31/5/13

Escombrera y glamour

La única revista que leo es una de moda que trae El País el sábado. La leo, desordenadamente, pero no dejo rincón de esa revista sin escrutar. Una semana da para algunos tiempos muertos en los que no sabe uno qué hacer con las manos y con los ojos. Y no diré que la leo en el retrete, hay vida lectora más allá del retrete. Tampoco hay mucho que leer en esta revista. Casi todas las palabras que usan son nombres de marcas de ropa o de perfumes o de zapatos o de modistos. Uno piensa que la gente sólo se viste ropa, y no, todo lo que visten tiene su firma, sea la firma la que sea y del precio que sea. Hasta la más cutre de las marcas es una marca, y parece representar esa pincelada estilística y hasta sofisticada del maniquí humano que la viste. Es como si en el vestirse hubiera primeramente una intención artística. Uno se viste como si pintara un mural. Las modelos salen con caras de desquiciadas y la camisa rota hasta el ombligo, la boca entreabierta, la mirada felina, como si estuviesen a punto de saltar sobre un corzo. Desde fuera el mundo de la moda es un poco absurdo; supongo que como todo. Todas las entrevistas y secciones tienen, claro, ese sesgo; qué ropa se pone la gente. Es fascinante. Y qué gente, todos tienen cientos de pares de zapatos, todos tiene esa manía de los zapatos. Una debilidad como otra cualquiera.

Para descansar de tanta moda publican alguna que otra página de tinte cultural. En una de estas entrevistan a una famosa artista. Digo famosa porque será famosa; todos los artistas tiene la obligación o el deber de ser famosos y famosas. Y mientras no se demuestre lo contrario lo son. Esta ha llenado un pabellón entero, el Pabellón de España en la Bienal de Venecia, de escombros. Lo importante no son los escombros, claro, sino lo que esos escombros quieren decir. Y esos escombros, esos cascotes, esos pedruscos, quieren representar el hartazgo de la artista por el exceso de construcción en todos los países. Ella está muy cansada de que todo el espacio esté demasiado "racionalizado". El comisario de la escombrera complica la explicación un poco más, para eso está: "Es tanto un cuestionamiento como una representación sobre cómo vivimos y cómo queremos hacerlo proyectando una conciencia reflexiva de la posibilidad de vivir de otra manera." Bien, pero para todo eso podrían haberse ahorrado la escombrera. Podrían haber puesto unos carteles que digan; Aquí 500 metros cúbicos de escombros de hormigón, de mortero, de ladrillo, de tejo; aquí no sé cuántos de arena, allí de tal. E incluso podrían haber señalado lo que todo eso significaría. Es decir, el rollo de la artista y si acaso una cuántas reflexiones del comisario.

Al final aclara en qué se gasta el dinero: "El dinero me lo gasto fundamentalmente en transporte y en pagar la carga y descarga, porque luego lo devolveré todo a la escombrera donde me los han cedido." Con eso parece decirnos: Tranquilos, si estos son cuatro duros, que son unos escombros de alquiler.

27/5/13

Un torero, un toro, y un escritor sudafricano


José Tomás es un torero, un religioso. No he visto en mi vida a ese José Tomás. Yo pensaba que los toreros eran hijos de toreros que salían en las revistas, y esas revistas las consultábamos en las salas de espera de los dentistas con dolor de muelas. Los toreros eran guapos y cerriles, con los ojos al fondo de unas cuevas oscuras, y eran esas cuevas con eco las que los hacían guapos y sentimentalmente conflictivos. Después bailaban un poco delante de un toro y los toros se iban muriendo, fatigados de la ceremonia y los gritos. En ese bailar y morir el animal algunos encuentran el arte. Allá ellos que saben. Me dice el hombre de la cabellera de rizos blancos que José Tomás es otra cosa. Me habla de Nîmes, de la corrida histórica, que presenció. Puede morirse, ya ha visto lo que tenía que ver. Le hacen chiribitas los ojos; habla, y qué voz de testigo quebrado se le pone, casi de apóstol. El milagro y el mesías. No se cuántas orejas y rabos, sale a hombros el torero y puede que un toro, indultado esa tarde.

Voy a su libro, el del torero. A José Tomás lo corneó un toro en Aguascalientes, y desde entonces es un reaparecido. Ha vuelto de la muerte y eso le ha convertido en un Lázaro tranquilo y elegante, la pareja de baile perfecta, al parecer, para ese herbívoro de media tonelada más o menos y con astas. Hasta el toro que estuvo a punto de matarle le habla, muy sabio. "En la plaza no se puede fingir, en la plaza todo es de verdad." Incluso no sé si es el toro o el torero que cita a Hegel en el discurso.

Pensando en esto me acuerdo de Michel Leiris. Concebía la literatura como una tauromaquia. Al menos eso decía él. En su prólogo a Edad del hombre escribe: "Así pues, soñaba con el cuerno de un toro. No podía resignarme a ser sólo un literato. El matador que aprovecha el peligro que corre para ser más brillante que nunca y muestra toda la calidad de su estilo en el momento en que está más amenazado: eso es lo que me maravillaba, eso es lo que quería ser."

Supongo que Leiris se refiere a lo que dice ese toro, en la literatura no se puede fingir, en la literatura todo es verdad. Aunque se mienta, que ya es lo de menos.

Hoy me encuentro con la noticia; Coetzee ha enviado una carta a los diputados españoles instándoles a no declarar el toreo bien de interés cultural. Y algunas de sus señorías dirán; ¿pero quién es este desgraciado?

Sospecho que Coetzee sabe tanto de toros como yo. O sea, nada. Frente a la cobarde horda de cazadores que pueblan nuestros montes la tauromaquia me parece una salvajada a proteger. Quizá la única. No sé muy bien por qué, no entiendo su belleza pero no descarto que exista, y tampoco descarto que en el futuro, en un mundo más avanzado y quizá más inteligente, pueda ser considerado el toreo ecología en acción. El hombre y el animal, cara a cara. Es decir, un hombre y un animal.

20/5/13

La entrevista a Andrés Trapiello para JD


Andrés Trapiello (Manzaneda del Torío, León, 1953) nos recibe en su casa un sábado a media mañana. La conversación dura horas, las grabadoras se mueren. Más que opiniones de actualidad buscábamos una vida, un pasado, una intimidad. Se puede decir incluso que la conversación había empezado tiempo atrás, a través del correo electrónico. De cerca nuestro entrevistado tiene un no sé qué barojiano. Podría ser el pantalón de pana pero quizá sea la certeza de estar ante un escritor de largo alcance, más allá de los gritos del momento. De sus diarios ha escrito Félix de Azúa en esta misma revista que “será uno de los monumentos en la literatura española de dos siglos”. Hombre cordial, incisivo y laborioso, su bibliografía completa asusta a cualquiera. No sabemos si es más poeta que ensayista o que diarista o que novelista; no importa, todos los géneros se le dan bien. Además de escritor, es tipógrafo y editor.
Desde el sofá en el que nos sentamos vemos su mesa de trabajo en el cuarto de enfrente; el ordenador portátil en el que escribe, unos cuadernos, la pared tapizada con libros de un tono pajizo.
[LA ENTREVISTA  en Jot Down]