2/2/08

De releer y otros golpes

Toda una vida recuperando finales. Media vida viendo películas a medias y la otra media vida buscando los finales. Esto me lo contó desolado un matrimonio mayor. Nunca les daba tiempo a ver las películas en el cine enteras, ya que la hora que le marcaban a la chica para volver no les dejaba ver casi ningún final. Inflexible era el padre. Intentaban darme, supongo, una lección sobre el cumplimiento de las normas etcétera, teniendo en cuenta que uno era adolescente y novio de su única hija, la joya de la corona. Cosas de la edad. Me siento un poco igual ahora, buscando uno finales en esos libros que hemos leído hace mucho y que permanecen en ese limbo donde todo es algodonoso y unos ángeles tocan un arpa y la contemplación, la mera contemplación de un ojo triangular, es la repera. Un paraíso como otro cualquiera, ficticio y hermoso, vecino quizá de ese otro con setenta y pico vírgenes y comida en abundancia y vino y todos esos placeres que casi nadie tiene aquí abajo, ininterrumpidamente al menos.

El paraíso de los libros leídos y recordados es un poco como esos otros paraísos. Una entelequia, un refugio. Encontrar su final es volver a leerlos. O volver a leerlos es encontrarles un final, descabezarlos para siempre o dejarlos en ese limbo. Volver a ellos es volver a la realidad; muchos se van cayendo del santoral. Los que se quedan, los que resisten esa segunda o tercera vuelta, esos son los nuestros, los que valen, los que te acompañarán, viejo, cuando nadie hable a tu lado, cuando no puedas pegar ojo, cuando la tele explote harta de sí misma y de que cambiemos de canal todo el rato.

A veces creo que más que admirar un libro soñamos los días en el que lo leímos. Cuando vemos que todos esos recuerdos no vienen en el libro, cuando vemos que en el libro solo viene el libro, y es ahí cuando nos decepcionan. Ya digo, con otros el libro es suficiente. Hay uno que no he vuelto a coger desde que cayó en mis manos hará por lo menos quince años. Se trata de Molloy, de Beckett. Los dos que le siguen sí, de la trilogía, los he mirado después, y creo que son inferiores al primero.

Toda esa parafernalia de Beckett, el sinsentido de hacer caca cada día para volver a comer después, o viceversa, el absurdo de la vida en definitiva (vaya lugar común ahora), es poca cosa, es calderilla, que fue demasiado masticada y ya está más que digerida, aunque solo sea por hartazgo. Y excretada, supongo. Pero Molloy es otra cosa; es decir, es lo mismo de otra manera. Es como si no fuera tan consciente de lo que quiere decir, de ningún mensaje que dar. Es un absurdo dentro del absurdo, un paso anterior al asco intelectual, más artificioso. Más que un libro es un ardor indefinido, como leerse una de callos. Aquel sofá que ya es historia, ahí estaba uno, tieso como un maniquí, ante la ventana; leía sin entender un carajo dónde estaba y qué me estaba contando aquel irlandés. Y mi madre diciéndome:

— Quita los pies de la mesa.

Dios. Uno en un planeta extraño y ella pidiéndome que quitara los pies de encima de la mesa cada diez minutos. Mi madre no sabía que a su hijo lo estaban abduciendo unos fantasmas, unos entes microscópicos, unas manchas sobre el papel, como después, o antes, le pasaría a la niña aquella de Polstergeist con la nieve del televisor. Y no habría una vieja enana para sacarme de allí. Aquí sigo, no sé dónde. Por eso prefiero no volver a tocarlo, el libro. Y además ya no tengo aquella edición de Alianza, vieja; lo dejé y no he vuelto a verlo. Las ediciones de bolsillo de Alianza ahora son una porquería. La mejor definición de la obra de este irlandés la dio Cioran (otra vez Cioran): “Más de uno de sus páginas me parece un monólogo de después del final de algún período cósmico.”

Siento que mi madre va a entrar de un momento a otro y me va a decir:

— Quieres quitar los pies de la mesa, que ya me tienes harta.

Beckett pensativo, parece estar asistiendo a su propio entierro. El terror de las fiestas.

7 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Mantengo una relación extraña con mis libros leídos. Necesito releer muchos de ellos, me hace bien hacerlo, y vuelvo regularmente sabiendo lo que voy a encontrar y encontrándolo. Me pasa con Galdós, por ejemplo. Y con El Quijote. Sin embargo, cada vez más relecturas me descolocan demasiado, me hacen sufrir, me llevan a lugares que sé que he visitado, pero que no reconozco. O quizás es a mí misma a la que no reconozco y, lógicamente, ya nada encaja. Supongo que, como bien dices, Mabalot, los recuerdos que te trae un libro no son sólo los de su lectura, y me estoy dando cuenta de ello de una manera brutal, en los últimos tiempos. Yo era una relectora obstinada y feroz. Ahora empiezo a preguntarme si me compensa el sufrimiento de esos viajes de los que cada vez vuelvo más tocada...

conde-duque dijo...

Joder, Mabalot, a veces pienso que hemos llevado vidas paralelas... Yo también tuve mi época Beckett, muy Beckett. Aunque lo mío era más radical todavía: mi preferido de la trilogía era "El innombrable", o sea, el novamás de la Nada.
Hace mucho que no vuelvo a él, pero no creo que haya perdido tanto, ¿o sí? Yo creo que hay días tristes para releer a Beckett, y ese estilo seco seguirá teniendo cierta grandeza.
Habrá que probar.

conde-duque dijo...

Ah, y quita los pies de la mesa, coño...

Mabalot dijo...

Teresa, Conde, claro que hay relecturas que se nos caen de las manos pero de los tres cabreados de mis santoral (cuatro,mejor dicho) sospecho que los voy a leer siempre:
-Beckett (volveré a leer Molloy algún día) Esa trilogía sobre todo, qué grande...
-Céline: Por muy en las antípodas estéticas que a veces pueda sentirme respecto a él (no juzgo su filonazismo), sigue entusiasmándome, y lo considero, con Proust, el mejor escritor gabacho del s. XX.
-Bernhard. Lo mismo; su pentalogía autobiográfica es una lección de lo que literatura debe ser, ya no tanto estéticamente ( es de esos que no tiene sentido imitar, porque es un final, el abismo viene después) como en seriedad y profundidad.
-Y Cioran, que cada día es mejor. os recomiendo un libro que se caba de publicar ahora en la editoriial Montesinos, de artículos y ensayos; Ensayo sobre el pensamiento reaccionario. Con retratos de escritores. Uno de ellos Beckett.

Algo de vidas paralelas sí que parece que hemos tenido. Eso explica quizá que me aguantes tan bien los artículos y que yo te lea siempre con especial ilusión.

Un saludo a los dos.

Mabalot dijo...

Hay un libro muy bonito de Proust, Teresa, que está editado en Pre-textos y que se titula "Sobre la lectura". Dice más o menos lo que tu dices, que amamos más casi el recuerdo de la lectura que la propia lectura. Me parece verdad.

conde-duque dijo...

Céline lo tengo virgen y Bernhard he leído poco, pero ¡Cioran! Yo sí que tuve una "época Cioran".
En primero de carrera me leí todos sus libros con una ansiedad tremenda (el del pensamiento reaccionario también, creo que era de Tusquets; por cierto, que él fue muy reaccionario en su juventud).
Fíjate si me los cogía todos en la Facultad que el bibliotecario me dijo un día, como un poco preocupado: "Oye, que la gente que leía esto acababa suicidándose".
Yo me reí y le dije: "Tranquilo, hombre, que yo no...".
Me acuerdo perfectamente, como si lo estuviese viendo ahora mismo.
Creo que se refería a los años setenta o por ahí. El tío me debía ver muy metido en mis movidas mentales (cosa que en 1º de filosofía es muy normal, creo yo; si no hubiese estudiado Derecho, como mis hermanos). Hombre, un poco fúnebre sí que era, pero con el mismo sentido del humor que ahora: siempre dispuesto a reír.
De hecho creo que humor y funebrismo pueden ir muy unidos.
PD: Tareas pendientes: Celine y Bernhard (¿cuál es la pentalogía?).

Mabalot dijo...

Igual más o menos. La fiebre Cioran me cuadró por esa época. recuerdo un verano en el que un amigo me preguntó: ¿Qué lees? Le dije que Cioran, y en fin, daba un poco de pena visto desde fuera, porque la imagen que tiene este hombre para el que no lo ha leído es bastante desgraciada. Da sí la impresión de que está uno a punto de suicidarse. Pero para nada, es como dices tú, algo catártica ese pesimismo, y también entronca con el humor verdadero, con la risa.

Céline tiene libro ilegibles para el que no sea celiniano. Los últimos. Y yo creo, lo digo sinceramente, que ya me pasó la época; sino hubiese leído a céline en esa edad (la del pavo pesimista) no lo leería ahora, o no sería capaz. Hace unos días encontré "Viaje al fin de la noche" en una edición muy chula de Edhasa. Yo lo leía todo de la biblioteca y no tengo algunos de mis libros favoritos, pero poco a poco, según van apareciendo en ediciones que me gustan los compro. "Muerte a crédito" quizá sea mejor libro.
Aunque la traducción no me gusta mucho (no me parece que esté tan bien escrita) el libro me parece la leche, pero hay que tener ganas de escuchar a Céline, y no vale cualquier día, cualquier momento.

De Bernhard esto:
El origen, 1975 (Anagrama 41)
El sótano, 1976 (Anagrama 53)
El aliento, 1978 (Anagrama 63)
El frío, 1981 (Anagrama 72)
Un niño, 1982 (Anagrama93)

"El sotano" es mi preferido. La última no la leí.