28/3/13

Mortal y cursi

Por supuesto, Cela no vuelve, y a Umbral lo vamos perdiendo como a esa amistad de la infancia que hoy ya poco tiene que ver con nosotros. El mundo es cada vez menos azucarado; reverencias las justas, también en la literatura. Tenemos las bibliotecas municipales más o menos bien surtidas. Llegan las novedades y los experimentos van por otra parte; después del monstruo Kafka ya nadie puede ser feliz haciendo crucigramas ni ganando unos juegos florales. Es una desgracia. Leo con más gusto a los émulos de Umbral que al maestro mismo. Gistau, sin ir más lejos. Nos hemos arruinado, quizá a nuestro pesar, ese gusto elemental por la llamada prosa poética (como poesía o casi poesía en prosa, más bien), y que en Umbral venían siendo una contínua distracción de la frase, distraída consigo misma, juguetona y cursi muchas veces.

Mortal y rosa, por ejemplo. Es uno de los pocos libros que tengo todavía de Umbral; le tengo poco aprecio. La mayoría del libro es hojarasca, el llanto declamatorio que acaba casi siempre convertido en un jardín modernista de Rusiñol. Se echa de menos en esa prosa el no ser más que eso, prosa, e incluso el ser menos que prosa. Con los años se aprecia más esa poesía que se da por defecto (y no hablo de Hemingway ni de su puñetero iceberg); hay, digamos, más poesía en la poesía que no está, que no se ve, que no aparece, que en la poesía redundante del buscador de oro en cada frase.

Es un dolor distraído, un juego de dedos nervioso, a veces delicado, casi sentido, porque Umbral usa la escritura como recipiente de lo que en el fondo le importa poco. Escribe como silba, más que como mea. O silba y mea al mismo tiempo, cosa muy común. La verdad, en cambio, no se atreve a silbarla y mucho menos a mearla; sería ridículo además.

Esto no significa que el maestro se haya equivocado. No es que escogiera la opción equivocada. No hay nada que escoger. Cada uno escribe como es realmente. En los excesos poéticos está el pudor, el muro florido que ponemos entre nosotros y los demás. Al maestro le sobró quizá ser demasiado él mismo; con un poco menos de Umbral en Umbral nos hubiésemos conformado. Hay que ir siempre un poco contra uno mismo, no mucho, algo. Se duda, se escribe, y qué más da.

De vez en cuando hojeo algún libro de él. Ya no sé qué busco, si esa prosa estupenda y cursi o el recuerdo del adolescente que fui leyendo en la cama, de lado, con luz de ventana, a la manera de un emperador romano comiendo uvas en su diván.

26/3/13

Vida, lo que sea

En el EPS de hace un par de semanas: reportaje sobre una novela de Kirmen Uribe del propio Kirmen Uribe. Novela basada en hechos reales. Ya sólo falta que se indique esto bajo el título, como en aquellos telefilmes luctuosos que echaban en horario de sobremesa. A KU una de las personas implicadas en la historia le dijo: "No quiero que escribas una biografía, prefiero que hagas ficción, una novela. Las biografías no tienen vida; las novelas, en cambio, sí."

Qué fácil, pienso. Una novela. Por supuesto, es una confusión generalizada. Se entiende la biografía como una tarea del escritor académico, una rata de biblioteca que vomita datos contrastados sin apenas más talento que una correcta redacción. Y la novela, ya se sabe; en la novela se supone que ronda el poeta siempre, aunque un poeta maniatado y amordazado.

Más abajo KU habla de Glenn Gould y sus interpretaciones tan personales de los clásicos. Cita a Gould: "Hago diferentes lecturas de las partituras clásicas para mostrar que no hay una sola lectura de la realidad". Esta no es precisamente la frase que un periodista pegaría en un pósit a la vista en su mesa de trabajo. Pero debería.

Ayer mismo empezaba a leer un libro de Paul Valéry sobre Degas; tiene la cosa una pinta estupenda, lo que es muy raro, teniendo en cuenta que no se me ha perdido nada ni en Valéry ni en Degas y sus bailarinas. Como declaración de intenciones Valéry aclara: "No se trata, pues, de una biografía en toda regla; no me merecen las biografías una opinión excesivamente buena, lo que sólo viene a demostrar que no valgo para hacer biografías. Bien pensado, una vida no es sino una con­secución de casualidades y de respuestas más o menos atinadas a esos acontecimientos vulgares...
Por lo demás, lo que me importa en un hombre no son los accidentes; y no son cosas que me valgan ni cuándo nació, ni a quién amó, ni qué miserias padeció, ni casi nada de lo que pueda observarse. No encuentro en ello la mínima claridad real en lo tocante aquello que le otorga su valía propia y lo diferencia a fondo de los demás y de mí. No voy a decir que no sienta frecuentemente curiosidad por esos detalles que no nos informan de nada consistente: lo que me intere­sa no es siempre lo que me importa, y eso es algo que le ocurre a todo el mundo".[Cursivas tal cual en el libro]

Es curioso; cada cual llama vida a algo completamente distinto.

Degas, también fotógrafo. 

24/3/13

Lo nuestro

Por un lado hemos sabido de esa Viena por la infancia de Thomas Bernhard. Bueno, digo Viena pero estoy pensando en ese territorio germánico (de idioma), centroeuropeo, que burbujeó en la década de los treinta. Claro que el de Bernhard es un punto de visto no precisamente histórico; ah, pero ahí, al final, la estampa se le queda a uno en el recuerdo. Lo que llaman vida. Estoy pensando en Kafka: Praga. Y no sólo Kafka por Kafka. Kafka por Reiner Stach; me gustó mucho esa biografía, los últimos años de Kafka. Pero a lo que iba, tiendo a caer en esos años siempre. Vaya a donde vaya acabo viviendo en esos años. El ascenso de la barbarie. No, pero no es eso. A la vuelta de la esquina, y la vida normal convertida en atrocidad.

Joder con la historia. La Historia, quiero decir. Qué husmeará hoy la Historia, me pregunto.

En La liebre con ojos de ámbar se llega también a la Viena desquiciada y tomada por Hitler. Hace poco una señora me dijo que Hitler le caía muy mal. Me pareció al principio descabellada la afirmación. Hay gente para todo. Hitler, recién fagocitada Austria, tarda seis horas desde Linz a Viena; es un baño de masas. Edmund de Waal toma como escusa una colección de netsukes para contarnos la historia de su familia. Judíos, les ha ido bien en los negocios, el mundo es pequeño, y cuánto mejor te vaya más pequeño es. Sale todo el mundo conocido: Monet, Renoir, Proust, Rilke. Todo el mundo. No sé, cualquier nombre aparece en alguna parte del libro. A lo Forrest Gump pero sin deficiencia mental. Por cierto, que los netsukes son una especie de posapapeles muy finos, muy bonitos, y que no son, en definitiva, posapapeles. Figurativos, delicados, el japonismo hecho marfil o madera.

Llegamos, entonces, con esa elevada familia, al ruido. Camiones, pistolas, gritos.
"El ruido de cosas rompiéndose es la recompensa por tanto tiempo de espera. [...] Esta noche es la de la historia que los abuelos les contaban a los nietos, el momento en que al fin los judíos tendrían que rendir cuentas por tanta rapiña, por todo lo que han robado a los pobres; la historia de cómo se limpiarían las calles y se encendería la luz en los rincones oscuros. Trata de la roña, de la inmundicia que los judíos trajeron a nuestra ciudad de sus chozas hediondas, de cómo nos quitaron lo nuestro." [pág. 255]

 Cosa, netsuke. Me estaba acordando ahora precisamente de Maus.

22/3/13

Aquí, ahora

Lo peor de ausentarse tanto tiempo es que no sabe uno qué decir cuando vuelve. Es un poco como si volviéramos del extranjero, quizá de la selva, más tosco y moreno y salvaje. Pero no, al contrario, todo son temores. Ya no sé andar con tacones, o lo que es lo mismo, escribir aquí en la cuartilla del blogger. He vivido casi un mes sin conexión a Internet en casa y no he leído más ni he escrito más ni he paseado o fornicado más. No sé a dónde ha ido el tiempo que antes perdía ante la pantalla, leyendo periódicos, por ejemplo.

Se echa de menos el paseo matutino en la Red, con la taza de café al lado y el pijama todavía puesto, como el jubilado que sale cada mañana a curiosear obras por un hueco de la valla.

En fin, que siga la partida. Y para acabar por hoy una frase de Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro que podría ser un mantra para momentos turbios: "Todo tiene importancia, nada tiene importancia, aquí, ahora."