8/12/07

El cerdo (y 2)

Foto de Stefan Rohner.

El cuerpo patas arriba, la piel curtida y con manchas marrones de las quemaduras. Uno con una manguera iba limpiando. Se ponía sobre las escaleras del hórreo la parte de la cabeza y un andamio de madera más bajo en el otro lado. Se hacía un corte suave y profundo, pero hundiendo poco a poco el instrumental, en la intersección del perjudicado. Se abría como una cremallera de bolsa de deportes y dejaba ver todo lo que llevaba dentro. Aquellas tripas echaban humo y estaban húmedas; se las veía muy apretadas allí dentro y con la abertura del cuerpo se soltaban y brincaban un poco al principio como una de esas cajas sorpresas de las que sale disparado un muñeco con muelle. El abuelo y mi padre agarraban las patas con fuerza y tiraban de las costillas para que diera más de sí la abertura. Crujía. Mi tío empezaba a señalar con la punta del cuchillo los órganos y me decía los nombres; algunos no coincidían con los que aprendía en la escuela sobre el cuerpo humano, aunque fueran el mismo órgano, pues a él se lo habían dicho otros que mataban cerdos, y a estos otros que también mataban cerdos y que no miraban los libros ni falta que les hacía porque sabían tanto del cuerpo de un cerdo como un cirujano del cuerpo de un paisano, o más. Es una pena que no me acuerde de aquellas palabras. Eran nombres poéticos, graciosos, como greguerías de matachín.

Decía que señalaba con la punta del cuchillo aquellas bolsas como infladas que formaban un revuelto desbordante, y ponía nerviosos a todos al contactar con cada una de aquellas partes que me indicaba. Pensaban que podía reventar alguna y joder la buena carne que tenía debajo. Entonces poco a poco, con gran paciencia, empezaba la siega interior. Iban cayendo las tripas; para un lado los desechos y al otro todo lo demás, lo aprovechable, que era casi todo. Había órganos y vesículas y bolsas inimaginables, que tenían funciones difusas, o no tenían ninguna función, pues uno preguntaba siempre todo, y el cirujano respondía por lo bajo que no servía para nada cuando la parte señalada era insignificante o quizá nunca vista. Uno sospechaba, aun a pesar del candor propio de la edad, que todo debía tener alguna utilidad allí dentro, aunque no estaba seguro.

De vez en cuando varias narices femeninas se iban asomando a aquel universo interior, según decían, tan parecido a los interiores de alguno de nosotros. Mi tío se encallaba por momentos. Un tubo que no salía, y tiraba con fuerza, arrugando la cara mucho y salpicando un poco al arrancarlo. El esófago con lengua, que hacía un ruido como de seda rasgada al desprenderse. Ya el costillar, que se limpiaba y caía el agua sanguinolenta en el suelo. Limpio como una patena, el gran cerdo. Uno podía echarse en aquel hueco enorme y encerrarse como en una cueva. Quedaba la cabeza colgando por las vértebras del cuerpo con patas y sin nada dentro. Con un gancho se colgaba en la parte de arriba de la bodega, con la cabeza en lo alto y chorreaba un poco. Así era altísimo. Parecía un dios y casi daban ganas de arrodillarse.

Anochecía. Varios cerdos habían caído esa tarde en el pueblo, y cada uno lo celebraba en su casa con los hígados encebollados que no habían tenido tiempo de enfriarse. Los matarifes se duchaban y las mujeres también freían los filetes de lomo. Cenábamos. Miraba la frente de mi tío que le brillaba mucho. Estaba contento porque todo había salido bien. En la televisión un partido, pues casi siempre se mataba en sábado.

5 comentarios:

Nosotros los Andrade dijo...

Fútbol y todo. "Parecía un Dios y casi daban ganas de arrodillarse". Allí en Betanzos en la iglesia de San Francisco tiene el pináculo una cruz sobre un verraco. La encontraréis fácilmente con el buscádor de imágenes. En la capilla está el sepulcro de Fernando Pérez de Andrade "O Bó" sobre dos verracos más. Hay dudas sobre si son verracos o jabalíes. Yo no tengo ninguna duda.

conde-duque dijo...

Desde luego, yo siempre he pensado que el cerdo es el mejor amigo del hombre. O sí, un dios: como el Señor de las Moscas pero del buen comer.
¡¡Vivan las mollejas encebolladas!!!!

M. dijo...

Siempre he dicho, frecuentemente borracho, que yo nunca viviría lejos del mar y el cerdo.

Son las dos únicas condiciones que le pongo a una isla desierta, especialmente lo del mar.

Con un buen brazo derecho en el que esté tatuado mi nombre tendría satisfechos mis otros dos placeres: el sexo y la lectura.

(Excelente estampa, Mabalot)

Diarios de Rayuela dijo...

Coño Mabalot, quítale la y al 2 y completa la serie con el embutido. Sangre y cebolla, picadillo con aroma de pimentón.
Bromas aparte, tu ejercicio literario confirma lo presumido, que del cerdo se aprovecha todo, con la ventaja de que estos excelentes relatos no se repiten, lo que sí sucede con las morcillas.
Un abrazo.

Mabalot dijo...

Lo de los embutidos no lo controlo, que yo ahí estaba en el colegio. Los cataba, eso sí. Seguiría con el carnero, el cordero, la vaca y los gatos si hace falta, para acabar la serie en los mataderos de Chicago, años 20, muy fordista esto último. Y ahí ya me pararía, que no querría caer en lo macabro.
Hitler tenía una foto de Henry Ford en su despacho. Cómo admiraba al viejo de los coches, al parecer, y a esos mataderos en cadena de Chicago, sobre todo.
Pues eso, que como cargarse al cerdo a mano y en tu casa no hay, por mucho que digan. Yo estoy pensando en comprarme uno para practicar, aunque sea de goma. (Es broma, que mi mujer no me dejaría)

Ayer, con la tele de fondo, leía a Camba. Qué sano es Camba, para el espíritu. Es como fumarse un puro, pero sin joder la garganta ni apestar el salón. Se lamentaba del modo de vida americano, y esa mecanización en todos los ámbitos:
"Lo malo es que toda la vida americana se inspira en los mataderos de Chicago, y que el procedimiento que se usa aquí para divertir a la gente es, sencillamente, el mismo que se utiliza para matar cerdos: el famoso y nunca bien ponderado procedimiento de la cadena." (pág. 153, ed. Austral, La ciudad automática).

Si matar cerdos de una u otra manera va a significar algo trascendente, mira tú.

Un saludo agradecido, colegas.