20/9/09

Baila pogo sobre un nazi


Puede que a algunas películas ni siquiera les pidamos que sean buenas. Hacen películas buenas los que no pueden hacer otra cosa. Lo mismo se puede decir de los libros. Claro que lo más sano es que el que pueda se trabaje algo bueno, por si acaso, por si es un insoportable o un mentiroso y torturador que odia a la humanidad y hace películas o novelas como quién se quita los zapatos y los calcetines para que el que pase sufra los mareos que produce el fuerte olor a sudor de queso caliente. Digo, entonces, que hay una sinceridad artística (posiblemente la única verdad que subyace a toda obra y estética, lo demás es paja) y que consiste en lo siguiente: ¿Disfrutaría uno como espectador o lector con lo que uno mismo hizo?

Esto viene al caso porque ayer fui a ver la última película de Tarantino. Siendo el tal el director soy de los que piensan que sólo por eso ya merece la pena meterse en el cine a ver que nos cuenta. Puede decepcionar, y algunas de sus películas decepcionan en alguna medida, pero siempre a otro nivel que los trabajos forzados de otros directores (véase, o mejor dicho, no se vea, Enemigos públicos, del afamado Michael Mann, una auténtica birria inmunda pretenciosa y barata). La película de Tarantino no es la mejor de él. Yo diría que es incluso tirando a mala. Pero también diría; ¿y qué? Sólo por ver el disparate final, esa escena propia de una de las salas del infierno de Dante acondicionada para ametrallar y asar nazis por los siglos de los siglos (que es lo que duran los infiernos, me parece), ya merece la pena. Poco más hay que decir. Se podría titular la película, a modo de resumen, Baila pogo sobre un nazi, como una canción que recuerdo ahora. Se habla tanto de la película en los periódicos que uno ya va a verla sabiendo hasta dónde tiene que reírse, como si le escribieran un guión de su actuación como espectador, y también qué pensar después de verla.

Sí, lo más destacado es el tal Watlz, como actor. Merecido premio ganado en Cannes. Está muy bien. Sobre todo en la primera parte de la película. La mejor escena de toda la película es sin duda la primera; el capítulo uno. Una escena de suspense muy bien contada, muy bien interpretada. Yo creo que al final el personaje de Hans Landa y el propio Watlz, que lo interpreta (quizá estupefacto) se descomponen, como si estuviese poseído por otra personalidad no del todo coherente con lo que hasta ese momento era. Y no tanto por lo que hace o deja de hacer, sino por el cómo. Se convierte en un muñeco ridículo.

Una vez más en una película de Tarantino sucede que tienen más vida los secundarios que los protagonistas. Es tan fuerte esta sensación siempre que cada uno de ellos parece reclamar una película para sí mismo. La mejor película de Tarantino siempre es la película que puede verse si nos desviáramos de la línea principal del argumento, la que imaginamos con ese secundario contado entero a lo largo de una película; el Robert de Niro en Jackie Brown, el sheriff y su hijo número no sé qué en Death Proof y en Kill Bill. Etcétera. Pero es un espejismo, probablemente. Le van bien las películas corales a este hombre. Quizá la fuerza esté en la insinuación de algo que no se cuenta del todo; el personaje se nos escapa, sin contarnos todo lo que tiene que decirnos, que nos parece más interesante que lo que tiene que suceder en la película.

Y volviendo a la pregunta y al tema del principio de este comentario: ¿Disfruta Tarantino con sus películas, haciéndolas o viéndolas? Es evidente que sí. Eso no quiere decir que sea bueno lo que hace ni digno de ver, pero eso lo salva de alguna manera.

Hace años fui a una ópera de Michael Nyman. Era una cosa horrible, que mezclaba de forma muy hábil lo peor del pop (estribillos cansinos repetidos hasta la saciedad) con lo peor de la ópera, el énfasis y la pretenciosidad más hueca. El caso es que el compositor estaba allí, a pocos metros de mi butaca, recostado en el gran día de su engendro minimalista, con el auditorio repleto, y roncando como una bestia. La cabeza ladeada, la boca abierta, la mano en la cara de almohada. Por supuesto cuando abrieron las puertas en el descanso salí de allí, cabreado por el tiempo que había perdido y aliviado al menos porque no había pagado un duro. Uno no se imagina a Tarantino durmiéndose en un pase privado de su película; uno se lo imagina atento y maravillado con su broma, como la criatura que pone un petardo bajo el asiento de la maestra y espera que explote dando gracias a dios por que exista un mundo en el que eso sea posible. Y eso es en definitiva de lo que hablamos cuando hablamos de arte, hacer lo que a uno le gustaría que existiese en el mundo y que no existe.

15/9/09

Más Borges y Bioy


2/9/09

Come en casa Borges


Hay que llegar a la página 848 (de la manera que sea, saltando mucha paja) para encontrar la clave de este diario monotemático: "Vos y yo nos estamos pareciendo a Bouvard y Pécuchet."

Puede que el modelo de Bioy Casares para retratar a su amigo Borges a lo largo de mil seiscientas páginas sea el Johnson de Boswell, o el Goethe de Eckermann, pero más que nada se queda la cosa en el compadreo de un Bouvard y Pécuchet argentinos y argentinistas, que ponen a parir a todo aquel que se mueva. El desfile de idiotas (palabra muy recurrida en sus conversaciones) y fracasados literarios ocupa la mayor parte del libro. Es en ese sentido un libro penoso; la literatura, y la poesía sobre todo, como una ciencia exacta asaltada por gorilas analfabetos. Borges y Bioy dan la impresión de estar rodeados por una pandilla de oligofrénicos que cometen errores de bulto nada más abrir la boca o publicar algo. No se salva nadie (y lo peor es que muchas veces razón parece que no les falta), y no sólo de la caterva de escritores argentinos del momento; de la literatura española no encuentran a uno que aporte algo desde Cervantes y Góngora, y aún así con reparos hacia estos dos. A Borges Cervantes, en realidad, no le acaba de convencer; le parece un poco chapucero para su gusto, o si acaso poco inglés. Claro que le emociona El Quijote, pero odia demasiado lo español para admirarlo sin reservas. Y con el tiempo prefiere a Góngora antes que a Quevedo, que le parece un tipo sin corazón, incapaz de sentir nada. Baroja y Unamuno son los únicos potables del momento para ellos (Azorín fue un pecado de juventud de Bioy), pero tampoco pueden tomarlos en serio. En el país de los ciegos los cojos etcétera. Nada. Resulta, no sorprendente, pero sí llamativo, por lo insistente, por lo presente a lo largo del libro, ese desprecio absoluto por la literatura española, y en general por todo lo español. Se me dirá; tiene razón. Puede ser, hay gustos para todo. Pero cagarse en Cervantes y Baroja para después sacar cada dos por tres al Martín Fierro o a Evaristo Carriego, pues resulta cuanto menos extraño. Se le nota a Borges, aun con su anti-freudismo, su gusto por acuchillar al padre, o a la madre. Como el hijo que al hacerse mayor ve a sus padres un poco demasiado brutos para su nariz refinada.

Ya digo, este diario es un pedrusco un tanto absurdo. Demasiadas páginas para hablar mal de nombres que por lo menos ahora ya no nos dicen nada ni nos importan. Ni siquiera hay retratos memorables, negativos o positivos. Cada entrada es un telegrama al que sólo le faltan los stops, como si en lugar de escrito estuviera dictado a una grabadora. Encontramos desprecios más o menos avinagrados, más o menos ingeniosos, más o menos aburridos. Bioy anota lo más importante o destacable de cada conversación con Borges, o sobre Borges. Hay frases y comentarios interesantes, sobre todo cuando habla de la buena literatura, pero tan perdidos entre la maraña de localismos, política y odios personales que no salva al libro. El objetivo primero de este diario, además, parece uno; consignar todas las veces a lo largo de la vida que Borges come en su casa. "Come en casa Borges" es la primera frase de la mayoría de las entradas del diario. Y no pocas veces la única. Es como si todo lo demás, las conversaciones y resúmenes de las jornadas con Borges, fueran añadidos casuales al objetivo primero del diario, inexcusable, que sería saber con exactitud cuántas veces come de gorra en su casa el ilustre colega.

Borges tenía curiosidad, lo dice, creo, varias veces, por saber si el doctor Johnson estaba al tanto del libro que Boswell estaba escribiendo sobre él, y si eso sería un factor que determinaría que en sus últimos años bajase mucho su producción literaria. ¿Sabría Borges que Bioy escribía un diario minucioso sobre cada conversación que tenían?

Pensaba copiar aquí un fragmento que para mí es uno de los más graciosos y poéticos; una conversación breve sobre las veces que se levantan a mear por la noche y lo felices o infelices que se sienten en ese momento. Tenía su gracia, si no recuerdo mal, si acaso por lo inocente que resultaba entre tantas conversaciones insustanciales sobre grandes temas. Cuando lo encuentre, si lo encuentro lo pongo en una próxima entrada.


PD: Gracias al índice he dado con el fragmento que comento arriba:

"Hablamos de lo que uno siente al despertarse, en medio de la noche o por la mañana. Borges dice que él despierta por la mañana, feliz; Peyrou, que despierta a las seis, a orinar -con mucho sueño, sin otra idea que el sueño, pero con tantas ganas de orinar que se levanta- y que luego, cuando despierta pour de bon, tiene una sensación de frustración y de tristeza. <> Yo explico que a eso de las tres o cuatro voy a orinar y que orino con profundo abatimiento, diciéndome que la vida es horrible, pero que cuando despierto para el desayuno estoy feliz. Borges dice que él también va a orinar a las tres o cuatro de la mañana; que no sabe si tienes ganas o no, pero que para no seguir tratando el asunto, se levanta."