29/6/12

584


Cuando leí La felicidad de los pececillos de Simon Leys, un libro de artículos finísimos, me sorprendió enterarme de que mi relato favorito de Chejov, o el relato que había leído tantas veces (y que yo creía delicioso y menor, un relato para sentimentales, una preferencia muy personal), era el relato favorito no sólo de Simon Leys, sino de Harold Bloom e incluso del propio Chejov. Chejov, que había escrito más de doscientos cincuenta cuentos, lo prefería a cualquier otro. Me refiero a El estudiante.

Quizá me sorprendía que fuese un relato con tan poca anécdota. Chejov es el santo mayor de la cofradía de los cuentistas, y se suele preferir de él otro cuento más conocido. Siempre se ha dicho que en los relatos de Chejov no pasa nada, pero pasa todo.

Aquí, no pasa nada de nada, y en cambio el misterio es muy sencillo; en medio de la desolación alguien siente una "súbita alegría". ¿Cuál es la razón de esa felicidad?

Ah, Simon Leys habla de verdad y de realidad. La felicidad está, según Leys, en la conversión de la verdad en algo más tangible, lo tangible; la realidad. Por un momento, aunque solo sea por un momento, esa verdad en la que cree el protagonista y en la que al mismo tiempo se obliga a creer, es algo real, algo presente.

El cuento nos presenta a un estudiante de teología que vuelve a su pueblo para las vacaciones de Pascua. Camina y hace mucho frío, se para junto a unas vecinas que se calientan ante un fuego. Una viuda y su hija. Rememora entonces las tres negaciones de Pedro, la noche que prenden a Jesús. Es importante ese paisaje antes de encontrarse a la viuda y su hija; "prados inundados", y "el viento le quemaba la cara". Dice el narrador: "Le parecía que ese frío repentino había destruido la todo el orden y la concordia, que la propia naturaleza sentía miedo". Las dos mujeres escuchan la historia. El estudiante cita literalmente El Evangelio; Pedro niega hasta tres veces haber conocido a Jesús, y dice; "Habiendo salido de allí, lloró amargamente."

La mujer, entonces, no puede reprimir un sollozo. Un sollozo repentino, como un estornudo. El estudiante percibe la tensión que esa historia ha cuajado en sus rostros. Se larga y piensa en esas lágrimas. Razona; "El suceso que él había relatado, acaecido diecinueve siglos antes, guardaba alguna relación con el presente." Y: "Una súbita alegría agitó su alma. Incluso tuvo que detenerse durante un momento para recuperar el aliento. El pasado, pensaba, estaba ligado al presente por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que se sucedían."

Una súbita alegría. Es joven, y la fría penumbra anterior se convierte en "una dulce e inefable esperanza de felicidad". Parece muy claro que la intención de Chejov es conectar ese supuesto pasado remoto y el presente. Y se cuenta una historia. Una historia de historias, qué otra cosa. Las palabras. Y yo me pregunto qué palabras me rodean hoy.

24/6/12

583

No me extraña que el fundamentalismo cientificista provenga de personas ajenas a la ciencia. No han visto una probeta en su vida, pero encuentra que a casi todo les falta orden, rigor, método. Es un poco como el patriotismo; siempre se hace destacar el menos legitimado para hablar de esencias. Es una fe posible hoy en día, la ciencia, y a algo hay que agarrarse. Tener un suelo y caminar, hacerse un suelo quiero decir. Yo mismo, que soy de pueblo, no permito que se maldiga a las aspirinas en mi presencia. A mí con hierbas; ¡al jarrón las hierbas! Siempre tengo un testigo de Jehová que echar a la cara del otro, si es que el otro cree en humos mágicos, maldiciones o sanaciones homeopáticas. Puedo ser un aburridor positivista, vaya si me ha calado la lección. Pero, eso no es todo. Hasta yo lo sé. Hay grietas, y en alguna grieta me he quedado. Ah, el lenguaje, que no es comida, pero casi. El lenguaje, una artesanía mágica, eso sí. Y con las palabras se aproxima uno, cala al otro, y se deja rodear de frases. Difícilmente se puede hacer algo más que el ridículo en bata blanca, cogiendo las frases del otro con pinzas para comprobar si la verdad es tan sumisa como un rata de laboratorio. La literatura es todavia tierra virgen. Carrére, por cierto, qué ingenuo. No debería entrevistarse a nadie que escriba, para evitar en lo posible cualquier riesgo.

*

Si no fuese porque ganar lo compensa todo, sería difícil olvidar esa misa futbolística que son los partidos de la selección. Pero en los demás partidos es peor. De este fútbol de la Eurocopa ya sólo valen la pena las cervezas que nos tomamos, las exclamaciones tormentosas, la intriga en algunas caras, el pitido final del árbitro.

*

Pero la selección española es una versión, digamos, edulcorada, de ese fútbol de posesión asociado al Barça. Cierto, equipo mejor no hay, uno a uno; falta Messi, pero. No, era bueno el cola-cao de esos años, no hay duda. No crecieron mucho, es verdad. De todos modos los altos no se llevan tan bien con el balón. Claro que mientras el Barça se electrifica arriba, funciona con la intención de marcar, la selección sólo parece querer dormir al contrario (ojo, no hipnotizarlo), dormirlo, con zetas y todo saliendo en carrusel de las cabecitas del contrario, gabachas o lo que sea. Y de paso al público. Un fútbol sin levantar mucho la voz, sin la obligación de ver portería. ¿La portería? Es lo de menos.

Tampoco les ha ido tan mal.

22/6/12

582

Sí hay una relación directa entre lo que escribe y su forma de comportarse socialmente como escritor. Sigo con Kafka; el hombre apartado. En fin, ya sabemos, esa obra como metáfora o alegoría de una intimidad profunda. Se entiende lo ridículo que sería un Kafka firmando en una librería ejemplares de La metamorfosis.

Tiene interés en ver cómo se reciben sus escritos, una vez pasada la mayor resistencia a desprenderse de ellos de los primeros años, pero al mismo tiempo pretende desaparecer como escritor. Kafka prefigura a los ocultos, Pynchon, el hombre de la bolsa de papel en la cabeza, a  Salinger, el viejo ogro de la cabaña en el bosque, etc...

Kafka, efectivamente, no es un escritor invisible (y en Praga menos), pero evita en lo posible aparecer. Vale, paso de interpretaciones, o las dejo para otro momento. Lo que sí vemos es que a Kafka le faltaba la Red. Incluso su relación con Felice Bauer, con la que está a punto de casarse, no es más que una relación epistolar que alcanza una intimidad amorosa, o lo que ellos creen amor.  La conexión Praga-Berlín. Pero después Kafka evita en lo posible verla. Parece que lo único que necesita Kafka es alguien ahí, al otro lado, al que escribirle sus padecimientos. Su relación ideal tendría a Internet como aliado. Kafka chateando, Kafka por email. Tendría un blog, sin duda.

La pobre Felice, un poco torturada por las complicaciones de este tipo, se "golpea la frente contra la mesa de la cocina.  ¿Qué voy a hacer con Franz?".

Kafka como graffiti en una calle de París.

20/6/12

581



La diferencia entre La verdadera vida de Sebastian Knight de Nabokov y el libro de Reiner Stach sobre Kafka es que el primero es una novela y el segundo una biografía. Al menos, así se venden. En eso estamos todos de acuerdo. Claro que la novela de Nabokov es una biografía ficticia; o mejor dicho, la biografía de un ser ficticio. Sebastian Knight no ha existido como ser independiente de esa novela. La novela de Nabokov podría ser otra cosa; podría ser una autobiografía solapada, por ejemplo, pero no por ello dejar de ser una novela. Ese hermanastro, V, el narrador, el misterioso V, que no quiere contar nada de sí mismo, ni falta que hace, porque el que cuenta a otro también se cuenta a sí mismo, escribe la biografía de Sebastian Knight, y es una biografía en la que se narra tanto la vida de ese escritor muerto prematuramente como la aventura de escribirla.

En realidad, entre Kafka y el tal Sebastian Knight tampoco hay mucha diferencia. Al menos leo la biografía de Kafka a ratos como si leyera la vida de un ente ficticio. Se me ha ido desprendiendo de su obra; el personaje es literatura. Es la biografía de un personaje literario, alguien que encarna la literatura. Bueno, con mayúsculas. La Literatura; el propio Kafka así lo escribe alguna vez: "Yo no tengo interés por la Literatura, sino que estoy hecho de Literatura, no soy otra cosa y no puedo ser otra cosa." [Carta a Felice Bauer, 13 de agosto de 1913]. Cierto que Stach tiene el escrúpulo del biógrafo moderno; ya que no puede dar el pego y teme manchar de novelería cualquier territorio de la vida de Kafka sin prueba, no deja de dudar de lo que quiere decir, aún diciéndolo. Aquí, cuidado, empieza la novela; imaginemos, y nos coge la mano, dejemos que sueñe. Pretende un Kafka real. Complicado. Es más verosímil la vida de Simeón el Estilita.

*

"Hace poco me preguntabas, en relación con la carta de mi tío, por mis planes y expectativas. Me ha dejado asombrado la pregunta [...]. Desde luego tengo planes, no tengo expectativas, no puedo ir hacia el futuro, puedo precipitarme en el futuro, revolcarme en el futuro, tropezar con el futuro, y lo mejor que puedo hacer es quedarme tumbado. Pero en verdad no tengo planes ni expectativas, cuando me va bien estoy completamente lleno por el presente, cuando me va mal maldigo el presente, ¡no digamos el futuro!".

[Carta a Felice Bauer, 28 de febrero/1 de marzo de 1913].


14/6/12

580

El artículo se lo merece. Todavía lo recordaba.
"El viento del desierto nos coloca en nuestro lugar antiguo, el que hemos ya vivido un sinnúmero de veces. Quienes tenemos una edad juiciosa no hemos olvidado que hace 30 años los autobuses vomitaban nubes de humo negro, el teléfono a duras penas conectaba, los comercios eran raquíticos y los precios colosales; acudir a la Seguridad Social era una humillación que había que llevar con modestia a riesgo de caer mal y que te dejaran morir en un pasillo; acercarse a una ventanilla era topar con la venganza del parásito; había que esconderse para leer libros, los periódicos eran sarnosos, los mozos corrían riendo como idiotas delante de un toro, pero aún les gustaba más apedrear a los desdichados que se atravesaban en su borrachera; en fin, el mundo arcaico y quizás barroco, que es el nuestro y siempre lo ha sido, regresa hoy empujado por un viento abrasador."
*

Los buenos escritores necesitan decir que escriben novelas para que no les crean demasiado; los malos, que ellos no escriben novelas, para que les crean un poco. Claro que después hay un montón de sobras en ambos regimientos. Ni toda novela alcanza alguna verdad, ni todo libro de no ficción es torpe.

13/6/12

579

Hoy, buscando una palabra en el diccionario me ha parecido que mi María Moliner olía a anciano. Por la tarde había estado hablando con un anciano que olía mucho a anciano, o lo que me parecía que era el olor a anciano. Esto es no poco bochornoso, porque en el olor acusado está no tanto el olor pegajoso y puede que repugnante, sino esa acentuación, precisamente. El olor está, y está todo el tiempo. He abierto por la tarde el diccionario. He de admitir que lo hago muy de vez en cuando, ya no tengo esa agilidad. Y, ahí estaba, el anciano. También puede ser que los ancianos, simplemente, huelan a diccionario. Esto de los olores me hace pensar que hasta en eso la vejez es puñetera, pues cierto descuido higiénico en alguien joven es casi alegre, vital, incluso rebelde. Cierta dejadez percibida como intelectual, casi inteligente. Se diría que los tontos no hacen otra cosa que peinarse y acicalarse, perdiendo así un tiempo precioso que los cultos usan para pensar y revolverse el pelo pensando. En la vejez una simple barba de días asusta, como si el anciano estuviese a punto de tirarse al vacío desde un quinto, asqueado del mundo. En la vejez todo es sospecha. 

10/6/12

578

Esas manos huesudas, para ensamblar frases huesudas. Azorín.

ESTOS señores del 98 que se estudiaban en el colegio estaban más o menos de saldo. En el libro de texto Baroja paseaba por el Retiro, las solapas del abrigo levantadas, la luz mañanera bajando del cielo, señalándolo entre los árboles. La palabra hirsuta, por esa barba, puede que la aprendiera en ese momento. Tenía razón, la vida era una selva, decía el libro, decía que decía Baroja, pesimista y tal. Umbral acusaba a Baroja de tener mucha pinta de escritor, y es cierto; un escritor con frío, porque el escritor tiene sobre todo frío y habla mucho de ese frío. Umbral en cambio tenía mucha pinta de marqués. Lo malo de Umbral, lo que no soportamos de Umbral es ya lo que vemos en su vestimenta; aquellas americanas de botonera dorada, un poco de almirante, el vaquero gastado de señor con una pierna de palo, los zapatos con chorrera, con borla quiero decir. Y todo ese destape ajazminado de convertir coños en flores y flores en coños. Pues vale.

Me traía de la biblioteca los tomos de Baroja, creo que en Aguilar, papel biblia, dos columnas de texto por página. Formato señorial para un estilo tan desaliñado, que empezaba a admirar. Mi hermano dormía como un pajarito, yo leía, más que las novelas, aquellos libros de todo y de nada de don Pío, de escribir por escribir, por pasar el rato, parecía. Después, Austral a un euro en cualquier parte, y fueron cayendo los libritos maravillosos de Azorín (la prosa fácil, primero una cosa y después otra, se corrige en la siguiente frase), las recopilaciones de artículos de Unamuno, Valle, que tenía sobre todo oído y se la había quedado grabado ese castellano un tanto inverosímil del gallego. También los versos polvorientos, hondos, de Antonio Machado. Habría que pensar en esto. ¿Por qué el 98? ¿Qué se nos perdió en esos escritores, y tan diferentes unos de otros, pero de alguna forma complementarios? Muy oportuno, y como siempre en sus ensayos unos pasos antes del resto, Los nietos del Cid (1997). Puede que, efectivamente, la historia se repita, y aunque aquella España de principios del siglo pasado fuera otra algo tendrá que ver con esta para que vuelvan. Más allá de la lección literaria, la excelencia, y más allá de los tópicos (me duele España, como un reuma, o Castilla como metáfora literaria) hay un tono en casi todos ellos que nos resulta cercano.

7/6/12

577


1912. Finales, noviembre creo. Es domingo y Kafka se queda en la cama. Según Reiner Stach. Hace pocos días que Felice Bauer, con la que se cartea desde hace un tiempo, le tutea. Sí, es para estar contento, Kafka lo está, pero ya hace tres días que la chica no le escribe. Kafka está paranoico, como no podía ser de otra manera. Tres días para un enamorado. Alguien tendría que escribir su best-seller; Kafka enamorado. Bueno, el caso es que a Berlín, donde vive Felice, que se ha ido toda la noche de marcha y llega a las siete de la mañana le llegan unas flores sin firma, de Kafka por supuesto, y con una frase: "El mundo exterior es demasiado pequeño, demasiado inequívoco, demasiado veraz, para lo que cabe en una sola persona."

Y la pobre Felice de resaca. La casa llena de niños corriendo, un domingo feo para Felice, cumpleaños de su madre. Y Kafka, nuestro bicho, nuestro escritor de laboratorio, el caso abierto, en la cama, ya no soñando despierto con convertirse en una porquería de insecto (una idea vieja, una idea natural, y ese padre hablando siempre de cerdos, perros, ratas, rodeado que está), qué obviedad, no puede ser, ya se ha visto hasta convertido en caca. Ahora, derrotado simplemente por el silencio de una mujer lejana con cierto parecido a un caballo. Por la noche Felice leerá "la extraña tarjeta", escribe Stach, y mientras, en Praga, Kafka empieza "La metamorfosis". Qué noche.

Unas páginas atrás, Stach habla de bichos, de animales. Qué eran los bichos para estos señores, todavía se ven caballos degollados en las ciudades. Kafka padecerá una fobia a los ratones. Un miedo motivado principalmente por el tamaño diminuto de los tales.

Se explica el propio Kafka: "Especialmente la pequeñez es un componente importante del miedo; la idea de que, por ejemplo, pudiera haber un animal que tuviera el aspecto de un cerdo, es decir, en sí mismo alegre, pero que fuera tan pequeño como una rata y saliera roncando de un agujero en el suelo... es una idea espantosa." [Carta a Max Brod, 4 de diciembre de 1917]

3/6/12

576

Así que llevo unos días enterándome de que viene siendo Juego de tronos, la serie. Es un gran culebrón, con su épica hermosa, sus nombres legendarios y sus antepasados grandiosos, en una tierra/ continente en la que cabe un poco de todo, desde los paisajes norteños, nevados, un tanto inhóspitos, y colinas, valles verdes, bosques poblados por fieras y fulanos salvajes, hasta el sur más polvoriento y bullicioso. También desiertos; es un mundo plano o reducido, una variación fantástica de una Europa medieval. Los nombres, tanto de los lugares como de los personajes, no son cualquier cosa; nombres que dejan una estela de títulos grandiosos, eufónicos. Hasta en español.

Así, en ese mundo siempre un poco embarrado, con las capas llenas tiesas de arrastrarlas por el fango, y unas cabelleras grasientas y guarras que no conocen el champú, como debe ser en esos lares, se presentan unos personajes con nombres muy dignos: Lord Eddard Stark, Guardián del Norte y señor de Invernalia; Renly Baratheon, Señor del Bastión de Tormentas; Daenerys Targaryen, hermana menor de Viserys Targaryen, de la Dinastía de los antiguos reyes Targaryen; Robert Baratheon, Rey de los Siete Reinos. Están bien todos. Sin nombres no se va a ninguna parte.

Le hubiera gustado a Faulkner toda esta retahíla de ambiciosos en un mundo cerrado, en el que las historias se remontan a varios siglos atrás y el presente se fosiliza inmediatamente en leyenda y canto para el pueblo. Se habla de siglos, de generaciones. Los personajes se ven hablando para la historia, actuando para los siglos venideros. A Cunqueiro, por ejemplo, le hubiera gustado por otras razones; lo fantástico y lo cotidiano tan unidos, más realista que nunca. Lo grotesco, casi surrealista, hasta paródico. El misterio es una sombra.

Por lo demás, sangre y tetas. Un maquiavelismo con cuervos y vagas amenazas sobrenaturales.

Se acerca el invierno... dicen una y otra vez. Pero el invierno dura años.

No será casualidad que esto tengan tanta interés hoy, ahora. Debe ser algo más que puro escapismo. En el capítulo que vi ayer (segunda temporada) un tal Lord Barys, que forma parte del Consejo Privado que asesora al Rey, decía: "El poder reside donde los hombres creen que reside."