Toda una vida recuperando finales. Media vida viendo películas a medias y la otra media vida buscando los finales. Esto me lo contó desolado un matrimonio mayor. Nunca les daba tiempo a ver las películas en el cine enteras, ya que la hora que le marcaban a la chica para volver no les dejaba ver casi ningún final. Inflexible era el padre. Intentaban darme, supongo, una lección sobre el cumplimiento de las normas etcétera, teniendo en cuenta que uno era adolescente y novio de su única hija, la joya de la corona. Cosas de la edad. Me siento un poco igual ahora, buscando uno finales en esos libros que hemos leído hace mucho y que permanecen en ese limbo donde todo es algodonoso y unos ángeles tocan un arpa y la contemplación, la mera contemplación de un ojo triangular, es la repera. Un paraíso como otro cualquiera, ficticio y hermoso, vecino quizá de ese otro con setenta y pico vírgenes y comida en abundancia y vino y todos esos placeres que casi nadie tiene aquí abajo, ininterrumpidamente al menos.
El paraíso de los libros leídos y recordados es un poco como esos otros paraísos. Una entelequia, un refugio. Encontrar su final es volver a leerlos. O volver a leerlos es encontrarles un final, descabezarlos para siempre o dejarlos en ese limbo. Volver a ellos es volver a la realidad; muchos se van cayendo del santoral. Los que se quedan, los que resisten esa segunda o tercera vuelta, esos son los nuestros, los que valen, los que te acompañarán, viejo, cuando nadie hable a tu lado, cuando no puedas pegar ojo, cuando la tele explote harta de sí misma y de que cambiemos de canal todo el rato.
A veces creo que más que admirar un libro soñamos los días en el que lo leímos. Cuando vemos que todos esos recuerdos no vienen en el libro, cuando vemos que en el libro solo viene el libro, y es ahí cuando nos decepcionan. Ya digo, con otros el libro es suficiente. Hay uno que no he vuelto a coger desde que cayó en mis manos hará por lo menos quince años. Se trata de Molloy, de Beckett. Los dos que le siguen sí, de la trilogía, los he mirado después, y creo que son inferiores al primero.
Toda esa parafernalia de Beckett, el sinsentido de hacer caca cada día para volver a comer después, o viceversa, el absurdo de la vida en definitiva (vaya lugar común ahora), es poca cosa, es calderilla, que fue demasiado masticada y ya está más que digerida, aunque solo sea por hartazgo. Y excretada, supongo. Pero Molloy es otra cosa; es decir, es lo mismo de otra manera. Es como si no fuera tan consciente de lo que quiere decir, de ningún mensaje que dar. Es un absurdo dentro del absurdo, un paso anterior al asco intelectual, más artificioso. Más que un libro es un ardor indefinido, como leerse una de callos. Aquel sofá que ya es historia, ahí estaba uno, tieso como un maniquí, ante la ventana; leía sin entender un carajo dónde estaba y qué me estaba contando aquel irlandés. Y mi madre diciéndome:
— Quita los pies de la mesa.
Dios. Uno en un planeta extraño y ella pidiéndome que quitara los pies de encima de la mesa cada diez minutos. Mi madre no sabía que a su hijo lo estaban abduciendo unos fantasmas, unos entes microscópicos, unas manchas sobre el papel, como después, o antes, le pasaría a la niña aquella de Polstergeist con la nieve del televisor. Y no habría una vieja enana para sacarme de allí. Aquí sigo, no sé dónde. Por eso prefiero no volver a tocarlo, el libro. Y además ya no tengo aquella edición de Alianza, vieja; lo dejé y no he vuelto a verlo. Las ediciones de bolsillo de Alianza ahora son una porquería. La mejor definición de la obra de este irlandés la dio Cioran (otra vez Cioran): “Más de uno de sus páginas me parece un monólogo de después del final de algún período cósmico.”
Siento que mi madre va a entrar de un momento a otro y me va a decir:
— Quieres quitar los pies de la mesa, que ya me tienes harta.
