Escribir. Casi es una palabra que me resisto a escribir. Cada vez que la escribo en algún cuaderno me digo; ya estamos. Le va cogiendo uno tirria a la palabra, como si al usarla estuviese faltando a lo que la propia palabra expresa, como si escribir sobre escribir convirtiese toda página en un clinex usado. Y en cambio he leído cosas muy instructivas y hermosas sobre el tema. Bah, no esos manuales que nos hablan de la estructura, del estilo, de los personajes, del tiempo, esas idioteces que nos enseñan a escribir novelas, sobre todo a los que nacimos pobres. Manuales como de guión de novela. No, eso no. Bueno, sí, hay una artesanía que es necesario aprender, pero que también es necesario, quizá más necesario, olvidar. Si persisten los conocimientos darse un golpe en la cabeza como hizo el buen Borges, antes de convertirse en el gran Borges. Me estoy acordando de Canetti, muy consciente de lo que es escribir, leer... que tantorumia en sus apuntes. Handke, también. Kafka en el Diario. Stevenson. Proust, cuyo libro Sobre la lectura he leído tres o cuatro veces. Y claro, Nietzsche ("Se aprende más rápidamente a escribir con grandilocuencia que llano y ligero. Los fundamentos de ello se pierden en lo moral"). Me recomiendan Cuadernos de escritura, de Carlos Pujol. Aforismos y artículos sobre leer y escribir. Dice Pujol en el prólogo: "Más que consejos, que siempre encierran el peligro de que alguien los siga, son avisos para la propia navegación, recordatorios de uso semiprivado que no aspiran a hacer prosélitos."
Se leen los aforismos y casi se jalean como hacen las aficiones con la alineación de un equipo ("Hacer libros divertidos pero secretos, ésta es la fórmula"). Los hay esenciales, que confirman lo que ya estaba en nosotros, pues el buen aforismo también lo es porque lo reconocemos, porque larvado (o no) permanecía en nosotros. La literatura es un reconocimiento y el aforismo más. De vez en cuando un palo; inevitable, maestro. No había leído apenas a Pujol, pero al hablar de literatura me está hablando de lo que yo entiendo por literatura. Estamos en el mismo barco, o en la misma chalana. Somos dos, somos doscientos, no sé. Parece que entre dos y doscientos, no más. Entre los best-sellers y los supermodernos tiene que haber un rincón para los solitarios. Y están esas maldades también, qué sería de la vida sin esas gotas de limón. Hay que saber reírse de todo; "Lo peor de la literatura son los que dan lecciones acerca de cómo escribir."
24/2/12
17/2/12
536
Nos retrasamos un poco al levantarnos por ver como acaba el sueño. Pero nunca se acaba, como una película de Terrence Malick. Esta vez me perseguía un ciego, tal cuál, y cuando la situación se hizo insostenible me desperté y lo mandé a la mierda.
Es tan alto que se mira los pies como si no fueran suyos. Y al andar confirma, efectivamente, que no son suyos. Parece que esté deseando quitárselos de encima, como la que en una fiesta lanza los tacones al aire.
Leemos el periódico cada día como para no olvidarnos de darles de comer a los peces. De todas formas nos olvidamos y cuando nos acordamos se les ve muy agitados. Se mueven como insultándonos. Y con razón.
El perro, en brazos de su dueña, nos mira desconfiado, como si le fuésemos a morder una oreja. La dueña, lo mismo. Y vuelvo a la perra.
Si fuese pintor me pasaría la vida dibujando manos. Seguro que necesitaría varias vidas para hacer una que estuviese bien. Lo mismo que al escribir; me paso la vida dibujando manos.
Cuando se encuentra mal me pide consejo, como si en cuestión de enfermedades y medicamentos le llevase dos vueltas de ventaja. Entonces me hago el interesante. Y digo; Lupus. Pero sólo tiene la garganta irritada y dolor de cabeza.
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Es tan alto que se mira los pies como si no fueran suyos. Y al andar confirma, efectivamente, que no son suyos. Parece que esté deseando quitárselos de encima, como la que en una fiesta lanza los tacones al aire.
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Leemos el periódico cada día como para no olvidarnos de darles de comer a los peces. De todas formas nos olvidamos y cuando nos acordamos se les ve muy agitados. Se mueven como insultándonos. Y con razón.
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El perro, en brazos de su dueña, nos mira desconfiado, como si le fuésemos a morder una oreja. La dueña, lo mismo. Y vuelvo a la perra.
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Si fuese pintor me pasaría la vida dibujando manos. Seguro que necesitaría varias vidas para hacer una que estuviese bien. Lo mismo que al escribir; me paso la vida dibujando manos.
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Cuando se encuentra mal me pide consejo, como si en cuestión de enfermedades y medicamentos le llevase dos vueltas de ventaja. Entonces me hago el interesante. Y digo; Lupus. Pero sólo tiene la garganta irritada y dolor de cabeza.
16/2/12
535
Tengo un amigo que dejó de ir a los conciertos del auditorio hace años para no encontrarse el culo de Beiras de frente, siempre a punto de tomar asiento pero siempre levantado, omnipresente, atascando el pasillo entre las butacas. Era quizá la perpetuación allí de ese trasero lo que le irritaba, ese hombre poniéndonos el culo delante mirásemos donde mirásemos, impidiéndonos el paso, girando como una brújula. Hablamos de un trasero importante, de gran calibre, habitualmente de blanco, como si acabase de llegar de Cuba. Bueno, no sé por qué Cuba. Así como Castro se ha hecho una momia verde para la historia, ahora en chándal, a Beiras lo he visto siempre de blanco y pasará a la historia como eso; alguien que quiso llegar a la presidencia de la Xunta vestido de blanco, como un principito del nacionalismo. Un blanco arrugado, como de lino autóctono, a juego con sus rizos merinos.
La suya ha sido una carrera decepcionante. Mientras la política gallega bostezaba él machacaba el estrado con un zapato, al modo de Kruschev. Eso es todo, aunque es mucho más de lo que hicieron la mayoría. Después lo jubilaron, como al loco que dejan en un sanatorio, y nos quedamos sin saber si este hombre nos habría sacado del atraso económico que padece Galicia desde lo de Adán y Eva. Al menos del aburrimiento es seguro que sí.
Ahora ha vuelto. Y ha vuelto para decir que se va. Se lleva con él a unos cuantos, entre ellos al alcalde de Teo, aquí al lado, y el BNG que era menos de media galleta se rompe. Quizá vuelva la juerga.
La suya ha sido una carrera decepcionante. Mientras la política gallega bostezaba él machacaba el estrado con un zapato, al modo de Kruschev. Eso es todo, aunque es mucho más de lo que hicieron la mayoría. Después lo jubilaron, como al loco que dejan en un sanatorio, y nos quedamos sin saber si este hombre nos habría sacado del atraso económico que padece Galicia desde lo de Adán y Eva. Al menos del aburrimiento es seguro que sí.
Ahora ha vuelto. Y ha vuelto para decir que se va. Se lleva con él a unos cuantos, entre ellos al alcalde de Teo, aquí al lado, y el BNG que era menos de media galleta se rompe. Quizá vuelva la juerga.
13/2/12
534
Carretera oscura camino del aeropuerto. Todos atienden a sus pantallas y encender la luz de lectura es como salir al escenario iluminado por un foco. Y además no tengo ganas de leer. Hay una chica muy guapa delante de mí; veo su reflejo en el cristal de la ventana. Es rubia, lánguida, color membrillo, con ese moverse mirando al suelo que es un bajar las persianas de la timidez, un reservarse para la gloria. La timidez también es una coquetería. En la timidez vemos la discreción y una cierta sensibilidad, pero lo que hay es mucho orgullo. En el silencio del tímido está ese orgullo que dice; ni una palabra de más, no vaya a ser que al final acabe uno diciendo lo que se habla cuando no hay nada que decir. En la timidez también está el salir a la pista de hielo sin estar seguro de poder mantener el equilibrio. La guapa lánguida color membrillo abre el portátil, se calza los auriculares y ve una serie de la Fox. Con la otra mano escribe mensajes en la Blackberry. Todo al mismo tiempo.
De la palabra CLUB; efectivamente, en esa palabra la primera letra en fundirse solo podría haber sido la U.
No sé por qué Umbral ha salido últimamente en varias conversaciones. Algo de culpa tendré, aunque ya hace siglos que no puedo leerlo. Y en cambio, de esa niñez de adolescente tumbado en la cama como un romano con el libro atrapado por dos dedos, a Umbral le debo mucho. A sus libros de literatura les debo haber leído a Galdós, Azorín, Baroja, tres de los escritores que él no soportaba y de los que ha repetido hasta el delirio una serie de tópicos que todavía perduran; a saber, que Galdós poco tenía que ver con la literatura y más con la historia, siendo además un escritor muy vulgar según él; también que Azorín era un escritor incapaz ante la metáfora, con una escritura cobarde que solo se atrevía a jugar con los adjetivos; a Baroja no lo soportaba por el poco interés que parecía tener el vasco por labrarse un estilo literario, y también por unos diálogos de novela que Baroja acaba transformando en teatro (el nombre del personaje antecediendo a los diálogos) por ahorrarse explicaciones de quien hablaba o dejaba de hablar. Esto, a Umbral, le parecía el colmo de la chapucería. A Baroja y a Galdós es obvio que les envidiaba la facilidad para escribir novelas, y novelas con vida, no esas cosas de cartón piedra que le salían al ilustre columnista. Claro que como columnista era de la poca literatura que llegaba a los periódicos, y ya nos daba igual que defendiese una cosa y su contraria, incluso en el mismo artículo, o en la misma frase, lo que era bastante habitual. Umbral se nos ha ido cayendo por el barranco, como una lavadora vieja en un vertedero.
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De la palabra CLUB; efectivamente, en esa palabra la primera letra en fundirse solo podría haber sido la U.
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No sé por qué Umbral ha salido últimamente en varias conversaciones. Algo de culpa tendré, aunque ya hace siglos que no puedo leerlo. Y en cambio, de esa niñez de adolescente tumbado en la cama como un romano con el libro atrapado por dos dedos, a Umbral le debo mucho. A sus libros de literatura les debo haber leído a Galdós, Azorín, Baroja, tres de los escritores que él no soportaba y de los que ha repetido hasta el delirio una serie de tópicos que todavía perduran; a saber, que Galdós poco tenía que ver con la literatura y más con la historia, siendo además un escritor muy vulgar según él; también que Azorín era un escritor incapaz ante la metáfora, con una escritura cobarde que solo se atrevía a jugar con los adjetivos; a Baroja no lo soportaba por el poco interés que parecía tener el vasco por labrarse un estilo literario, y también por unos diálogos de novela que Baroja acaba transformando en teatro (el nombre del personaje antecediendo a los diálogos) por ahorrarse explicaciones de quien hablaba o dejaba de hablar. Esto, a Umbral, le parecía el colmo de la chapucería. A Baroja y a Galdós es obvio que les envidiaba la facilidad para escribir novelas, y novelas con vida, no esas cosas de cartón piedra que le salían al ilustre columnista. Claro que como columnista era de la poca literatura que llegaba a los periódicos, y ya nos daba igual que defendiese una cosa y su contraria, incluso en el mismo artículo, o en la misma frase, lo que era bastante habitual. Umbral se nos ha ido cayendo por el barranco, como una lavadora vieja en un vertedero.
2/2/12
533
Miedos irracionales, como en blanco y negro: Que me claven un cuchillo a través de las cortinillas de la ducha mientras permanecemos aislados de la realidad, bajo esa capa cegadora de agua y champú, como en una burbuja insonorizada. Ese cuchillo, digo, de imbécil disfrazado de maruja, que vimos tantas veces en blanco y negro. Hasta en la facultad; esto es cine, nos explicaban, los planos, cuántos planos, no me acuerdo, quién se acuerda de algo así. Agua, sangre y cañería. Otro miedo ridículo: Que me disparen justo al salir del baño; se abre la puerta y se sale otra vez al mundo con la conciencia tranquila del que ha cumplido con sus tripas, ese aire distraído del que nunca ha hecho una putada a su prójimo. La película; Pulp fiction. Así mataba Butch (Bruce Willis) a Vincent Vega (Travolta) en la tal. Nunca sabe uno lo que se va a encontrar al salir del baño. ¿Seguirá el mundo ahí? De todas formas son recuerdos absurdos del cine que se cuelan sibilinamente en la rutina. Los temores importantes son otros, como que le caiga a uno una maceta en la cabeza o le lleve el coche la grúa. Etcétera.
Leyendo "El loro de Flaubert" (Anagrama 1986), que me encontré hace unos días en la librería de viejo del pueblo. Nunca había leído a Julian Barnes. Hay tanto que no leer, pero sobre todo tanto que solo leería uno en la cárcel, obligado por una biblioteca de sobras y casualidades. Es esta librería de viejo una de mis cárceles, pues me he hecho varias cárceles, y voy recogiendo aquí cosas que gustan más con papel y letra de hace lustros que con la de ahora. Lo nuevo incomoda por nuevo; es un valor añadido que acaba siendo lo contrario, un fastidio. Hasta el olor a nuevo es un vulgar olor a pegamento y plástico que hemos asociado a novedad. Así como los niños pequeños aseguran que tales o cuales zapatillas deportivas corren más que otras yo digo que se lee mejor y más rápido y hasta con más provecho un libro de segunda mano o viejo, como quiera llamársele.
La manía de las primera ediciones no la tengo. O no tengo el dinero, lo que viene siendo lo mismo.
A propósito de Flaubert. El libro de Barnes es un híbrido entre biografía y ficción. Ficción del narrador, de esa primera persona que retrata a Flaubert. Precisamente Flaubert, ese lugar común sobre el papel del autor en la sociedad. Qué; ¿Ese tipo que hace frases, para el que un adjetivo es mucho más importante que cualquier problema social? Un Sartre poco y mal leído nos ha dejado ese Flaubert. El Sartre niño que al querer leer Madame Bovary preocupaba a su madre: "Pero si mi hijito lee libros como ése a esta edad, ¿qué hará cuando sea mayor?" "¡Los viviré!", contesta el chaval. Pero más bien los maldice; literatura, ¡sólo literatura!
Vivimos tiempos jodidos. Siempre hemos vivido tiempos jodidos, pero ahora más. Qué leer, qué escribir, se preguntan algunos. Copio. Fragmento del libro de Barnes: "La literatura incluye a la política, pero no ocurre lo mismo al revés. No es una opinión que esté muy de moda, ni entre escritores ni tampoco entre políticos, de modo que tendrá que disculparme. Los novelistas que piensan que sus escritos son un instrumento político degradan, me parece, la literatura y exaltan neciamente la política. No, no estoy diciendo que debería estarles prohibido que tuvieran opiniones políticas. Sólo digo que a esa parte de su trabajo deberían llamarle periodismo. El escritor que imagina que la novela es la forma más eficaz de participar en política suele ser un mal novelista, un mal periodista y un mal político." [Pág. 158]
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Leyendo "El loro de Flaubert" (Anagrama 1986), que me encontré hace unos días en la librería de viejo del pueblo. Nunca había leído a Julian Barnes. Hay tanto que no leer, pero sobre todo tanto que solo leería uno en la cárcel, obligado por una biblioteca de sobras y casualidades. Es esta librería de viejo una de mis cárceles, pues me he hecho varias cárceles, y voy recogiendo aquí cosas que gustan más con papel y letra de hace lustros que con la de ahora. Lo nuevo incomoda por nuevo; es un valor añadido que acaba siendo lo contrario, un fastidio. Hasta el olor a nuevo es un vulgar olor a pegamento y plástico que hemos asociado a novedad. Así como los niños pequeños aseguran que tales o cuales zapatillas deportivas corren más que otras yo digo que se lee mejor y más rápido y hasta con más provecho un libro de segunda mano o viejo, como quiera llamársele.
La manía de las primera ediciones no la tengo. O no tengo el dinero, lo que viene siendo lo mismo.
A propósito de Flaubert. El libro de Barnes es un híbrido entre biografía y ficción. Ficción del narrador, de esa primera persona que retrata a Flaubert. Precisamente Flaubert, ese lugar común sobre el papel del autor en la sociedad. Qué; ¿Ese tipo que hace frases, para el que un adjetivo es mucho más importante que cualquier problema social? Un Sartre poco y mal leído nos ha dejado ese Flaubert. El Sartre niño que al querer leer Madame Bovary preocupaba a su madre: "Pero si mi hijito lee libros como ése a esta edad, ¿qué hará cuando sea mayor?" "¡Los viviré!", contesta el chaval. Pero más bien los maldice; literatura, ¡sólo literatura!
Vivimos tiempos jodidos. Siempre hemos vivido tiempos jodidos, pero ahora más. Qué leer, qué escribir, se preguntan algunos. Copio. Fragmento del libro de Barnes: "La literatura incluye a la política, pero no ocurre lo mismo al revés. No es una opinión que esté muy de moda, ni entre escritores ni tampoco entre políticos, de modo que tendrá que disculparme. Los novelistas que piensan que sus escritos son un instrumento político degradan, me parece, la literatura y exaltan neciamente la política. No, no estoy diciendo que debería estarles prohibido que tuvieran opiniones políticas. Sólo digo que a esa parte de su trabajo deberían llamarle periodismo. El escritor que imagina que la novela es la forma más eficaz de participar en política suele ser un mal novelista, un mal periodista y un mal político." [Pág. 158]
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