29/4/13

Disparates íntimos

Magma, de Lars Iyers, novela. La he leído. A Flaubert le hubiese gustado. O al Flaubert de treinta años que ha leído a Kafka y ya no tiene rentas de las que vivir. La literatura, en fin, como trastorno. Como trastorno digestivo incluso. Suena mal pero aquí está bien. Hay que reírse, y te ríes. Y con humedad viscosa de fondo, en una periferia inglesa casi monstruosa, casi gallega. Se trata de un Bouvard y un Pecuchet abrumados por una ilusión que ya les huele a podrido. Dos monos quitándose los piojos uno a otro. A Kafka también le olía a podrido; pero él era Kafka. Aunque estaba muy lejos de saberlo. Si lo hubiera sabido no habría escrito ni una palabra más. He ahí la clave, la trampa, el elevado y torturante pasatiempo. Otros hacen Sudokus.

El éxito, por supuesto, es una vulgaridad imperdonable. Como tantas cosa buenas, o que hacen buena la vida. La vida puede ser muy mala; avinagrarse es muy malo. Pese a todo el éxito es el pan nuestro de cada día, algo así como las flechas que señalan el camino. El fracaso es una remota posibilidad, hasta que se convierte en todas las posibilidades y entonces llega la gracia; desaparece. Deja de existir.

El éxito es sobre todo una multiplicación, una repetición del exitoso hasta el delirio. El éxito convierte a alguien en muchos, como una clonación histérica, vírica. Hay siempre un empacho, una incapacidad para digerir el éxito de los demás y quizá el de uno mismo. O sobre todo el de uno mismo. De ahí que sea tan habitual morirse de éxito, como acribilllado por todos esos yoes que han tomado el mundo con su cháchara blenorrágica.

Tengo buen recuerdo de esta novela. Estoy ahora con La tentación del fracaso, los diarios de Julio Ramón Ribeyro, que es un poco seguir con lamentaciones de escritor sietemesino y todos esos disparates que comprendo sin mucha dificultad. Disparates íntimos.

3/4/13

El problema del mundo pequeño

Stanley Milgran, psicólogo estrella de los años jipis, contribuyó a que se popularizara la idea de los seis grados de separación. Se refiere la cosa a que "cualquiera puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios". Milgran se había hecho famoso con un experimento en el que se relacionaban los conceptos de autoridad y obediencia con descargas eléctricas. Lo de las descargas impone mucho, es muy nazi. Como experimento fue un escándalo. Los resultados parecían dar la razón a Hannah Arendt y su banalidad del mal. El noventa por ciento del ser humano es oveja, además de agua. Sobre los seis grados de separación (o el problema del mundo pequeño, lo que sin duda es un gran problema) hizo otro experimento. Una especie de facebook analógico. Se trataba de mandar unos paquetes por correos usando intermediarios que nosotros creyésemos que podían conocer al destinatario fijado de antemano. Al parecer se usaron de media entre 5 y 6 intermediarios. Por lo tanto Milgran concluyó que en Estados Unidos la población estaba separada por seis personas, más o menos, de promedio. Las conclusiones son casi siempre obra y gracia de la estadística, esa ciencia, ese chiste. De todas formas la idea de las seis personas es, en principio, bastante inverosímil. Y esto es bueno.

Esto me recuerda una frase de Thomas Wolfe: "Si esto parece inverosímil, lo lamento, pero fue así."