27/1/13

Obsoletos


En una revista literaria celebran los "cincuenta años del boom". La cosa va sobre Cortázar y su Rayuela. En fin, yo llegué muy tarde a la fiebre Rayuela. Aquello ya nada tenía que ver conmigo ni con lo que me rodeaba. Puede que nuestro Rayuela sea Foster Wallace, La broma infinita. No lo sé. Podría ser la modernidad de hoy. Hace quince o veinte años tres de cada cuatro jóvenes estaban hipnotizados con Carver. No me parece mala lectura para aprender a escribir, siempre que se tomen ciertas medidas higiénicas. Carver es una de esas influencias pegajosas que acaban embadurnándolo todo de misterio carveriano. Como hijo de Hemingway que es siempre me pareció un tanto comprimido, como si en lugar de escribir en cuartillas o en folios no tuviese más que una servilleta para escribir un relato. Después sabríamos que tres cuartas partes del relato habían sido rebanados.

Sobre Rayuela, la conclusión parece más o menos unánime; ha envejecido muy mal. Felix de Azúa no se anda por las ramas: "Este libro está tan datado como el Madison. Creo que es imposible leerlo hoy día. Y sin embargo, ¡cómo nos entusiasmó hace medio siglo! Lo que nos confirma que en materia de arte solo hay un autor: el Tiempo. Y cambia de estilo, convicciones, gusto y preferencias, constantemente."

Carlos Franz no dice menos: "Rayuela, el libro más moderno de la narrativa latinoamericana del pasado siglo, es hoy el más fechado, el más obsoleto. Nada envejece peor que lo moderno."

Pienso en Bolaño. Creo que Los detectives salvajes es nuestro Rayuela. Dentro de cincuenta años dudo que pueda leerse 2666, por ejemplo. Son dos novelas imposibles, cuyo único tema parece ser únicamente el hecho de escribir una novela larga. Bolaño está mejor en cualquiera de sus otros libros, en sus artículos, en sus novelas cortas. Al menos no es tan pedantesco como Cortázar. En eso salimos ganando.

20/1/13

#6 Maestros

"Actualmente no se nos permite usar la palabra loco. Qué chifladura. Los pocos psiquiatras por los que siento respeto siempre usan la palabra loco. Hay que usar las palabras más breves, sencillas y auténticas. Yo digo muerto, y agonizante, y loco y adulterio. Y no digo fallecido ni terminal (¿terminal? ¿de autobuses?), ni desórdenes de personalidad, ni un poco tocado, ni últimamente va muy a menudo a visitar a su hermana. Lo que yo digo es loco y adulterio. Eso es lo que yo digo. Loco suena como tiene que sonar. Es una palabra corriente, una palabra que nos muestra que la locura puede venir y llamar a nuestra puerta como si fuera una furgoneta de reparto. Las cosas terribles son, también, ordinarias."

[Julian Barnes, El loro de Flaubert, ed. Anagrama 1986]

19/1/13

Ojos en Faulkner

De El villorrio, que he empezado a leer y disfruto como una película de Chaplin (risas incluidas), me llama la atención la gran variedad de ojos que salen. He ido copiando algunos:
"ojos como opacas uvas de invernadero" [pag. 20
"los fríos e impenetrables ojos color ágata bajo el atormentado saliente de las cejas" [pag. 33] 
"con ojos del color de agua estancada" [pag. 35] 
"y ojos del color de una cuchilla de hacha sin estrenar" [pag. 44] 
"ojos de un gris opaco y frío entre irascibles cejas hirsutas que empezaban a encanecer" 
"con el caballo de Beasley poniendo los ojos en blanco, como si fueran huevos de zurcir" [pag. 49] 
"y los ojos del color de una cuchilla nueva de arado e igual de cordiales"  
"los ojos incoloros que eran incapaces de ver" [pag. 108]
Después ya no sé si Faulkner se cansó de traernos ojos o si yo me volví ciego para detectar más ojos.


Aquí, don William soplando por el cuerno. [Photo by George Barkley of William Faulkner with hunting horn, at Farmington Hunt Club, 1960.]

17/1/13

Monstruos buenos

A mí me gusta mucho que la película se titule Amor. Una película va y se titula Instinto básico y otra se titula Amor. Yo he visto Amor, y efectivamente, veo mucho amor. Exceptuando cuando aparece la Hupper, nada amorosa, y que sale llorando con ese llanto de furiosa, fastidiada por la culpa de hija que se desentiende. Haneke, el señor ese austríaco que dirige la película, se ve que con los años ha mejorado. Al menos formalmente da poco la lata aquí. Y está bien, nunca tenemos la impresión de estar viendo una obra teatral filmada, que es casi siempre detestable. Un piso, con una decrepitud muy noble, pues el piso es la pareja de ancianos. Bueno, una vida en común, y todo lo que tenemos que saber de ellos está en ese escenario. En Amor todo, cada palabra, cada gesto, esa paciencia (que compartimos los espectadores), es amor. Hasta una bofetada podría ser amor, o un daño colateral del amor. Está muy bien puesta la bofetada y sobre todo los ojos tras la bofetada. Bofetada aparte, habla la película de la más alta cota en la cosa del amor. No es ese picor tan dulce y tan cinematográfico que es el enamoramiento. Esa electricidad, los chispazos. Aquí no hay chispazos. La madera cruje, los pasos son lentos, las palabras podrían ser siempre unas últimas palabras. Nunca cae en el patetismo; me imagino la misma película dirigida por cualquier otro, y qué fácil caer en el histerismo de los gritos, vómitos, lágrimas, como una nueva versión de El exorcista.

Me gusta que esos ancianos, sí, tan educados y cultos, comprendan que la vejez no es una regresión a la infancia, que el anciano no es un bebé arrugado, el despojo de una vida. En esa dignidad recobrada, o en esa resistencia, no hay orgullo o una coquetería exagerada. Se acepta el cuerpo como una elevada alma, y cuando el cuerpo se derrumba, qué queda.

Haneke no parece haber hecho otra cosa a lo largo de su carrera que mostrarnos al ser humano como monstruo. Pero un monstruo civilizado también. Y un monstruo contra la barbarie.

12/1/13

Cosas de dos

Dos escritores célebres mantienen correspondencia epistolar entre los años 2008 y 2011. Uno vive en Australia y el otro en Nueva York. A veces recurren al fax. Lo del fax es un detalle; lo mismo podían haber enviado sus notas en paloma mensajera. Se conocieron, sin duda, en algún sarao literario. Ese llamado "diálogo epistolar" acaba conformando un libro. Lo he leído mientras reposaba una gripe, hace un par de semanas. Con una gripe encima no iba a leer a Heidegger. Son dos escritores no precisamente jóvenes; uno de ellos tecnófobo declarado, presume de una ignorancia absoluta en todo lo relacionado con los ordenadores e Internet ("tu carta apareció en el ordenador de Siri"). Este es un hombre que tiene poca pinta de escritor; nos lo imaginamos bajando de un camión o de una grúa o vestido de policía. Por las mañanas sale de casa temprano y se va a trabajar a un estudio que tiene. Al mediodía baja a por un sandwich y vuelve a encerrarse. Todo ellos en su barrio de Nueva York. Escribe a máquina y es uno de esos escritores barojianos con los pies en la tierra; escribe fácil y sin muchas mariconadas metafísicas. Eso sí, cree a pies juntillas en un azar mágico, y su obra, más o menos, parte de ahí. Si le salen cosas raras es porque pasa mucho tiempo solo. Podríamos decir que es un romántico; añora un mundo que ya no existe o que casi no existe. El otro es un personaje más frío e indiferente a esos detalles de intelectual nostálgico. Lo de usar máquina de escribir a estas alturas le parece una parida. Es también más intelectual en cierto sentido, pero escribe escueto y claro. No es un hombre de su tiempo, como podría parecer (supongo que ningún escritor lo es, por mucho que insistan algunos en describir supermercados y personajes obnubilados con anuncios de la televisión), pero ya parece estar de vuelta de todo. En ese sentido es más lúcido que el otro. Parece menos implicado en su papel de burgués culto rodeado de barbarie y analfabetismo. Ambos son hijos de Beckett (del que hablan varias veces), pero a éste, al hombre frío, al que vive en Australia, se le nota más. Espera menos del mundo. Físicamente es más fino, delgado, con una barbita de señor estudiado con muchas hijas. Por las cartas que manda al otro, sobre todo en respuesta a los temores y  denuncias que el otro expone en sus cartas, da la impresión de que, sin ser un cínico ni un conformista, señala sin sobresaltos la realidad despojada de cualquier sentimentalismo o épica. Es la suya una realidad de entomólogo; en cierta medida parece ajeno a las ficciones de la realidad. De ahí que sus cartas sean más interesantes. El escritor es alguien que desmonta las ficciones habituales de la realidad. Para ello, quizá, fabrica otras ficciones que ponen en evidencia esas ficciones mantenidas por todos.

El 29 de agosto de 2011 escribe sobre el conflicto en Libia:
"Querido Paul: [...] Por supuesto, la euforia de las calles de Trípoli, igual que la euforia de las calles de El Cairo, morirá en cuanto la gente se tope con la realidad de los sueldos sin pagar, los cortes de electricidad y las basuras sin recoger. Y no hay duda de que el régimen que sustituya a Gaddafi será venal y corrupto y tal vez incluso dictatorial. Pero por lo menos esos jóvenes que ahora van a toda velocidad en sus camionetas Toyota, disparando sus Kalasnikov al aire, tendrán algo que recordar durante el resto de su vida, algo que contarles a sus nietos. ¡Días de gloria! Tal vez ese sea el sentido de las revoluciones, tal vez eso sea lo único que hay que esperar de ellas: un par de semanas de libertad, de regocijarse en la propia fuerza y belleza (y en el hecho de que te amen todas las chicas), antes de que los viejos canosos reafirmen su control y la vida regrese a la normalidad."
Digamos que uno sueña y el otro no duerme.

11/1/13

Comer una croqueta

Estaban las calles desangeladas, no digo yo que feas. No, al contrario quizá. Todos los bares en penumbra, con la televisión. Esa penumbra que antes era intimidad, diseño incluso, ahora es miseria, tristeza, bostezo, no se sabe si de hambre o sueño. Me gustaba entrar en un bar, antes, cuando entrar en uno y tomarte algo implicaba tener cambio para el parking. Ahora pagues con el billete que pagues nunca tendrás cambio para el parking y mucho menos para tabaco. Te ponen con la bebida una loncha de salchichón sudoroso y un par de croquetas arruinadas y huecas, con la espuma del aceite fosilizada. Por hacer algo lees el artículo de Sostres con la tele de fondo. Escribe sobre el divorcio, sobre el deber de un padre para con su hijo –sobre todo con su hija, repite una y otra vez–, sobre el egoísmo e inconsciencia paterna y en definitiva sobre la destrucción del mundo. Lo titula así; Destruir el mundo. Creo recordar. Menta a Dios, incluso. Cuando recupero el sentido veo a mi hija comiéndose una croqueta.

*

Para compensar tanto empalago de raza fina nos sale hoy al paso la noticia de unas declaraciones de Morrissey, ese dandi tan british y tan cabreado siempre. Se ha ganado a fuerza de buenas canciones el derecho a maldecir a los guapos, a los reyes y a Madonna, entre otros.

9/1/13

Dos nihilistas

Dice Franck Maubert en su librito de entrevistas a Francis Bacon que el rostro del propio Bacon se parece a sus desfigurados autorretratos; "Asimétrico, da la impresión de desarticularse. Los párpados se pliegan, el ojo gira, la boca se tuerce." Puede que todo sea efecto del alcohol, no se sabe si en Bacon o Maubert. Después también ve en la podredumbre de su estudio una extensión de su pintura. Eso está bien, para escribir algo hay que abrir los ojos. La conversación se mantiene interesante a pesar del tono meloso del admirador (Bacon iba a encarnar la pintura, etc), que se transforma en contenida perplejidad, como un soliloquio ligeramente apoyado en pequeñas frases sugerentes. De todas formas Maubert es francés, y de tan francés que es se hace un lío en la introducción. Me la salto, bla bla bla. No nos importa el arte. Bacon sólo se enfada para decir que no cree en nada, en nada de nada. "Soy optimista por naturaleza a pesar de no creer en nada. Soy una especie de nihilista optimista. ¡Ja, ja, ja!" La sentencia no podía tener mejor guinda que esas carcajadas, muy bien puestas por el autor. Es una contradicción hermosa.

En otro libro de entrevistas (MetaMaus, con Art Spiegelman entrevistado) aparece la palabra nihilista referida al psiquiatra Paul Pavel, judío superviviente del Holocausto. Es el terapeuta de Spiegelman, cuyas sesiones nocturnas en su diván duran horas. Pavel se duerme y Spiegelman lo despierta "para las partes interesantes". El retrato de este psiquiatra es digno de mención; la mayor parte del día forma a asistentes sociales para el Ayuntamiento, es psiquiatra privado el resto del tiempo, tratando a los primeros enfermos de sida. Al terminar las sesiones nocturnas con Spiegelman  (pobre artista con neurosis, que llega incluso a suplicarle que le cobre más, pues le parece "demencialmente barato") baja a Central Park, enfrente de su consulta, a darle de comer a los gatos callejeros restos de comida que logra juntar. Una noche, "después de una de nuestras sesiones de ronquidos y sondeos", bajan la comida a los gatos. Spiegelman le acompaña: "Le pregunté cómo podía ser nihilista y levantarse en plena noche para hablar con moribundos enfermos de sida y estar disponible para sus pacientes incluso en perjuicio de su salud, y me contestó una cosa que algunos sonará a improvisada, pero que a mí me pareció profunda: Bueno, decidí que comportarse éticamente era lo más nihilista que se podía hacer."