30/11/12

#4 Maestros

"Entre los vicios de nuestra época, es sabido que está el sentimiento de culpa: se habla y se escribe mucho acerca de él. Todos lo padecemos. Nos sentimos implicados en una historia cada día más sucia. Se ha hablado también de la sensación de pánico, también la padecemos todos. La sensación de pánico nace del sentimiento de culpa. Y quién se siente asustado y culpable, calla.
Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes, pág. 107 ed. Acantilado.

27/11/12

Eso, belleza

Unas semanas atento a las novelas cortas y relatos de Thomas Mann, reunidas por Edhasa en un tomo. El otro día leí casi de un tirón, otra vez, La muerte en Venecia. No había leído en cambio Mario y el mago. Me gusta la prosa de Mann, tiene la gracia y elegancia de un carruaje antiguo. Más que escrita, parece tallada. Le va bien, muy bien, Mahler, ese Adagietto en carne viva que pone Visconti en la película. Lo de menos en la novela es ese amor al huesudo adolescente; es decir, que sea un efebo. Se podría imaginar, en sustitución, a una jovencísima Nathalie Portman, por ejemplo, si hiciese falta. Da igual, lo importante es que sea una idealización, un humo soñado, una magdalena proustiana proyectada, como una alucinación. El hosco Aschenbach no parece interesado en nada que no sea un puro amor platónico de observador. Es un solitario y es un amor de solitario. Todo sucede en su interior. Los de su alrededor no ven más que a un respetable turista. Y esa Venecia pútrida, irresistible. Esa Venecia puta, digamos, más hermosa si cabe por el olor a cañerías. Su amor tiene el mal gusto perfecto de las alegorías. De ahí Mahler, precisamente, desatando toda una delicadeza muy decimonónica, de sentimientos a los que nadie ha puesto nombre. Pero nos dan igual esas cosas, si hablamos de belleza con mayúscula o minúscula. Es la vida, estúpido, habría que decir. Y el solitario se da cuenta, comprende, no sé si tarde. Bueno, ya no podía hacer otra cosa que morirse. Se muere porque estaba, al fin, vivo. Atrás queda el conocimiento y ese pasado de moribundo honorable. Le importa ahora la belleza. Es decir, el abismo. La belleza, que es belleza porque es abismo. Y el abismo, a fin de cuentas, siempre ha estado ahí, a un paso del poeta. Precisamente, ser poeta sería eso, saber que el abismo siempre ha estado y estará ahí. La muerte en Venecia es el reverso del misticismo. No hay más paraíso que nuestra pobre carne pudriéndose. Ni más belleza.


25/11/12

Otra dimensión

Hace años apareció Neira Vilas en nuestro instituto. Nos recogieron a todos en el auditorio y oímos lo que venía a decirnos. Puede que todavía viviera en Cuba. Se había casado con una cubana, también escritora. Parecía una pareja bien avenida, como un pequeño mundo sin dudas. Se complementaban al hablar y se reían mucho, como si hubiesen ensayado su buen humor y eso les pusiese de mejor humor todavía. A veces se da el caso; una pareja como bucle filosófico, como aporía; uno, espejo del otro, y el otro, espejo del uno. Sin fisuras. Yo creo que en la pareja siempre es sano llevarse un poco la contraria; es una medida higiénica, una vacuna. Después me enteré que los Neira Vilas volvieron a Galicia y montaron su fundación. Por supuesto no recuerdo nada de lo que dijeron aquel día. Supongo; Galicia, el idioma, la emigración, una vida. Recuerdo una cosa; como escritores que eran hacían ejercicios de escritores. Por ejemplo; describir objetos que tuvieran cerca. Una lámpara, una mesa, un sofá. Después se leían esos ejercicios el uno al otro. Aquello de los ejercicios se me quedó grabado. Pobres escritores, qué aburrimiento.

En todo caso parecían buenas personas, contentas con el mundo que les había tocado. Tenía la impresión de que vivían en otro planeta, o al menos en otra dimensión. Ayer me encontré con unos diarios de Neira Vilas. Le eché un vistazo. Una agenda de actos oficiales, conferencias, mesas redondas, actos solidarios. Lo peor de ser escritor; esa agenda y aquellos ejercicios.

Una vaca y un niño, o un niño y una vaca. Lo importante es la cuerda y el palo.

20/11/12

#3 Maestros

¿Es posible imaginar nada tan ridículo como que esta miserable y pobre criatura, que ni siquiera es dueña de sí misma, expuesta a los ataques de todas las cosas, se diga dueña y emperatriz del universo, del cual no está en su poder conocer la menor parte, y mucho menos mandarla?

Montaigne. Apología de Ramón Subida

19/11/12

Ese yoga impuesto


Estaba hojeando el libro de Joan Didion. Artículos largos, ensayos, fragmentos diarísticos. Algún volcado de cuadernos. Sería un libro interesante si la California de los setenta fuese interesante. Es decir, si hubiese visto otra cosa que lo que ya hemos visto en otros de la California de esos años. Su localismo no es universal porque la Didion lo haga universal. Su localismo pretende ser universal pero sólo lo parece porque California, Nueva York, Hollywood, son lugares inscritos en esa universalidad estereotipada que ya viene de serie con el nombre. Es un universalismo ya prefabricado. Cuando la Didion nos habla de Sacramento o de San Francisco no nos acerca unos lugares desconocidos. Apenas se sale del guión.

De todas formas son más interesantes sus artículos íntimos, un tanto deslavazados, sin un tema periodístico que una toda esa escritura caprichosa.

Leyéndola se entiende muy bien una cosa. La gran diferencia entre periodismo y literatura es que en el primero se habla a muchos (ustedes), mientras que la literatura habla a una persona sola. Independientemente de la recepción y popularidad de cada ejemplo concreto. No se trata de eso. El periodista da una conferencia y el escritor, digamos, escribe una carta.

Creo que si le he echado un vistazo a este libro es porque Didion tiene un artículo sobre las migrañas. Todo lo demás, la contracultura, Hollywood, Melrose Avenue y los Flying Burritos o el viento de Santa Ana me importan un comino. En cambio, su artículo sobre las migrañas es buenísimo. Siempre he lamentado que grandes escritores clásicos no pareciesen migrañas y escribiesen sobre ello. Proust hubiese dedicado sus siete tomos a la migraña. Quizá Dostoievski padecía dolores de cabeza, no estoy seguro. En realidad Dostoievski no podía no padecer dolores de cabeza, resultaría incomprensible.

Explica muy bien Didion ese momento de tierra quemada posterior al dolor:
"Luego viene el dolor y yo me concentro únicamente en él. Ahí reside la utilidad de la migraña, en ese yoga impuesto, la concentración en el dolor. Porque cuando el dolor se retira, al cabo de diez o doce horas, todo se va con él, los resentimientos ocultos, y también todas las ansiedades banales. La migraña ha operado como un cortocircuito, y los fusibles han emergido intactos. Hay una agradable euforia convaleciente. Abro las ventanas y siento el aire, cómo agradecida y duermo bien. Me fijo en la naturaleza concreta de una flor en el jarrón de cristal del rellano de la escalera. Doy gracias por lo que tengo."
[Los que sueñan el sueño dorado. Pág. 207]

16/11/12

#2 Maestros

"¡Qué difícil es escribir mal!"
Juan Ramón Jiménez

15/11/12

#1 Maestros

"Al escritor podemos verlo aprendiendo torpemente a caminar, a hacerse el nudo de la corbata, a hacer el amor y a comer los guisantes con tenedor. Se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso, y casi siempre torpe, incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor. 
John Cheever

12/11/12

Supongo

Desgraciadamente, ya sólo se discute de banderas. Es decir, de pasta. Quedan algunos románticos. Yo mismo. Creo en la sanidad pública; a mi hija la mando al mejor colegio, que es público. No tengo muchas convicciones, no creo en idioteces y no creo en casi nada que no se pueda tocar. Al menos no creo en idioteces colectivas. "Uns governam o mundo, outros sâo o mundo", escribía Bernardo Soares. Entonces, soy el mundo. Uno a uno voy encontrándole el punto a cada persona. Pero me cuesta tanto ser patriota de la patria o patrias que me tocan. Intento ser y me quedo en no ser, todo el tiempo. Me digo; ah, si viviese en Londres quizá echaría de menos todo esto, mis queridos tractores, mis gallinas, mi estrella galicia, mis caciques, mis paisanos mágicos. Mi lluvia, que hay otras lluvias pero ninguna como esta, tan desfallecida. Sí, no hay nada como estar lejos para añorar ese útero húmedo y musgoso que nos acoge, etcétera. De cerca, es demasiado fácil ver la mugre. De vez en cuando maldigo. Ya no maldigo con la fuerza de antes, como el día que ganaron unas elecciones municipales los mismos que habían llenado las playas de chapapote y los bolsillos de los que votaron. Todas las patrias empiezan y acaban en el mismo sitio; el muy digno bolsillo. Me parece bien, pero tampoco me vuelve loco. Sí, yo también tengo bolsillos, pero en los míos se han paseado mucho las manos, porque no he tenido más ambición que correr el mundo para contar algo alguna vez. Así me va. Pero que nadie me pida cuentas. Si hay que abrazar a alguien, de uno en uno. Con mucho gusto. Supongo.


"Ah, compreendo! O patrâo Vasques é a Vida. A Vida, monótona e necesária, mandante e desconhecida. Este homem banal representa a banalidade da Vida. Ele é tudo para mim, por fora, porque a Vida é tudo para mim por fora." [Livro do desassossego]

10/11/12

618

Pensar, recordar. Pero eso no es escribir.

La literatura es una forma de la timidez.

El silencio está helado.

Tengo mucha prisa por no morirme.

Los limones tienen el entrecejo arrugado.

Volveremos a amarnos, pero otro día.

Ser artista es llevar un calcetín de cada color.

La inmortalidad del escritor es volver del más allá para escuchar a través de las puertas qué dicen de él.

Para odiar a alguien hay que tener algo de imaginación.

Del greguerista fotográfico Chema Madoz. Paisaje santiagués. 

9/11/12

Razas

El señor de blanco, tan encantado de haber nacido con la mejor raza.   

La primera persona que nos anunció que el nacionalismo también era racismo fue precisamente un nacionalista. Profesor de literatura gallega; no era un cínico. Después sería director general de algo en la Xunta del bipartito. Creo que venía a cuento por Arzalluz, el lobo de la época, y es que el jesuita acababa de dar la campanada con el RH. Nosotros éramos jóvenes, nacionalistas, antinacionalistas, españoles y sobre todo antiespañoles. No dependiendo del momento, no, todo al mismo tiempo. La mezcla daba en dandy anarcoide, como la mezcla de colores en pintura da negro o chocolate. Uno se miraba mucho en el espejo y el espejo era un poco el ideólogo. Supongo que había razones más profundas para declararse una cosa u otra, pero quién tenía tiempo para razones profundas. Yo las tenía en todo caso, quizá yo sí; mi madre cocinaba y yo razonaba todo tipo de razones y enmiendas a esas razones. En realidad me dedicaba a observar, y no en silencio. Los demás hacían más o menos lo mismo. Unos años antes del botellón, el cargamento de neuronas intacto. El nacionalismo gallego, la verdad, se nos quedaba en un anarquismo con zuecos. No estaba mal, como ensoñación menor. De paso se reivindicaba a los abuelos, que calzaron muchos zuecos para no encharcarse los pies. Otra cosa era la cruzada vasca y catalana, cada una a su manera. En una veíamos pistolas y descerebrados y en la otra ricos hablando un idioma muy burgués y nasal, ni francés ni español. En ambas, la claridad patriótica. Es decir, la razón de la raza. Lo peor.

El nacionalismo, por supuesto, es un racismo, digamos, elegante. No muy elegante, la verdad, pero no del todo mal visto. Mejor, un racismo politicamente correcto. De los pocos racismos permitidos en una mesa hoy en día sin quedar como un energúmeno. Al menos en mesas civilizadas. De mantel blanco.

8/11/12

Esta ciudad

Claro que a menudo se nos olvida lo bonita que es esta ciudad. No sólo porque esté muy vista o porque hayamos caído en la ceguera de la rutina. En realidad, cuando a una ciudad le ponen un espejo delante es muy posible que acabe disfrazándose de sí misma. Se engalana para que el reconocimiento sea más rápido, para que nadie se haga una idea equivocada de lo que es o tiene que ser. Santiago ya hace años que se ha descubierto a sí misma y en ese saberse querida y hermosa se ha ido contaminando de artificios. Eso pasa en otras ciudades, y sólo con suerte o con insistencia acabamos encontrando a la ciudad por debajo de los cortinajes que le han puesto. Por supuesto, nuestra ciudad ahí sigue; es difícil arruinarla completamente. Pero hay momentos en los que parece más verdadera, más inocente. Es una ciudad casi perdida, o al menos todavía no descubierta. Es algo pasajero, cosa del momento. No hay nadie en la calle, la Quintana vacía, es de noche, olvidada la ciudad de sí misma. Conserva el misterio, lo antiguo también es viejo, o lo parece. Los pasos suenan a paso, y el eco nos trae olores de otro siglo. Hay rumores alegres y tranquilos en las tabernas. Tal cual.



4/11/12

Tal vez

Puede que no haya nada más absurdo que no ser feliz. Y, en cambio, la felicidad parece una práctica de la que sólo se sienten capaces los irresponsables, los idiotas. Es un don que dios le ha dado a los inconscientes, para compensar no se sabe qué desequilibrios. Los inteligentes se amargan mucho, y ya no digamos los inteligentes de izquierda. Ser feliz, como tara. Quizá sea así porque ser feliz, en general, es toda una frivolidad, la mayor, y también terriblemente aburrido. No hay más que ver, la verdad, a los que presumen de felicidad; llevan una vida tristísima. No dejan de divertirse ni un momento, van de aquí para allá sin parar, y siempre están rodeados de amigos (bueno, conocidos, o gente) y su mujer e hijos les hacen la ola cada día. Puede que haya otro tipo de felicidad; la de los cartujos. Es el otro extremo. También del aburrimiento.

Es una época hermosa la nuestra para amargarse. No sólo se dan las condiciones sociales y económicas, sino sobre todo las estéticas. No hay cosa que le siente mejor a una belleza que unas gotas de amargura. Se diría que en ese rostro nublado encontramos la mejor razón para el amor. Watzlawick, ese gran psicólogo austríaco, decía en El arte de amargarse la vida: "Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende, no basta tener alguna experiencia personal con un par de contratiempos."

Fue Borges el que escribió; "He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz." Sospecho que Borges hubiera llevado una vida parecida a la que llevó si volviera a nacer como Borges. Por lo tanto, su no felicidad es la no felicidad elegida por él día tras día. Es pura nostalgia al pensar en el que fue. Siente que se merecía mucho más.

En Tristana, que acabo de leer (decepcionante en muchos aspectos), se dice al final: "¿Eran felices uno y otro?... Tal vez."

Sí, quizá sí, eran felices, porque ya se habían olvidado de querer ser felices. Es decir, de sí mismos.

La verdadera felicidad debería ser siempre un poco secreta. Para no amargar a los demás.