertas abiertas alarmaban a las marujas que pasaban comiendo churros, pues parecía que algo gordo se estaba cociendo. El pasmo a estas les duraba poco pues ya nada las impresiona y están acostumbradas a ver de todo; además necesitan ropa para el invierno y no hay tiempo que perder ni sitio más barato para comprarla, que dicen los gitanos que es todo ropa de marcas que le sobra al Corte Inglés y a las tiendas. Los policías se gritaban muy agitados; se notaba que la operación era muy importante. Iban varios a por uno y lo cogieron. El otro se escapó, dijeron. Al desafortunado lo traían cogido de la camiseta entre dos, y parecían muy tranquilos, como si todo fuese un juego y ya hubiese acabado. El negro, joven y con los ojos muy abiertos y muy blancos como un negro de dibujos animados de Disney, se dejaba meter en el coche patrulla de la Nacional; los señores que lo traían, uno de ellos gordo y grande como un buey, respiraban con dificultad y parecían que tenían asma e hinchaban mucho los pechos para coger aire.

Oigo a unos gitanos que hablan en alto. No venden nada; están allí de tertulia, tres, muy juntos en medio de un pasillo. ¿Cuanto necesitas tú?, dice uno que viste un traje sin corbata y lleva el pelo largo y mojado y con un mechón cayéndole como una liana por delante de un ojo. Veintinueve millones, le responde el otro, que lleva un jersey y tiene la cara cebada y una papada tranquila y ronda los cuarenta y pico. Hay un tercero que no dice nada y parece estar aprendiendo; es joven y lo suyo es callar. El del traje está muy agitado, quiere ser convincente, y habla de unos treinta millones que alguien le deja y con el resto blablabla y los miro pero les da igual y siguen hablando de millones cuando me alejo.

22/9/07

Pequeña colección romana (2)

A Pablo

Piazza Navona, anochece. Es una piazza grande, de forma elíptica, con tres fuentes; una de ellas, la más aparatosa, la tenían rodeada de lonas y andamios. Ha sido un día lleno de cosas, como esos días de los niños que son una vida en pequeño. Los días de los niños son muy largos; por la noche, antes de dormir, la mañana se recuerda lejana. Estamos sentados de espaldas a una de las fuentes, la del Moro, creo. Un bebé de mármol intenta estrangular una serpiente marina, o viceversa. Una parte de la plaza está tomada por los pintores, los que retratan al momento y los que venden sus acuarelas de monumentos romanos y los que aprovechan para enseñar otras cosas, tan horribles que los turistas se alejan con la mano en la boca, espantados, algo mareados, creyendo que les ha sentado mal la pizza o el gelato. Hay abstractos demenciales, feos como portadas de discos new age, y que seguro provocan epilepsia y otras enfermedades mentales peores si uno las mira mucho rato. Los pintores cruzan las piernas y charlan entre ellos; un argentino (acento inconfundible) apalabra un retrato caricaturesco a un niño; lo va a clavar desde una foto, mientras los papás y el futro retratado se tomarán algo en las terrazas. El argentino está entusiasmado, se balancea en la silla; lo primero que hace es silbar, ha de contárselo a los demás. Hace gestos de triunfo, los demás apenas levantan los ojos y siguen a lo suyo y pasan de él. Fuman, parecen hartos de vivir y hartos de pintar y sueñan con destrozar a patadas sus porquerías que apenas pueden vender y que en el fondo odian. Pero no todo el rato, claro; de alguna manera hay que ganarse el espagueti y sentado charlando y fumando y no siendo más desgraciado que el resto ya se está bien. Los hay que viven peor, mucho peor.

Alejada de los corrillos y del meollo artístico tenemos a una pintora; está aislada del resto. Es una señora mayor. Tiene unos óleos o acrílicos en unos lienzos que rodean su chiringuito. Una banqueta y alrededor de las piernas las tablas. Es un busto cansado, viejo, a la que parece no importarle demasiado que se le caiga una maceta en la cabeza allí mismo. La vecchia pintora, sí, parece una mujer muy triste. Despacio va sacando botes y vaciándolos sobre una tabla. Levanta la mirada cada vez que coge un bote; mira sin mirar, como si ya nada de lo que pase en la plaza le pudiera sorprender. Un flequillo entre rubio y canoso le cae de medio lado y unos pechos enormes parecen a punto de reventar los botones de la camisa; una pequeña abertura en el centro delata la presión extrema. Su cara donde todo se cae, todo cuelga, son lagrimones de carne. Es la estampa de la borracha de película norteamericana, la que acaba tirando cosas por la ventana y gritando en medio de la calle y esquivando a tumbos los coches. Pero esta vecchia pintora no hace nada de esto; se queda tranquila, preparando el próximo cromo. A unos metros Pinocchio se pinta para la función. Pinocchio no parece Pinocchio; es un payaso joven y feliz que se maquilla con calma y no hay nariz larga, pero en la maleta dice Pinocchio. La vecchia pintora no sabe que la miro todo el tiempo; es todo lo contrario de Pinocchio, que está radiante, ilusionado y aburre. Quizá tenemos tantas nostalgias encerradas bajo las costillas que preferimos fijarnos en los que parecen más desgraciados. Mirar a alguien sin que sepa que miramos es muy interesante y muy triste, casi todo el mundo parece buena persona y dan ganas de acercarse y hablar; si el observado se da cuenta empieza actuar. Es como si quisiera decirnos algo con sus gestos si sabe que la miramos, y no suele corresponderse con lo que siente; quizá interprete para nosotros un aburrimiento estereotipado, casi con gestos de actor de película muda, o sueño, o impaciencia, o alegría. Si alguien lee el periódico y se siente observado es probable que frunza el ceño, como mostrando un interés o una preocupación exageradas por lo que lee. Pero la vecchia pintora no se da cuenta de nada; no sabe que existimos, que para nosotros ahora no existe nada más que su cara y sus gestos.

Se acerca un hombre cortado por las rodillas. Camina igual que si tuviera canillas y pies, pero se apoya sobre los muñones, que son como patas de elefante más cortas. Tampoco tiene antebrazos y lleva la barriga al aire, para completar la exposición. Después lo veríamos a los pies de la cola infinita para entrar a los museos vaticanos, tirado en una esquina. Mira a la pintora y sigue su camino.

Nadie hace caso a la vecchia pintora, nadie se para a ver sus cosas. Suerte.

Es la Roma vieja y solitaria que no sale en las guías, es ella. Es un símbolo triste y tetudo.

Pablo me dijo; Joder, cómo te gustan los lisiados. No, él también es un símbolo, pero ahora no se me ocurre de qué. Quizá nos decía con su paso tranquilo e infatigable; Pedazo de maricones, y ya estáis cansados...