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| Si el loro supiera... |
3/7/11
Juicios y homenajes
24/3/08
El monstruo de Clichy
“Primero tienes que morir, y cuando estés muerto, te clasifican. Lo primero que tienes que hacer es morirte.” (Céline, 1961)Leyendo el artículo de Vargas Llosa sobre Céline me acordé de una cosa que dice Ramón Gaya en una entrevista. Habla éste de su descubrimiento de Tintoretto, aunque su admiración no llega al punto de anteponerlo a Tiziano (para él uno de los pocos creadores que existieron jamás), como sí hizo Sartre. Y es entonces cuando Gaya justifica esta preferencia de Sartre como cosas de escritor. Lo acabo de consultar y literalmente dice: ¡Disparates de escritor! (pág. 337, De viva voz, Pre-textos, 2007). Se ve que la memoria es benévola y más diplomática.
Esto viene al caso al acordarme de Céline, que lo leí hace tiempo y siempre me ha hecho gracia lo poco que se ha escrito sobre él, a pesar de que siempre le gusta mucho a los de cátedra esos escritores con vidas agitadas y más o menos aventureras y sufrientes.
De Céline se habla siempre un poco de lo mismo, cuando se le nombra. Pasa a la historia como un gran disparate ideológico. Que si le rezaba a Hitler, que si era xenófobo. Como si lo que opinase Louis Ferdinand Destouches (el nombre real de Céline, seudónimo por su madre) sobre el devenir político nos importase algo, o tuviese que importarnos algo. Y menos ahora, a cincuenta años vista. El individuo Céline, el tipo de carne y hueso y bilis, fue un simple palurdo que no entendía de soluciones. (Palurdo en el sentido literal de la palabra, que dice el María Moliner: “Se aplica a las personas toscas e ignorantes, y a su lenguaje, acciones, etc. Sin. Paleto.”)
Lo suyo era ver la porquería y contarla. Y no sólo la veía perfectamente (la veía, la olía, la sentía, la sudaba) sino que la contaba un poco a gritos, un poco a susurros, como si escribiese notas, música. Un motete, lo suyo, para ser cantado. A pesar de su voluntad de estilo, a pesar de sí mismo, fue un gran escritor, y esa es su lección. Y el escepticismo; un tipo que por no creer en nada hasta llegó a creer en el gobierno de Vichy. Sacar la lista de acusaciones políticas es cuanto menos sorprendente y es no haberlo leído bien, o no haberlo entendido o no haberlo querido entender. Sartre dijo aquello de que Céline sería, de todos, el que quedaría, y lo dijo claro con su algo de coña y su mucho de resignación, como si recordarse las bromas que suele gastar el destino en lo literario.
Si Céline se hubiera quedado en la retórica oral (que también la hubo y cayó en ella al final) para la que estaba tan dotado no hubiese valido gran cosa lo suyo. Quizá explotó el gran oído que tuvo, como un terrateniente sureño exprimía a sus esclavos. Su maldición, en cambio, fue el no entender nada. Pero lo que interesa del escritor y de este en particular es el cuadro más o menos vivo que deja, poco embadurnado de maniqueísmo ideológico, a no ser el verlo todo caer por un barranco y nada más. Dejó en sus libros un panorama desolador; el mundo se cuela por el váter. Pero fuera de sus libros aquello que vivió le hizo sacar conclusiones bastante peregrinas, en la que cabían conspiraciones semitas para acabar con la gran Francia y su cultura y su raza y eso que se sigue escuchando en otros sitios y de otros palurdos. Pudo ser un francés cualquiera que curaba enfermos en Clichy y maldecía en las tabernas. Pero, por un exceso de sensibilidad o por aburrimiento de sí mismo, escribió y ahí es dónde hay que encontrarlo y dónde interesa.
En mi opinión, lo mejor de él es Muerte a crédito, y una novela sorprendente (al menos por aquellos años) que ahora me parece algo menos grande que cuando lo leí hará unos diez años. Su famoso Viaje al fin de la noche. Condenar al escritor por el gran paleto nacionalista que era su cáscara de hombre me parece hasta injusto. Nadie se indigna mucho al escuchar a Rajoy su reciente exhibición de xenofobia electoralista y ahí está, el tío, tan tranquilo, dispuesto a seguir asociando emigrantes y delincuencia y maldiciendo en la taberna esa en la que se convirtió el Congreso.
Céline en lo único que creía era en la muerte. En Viaje al fin de la noche dice: “Es triste el espectáculo de la gente al acostarse; se ve claro que les importa tres cojones cómo vayan las cosas, se ve claro que no intentan comprender, ésos, el porqué de que estemos aquí. Los trae sin cuidado. Duermen de cualquier manera, son unos calzonazos, unos zopencos, sin susceptibilidad, americanos o no. Siempre tienen la conciencia tranquila. […] La verdad de este mundo es la muerte.”
A Vargas Llosa, aunque parece haberlo leído con atención (espero que no le hayan salido unas arruguas en la napia de tanto asquearla), al final opta por desempolvar al Céline palurdo, el que sale con sus perros en la cama y tiene problemas de estómago y un pitido en el oído y maldice el mundo como cualquier vecino analfabeto, viendo conspiraciones amarillas o semitas a su alrededor. Una pena que elija al paleto. ¿Qué sería de los Nerudas, Albertis, Bergamín o García Márquez ahora si nos quedásemos sólo con su palurdo?
