Tokyo Decadence. Estos sí que no pierden el tiempo con fantasías.
29/9/12
601
Este independentismo urgente de Mas (qué apropiado nombre para President) me tiene muy entretenido. No preocupado, claro. Como le digo a mi hija, lo importante es no lastimarse, no quitarse un ojo. El tema ha venido a salvarnos de tanta realidad. Uno sale a la calle y ve a una señora muy digna revolviendo entre los desperdicios. Y ahora ya salía hasta en el New York Times cualquiera revolviendo en su contenedor. De ahí a que las cochinas yanquis del Erasmus me preguntasen por el contenedor más poblado para llevarse una foto de recuerdo hay un paso. El sueño independentista, en cambio, es eso, un sueño. Es la fantasía más o menos irrealizable del nacionalismo desde siempre. No conozco a nadie que no haya sido independentista al menos una vez, si acaso una noche, o dos. Quién no ha sido poeta, al menos quince minutos: pues el independentismo es casi poesía, pero de la mala. Tengo amigos que han sido independentistas durante años, pero después se casaron y no han vuelto a hablar de ello. Como tema de moda es delicioso, casi una guerra con florete. Por supuesto, es un proyecto imposible. Nada más excitante que lo imposible. Una cosa es intentar suicidarse y otra muy distinta suicidarse. Pero el delirio ha calado tan hondo, la jugada ha sido urdida con tanta convicción, que todo el mundo duda ya. La confusión es total; nadie se moja. Hemos leído tanto sobre los años convulsos en los que Franco murió de úlcera por todos esos disgustos que le dieron, que decepciona ver en que quedan esos señores libertadores ahora, mudos, o peor, indefinidos. Les ha pillado por sorpresa. Sólo el dinero, y más tarde que pronto, ha salido al patio a dar voces. Mas ha tirado la casa por la ventana porque ya no había mucha casa que tirar por la ventana, me temo. Es una campaña a la desesperada. Si gana las elecciones, será el primer presidente que salga indemne de la crisis. El milagro independentista.
27/9/12
600
De vez en cuando no me olvido el paraguas en cualquier sitio y me crezco. La verdadera fuerza de un ego está en esos pequeños detalles. Ya podemos usar el paraguas de bastón, lo que nos hace más sabios, sin duda, o de lanza o metralleta, al menos imaginariamente, según con quién nos encontremos. No hay infancia verdaderamente feliz sin esa insistencia en la metralleta. En esas pedorretas se nos va la infancia, y ya lo que queda es el recuerdo, o la imaginación, porque se escribe, creo yo, para hacer pasar por recuerdos lo que sospechamos no haber vivido. Es para convencernos de que quizá haya pasado algo alguna vez. Qué idiota, la criatura, o sea yo. El paraguas es para cuando llueve, pero sólo llueve cuando me lo olvido.
Entrevista en la radio a Javier Rebollo, director de cine. Nunca he visto una película de Rebollo. Da igual. Pongamos, para entendernos, por lo que intuyo, que no hace cine pensando en las palomitas que se van a vender con su película. Hablan de una crítica demoledora. Por un momento pensé que iban a hablar de las hemorroides. No sale el nombre del apaleador, pero no hace falta. Qué sólida reputación la del crítico ladrador; vaya por donde vaya deja un reguero de damnificados. Si España tuviera programa espacial y lanzase cohetes al espacio infinito sin duda su nombre figuraría entre los candidatos a formar parte de la tripulación, como en su momento la perra Laika. Un día vi un vídeo suyo hablando de una película, zanjando una cuestión como quien dice. Era un señor con ojillos de topo y la expresión de eterno dispépsico. Pensé en lo triste y sacrificada que debía ser su vida, obligado a jornadas larguísimas visionando películas que no quería ver, en una interminable oscuridad. Un niño castigado contra una pared. Así que debería comprenderse también al crítico. Lo peor es quizá que escribe muy mal. Pueden destrozarle a uno un libro o una película, pero no con esa prosa que hay que repasar una y otra vez, como un afeitado con una cuchilla que no corta. Es para volverse loco, esas ristras de adjetivos repartidas un poco al azar.
Si es que la mayoría de las películas son malísimas. Hacer una película buena es complicadísimo. Esos ciento y la madre de los que hablaba sorprendido Azorín al ver el rodaje de una película tienen que tener todos su día para que la película dé el pego. Si se habla de arte o belleza, es algo prácticamente imposible. Y si se pide entretenimiento puro, para qué ponernos tan serios.
Si sólo tuvieran derecho a vivir los genios no se salvaba nadie. Y menos que nadie los genios, que viven de las sobras que no quieren los mediocres, como las rémoras.
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Entrevista en la radio a Javier Rebollo, director de cine. Nunca he visto una película de Rebollo. Da igual. Pongamos, para entendernos, por lo que intuyo, que no hace cine pensando en las palomitas que se van a vender con su película. Hablan de una crítica demoledora. Por un momento pensé que iban a hablar de las hemorroides. No sale el nombre del apaleador, pero no hace falta. Qué sólida reputación la del crítico ladrador; vaya por donde vaya deja un reguero de damnificados. Si España tuviera programa espacial y lanzase cohetes al espacio infinito sin duda su nombre figuraría entre los candidatos a formar parte de la tripulación, como en su momento la perra Laika. Un día vi un vídeo suyo hablando de una película, zanjando una cuestión como quien dice. Era un señor con ojillos de topo y la expresión de eterno dispépsico. Pensé en lo triste y sacrificada que debía ser su vida, obligado a jornadas larguísimas visionando películas que no quería ver, en una interminable oscuridad. Un niño castigado contra una pared. Así que debería comprenderse también al crítico. Lo peor es quizá que escribe muy mal. Pueden destrozarle a uno un libro o una película, pero no con esa prosa que hay que repasar una y otra vez, como un afeitado con una cuchilla que no corta. Es para volverse loco, esas ristras de adjetivos repartidas un poco al azar.
Si es que la mayoría de las películas son malísimas. Hacer una película buena es complicadísimo. Esos ciento y la madre de los que hablaba sorprendido Azorín al ver el rodaje de una película tienen que tener todos su día para que la película dé el pego. Si se habla de arte o belleza, es algo prácticamente imposible. Y si se pide entretenimiento puro, para qué ponernos tan serios.
Si sólo tuvieran derecho a vivir los genios no se salvaba nadie. Y menos que nadie los genios, que viven de las sobras que no quieren los mediocres, como las rémoras.
25/9/12
599
En Galicia, la independencia, sólo la piden algunas de las paredes más escondidas del país. Entre otras cosas porque las mejores paredes no admiten ninguna guarrería, sea de carácter político u otra. Se pintan una y otra vez de blanco, de pura inocencia. El gallego, un ser absolutamente pragmático a primera vista, muy atado a su estómago y quizá todavía con el recuerdo ancestral de la miseria y la hambruna, no se plantea otros vicios que los que le pide el cuerpo. En realidad el cuerpo le pide locuras, pero no se deja llevar porque aquí es muy fácil perderse, rodeado de tanta nube y tanto goterón. Hay un misticismo también en la bruma, y mucho más peligroso que el de secano. Nuestra bruma ha dado grandes poetas y grandes criminales, incluso hasta dictadores imperecederos, o casi.
De todas formas, la falta de romanticismo político en el gallego es decepcionante para cualquier historiador. El gallego medio (ese señor sin rostro, pero sin duda mayor) ha desconfiado por encima de todo de los salvadores de la patria y en general de cualquiera que le pintase un paraíso al alcance de la mano. Es un escéptico, desconfía de los profetas, aunque no de las brujas, muy necesarias. Las brujas son el enlace con los fallecidos, por temas de herencias, mayormente. Por eso el catolicismo ha calado sólo superficialmente; se cree en Dios por educación, y la religión no es más que un tratado de las buenas formas. En el asunto público el gallego ha mostrado casi siempre un conservadurismo perfecto, desconfiado, casi panteísta. La oveja es propiedad, compañera, amante si acaso, y futuro alimento. Supongo que el nacionalismo vasco, catalán y gallego han basado sus postulados en la sospecha de que sus ciudadanos sólo podrán llegar a ser españoles de segunda. La cosa viene de lejos y es cierto que España nunca se ha mirado el ombligo en ninguna de las llamadas nacionalidades históricas. Se trata de españoles con cierta minusvalía de origen. El acento, el pecado original. Pero no nos acomplejemos, entre la eterna llorera catalana por no sé qué expolio, la boina vasca como epicentro intelectual del universo y la supuesta gracia andaluza, más nos vale emigrar lejos o al menos chuparle las cabezas a las gambas con la televisión apagada.
De todas formas, la falta de romanticismo político en el gallego es decepcionante para cualquier historiador. El gallego medio (ese señor sin rostro, pero sin duda mayor) ha desconfiado por encima de todo de los salvadores de la patria y en general de cualquiera que le pintase un paraíso al alcance de la mano. Es un escéptico, desconfía de los profetas, aunque no de las brujas, muy necesarias. Las brujas son el enlace con los fallecidos, por temas de herencias, mayormente. Por eso el catolicismo ha calado sólo superficialmente; se cree en Dios por educación, y la religión no es más que un tratado de las buenas formas. En el asunto público el gallego ha mostrado casi siempre un conservadurismo perfecto, desconfiado, casi panteísta. La oveja es propiedad, compañera, amante si acaso, y futuro alimento. Supongo que el nacionalismo vasco, catalán y gallego han basado sus postulados en la sospecha de que sus ciudadanos sólo podrán llegar a ser españoles de segunda. La cosa viene de lejos y es cierto que España nunca se ha mirado el ombligo en ninguna de las llamadas nacionalidades históricas. Se trata de españoles con cierta minusvalía de origen. El acento, el pecado original. Pero no nos acomplejemos, entre la eterna llorera catalana por no sé qué expolio, la boina vasca como epicentro intelectual del universo y la supuesta gracia andaluza, más nos vale emigrar lejos o al menos chuparle las cabezas a las gambas con la televisión apagada.
Foto de Junku Nishimura. Japón no es Galicia, pero casi.
24/9/12
598
Houellebecq vende poesía. No la conozco. Me gustó su novela última, al menos mientras la leía y quizá menos al acabarla. Dijo:
Recuerdo una entrevista a Handke en la que hablaba de lo mismo:
“Creo que tendré más influencia que Borges porque no tengo su talento y por lo tanto soy mucho más fácil de imitar”.Más fácil de imitar, dice, pero imitar qué. Su escritura es tan plana e impersonal que fragmentos de la Wikipedia pasan absolutamente desapercibidos en la novela. El estilo de un manual de instrucciones de un electrodoméstico tiene más carácter. Es probable que tengamos que entrar en materia para encontrar cierto manierismo en sus temas. Por ahí veo algo. Lo bueno y lo malo. Por ejemplo, esa recreación en los objetos de consumo, que tampoco es un invento suyo; lo explica mucho mejor Perec, o algunos yanquis.
Recuerdo una entrevista a Handke en la que hablaba de lo mismo:
"La permeabilidad es lo decisivo. Lo que cuenta es que el escribiente se convierta en una figura de tránsito, por la que pasan todas las cosas. Aunque, ¿quién jamás ha conseguido esto? No sé; Homero, tal vez, y Georges Simenon (risas). A veces William Faulkner. La literatura, en realidad, no progresa, tiene variantes. Escribir ahora como Simenon, eso no puede ser. Una vez dije, hace mucho tiempo: ay, si supiera escribir como Chéjov, historias de estas, obras de teatro como Anton Chéjov. Y entonces alguien me dijo: "¡Pero, si eso ya existe!, no te hace falta. Escribe lo que te transmitió Chéjov, de su mundo, de su movimiento y ritmo, de su calidad, y sobre todo de su temblor". Una vez dije, un gran autor cierra el camino a sus sucesores, pero sólo para que encuentren su propio camino. O sea, lo contrario de alguien como Thomas Bernhard, quien es fácil de imitar, en realidad. Un escritor que es fácil de imitar, en el fondo, no merece ser llamado como tal."Claro que no estoy seguro que esto sea así. Ni siquiera estoy seguro de que Houellebecq crea de verdad que es mucho más fácil de imitar que Borges. Precisamente Borges, con ese castellano sobrio y maravilloso, pero como escritor tan imitable. Su influencia en la literatura es profunda; y lo mismo puede decirse de Faulkner. Y eso no los hace peores. Aunque tampoco mejores, supongo.
22/9/12
597
Han sido sólo unas horas en Bilbao pero nos ha dado tiempo a ver la exposición. Excelente, por cierto. Era temprano, pero aún así ya pululaban por las salas los entendidos, que siempre llevan al lado una mujer con aspecto de becaria fracasada que le señala a su entendido todo lo que el entendido no puede perderse, porque el entendido está en una posición muy superior a esa pobre becaria pelota, y va a permitir que todo el esfuerzo por ver lo que haya que ver lo señale y lo anuncie la becaria. Se diría que quiere ver en acción a la becaria, ponerla a prueba. La becaria, que vive en una burbuja de éxtasis académico y no ve más que a su entendido, se planta delante de los cuadros y se mueve ante ellos con un histerismo bochornoso. Es la danza ritual del historiador de arte. A veces se arrima al entendido, para detectar alguna reacción favorable a sus explicaciones. Pero el entendido, de pequeños ojos crispados y barba de dos o tres días, el pelo grasiento o mojado, la americana de entendido un tanto atormentado, no hace ningún gesto. El entendido ya no tiene nada que mostrar, ya nadie lo apea de su estatus, es la becaria la que se examina y suda ante cada pintura.
Lo peor de los entendidos y de las becarias que pueblan las exposiciones es que son tan poco transparentes como el grupo de japoneses que se mueven por los museos encajonados en una invisible pared circular. Al menos los turistas japoneses son absolutamente respetuosos y apenas levantan la voz. Preferían morir fusilados todos allí mismo antes de molestar con su voz o presencia a cualquier persona. Si a alguno le pica el trasero se rascan con disimulo y sin levantar nunca la voz, no así los franceses o los españoles o los chinos, que berrean su asombro y llegado el caso anuncian a todos los presentes lo mucho que el trasero les pica en ese momento y lo dispuestos que están a aliviarse. Siempre he evitado situarme cerca de cualquier entendido en un museo, y no sólo por la becaria charlatana y tan opaca que baila ante cada cuadro, sino por los gruñidos afirmativos que los entendidos expelen de cuando en cuando. Ya la estampa común del entendido de museo me horroriza, esa seriedad de nazi inflexible. Uno de esos gruñidos arruina al más paciente cualquier recreación en la belleza. Crean ambos así, entendido y becaria, una atmósfera de irritación ante cada cuadro. Por mucho que se eviten estos personajes tan habituales de los museos (sobre todo en los de arte contemporáneo) aparecen delante de uno, se interponen entre el lienzo y nosotros, con esa gravedad de sacerdotes dando la extrema unción a un moribundo.
A pesar de todo, se ha impuesto la mano del pintor, alegre y fresca.
Lo peor de los entendidos y de las becarias que pueblan las exposiciones es que son tan poco transparentes como el grupo de japoneses que se mueven por los museos encajonados en una invisible pared circular. Al menos los turistas japoneses son absolutamente respetuosos y apenas levantan la voz. Preferían morir fusilados todos allí mismo antes de molestar con su voz o presencia a cualquier persona. Si a alguno le pica el trasero se rascan con disimulo y sin levantar nunca la voz, no así los franceses o los españoles o los chinos, que berrean su asombro y llegado el caso anuncian a todos los presentes lo mucho que el trasero les pica en ese momento y lo dispuestos que están a aliviarse. Siempre he evitado situarme cerca de cualquier entendido en un museo, y no sólo por la becaria charlatana y tan opaca que baila ante cada cuadro, sino por los gruñidos afirmativos que los entendidos expelen de cuando en cuando. Ya la estampa común del entendido de museo me horroriza, esa seriedad de nazi inflexible. Uno de esos gruñidos arruina al más paciente cualquier recreación en la belleza. Crean ambos así, entendido y becaria, una atmósfera de irritación ante cada cuadro. Por mucho que se eviten estos personajes tan habituales de los museos (sobre todo en los de arte contemporáneo) aparecen delante de uno, se interponen entre el lienzo y nosotros, con esa gravedad de sacerdotes dando la extrema unción a un moribundo.
A pesar de todo, se ha impuesto la mano del pintor, alegre y fresca.
David Hockney. Early Blosson, Woldgate, 2009
20/9/12
596
Película surcoreana. Del director ha hablado tan mal ese crítico que no he tenido más remedio que buscar sus películas. Ha ganado un León de Oro hace unos días pero eso me importa poco. O ni me importa ni me deja de importar, que en eso soy muy gallego. Como digo, suelo interesarme por lo que el tal crítico detesta (y detesta bastante, casi no puedo seguirle el ritmo), y por supuesto, escapo de sus recomendaciones. El director, un tal Kim Ki-Duk. He vuelto a recobrar el ánimo cinéfilo; pero nada de barullos. Precisamente pongo Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera. Con ese título la película podría ser el colmo del orientalismo. Me cuesta vencer la pereza. Dos monjes, un viejo y un niño en un templo flotante. El templo, pequeño, como un apartamento de los templos, está anclado en un lago. El lago está rodeado por montañas boscosas. Los dos protagonistas van y vienen en una barca. Mientras, yo me iba bebiendo una tila. Afuera caía la noche y se oían los grillos. Como no tenemos Canal + este año sabré de los partidos por las crónicas. Será un deporte leído e imaginado, como tantas otras cosas. Y está bien, como diría un místico.
La película me gustó. Puede que mucho. En la cuarta parte, que nos trae el invierno (las estaciones del título están para algo), sale el propio director, el mismo Kim Ki-Duk, y al reconocerlo se me ha venido un poco abajo la película. Como si hasta ese momento no tuviese actores delante.
Como a Hitchcock, tampoco a KKD le quita el sueño el asunto de la verosimilitud. En literatura, y también en cine, la verosimilitud vendría a ser como la perspectiva lineal en pintura. A los orientales les importa un pito; no se sirven de ninguna de ellas. Todo sucede con naturalidad cinematográfica aquí. Es una película a la que le interesa la vida, cosa huidiza. Del Tao, se nos explica; "quien lo retiene, lo pierde".
La película me gustó. Puede que mucho. En la cuarta parte, que nos trae el invierno (las estaciones del título están para algo), sale el propio director, el mismo Kim Ki-Duk, y al reconocerlo se me ha venido un poco abajo la película. Como si hasta ese momento no tuviese actores delante.
Como a Hitchcock, tampoco a KKD le quita el sueño el asunto de la verosimilitud. En literatura, y también en cine, la verosimilitud vendría a ser como la perspectiva lineal en pintura. A los orientales les importa un pito; no se sirven de ninguna de ellas. Todo sucede con naturalidad cinematográfica aquí. Es una película a la que le interesa la vida, cosa huidiza. Del Tao, se nos explica; "quien lo retiene, lo pierde".
Si sólo supiéramos de Corea por esta película habría que extrapolar el dato siguiente; los coreanos, por raro que parezca, usan gatos blancos para escribir con tinta negra. Pura estadística.
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