17/3/08

El desaparecido


Da la impresión de tener la cara muy caliente. Tiene sesenta y pico años. Vive solo en un estudio del barrio de Pelamios, ese grupo de edificios y casitas que hay tras el monasterio de San Francisco. Camina muy echado hacia adelante, como si le pesara mucho la barriga, y puede ser porque le sobresale por encima del pantalón y le presiona los botones de la camisa. Si os cruzáis con él es probable que no os mire porque no levanta la vista del suelo y parece contarse los pasos. Si os saluda agitará una mano y quizá os diga algo con esa voz de adulto crío que tiene. Una voz rasgada de inocente puro, aunque esto no quiere decir que sea idiota. Los que no lo conocen y lo ven pueden pensar que es un borracho, y efectivamente, muchos lo piensan; el rostro blando y como hinchado, muy rojo, el labio inferior grande y caído, que nos deja ver la fila de dientes de abajo y un lago de saliva apresado por ese labio grueso que no puede contenerlo todo y deja fluir un hilillo por la comisura.

Un hilillo transparente por el que parece que va a subir una araña.

Eso a veces, cuando está tranquilamente sentado tomando su descafeinado en algun bar del barrio. Nunca toma alcohol. Se toca el lóbulo de una oreja, se ríe como si hiciera esfuerzos por carcajear, pero con un tono algo infantil que dan ganas de regalarle una piruleta o retorcerle las mejillas flácidas que tiene. Los ojos son raros; cuando le mira a uno casi desaparecen las pupilas bajo los párpados y quedan en blanco como si estuviera endemoniado.

Daría un buen escritor maldito si no fuera que no ha escrito una sola línea en su vida, que uno sepa, y sobre todo, porque no tiene ningún interés en ser maldito, en ninguno de los sagrados campos del arte, que tantos malditos, cagones, vagos y petardos ha recogido en su regazo. Porque lo de escribir sería lo de menos si quisiera hacerse el maldito.

Una vez al mes se va de putas. La pensión no le da para mucho y tiene que racionar los lujos, que tampoco es mucho lujo ya que frecuenta los locales de menos glamour de la ciudad. Por lo demás no son muchas las aficiones que tiene y nos parece que lleva una vida triste, solitaria y con pocos alicientes. Sigue una dieta para no aplastarse el corazón a fuerza de engordar y sólo come ensaladas ahora. No trabaja desde que se volvió loco, que es como se le llama a las personas que no se sabe qué les pasa y se comportan de forma extraña. Lo de la serotonina y la noradrenalina subiendo y bajando dentro de las cabezas está bien como teoría (no hay más), pero no explica nada en el fondo. Quizá no haya nada qué explicar (dentro de uno la lucha entre el catecismo conformista de no todos los misterios pueden entenderse y la cabecita científica de todo puede saberse, aunque por ahora no), quizá estar loco sea simplemente no trabajar (o no tener amigos, como dijo ese señor de profesión loco, Leopoldo María Panero), y trabajar sea no estar loco, aunque parezca al revés.

El caso es que un día nuestro retratado fue a trabajar; tenía treinta y dos años. Nadie sabe porqué, ni siquiera él mismo, o él menos que nadie, desapareció. Se largó. Dónde antes había un portero de edificio público, quizá una Gobernación Civil o algo así, después no había nada. Un hueco en el aire, una nube de polvo, quizá. Se volvió loco, así de repente. Todos los locos se vuelven locos de repente, un día concreto, un jueves, por ejemplo, aunque llevan años preparando el terreno para ese gran día.

¿Por qué te largaste?

No sé.

¿Y qué pasó?

Me marché, desaparecí.

Pero, ¿dónde estabas?

No me acuerdo. Por ahí, escapado. Me cogió la policía y me llevaron al psiquiátrico, y ya empecé el tratamiento y así hasta ahora.

Después ya no volvió a trabajar. Lleva muchos años con el tratamiento, tiene cara de pastilla, o de carretera recién asfaltada. Y veo como le cuelga ese hilillo de saliva por el que quizá sí le sube una araña.

13 comentarios:

M. dijo...

Tu galería de retratos es impagable, Mabalot. Menudo lujazo.

conde-duque dijo...

Si es que es el que vale, vale. Más intuición que técnica es lo que yo veo ahí.
En fin, ya no me queda más que decir del Mabalot retratista. Hace tiempo que se agotaron los elogios.

Mabalot dijo...

Buenas. ¿Qué quieres decir? ¿Me falta técnica? ¿Ves alguna carencia en ese sentido?
Es como si después de hacer el amor nos dice ella: Qué pasión, qué fuego, pero con un poco más de técnica nos habríamos arreglado.

Por supuesto, y una vez más y las veces que hagan falta, gracias por los elogios.

The sea, the sky, the dust dijo...

Creo que me cruzo con personas como el retratado muchas veces cada semana. Lo sientes, lo hueles, lo piensas, pero nunca haces nada. ¿Hay algo que se pueda hacer?, la palabra ayuda me viene a la cabeza pero creo que no encaja en este tipo de situaciones. Quizá, lo más adecuado se el respeto.

conde-duque dijo...

No, no, no me refería a eso. Más bien quería decir lo contrario. Me he expresado mal...
En realidad era una continuación mental (por mi parte) de la conversación sobre las técnicas y talleres que tuvimos el otro día.
Quería decir que no creo que te haga falta aprender técnicas ni nada de eso. Que lo fundamental para escribir bien (llamémoslo intuición, por decir algo) ya lo tienes, y este retrato es un buen ejemplo. Y que lo otro (llamémoslo técnicas) lo que puede hacer es acabar matando esto, quie me parece mucho más importante.

Mabalot dijo...

Sí, suponía que ibas por ahí, pero prefiero preguntar al que sabe y saber donde fallamos. Entiendo lo que dices, pero no lo comparto. Creo que la intuición o el instinto o el hígado que uno tenga no lo mata nada (bueno, al hígado el alcohol, ya se sabe). Y aprender eso que se llama oficio sólo puede proporcionarle a uno la capacidad de exponer lo que quiere decir de forma más eficaz. Es la manida metáfora de ampliar la paleta de colores.
Lo mismo un músico, cuanto más sepa hacer más puede decir. Otra cosa, y por ahí vas tú, creo, es que uno se quede en eso, en lo que sabe hacer, sin nada qué decir detrás. La literatura está colmada de este tipo de escritores.
Me recuerda a esos tipos que podrían estar horas dando toquecitos con el balón (mil, dos mil) y si los sacas de ahí no saben ni dar un pase a dos metros.

Sigo pensando que el mejor taller y la mejor lección de escritura está en la lectura. Leer, leer, leer. Se aprende sin querer si uno lee por placer, como por osmosis.
No entiendo, cojones, a esos escritores (los hay, sin ir más lejos uno de los señores nocilla) que dicen que no leen o que leen muy poco.
Si todo es lo mismo; escribir es el reverso de leer, y leer el reverso de escribir, como una moneda.

Hola, mar, cielo y polvo. Tienes un rincón chulo. Paciencia, que ya llegarán los lectores. Estoy pendiente de la encuesta de los pedos, a ver que se cuece...
Por cierto, ¿dónde vives? ¿en un psiquiátrico? Para encontrarte a jamados todos los días. No estaría mal tener un lector en el psiquiátrico.

conde-duque dijo...

¿El oficio?
¡¡¡Dios, no!!! Mabalot!!!! Te estoy perdiendo!!!!.......................................................

Mabalot dijo...

En todo caso dije oficio, no profesionalidad. Y lo repito. Hay una forma muy romántica de ver esto del escribir, del pintar etc... como si uno fuese una especie de elegido divino, y yo lo veo de otra forma. En la gente que leo (en ti también) hay OFICIO, hay artesanía, hay una intuición de cómo desarrollar esta labor, y de hacerlo bien. Algo más, claro, mucho más. Ahí está la diferencia entre unos y otros.
Te puedo asegurar que eso de enchufarse al más allá, conectar con las musas y todo eso, sólo le sirve al que sabe hacer su tarea. Yo recuerdo lo que escribía con 16 años y estoy seguro que a nadie le entusiasmaría leerlo. Ni siquiera podría leerse, entendiendo algo. Tuve que leer mucho (ya olvidándome de escribir ni nada) para conseguir que se entendiera algo de lo que me salía en el papel. No leía uno para aprender nada, pero sin querer aprendemos cómo hay que escribir para una cosa; que el que nos lea se haga una idea de lo que contamos.
Es, por supuesto, oficio, que no profesionalidad. Oficio es saber hacer unos zapatos a mano, un cesto, un tapete para poner encima de la tele. Una novela.
Claro que si sólo nos quedamos con esa parte nuestra de oficio (de zapatero remendón) hacemos cosas así muy cagonas (no quiero nombrar a nadie). Y lo contrario, púes también, todos seríamos un poco dadaístas.
Yo creo que deberías tener claro eso; uno puede trabajar con las palabras y los sentimientos mejor o peor, según talento, pero no hay que olvidar que esto de escribir no deja de ser también algo artesano, modesto, y no hay que creerse muy artista ni demasiado inspirado como si nos dictase el espíritu santo. Y para que te dicte el espíritu santo has de saber como componer lo dictado. A Javier Marías también parce dictarle el espíritu santo pero él lo embarulla mucho, se lía y nos lía. La famosa biblia en una lenteja, que dijo Reig.

Mi talento no se puede cambiar. Apoquino con lo que tengo. LO que sí puedo aprender es a manejar mejor ciertos recursos, que sí, son de oficio, herramientas. Que no quiere decir que no sea un bastante escéptico con lo que puedo aprender de un "profesor". Ya dije, se aprende leyendo, sobre todo.
No veas oficio como un mecanismo de repetición, ausente de todo lo demás, alma o lo que sea. Quizá la palabra no sea del todo adecuada.
Pero iba por ahí; me gusta ver esto de escribir un poco también como una artesanía delicada que uno hace sobre un teclado. O incluso con un bolígrafo; sigo teniendo la manía de los cuadernos y sigo anotando cosas todos los días.

Quiero verlo así.

Buenos días.
(Escribir es algo así como construir violines. Es la artesanía (¿arte?) que más se asemeja, me parece.)
Baroja hablaba de "fabricar" novelas...

conde-duque dijo...

Era en broma, exagerando... Confío en que no mates a Mabalot.

Para mí intuición no tiene nada que ver con la inspiración divina, las Musas y el artista iluminado (ya sabes que esas ideas románticas me repatean), sino su sentido griego original: saber mirar. O, como dijo Cervantes y repiten Trapiello y Mabalot, saber sentir.
A eso me refería. Y eso no se enseña ni se aprende como una tabla de multiplicar.

En cuanto a lo del oficio, lo del artesano, bueno, sí, el "saber hacer" del zapatero que hace zapatos está muy bien. Pero en literatura eso se aprende leyendo y escribiendo mucho, simplemente. No es un proceso de aprendiz-maestro (reglas del "arte de pescar" o "el arte de hacer zapatos"... eso significaba arte) como en esos otros gremios, que generalmente pasaban de padres a hijos.
No, no creo en el gremio de escritores, con su calle y sus talleres todos fabricando novelas: ni artesanalmente ni en producción en serie, como sucede a veces.
Por lo demás, como (casi) siempre, estamos de acuerdo.

conde-duque dijo...

En el fondo siempre es el mismo problema por mi parte.
Acepto -por supuesto- que existe una parte técnica en el "arte de hacer novelas" y en el "arte de hacer relatos" (en poesía lo veo más chungo), aunque prefiero que todo eso sea algo que se le vaya metiendo a uno en el cuerpo de forma natural (o sea leyendo y escribiendo).
Pero no veo lo equivalente en "el arte de escribir", en ese saber mirar-sentir-pensar-escribir, que es lo que más me gusta y me interesa.
Y eso que he estudiado mucho -y con mucho placer- Retórica Clásica... O quizás por eso mismo.

Me temo que moriré siendo todavía un antinovelista amateur, solo y sin un duro en los bolsillos. Bueno, quién sabe. Lo mismo mañana cambio de parecer.

Mabalot dijo...

Y si desaparece mabalot ya aparecerá otro. Nada es eterno.
Creo que en el fondo, o no tan en el fondo, lo que pasa es que siento cierta aprensión hacia el artista que es muy artista. Lo decía Pla: Siento una tendencia a desconfiar de los que son demasiado artistas.

Pero no te creas; cuando hablo de esa artesanía, o "como artesanía", no me refiero, claro está, a fabricar novelas tipo Zafón, o Follet, o esos. Esos fabrican mercancías con forma de libros, y está bien que a algunos les atraiga eso, tiene que haber de todo, pero un libro o literatura es otra cosa.
Estoy pensando en Baroja, que es una artesanía creativa, una artesanía sin molde. Quizá lo que me gusta es la actitud del artesano (afrontar la tarea como un artesano, nada de gremios, tío, cada uno en su cuarto) haciendo algo que sólo uno hace, su construcción de palabras.

En todo caso sigo (desgraciadamente) teniendo una cierta desconfianza hacia la novela y el relato. Lo que se dice a groso modo, ficción. Esta desconfianza (involuntaria) es un error. Lo que pasa es que cada uno ha de encontrar su propio molde, su seguridad. Así lo veo yo. Tú tienes que encontrar el tuyo, tu novela, o como quieras llamarlo.

En definitiva; a mí me gusta escribir, y lo de ser escritor secreto o inédito a esta edad puede ser normal, más o menos, pero más mayor es un poco triste. O renuncias a perder el tiempo, o quizá no puedes y eres uno que escribe como otros meten barquitos en botellas o coleccionan sellos o monedas o fotos de tías en pelotas. Una de esas aficiones un poco tristes.

Por lo menos se divierte uno y discute aquí de algo interesante.
Ya es de agradecer.

conde-duque dijo...

Jajaja, pobres coleccionistas de sellos y monedas. Se te van a echar encima sus asociacionistas... gremiales.

Pues lo de los barquitos en botellas tiene que tener su aquél.

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