31/12/12

Carta al que pase


Queridos lectores de este blog:

A fuerza de planear grandes proyectos para el año entrante me he ido convirtiendo en un descreído. 

No importa. El año que viene será distinto. El fin del mundo ha pasado pero todo sigue más o menos igual. 

El calendario es caprichoso y estos días se cumple más que nunca eso de que más que vida vivimos un calendario. Vivamos el calendario pues. O al menos, sigamos un poco la corriente al personal de los matasuegras. Y huyamos en cuanto se den la vuelta.

Feliz 2013. 

Os deseo lo mejor. 

Y como no podía ser menos le deseo también lo mejor al mundo, y más concretamente a este trozo de mundo nuestro. España es cada vez más una película de Berlanga (en Navidad toca "Plácido"). Como decía mi hija en su carta a los reyes magos, y antes de detallar su conjunto de peticiones materiales, ojalá que nadie en el mundo pase hambre ni sed ni frío ni calor.

Ahí queda. 

Un abrazo.

El administrador.

Puro bizarrismo del país.

24/12/12

El perseverante deseo de ser piel roja

Ernesto Baltar se une a esa nómina de escritores gallegos que no han nacido en Galicia y ni son gallegos, más allá de un padre o un abuelo que ha salido del país brumoso. Estoy pensando en Roberto Bolaño, César Aira, Augusto Monterroso. Es como un chiste del Un, dos, tres... Supongo que al igual que no hace falta nacer en Bilbao para ser de Bilbao tampoco hará falta haber pisado Galicia para ser gallego. De todas formas EB nos visita cada verano y hacemos una de esas cenas o comidas solanescas y viriles de mojar mucho el pan en el aceite del pulpo. De tanto mojar pan y mezclarlo con tinto gordo de barrantes en esas comidas vemos cómo se le desvanece por momentos el acento madrileño y no sabemos si eso le prejudicará de alguna manera. Perjudicado o no, siempre vuelve a Sanxenxo, como Rajoy, todos los veranos, y lo apreciamos (a EB, digo) como el hombre tan normal y educado y sabio que sabemos que es. Pero una sabiduría de joven, de ver, comprender y digerir, sin fanfarronería alguna. Nadie más antirretórico y yo diría que antiliterario, a pesar de los nombres de escritores que salen en su libro, pues muchos de esos escritores son sólo parte del paisaje, como una iglesia o una plaza de una ciudad. Y así le ha salido un libro desnudo de cualquier fanfarronería retórica, con un tono que desdeña todo trampantojo pseudoartístico.

Ciudades en fragmento son unos diarios de viaje por distintas ciudades europeas, sobre todo. Puede que la palabra diarios sea un poco exagerada; es, más que un yo que se observa, o incluso que se da importancia, un punto de vista andante. Anota nombres de calles, describe en pequeños retazos esa vida que aparece ante sus ojos. Sus ciudades son, por supuesto, estados de ánimo. Una vida sostenida en la emoción. Es un "perro callejero" curioso, sensible, también con esa inocencia escrutadora del niño. Me hace gracia esa literatura actual que da por hecho que la fotografía y el cine han excluido la mirada del escritor de la literatura. Como si una fotografía fuese la realidad. Como si la realidad no fuese más que esa maravilla de la óptica, esa fantasía deliciosa. Y por cierto que las fotografías incluídas en el libro me parecen tan buenas como los fragmentos de prosa.

Cita EB a Ramón Gaya, que escribía sobre Galdós y sus paseos madrileños, destacando que el secreto de Galdós era "tratar a la realidad como a una igual suya, es decir, sin servilismo ni altanería y, claro, sin objetividad, sin el insulto de la objetividad." Es una definición perfecta de la relación de EB con la realidad; no pretende ser objetivo, pues es una pretensión delirante, absurda, pero tampoco pretende tapizar la realidad con sus caprichos personalísimos de gran hombre. Yo diría que su tono es lo mejor. Una voz en tono menor, íntimo. Sabemos que, escriba lo que escriba y de lo que escriba, sólo será alta literatura, alejada de pedanterías y rollos abstractos y engañifas teóricas.

Un libro escrito como sin querer, a ratos, forzado por la necesidad de escribir. El plan era sencillo:
"Caminar durante horas sin sentido y observar los objetos, las calles, los edificios, las personas. Estar fuera: de tu vida y de ti. O el perseverante deseo de ser piel roja, que decía Kafka."
Y por si fuera poco, le diríamos a un simple; además engancha. Sin crímenes ni látigos ni detectives suecos.

16/12/12

Un corazón a punto de romperse

Escuchaba a Ravi Shankar y Yehudi Menuhin, de fondo, en silencio todo, y echaba un vistazo a esos ensayos breves de Sebald, magníficos pero un tanto espesos, la verdad, para estas horas. Nos habla de un viaje en tren entre Praga y Nuremberg, de las notas de viaje de Kafka, y como una cosa lleva a la otra encuentro este fragmento dedicado a Mahler: "Abierto ante mí tengo ahora un álbum publicado no hace mucho de fotografías de Mahler. Se le puede ver sentado en la cubierta de un transatlántico, paseando por los alrededores de su casa en Toblach y en la playa de Zandvoort, preguntando a un transeúnte por el camino de Roma. Me parece muy pequeño y de algún modo me hace el efecto de un empresario de una pobre compañía de teatro. Realmente, los momentos más hermosos de su música son aquellos en que todavía se oye a los músicos de pueblo judíos tocando muy a lo lejos. No hace mucho tiempo escuché a unos músicos lituanos en la zona peatonal de una ciudad del norte de Alemania, cuyo sonido era totalmente igual. Uno tenía un acordeón, otro una tuba abollada y el tercero un contrabajo. Mientras los escuchaba casi sin poder alejarme de ellos, comprendí lo que escribió una vez Wiesengrund sobre Mahler: que su música era el cardiograma de un corazón a punto de romperse."

9/12/12

Domingo de pueblo y decapitación


El domingo es un día de pueblo. No porque la gente se vaya al pueblo, aunque también. Yo diría que el pueblo viene a la ciudad el domingo. La ciudad, más bien, abandonada por los apresurados, tiene el despertar lento que no acaba de llegar, y eso es muy de pueblo. Todos esos bostezantes tienen algo de pueblerinos, caminando dichosos y aburridos por las calles con las manos en los bolsillos. Después anochece tan rápido que indigna. No hay ni tiempo para escribirle un poema a ese amarillo viejo de la tarde, ni a la nariz congelada de esas novias que pasan sonriéndose a si mismas, con ese andar eléctrico de los que tienen todo el mundo por delante. Da igual, tampoco sé escribir poemas.

Daría la tarde para pensar a lo Valle: "Estos mis ojos de tierra están tristes de mirar y de amar."

De tierra o no, aparto de mi vista unos libros que ya he leído. De vez en cuando limpio los alrededores de esta mesa. Necesito espacio, para estirar los brazos a gusto.

El otro día, tras escribir sobre el libro de Strachey, leí lo que me faltaba de un tirón. Qué bien escribe Strachey la muerte de Essex. Me gustaría poder escribir que Isabel I no fue más que una mala puta vieja, pero el retrato de Strachey no da para caer en tales razones. Es demasiado bueno; nos llega también la melancolía de la vieja reina. De todas formas Essex el traidor muere como un señor, a sus treinta y cuatro años, tras haber, entrecomilla Strachey, "derrochado su juventud en desenfreno, lascivia e impureza". Es decir, tras una juventud digna de haber sido vivida.

Así lo pinta el retratista: "De esta suerte, alto, espléndido, desnuda la cabeza, con sus rubios cabellos cayéndole sobre los hombros, se irguió por vez postrera ante el mundo. Luego, volviéndose, se inclinó profundamente ante el tajo, y, diciendo que estaría pronto cuando extendiera los brazos, se tendió sobre el cadalso. ¡Señor –exclamó–, sé misericordioso con tu postrado siervo! Y puso de lado la cabeza sobre el tajo. ¡Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu! Hubo una pausa, y de pronto se vio cómo los rojos brazos se extendían. El verdugo volteó el hacha y la hizo caer con violencia. El cuerpo no se movió, pero el horrible golpe hubo de repetirse dos veces más antes de que la cabeza quedase separada y corriese la sangre. El hombre se detuvo, y, tomando la cabeza por los cabellos, la alzó ante los presentes, exclamando a la vez: ¡Dios salve a la reina!."

6/12/12

Strachey


Siguiendo cierta recomendación he estado leyendo a Lytton Strachey. Concretamente, Isabel y Essex, una biografía sobre la relación entre la reina Isabel I de Inglaterra y el conde de Essex. Es una biografía de escritor; es decir, sin separarse un punto de la vida documentada de un personaje histórico intenta ir más allá. Interpreta, explica, sintetiza. Supongo que más que biografías le interesaba a Strachey escribir retratos, lo que él llamaba al parecer "psicografías". En parte me recuerda a esos retratos que escribe Michon, aunque a Michon, más literario, le importa poco sacudirse el tono historicista e incluso apartarse de los documentos.

A propósito de Francis Bacon, que también sale por ahí, Strachey escribe: "Probablemente es siempre desastroso no ser poeta. Su imaginación, con toda su magnificencia, era insuficiente; no sabía ver el corazón de las cosas. Y el suyo propio se le ocultaba también."

Strachey, en cambio, sí ve el corazón de las cosas. El párrafo anterior podía ser toda una poética para la biografía.

Y ya entrando en personajes. Es esta reina una mujer complicada. No he podido dejar de pensar en Rajoy al leer, y por momentos veía una señora reina con una barba hirsuta, blanqueada por los años. Quizá ayudase a pensar en ello cierta indefinición sexual de la reina, o al menos esos misterios que la incapacitaron para el matrimonio, pero no para el coqueteo y quizá el amor. Ahí jugaría su papel Essex, jovenzuelo loco y ambicioso que enamora a una señora reina de más de cincuenta. Quizá enamorar sea inexacto. Quién sabe. Se la conoce como la Reina Virgen.

Essex es un valiente, un héroe antes ya de cualquier heroicidad. Precisamente no deja de buscar la ocasión de convertirse en un gran nombre para la historia. Aunque más que cálculo habría en Essex cierta necesidad de estimulación nerviosa, como el que practica deportes de riesgo. Isabel es todo lo contrario; antes de ganar o perder prefiere no jugar. En los libros subrayo lo que me gusta y a veces destaco el fragmento con un corchete. Al lado de uno de estos corchetes escribí en el margen; Rajoy. Dice así, Strachey, sobre la reina: "En verdad, triunfó merced a todas las cualidades que están ausentes en el héroe: disimulo, flexibilidad acomodaticia, indecisión, morosidad dilatoria, parsimonia. Casi podría decirse que el factor heroico apareció principalmente en la extensión con que se dejó conducir por esas cualidades."

Cuarenta y cinco años reinó Isabel I. Quizá su mayor acierto estuvo en rodearse lo menos posible de idiotas. No así Felipe II, con su Grande y Felicísima Armada, de rodillas en El Escorial, rezando y asesorado por teólogos para su guerra con Inglaterra.

4/12/12

Al servicio de Buda

No sé muy bien cómo llegamos hasta uno de esos monasterios levantados sobre unas piedras altas, en medio del bosque más inhóspito. Abajo un río, que fue el que seguimos, por un camino asfaltado, y el monasterio del siglo X, restaurado y vacío, se erguía como un mirador sobre toda esa extensión de bosques. Me imaginé la vida allí, hace siglos. Se oía sobre todo el río. Hace diez siglos también escucharían el río, y éste sería el fondo omnipresente de sus vidas retiradas. No les envidié, sobre todo por el río, que en estos meses al menos es más bien una riada amenazadora, no el alegre canto o bisbiseo de los ríos más líricos. Es uno de esos ríos turbios que bajan arrastrando arena y todo a su paso. Ahora había una cantina, a las puertas del monasterio. Unos excursionistas, que traían hambre de kilómetros, se comían unos bocadillos de pie, allí afuera, bailando de frío y gritándose humoradas entre bocado y bocado. Me quedé solo un rato mirando a los lejos y anochecía. Parte del bosque más cercano se había quemado en un incendio hace unos meses. El monasterio se salvó.

Escribía Kenko Yoshida en su Ocurrencias de un ocioso: "Cuando uno se esconde en un templo de montaña y se dedica con todos los sentidos al servicio de Buda nota cómo le va desapareciendo del corazón toda impureza."




2/12/12

#5 Maestros

¡Qué asco, en ciertos momentos de fatiga del escritor, tanto libro, tanto periódico, tantos ejemplares de cada libro y de cada periódico, tantos paquetes y paquetería, tantas montañas de papel tiznado por la impresión!... Preferiríamos, para lo nuestro, para nuestro esencial mensaje, un abreviado guarismo, un aforismo, la inscripción para una lápida, que pudiera quedar en letras de oro sobre mármol o piedra, lacónica, de cara a la eternidad. 
Eugenio d'Ors, El Valle de Josafat