Querido otoño. Cómo te echaba de menos, sin saberlo. No temas; tengo un buen jersey, no me pondré muy cursi. Aunque el mundo se hunda en las ciudades, acribillado por aburridas gráficas en forma de rayo, siempre nos quedará encogernos de hombros barojianamente y darnos un paseo por un bosque húmedo, oxidado, misterioso. Uno que, siguiendo la tradición, gotee como un grifo abierto. No hay lobos, pero como si los hubiera. Los soñamos, si hace falta. Llevamos toda la vida soñando con unos lobos vagamente lejanos. Se duerme mejor con lobos de fondo, y a falta de lobos, nos conformamos con la lluvia. El paisaje otoñal es mejor que nunca, es decir, más paisaje que nunca. Tan mullido, con todo ese ocre disparatado cayendo por todas partes. Es una hermosa descomposición de la naturaleza. Una lírica fauvista, rojos y amarillos casi invisibles. Hay que fijarse porque es muy discreto el otoño. Mientras se hace de noche (el otoño es un largo día oscurecido en el que no se acaba de hacer de noche) los paisanos en la aldea queman unas castañas. Una castaña, por cierto, es lo más parecido a un corazón pequeño, de erizo quizá. Sale un humo blanco, lento, de las chimeneas, y la estampa pide a gritos a un pintor nórdico, un tanto lánguido, que clave la hora.
31/10/12
28/10/12
Aplausos y fantasías
Se pone muy bonito por ahí el discurso del Príncipe en el teatro Campoamor. Tiene que ser muy entretenido escribir esos discursos. Saber que lo leerá un Príncipe, que habrá eminentes orejas allí, quizá las orejas más sabias de esta nación. Orejas aseadas, con su conducto auditivo a punto. Un discurso en el que bendecir a todos los premiados con alabanzas razonables, o que lo parezcan. Decir tanto, o tan largo, sin decir demasiado, o lo que únicamente se espera de un discurso; caminar por la cuerda floja de la inanidad sin perder el equilibrio. Que las ondas del electrocardiograma del discurso no se salgan nunca de madre. Tiene que estar bien, eso, como hacer una empanada.
Hace unas semanas vi esa película, El discurso del Rey. La vi en versión original, claro, sería absurdo ver esa película doblada. Esos primeros planos de bocas pronunciando palabras que no son las que oímos. Si me quedase sordo hoy mismo, y después de ver tantas películas dobladas a lo largo de mi vida, no podría, seguro, leer en los labios ni un saludo. La película trata sobre la dificultad de leer en público siendo tartamudo. Un Rey puede tener cualquier tara, pero no esa. El príncipe Felipe no es tartamudo; tiene todas las condiciones para ser un buen Rey. Consigue mantenerse de pie y lee de corrido. No puedo decir lo mismo de mí, que me pongo muy nervioso cuando me miran más de tres personas al mismo tiempo.
Nuestro articulista de cabecera, al que ya apenas leemos, porque se ha tapiado para el que no pague, y hace bien, que la vida está muy cara, se permite en su blog una fantasía. Así la llama él. Resalto esta palabra porque me encanta. El periodismo también se permite alguna que otra fantasía. Es una fantasía de testigo privilegiado. Los Premios Príncipe de Asturias. Ahí tenemos a un catalán y a un madrileño. Futbolistas. Amigos supuestos, y si no, conocidos de toda la vida, desde críos jugando juntos. La convivencia al final hace milagros, por muy catalán rastrero y por muy madrileño noble que sea uno. Se cuenta que nuestro Príncipe no tartamudo lee. Aplausos, catarsis. Un tanto por ciento razonable de individuos del auditorio tendrá en esos momentos la piel de gallina. Habría que verse en el momento. Con música de Wagner a Woody Allen le entraban unas ganas irrefrenables de invadir Polonia. No sé. Pero el jodido catalán deja de aplaudir de primero. Cierra el grifo de los aplausos, él, antes que ningún otro. Por supuesto, antes del madrileño tosco y bonachón, pero fino de inteligencia, que deja de aplaudir para evitar que los brazos caídos de su compañero sean los únicos brazos caídos del teatro. Si eso no es amistad. Tenía un amigo que dejó de ir a los conciertos de la orquesta en el Auditorio de Galicia porque el público aplaudía demasiado. Le aparecía del todo exagerado. Y puede ser cierto. Lo importante aquí, en todo caso, es exponer la mezquindad catalana del individuo. Se aplaude poco y mal al Príncipe. Entramos en el mundo incontrovertible de los hechos; unos ven ejércitos invadiéndolos y otros detectan infidencias en el ejercicio del aplauso a la Corona. Todo encaja.
Hace unas semanas vi esa película, El discurso del Rey. La vi en versión original, claro, sería absurdo ver esa película doblada. Esos primeros planos de bocas pronunciando palabras que no son las que oímos. Si me quedase sordo hoy mismo, y después de ver tantas películas dobladas a lo largo de mi vida, no podría, seguro, leer en los labios ni un saludo. La película trata sobre la dificultad de leer en público siendo tartamudo. Un Rey puede tener cualquier tara, pero no esa. El príncipe Felipe no es tartamudo; tiene todas las condiciones para ser un buen Rey. Consigue mantenerse de pie y lee de corrido. No puedo decir lo mismo de mí, que me pongo muy nervioso cuando me miran más de tres personas al mismo tiempo.
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Nuestro articulista de cabecera, al que ya apenas leemos, porque se ha tapiado para el que no pague, y hace bien, que la vida está muy cara, se permite en su blog una fantasía. Así la llama él. Resalto esta palabra porque me encanta. El periodismo también se permite alguna que otra fantasía. Es una fantasía de testigo privilegiado. Los Premios Príncipe de Asturias. Ahí tenemos a un catalán y a un madrileño. Futbolistas. Amigos supuestos, y si no, conocidos de toda la vida, desde críos jugando juntos. La convivencia al final hace milagros, por muy catalán rastrero y por muy madrileño noble que sea uno. Se cuenta que nuestro Príncipe no tartamudo lee. Aplausos, catarsis. Un tanto por ciento razonable de individuos del auditorio tendrá en esos momentos la piel de gallina. Habría que verse en el momento. Con música de Wagner a Woody Allen le entraban unas ganas irrefrenables de invadir Polonia. No sé. Pero el jodido catalán deja de aplaudir de primero. Cierra el grifo de los aplausos, él, antes que ningún otro. Por supuesto, antes del madrileño tosco y bonachón, pero fino de inteligencia, que deja de aplaudir para evitar que los brazos caídos de su compañero sean los únicos brazos caídos del teatro. Si eso no es amistad. Tenía un amigo que dejó de ir a los conciertos de la orquesta en el Auditorio de Galicia porque el público aplaudía demasiado. Le aparecía del todo exagerado. Y puede ser cierto. Lo importante aquí, en todo caso, es exponer la mezquindad catalana del individuo. Se aplaude poco y mal al Príncipe. Entramos en el mundo incontrovertible de los hechos; unos ven ejércitos invadiéndolos y otros detectan infidencias en el ejercicio del aplauso a la Corona. Todo encaja.
26/10/12
El Pequeño Premio Nacional
Debería tener una opinión, pues parece que para eso se escribe, para tener opiniones, y para repartirlas, como repartía mi abuela los granos de maíz entre las gallinas, siseando mucho, lo que me daba siempre unas ganas de orinar repentinas. No tengo ninguna opinión, no opino de lo que me importa un bledo. Es una comedia estupenda y poco más. No veo que tenga que hacerme una opinión al respecto porque los veinte mil euros que no se ingresa Marías no son unos veinte mil euros que me incumban en absoluto. Es un asunto divertido, como puede serlo una discusión vecinal entre señoras, y un asunto triste, porque han ganado buenas obras este premio antes, mejores seguramente que el libro de Marías, y al rechazarlo se devalúan en cierta manera esas obras. Se podría decir que estos rutinarios chantajes estatales en forma de premio comprometen cualquier palabra que se escriba a posteriori, o incluso que se haya escrito. Quizá sea así. Cómo no arruinarse la mejor rabia para escribir, por ejemplo de los pasmarotes del Gobierno, cuando no sólo los hemos conocido en persona, encontrándolos encantadores y merluzos, y nos han entregado un cheque maravilloso. En realidad da igual todo esto.
Forma parte de la comedia de la literatura que a su vez forma parte de la comedia de la vida. Es un mundo de actorcillos con peluquín y polvos de talco en los hombros, que se quitan y se dan honores y cheques para enmarcar unos a otros. Una lucha intestina, y hablando de intestinos, todos rebosan una paciencia peristáltica, se agrietan en sus mesas camilla calculando los honores que se les debe. Está muy bien, se ven las mismas miradas asesinas en otras profesiones, en todas. Sólo a que los escritores se les ve más, la vanidad les luce mucho porque todo son focos sobre ese señorío.
Hay que buscar también este rechazo de Marías hijo (como le llama Trapiello, lo que al oído puede acabar siendo una tal María Seijo) en la actitud de su admirado Thomas Bernhard para con los premios en general, y los estatales en particular. Puede que no exista un autor contemporáneo que haya sentido (y escenificado deliciosamente) su oposición al Estado de una forma más contundente. Hasta el punto de prohibir durante la vigencia de sus derechos de autor (esos setenta años) "toda representación, publicación o impresión de su obra en Austria". Bernhard era austríaco y se podría decir que el amor/ odio visceral a su país, su "cárcel/ patria", es uno de sus temas recurrentes. Hace un par de años publicó Alianza una serie de escritos inéditos de Bernhard centrados en los premios que había recibido a lo largo de su vida. Además del discurso pronunciado en la recogida del llamado Premio Nacional Austríaco de Literatura, llamado por Bernhard el Pequeño Premio Nacional, para diferenciarlo del llamado Gran Premio Nacional (que en España podría ser el Cervantes), narra en ese texto las dudas y los remordimientos que tuvo cuando aceptó el tal premio.
A Bernhard le parece humillante que se le conceda el Pequeño Premio Nacional "a una edad a la que normalmente no se recibe ya, cuando lo habitual es recibir ese premio ya a los veintitantos", y no el llamado Gran Premio Nacional, "que se concede por lo que se llama la obra de una vida." Bernhard acepta el premio, de todas formas, por mucho que lo deteste, dice, para no ser "aguafiestas", y también por el dinero, "veinticinco mil chelines de entonces, que yo, endeudado hasta las cejas, necesitaba con urgencia." Qué hermoso debate interior; la náusea o la pasta. Resuelve que ambas, se queda con las dos, pues no puede librarse de la náusea que le provoca recibir tal premio y al mismo tiempo no puede renunciar a la pasta. A su alrededor, familia y amigos, le recomiendan que recoja en paz el premio, que no le dé más vueltas. Pero el pobre Bernhard se expone una y otra vez a la humillación de explicar qué premio había recibido: "Las personas que me habían hablado del premio creían todas, naturalmente, que había recibido el Gran Premio Nacional, y cada vez tenía que pasar por la penosa situación de tener que decirles que se trataba del Pequeño Premio, que había recibido ya cualquier imbécil que escribía."
Ni siquiera le agrada el Gran Premio Nacional, que había sido concedido a "nada más que imbéciles", y además perfectamente desconocidos ("solo yo conocía a aquellos imbéciles"). En fin, apenas puede dormir, atenazado por la humillación de ser señalado por ese premio, a su edad (¡cerca de los cuarenta!), y también por el miedo de presentarse ante el ministro del ramo y decir unas palabras. De todas formas Bernhard no pretende nunca revestir su actitud de rechazo con un velo de moralina barata. Al contrario. Su tía le acusa de inconsecuencia, y él es consciente de la imposibilidad de armonizar el rechazo orgánico a tal "infamia monstruosa" y la aceptación del dinero con unas palabras de agradecimiento: "No estoy dispuesto a rechazar veinticinco mil chelines, decía, soy codicioso, no tengo carácter, yo también soy un cerdo". Como nadie puede vivir mucho tiempo con tal drama interior se saca de la manga la teoría de que cogerá el dinero porque "hay que quitar al Estado, que todos los años tira por la ventana no sólo millones sino millardos, cualquier dinero", que usará para viajar y resarcirse así de la humillación.
Hay que ver a cuántas humillaciones se ve expuesto uno si se aficiona a garabatear unas frases de vez en cuando. No sólo empiezan no pagándole a uno por sus frases, que son unas frases que valen menos, mucho menos, monetariamente, que los movimientos de la señora empleada del hogar, que se dice, meneando el plumero un minuto, un brevísimo minuto de plumero, sino que acaban quizá concediéndole a uno, ya entrado en años y después de una vida encerrado poniendo huevos, un Premio Nacional casi para tontos. Un minuto del tiempo de la señora empleada del hogar tiene su peso en la economía nacional y quizá mundial, y un minuto del tallador de frases, que lleva media vida tallando frases y todavía es un pollo, apenas tiene relevancia en el mundo real, por el que circula el dinero, el aguardiente y el amor.
Bernhard se presenta con un papel garabateado en el Ministerio de Cultura y Arte y Educación. Se avergüenza de las frases que va a leer. Ya es uno más, ya forma parte de "esa gentuza" a la que siempre ha odiado, empezando por el ministro, un tal Piffl-Percevic, nombre al que le faltan un par de acentos circunflejos al revés y que se merece que le falten, pues un ministro, a la larga, es muy poca cosa, en definitiva, para la vida de un país. Del ministro ya no se acuerda nadie al siguiente día de perderlo de vista. Sólo la familia recuerda a su familiar ministro, y en el caso de que ese ministro haya metido poco la pata y fuese discreto. El pobre ministro citado más arriba la caga atrozmente, según Bernhard. No sólo le humillan concediéndole el Pequeño Premio Nacional sino que le confunden con otro. Bernhard, conteniendo su ira, lee sus frases, al parecer inofensivas. Un escándalo. El discurso, por supuesto, es escandaloso y corrosivo, sobre todo si se es austríaco. El pobre ministro circunflejo "con el rostro de un rojo encendido, se puso en pie de un salto y se dirigió hacia mí, lanzándome a la cara algún insulto incomprensible". Después de las amenazas con el puño en alto estalla el caos. Una puerta acristalada se cierra con estrépito una y otra vez. Un escándalo, para los periódicos. El rechazo de Marías ha sido, en cambio, muy respetuoso. Supongo que esos veinte mil euros que han volado dignamente no sólo no le inquietan lo más mínimo ni le quitarán el sueño, sino que le permitirán dormir mejor. Y eso es, siempre, bueno.
[Publicado en Jot Down.]
25/10/12
Los extraterrestres tampoco traen la felicidad
Conocí a un tipo que se volvió loco y planeó escribir libros de autoayuda. O al menos empezó a darle vueltas a la idea de vivir de eso, de escribir ese tipo de libros y de dar conferencias sobre temas extraños, en los que vagamente se relacionarían los sueños, la vida después de la muerte y los extraterrestres. O cualquier otro delirio, qué más da. Siempre había sido un tipo callado pero vivía más o menos cerca de mi casa y coincidíamos a la vuelta, los fines de semana. No siempre. En el tren algunas veces, en el autobús casi siempre. Como era bastante soso lo evitaba o me sentaba con otras personas. Un día coincidimos y me confesó que su vida había dado un giro de 180 grados y que veía claro su futuro. Me habló ese día de cosas rarísimas. La última vez que lo había visto me había comentado algo de Nietzsche, de su libro Ecce homo, diciéndome que alguien como Nietzsche que se había vuelto majareta no podía ser más que digno de lástima. Cuando decía lástima quería decir desprecio. Le bastaba leer los títulos de los capítulos para darse cuenta de lo trastornado que había estado en sus últimos años el filósofo alemán. Lo decía muy en serio, como denunciando públicamente los delirios de Nietzsche. Meses después sería él el que se habría de volver majareta, aunque seguiría siendo tan aburrido y taciturno como siempre, si no más.
Después desapareció. Nunca más volví a verlo. Dejó la carrera. Duró un trimestre. Me parecía una carrera mucho más triste con alumnos como él. Esa es la verdad. Yo creía en la ciencia y en sus iluminaciones probadas, y aquel tipo era toda tristeza, cementerio, extraterrestres de goma verde y una bombilla en cada ojo. Ser feliz; estaba claro que nadie sería feliz, ni él ni yo ni nadie. Ser feliz, a ratos, eso sí, y el resto del día ocuparse con algo.
Digo, desapareció. Tenía un plan, decía. Todo de un día para otro. Más o menos. Sus padres tenían una churrasquería cerca de mi casa. Su hermano era un tipo normal que jugaba al baloncesto con nosotros. Él, en cambio, daba mal rollo. Qué rencores, qué mal se sale a veces de la juventud. Siempre se sale cojo de la juventud. De dos piernas o de una. Imaginé, no sé por qué, que años después lo encontraría en un banco. Sería el director de la oficina. Lo veía tan serio como siempre, encasquetado en su mesa. Parecía más afable y guardaba seguramente todos sus recuerdos en una caja de metal que sólo abría algún fin de semana. Quizá fuera cazador, para ir a matar jabalíes con sus amigotes directores de otras oficinas, y quizá algún día jugara a ponerse el cañón de la escopeta en la boca. Los extraterrestres no le habían traído la felicidad, aunque la esperanza es lo último que se pierde.
24/10/12
610
El nacionalismo, efectivamente, es estúpido. Sobre todo el nacionalismo de los demás.
Las monjas son el último refugio de la democracia. Se diría que salen del hormiguero por pura precaución, para prevenir males mayores, sin interés aparente por los particulares de la política que no afecten a la llamada moral. Gracias a ellas siempre habrá papeletas que contar.
*
Escribir es cosa de escolares. Y si hay monotonía de lluvia tras los cristales, más todavía.
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Dejamos de ser jóvenes cuando alguien nos avisa.
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La locura también es una ficción; sería el intento de encontrar explicación a un dolor inexplicable.
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Escribir está a medio camino entre hablar y callar. Encontrar el equilibrio es difícil; o se habla demasiado o se calla demasiado.
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Por alguna razón es imprescindible mirar al helado mientras lo comemos para que sea un helado.
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Después de empapelar la ciudad y el país con la foto de su cara y de salir en periódicos y televisiones sonriendo, clamando y besando bebés, aclaró, la noche electoral, que no se tomaba la contundente derrota "en clave personal". Tenía razón; nadie le había votado "en clave personal".
*
Las monjas son el último refugio de la democracia. Se diría que salen del hormiguero por pura precaución, para prevenir males mayores, sin interés aparente por los particulares de la política que no afecten a la llamada moral. Gracias a ellas siempre habrá papeletas que contar.
20/10/12
Madre, ilumínanos
A veces veo a un desgraciado y pienso; quién será su madre, o cómo será su madre. Su santa madre o su puta madre. Quizá ambas, esa mistura de las secretas complejidades de la vida. Es este un país de madres. Madres solas, aun casadas, o precisamente por eso. La miseria emigra, ya se sabe, o se pasa el día fuera de casa. Ahora que llueve mierda es la hora de las madres. Habría que ver qué diferencia hay entre los países hembra y los países macho. Y entre los países hembra tampoco es lo mismo Cuba que Galicia, por ejemplo.
Gaya, recogido en su blog:
Gaya, recogido en su blog:
Mi madre no era para mi una persona, sino un lugar, un lugar seguro; perdido ese lugar, uno va dando bandazos de un lugar a otro, sin sitio, sin donde caernos muertos. Todo el terror de la muerte desparecería si pudiéramos morir en los brazos de nuestra madre; sería ése el momento que más necesitaríamos tenerla a nuestro lado.
(Original de una anotación de Ramón Gaya)
Ramón Gaya. De "Anotaciones de diario inéditas". OC. Ed. Pre-Textos.
19/10/12
Personajes
Meten a un niño en un coche. Al ver los carteles colgados de las farolas con las fotos de los candidatos pregunta:
– ¿Quiénes son estos personajes?
Risas, pero es esa risa que acaba en mueca congelada. En fin, democracia. Pero no hay más que verlos; son unas elecciones tristes. Menos Beiras, al que le sobra Prozac, y quizá lucidez, aunque una lucidez más bien para analizar la Guerra Fría. Estos principales, más que el voto, parecen los de una comisión de fiestas, pidiendo una ayuda para financiar una verbena. Y qué verbena. Salvamos a Beiras porque es nuestro paradigma de abuela cabreada, a la que no pisotea ni el cura y mucho menos el cacique sonrosado. Beiras es una nostalgia, efectivamente, una retórica juvenil. Pero como retórica funciona. El discurso convincente y disparatado, el juego de manos, los ojos inyectados en leche.
En el fondo ya sólo creemos en las formas. Paradoja. Desconfiaba por sistema del carisma del político; qué equivocación. Pensaba que los aburridos eran mejores gestores, que tenían más paciencia para firmar decretos necesarios e ininteligibles. Nada.
– ¿Quiénes son estos personajes?
Risas, pero es esa risa que acaba en mueca congelada. En fin, democracia. Pero no hay más que verlos; son unas elecciones tristes. Menos Beiras, al que le sobra Prozac, y quizá lucidez, aunque una lucidez más bien para analizar la Guerra Fría. Estos principales, más que el voto, parecen los de una comisión de fiestas, pidiendo una ayuda para financiar una verbena. Y qué verbena. Salvamos a Beiras porque es nuestro paradigma de abuela cabreada, a la que no pisotea ni el cura y mucho menos el cacique sonrosado. Beiras es una nostalgia, efectivamente, una retórica juvenil. Pero como retórica funciona. El discurso convincente y disparatado, el juego de manos, los ojos inyectados en leche.
En el fondo ya sólo creemos en las formas. Paradoja. Desconfiaba por sistema del carisma del político; qué equivocación. Pensaba que los aburridos eran mejores gestores, que tenían más paciencia para firmar decretos necesarios e ininteligibles. Nada.
15/10/12
Otoño ruso y pajaritos galleguistas
Si tuviese que definir el otoño gallego, ahora que ya nos ha llegado al hueso, diría que el otoño gallego es un otoño ruso. Al menos tal como me imagino el otoño ruso. Quizá toda la gran literatura rusa es un otoño con sabañones, un paisaje ahumado. El mismo humo aquí; humo o lo que sea; ni sube ni baja, y no de mañana, incluso de tarde tiene todo un color sucio, medio pintado a carboncillo. Se nos pone a todos un poco cara de ruso congestionado. Cara de susto. Las hojas del suelo están para pisarlas, pero ya las pisamos sin enterarnos de tan señores que somos; es el pie, siempre criatura, aplastando hojas como patatas fritas de bolsa. Y por ahí.
Una de las razones que da el tertuliano ilustre en la radio sobre el éxito del PP en Galicia es que el PP es aquí un partido galleguista. Pero otra tertuliana aparta tal argumento, como mamarrachada, diciendo que si nos ponemos así hasta los pajaritos son galleguistas. No sé qué dice después, nada importante porque no le hago ya ni caso. Me quedo con esos pajaritos galleguistas. Incluso los veo, sobre las ramas de algún árbol. Y me río. ¿No sería eso acaso el paraíso como país, donde hasta los pajaritos serían galleguistas y puede que un poco folclóricos, verbeneros incluso?
No, quizá sea mucho decir. El PP, galleguista no. Si acaso se le vota mucho por gallego. Entiende el personal que es un partido gallego que ha salido a recorrer mundo. De ahí el puro de emigrante al que le han ido bien las cosas. Ahora Rajoy debería aparecérsenos de blanco, con sombrero panamá.
*
Una de las razones que da el tertuliano ilustre en la radio sobre el éxito del PP en Galicia es que el PP es aquí un partido galleguista. Pero otra tertuliana aparta tal argumento, como mamarrachada, diciendo que si nos ponemos así hasta los pajaritos son galleguistas. No sé qué dice después, nada importante porque no le hago ya ni caso. Me quedo con esos pajaritos galleguistas. Incluso los veo, sobre las ramas de algún árbol. Y me río. ¿No sería eso acaso el paraíso como país, donde hasta los pajaritos serían galleguistas y puede que un poco folclóricos, verbeneros incluso?
No, quizá sea mucho decir. El PP, galleguista no. Si acaso se le vota mucho por gallego. Entiende el personal que es un partido gallego que ha salido a recorrer mundo. De ahí el puro de emigrante al que le han ido bien las cosas. Ahora Rajoy debería aparecérsenos de blanco, con sombrero panamá.
12/10/12
Fantasías bioquímicas y otras
Vicente Risco, en Libro de horas:
Había que estudiar el por qué verdadero. Qué, si preguntamos a los sabios, nos salen enseguida con fantasías bioquímicas; pero tiene que haber una razón superior para que la bioquímica prepare precisamente estos colores. Los sabios se contentan con el cómo; y a nosotros no nos basta.
*
La muerte es una palabra para poetas y filósofos. Los demás, fallecen, un día. Y en ese fallecer está el olvido de una vida cualquiera, y también lo humillante de la extinción burocrática que es, sobre todo, el fallecer. Al fallecido le ponen un sello. Se mueren las personas y fallecen los nombres.
*
Lo único que me apetece leer es lo que alguien escribe sin demasiada paciencia, sin mucho trabajo. Creo que es de lo peor que se puede decir de un libro, que está escrito con mucha paciencia. Sudor, sangre y paciencia. Se me dirá que soy un mal lector, y así será. Tampoco yo tengo paciencia como lector. Por eso quizá leo pocas novelas actuales. Novelas en las que se entra, se sale, se habla de gilipolleces. En Viaje a La Alcarria de Cela, el paciente Cela (al menos cuando escribía), nombra el libro Historia de Galicia de Manuel Murguía. El viajero lo coge al azar de la estantería y dice: Es gracioso este libro..., es un libro lleno de paciencia.
Paciencia, casi parece un eufemismo. Y es que Cela no siempre era grosero y directo en el insulto.
*
El Roto:
–¿No sientes el orgullo de ser español?
–Abuela, a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio.
Esto me recuerda a algo que escribía Cioran en sus diarios:
Si se quiere conocer un país, hay que leer a sus escritores mediocres, que son los únicos que reflejan de verdad sus defectos, virtudes y vicios. Los otros escritores, los buenos, suelen reaccionar contra su patria, se avergüenzan de formar parte de ella. Por eso, expresan perfectamente su esencia, quiero decir su inutilidad cotidiana.No se sabe muy bien si habla de la inutilidad cotidiana de la patria o de sus escritores buenos. Puede que de ambos. En definitiva, no deja de sorprenderme, y eso que llevo años haciéndolo, el optimismo y la ilusión del nacionalista o patriota; también la del antinacionalista. Unos y otros, como esas parejas que se pasan la vida discutiendo y son incapaces de separarse.
10/10/12
605
De aquel maestro calvo y arrugado como un réptil que tuvimos a los seis años aprendimos a no hablar a coro, lo cual le parecía el colmo de la estupidez. Fue una sorpresa; a fin de cuentas a los niños se les enseña ya en la guardería a formar una sola voz cantarina, que es la de todos y que habla por todos. Es posible que haya rezado a coro alguna vez o cantado la tabla de multiplicar. La infancia también es un infierno. No sé si por ese maestro o por el emperramiento de algún cromosoma siempre me ha parecido bochornosa ese hábito de unir mi voz a la de la masa. Toda manifestación que no tome el Palacio de Invierno siempre es un poco ridícula. Esos coros reivindicativos, esas rimas, el ritmo, todo da repelús. Pero es lo que hay, o se hace el ridículo o se masca la rabia en solitario. La voz de la masa no conoce matices ni peros.
Y. El coro del Nou Camp. No vamos a pedirle al público de un estadio que mantenga un diálogo razonable y socrático sobre alta política. Es muy posible que no haya ni un sólo estadio, por muy pequeño que sea, en el que no se coree la independencia de algo o la quema del parlamento o la resurrección por ley de Hitler. Hace años que no voy a un partido pero las veces que he ido no he escuchado más que insultos y proclamas incendiarias. Al fútbol se va mucho a comportarse como un energúmeno, siendo uno de los poco lugares dónde es casi obligatorio ponerse histérico. Ya en una cafetería viendo un partido como el del domingo incluso es sospechoso el que no grita ni agita un poco los brazos.
Parece evidente que ni había noventa mil independentistas en el estadio ni todos los que gritaron la palabra maldita están a favor de la independencia. Si para desmoralizar al Real hay que gritar eso se grita. Como decía Gila, el insulto no mata pero desmoraliza, y es evidente que en Madrid se ha tomado ese grito como un insulto. Al menos Rajoy ha hablado de "disparate de colosales proporciones", que como calificativo en ristra me suena a rascacielos o peli pornografica.
Y. El coro del Nou Camp. No vamos a pedirle al público de un estadio que mantenga un diálogo razonable y socrático sobre alta política. Es muy posible que no haya ni un sólo estadio, por muy pequeño que sea, en el que no se coree la independencia de algo o la quema del parlamento o la resurrección por ley de Hitler. Hace años que no voy a un partido pero las veces que he ido no he escuchado más que insultos y proclamas incendiarias. Al fútbol se va mucho a comportarse como un energúmeno, siendo uno de los poco lugares dónde es casi obligatorio ponerse histérico. Ya en una cafetería viendo un partido como el del domingo incluso es sospechoso el que no grita ni agita un poco los brazos.
Parece evidente que ni había noventa mil independentistas en el estadio ni todos los que gritaron la palabra maldita están a favor de la independencia. Si para desmoralizar al Real hay que gritar eso se grita. Como decía Gila, el insulto no mata pero desmoraliza, y es evidente que en Madrid se ha tomado ese grito como un insulto. Al menos Rajoy ha hablado de "disparate de colosales proporciones", que como calificativo en ristra me suena a rascacielos o peli pornografica.
Aquí Pepe, que cuando no mata desmoraliza.
4/10/12
604
Leía una entrevista a Claudio Rodríguez, recogida en La otra palabra (Escritos en prosa):
"Casi todos los críticos estudian la poesía o la literatura como algo que ya está hecho. Pero hay pocos que se atrevan a meterse en los territorios misteriosos, y hasta ahora inexplorados, de lo que es el proceso de creación. Y se debería ver el proceso antes que la creación del poema. Lo cual pertenece más al terreno de la psicología, por decirlo así, que al terreno de la crítica literaria. ¿Pero por qué el proceso creador poético se diferencia del proceso creador científico? ¿O filosófico? La invención de las matemáticas, o las teorías de Pitágoras, o el descubrimiento de la armonía del mundo, Galileo o Newton, Kepler, son procesos creadores bastante semejantes al poético. Galileo no tenía un instrumento para descubrir, ni Newton. Tenían imaginación poética, como Einstein. Poética en el sentido etimológico de la palabra poesía."
3/10/12
603
Bueno, la poesía está ahí para ser leída. La poesía se recita. Ya de pequeño, en clase, hacía los honores. Pero sin maraca sensiblera, aunque no sin cierta emoción. A mi hija le leo algo de vez en cuando, pero prefiero no ponerme muy serio, no quiero espantarla, así que puedo leerle a Gloria Fuertes con la entonación Alberti, que es muy pegajosa y divertida, y a Alberti con la voz de Gloria Fuertes. Como traca final me convierto en Neruda, y me arrastro por los versos lento y campanudo, poniendo caras. Eso la mata de risa.
Si voy a la poesía que prefiero, Pimentel, Rosalía, alguno de mis gallegos, o alguno de los Machado, JRJ, entonces sólo leo y dejo a un lado el acento de poeta. Le aburre, claro, pero escucha encandilada el sonido de las palabras.
El problema quizá de la poesía es que ya no se recita. Se lee como el periódico o como una novela, en silencio y con prisa. Y así la poesía puede ser un galimatías susurrado. No, el poeta no es un tamborilero, como decía Unamuno, pero la poesía también es música. Entra por el oído.
Me pasa con Bernhard y me pasa con otros autores; los leo con ganas de escuchar lo que leo. Y no tanto leer en alto para alguien sino por pronunciar esas frases y el silencio entre ellas. Eso no quiere decir que sean mejores o peores esos autores. Sin duda es una virtud de la prosa, pero hay autores muy grandes que no piden esa voz. Leía el otro día Goethe se muere, la recopilación de cuatro relatos de Bernhard que acaba de editar Alianza. Y fue con Reencuentro, el mejor relato del libro, cuando me entraron ganas de recitar esas frases. Buena parte de culpa es sin duda de Miguel Sáenz.
Si voy a la poesía que prefiero, Pimentel, Rosalía, alguno de mis gallegos, o alguno de los Machado, JRJ, entonces sólo leo y dejo a un lado el acento de poeta. Le aburre, claro, pero escucha encandilada el sonido de las palabras.
El problema quizá de la poesía es que ya no se recita. Se lee como el periódico o como una novela, en silencio y con prisa. Y así la poesía puede ser un galimatías susurrado. No, el poeta no es un tamborilero, como decía Unamuno, pero la poesía también es música. Entra por el oído.
Me pasa con Bernhard y me pasa con otros autores; los leo con ganas de escuchar lo que leo. Y no tanto leer en alto para alguien sino por pronunciar esas frases y el silencio entre ellas. Eso no quiere decir que sean mejores o peores esos autores. Sin duda es una virtud de la prosa, pero hay autores muy grandes que no piden esa voz. Leía el otro día Goethe se muere, la recopilación de cuatro relatos de Bernhard que acaba de editar Alianza. Y fue con Reencuentro, el mejor relato del libro, cuando me entraron ganas de recitar esas frases. Buena parte de culpa es sin duda de Miguel Sáenz.
1/10/12
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En la película Días de vino y rosas Jack Lemmon es un gris oficinista, hiperactivo y alcohólico. De esto último se da cuenta pasados unos años, cuando al caminar por una calle ve su imagen reflejada en un escaparate. Al principio se mira extrañado, sin reconocer al borracho. Pero el desmejorado borracho es él, y corre a casa a decírselo a su mujer, que también está alcoholizada, aunque ella sin haberse parado nunca ante su propio reflejo en un escaparate. Él grita, histérico por el descubrimiento. Se sube por las paredes, aparta la cerveza que le ofrecía su mujer de un manotazo. Creo que la palabra que usa para definirse es bombed. Tal como la pronuncia suena a explosión de bola de papel. La pronuncia con desesperación, como es lógico.
La película está muy bien. Ya la había visto hace años.
Lo importante de todo esto es ese reflejo en el escaparate. Puede que fuese un espejo en la calle. El caso es que está fuera de su casa, porque los espejos de casa, por alguna razón, están amaestrados y nunca nos dan lo que ven los demás. Puede que en el espejo de casa aparezca más la memoria de uno, la imagen que uno mismo tiene de sí. Y es en esa ojeada disimulada al espejo en una cafetería donde descubrimos que ese extraño es el que se hace pasar por nosotros. Conclusión a la que se llega, la verdad, sin necesidad de estar borracho.
*
Cortesías.
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