28/1/12

532

Los bebés, en sus cochecitos, miran al frente como planificando sus vidas.

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Hay días en los que me siento tan fracasado como el perrito que saca a pasear la vieja. De todas formas es un perrito que se entretiene con cualquier cosa.

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La frase de la señora: "Tanto secretismo de cagharse no millo."

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Ramón: "Ay cuando las cosas empiezan a dar la vuelta."

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Era una ciudad para ver crecer el musgo.

26/1/12

531

El caso Megaupload. El tipo. Si fuese poeta haría un poema con eso, pero tendría que ser muy poeta. Como mínimo Manuel Vilas.

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Leyendo a Michon; el rural gabacho. Todo prosa él. Está vez un narrador joven salido como un perro. Se instala en Castelnau, "a orillas del Beune grande". Cerca de Lascaux, ya sabemos, la prehistoria. En los pueblos se da la prehistoria, así como en las ciudades se viene haciendo la historia. El caso; el amor. No veo amor por ninguna parte. Tampoco veo novela. Un bocetillo a veces divinamente escrito. Cuando acierta es que uno, tras las palabras, empieza a respirar al otro lado. Pasa poco aquí. La taberna y tal, que se aparece. Corremos mucho tras la prosa entre la niebla. La que vende el tabaco está muy bien, tiene un hijo, se llama Ivonne. Es el rayo de luna becqueriano, quizá con más tetas. Después me paro a recoger una piedra en el camino; la palabra osífraga. Bah, sigo. No me está gustando; o más bien, me está decepcionando. Debería esperarme siempre lo peor de todos. Y además es un Michon del 96; todavía es una prosa con lastre. De joven se le echan demasiadas ganas a todo. Se estorba uno mucho.

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Primores del puntillismo.

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Sí, claro que es posible hacer críticas breves, pero no olvidemos que uno hace crítica precisamente para  escribir. Y para haber leído mejor.

24/1/12

530


Bajo a Madrid poco. Al menos últimamente. Casi se puede decir que bajo más a Lisboa que a Madrid, aunque en Lisboa tampoco se me haya perdido nada. O quizá sí. En Madrid poco a poco me he ido haciendo un exilio de amistades; los que fueron un día y siguen siendo amigos, y los que han ido apareciendo. Quizá también nos buscamos  a nosotros en las ciudades que visitamos, más por curiosidad que por egotismo. Decía Umbral que una mujer es la puerta jónica a una vida posible. Lo que no sé es porque tiene que ser jónica. Cosas del maestro. En otra ciudad también está la vida posible que no vivimos, o que alguien vive por nosotros. Por supuesto, la vive sin enterarse de nada, porque es lo que tienen los dobles, que se pierden mucho en no se sabe qué. Ya en Madrid he visto que ahí sigue el millón de cadáveres, más vivo, más fluido, más variado, que nuestro millón de cadáveres, muy repartidos. Tarda uno en acostumbrarse a este frío seco; quizá el frío de Madrid sea algo que quema y el de aquí algo que te pasa la lengua. Al rastro, temprano, no tan temprano, no llegaba el calor amarillo de las fachadas terrosas ya tocadas por el sol. Bonito, entonces; persianas y geranios vigilando el sueño de los borrachos. Tenemos la impresión en el rastro que sin guerra civil no habría nada que hacer allí. Nada que ver ni que comprar ni que recordar. El rastro es lo que Madrid tiene todavía de posguerra, y claro, de guerra. No por lo obvio, que salga el recuerdo cada dos por tres en postales, libros y carteles o lo que sea. Las propias calles parecen haber sido bombardeadas; y si no bombardeadas, al menos abandonadas a su suerte, como tomadas por una arenisca de trinchera. Los desconchados de las paredes están muy pensados. Vemos en el rastro el esplendor mustio de lo que no sirve para nada, dentro de lo que no sirve para nada. Están los dorados polvorientos de la cacharrada, el negro de los calcetines que se venden por kilo, el amarillo pis de los papeles, las narices encarnadas de los curiosos y los ojos vivísimos de los conocedores. He ido al rastro a ver la fauna, más que libros o desechos o tesoros. Apenas he sacado las manos de los bolsillos, escuchando. Tuvimos la suerte de ser muy bien paseados arriba y abajo. No hay maniquí que esté más vivo que uno del rastro, aunque le falten uno o dos brazos, o incluso el tronco. Son esos maniquíes callejeros y en pelotas los que mostrarían mejor que los otros más finos de las tiendas eso que Schopenhauer llamaba voluntad de vivir si no fuera porque Schopenhauer viene siendo demasiado sofisticado para un maniquí de rastro. Se ofrecen como prostitutas alegres, desvencijadas, mudas, aunque la juerga vaya por dentro. Los vendedores les cambian la postura, para que nos encaprichemos, entre tanta porquería. Pero no tenemos el día, y en general la vida, fetichista. Hay algo de entomólogos en estos amigos que saben, que buscan y que encuentran. Levantan con delicadeza la piedra justa; encuentran la colonia de bichos donde antes sólo había una piedra sin misterio. El rastro es el desguace de la memoria de un pueblo. Después se lava uno las manos como desentendiéndose de los siglos.

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Galicia existe, sobre todo, fuera de Galicia. Aquí se nota poco.

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Gallego en Madrid; lo exótico de ser negro.

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Que una parte de la familia de uno sea gallega, se entiende. Que a uno le nazcan en ese país y además toda la familia sea gallega, en fin, puede pasar. Ahora; ser gallego y vivir en Galicia, eso ya es una exageración.

20/1/12

Mao II

La pérdida de la fe. De eso se trata todo.”

Don DeLillo


Escritura y terrorismo. O mejor dicho; escritura y terror. Mao II, de DeLillo. Llevo días escapando de esta novela. La he leído con atención, con gusto. DeLillo tiene una prosa potente y maleable; se adapta al cambiante punto de vista como un guante. Más que ideas, mejor que ideas, aquello que decía Marguerite Duras: “Yo no tengo ideas; sólo tengo palabras y silencios".

Mao II, en Jot Down.

16/1/12

529

Hoy al levantarme he visto la noticia en el móvil; Fraga ha muerto. No estaba completamente despierto y por un momento he dudado, casi tambaleándome. Me dije; Dios, pasa algo gordo. Son esas décimas de segundo en las que uno todavía no se ha quitado las telarañas del sueño. Se viene de ver relojes derretidos y ese paso a la realidad no acaba de ser limpio. Ya después me he acostumbrado a la noticia, mientras me hacía un zumo de naranja y limón, que me duele la garganta. En la televisión la noticia daba para unos comentarios de protocolo y para la repetición de unas imágenes en las que un Fraga en silla de ruedas todavía posa con cara de mala hostia, mientras algunos ministros y algunos reyes le toquetean la cabeza con ternura boba. Después, con noticias así se frota uno las manos, con perdón, esperando que de las páginas de los periódicos salten chispas. Sobre todo en un hombre que ha dado tanto al periodismo. Efectivamente, las citas no decepcionan, aunque se repiten, porque por muchas conferencias que haya dado uno al final quedan cuatro frases, que son precisamente las que nunca debiera haber dicho.

Como todo gallego he visto a Fraga un par de veces en mi vida. Es un Fraga que entra o sale de un coche, ya no sé, y un Fraga que entra o sale de un restaurante, y ahí tampoco me acuerdo si entraba o salía. Quizá ni él supiera si entraba o salía. Ya se sabe cómo somos los gallegos. Es un Fraga de párpados, todo párpados digo, que revisa el suelo para cojear con la maestría y la elegancia de un veterano de guerra. A Fraga lo odiábamos algunos por haber hipnotizado con sus aspavientos y su jerga ininteligible a las tres cuartas partes de Galicia, puro geriátrico. A posteriori se vio que Fraga había sido más galleguista que nadie en ese PP de señoritos bien. En determinado momento, le pareció mejor rodearse de empanadas, gaiteiros y aturuxos que de pijos con o sin bigote. Dios estaba en las romerías, y menos en los yates. Dios repartía aguardiente y Galicia dormía la siesta por los montes, mismo sobre el mantel de cuadros manchado de vino y uvas pasas. Todos esos ancianos del Luar eran buenas personas que se movían con alegría en unos autobuses que solo aparecían el día grande de las elecciones para dejarlos a la puerta de los colegios electorales. El resto del año cada cual que se moviera como podía, y había quien prefería morirse por no tener que molestar al vecino del coche. En fin, una geografía difícil y la tradición milenaria de la derrota. Esperábamos que el tiempo nos curase de Fraga, y efectivamente, algo sí, pero también fueron votando los muertos, y lo hacían lloviera o luciese el sol.

Fraga encontró la felicidad en la Xunta, después de sus hundimientos ante Felipe González. Quién lo diría; después de décadas de olvido el fraguismo trajo a Galicia más autonomía, más idioma y sobre todo más inmovilismo. Creó una Galicia folclórica, siempre sonriente, un país lobotomizado por digestiones difíciles y largas. Galicia sería esa vieira a la que llegar a pie (cómo si no), y los peregrinos llegaban tan cascados a Santiago que ya no tenían fuerzas ni para emborracharse. En lugar de eso sufrían con cara pasmo los ardores bajo el calcetín, puede que como contrición para limpiarse todas las culpas, y se dejaban meter en los trenes para volver a la vida y a las orgías.

A Fraga le sentaría muy mal la reacción ciudadana al Prestige, como si le hubiesen traicionado. A golpe de billetera salvó los muebles en las siguientes elecciones, que eran municipales, creo. Los voluntarios, que habían venido del más allá a frotarnos las rocas, se quedarían ellos mismos de piedra al ver que volvían a ganar los mismos que habían propiciado el desastre. Pero Fraga ya era un hombre tocado, quizá consigo mismo por la mala gestión de incompetentes. El resto es historia.

Podría haber sido el dictador honrado de un pequeño país pacífico. El país perfecto para pasar unas vacaciones tranquilas y dormir la siesta en paz.

12/1/12

528

El fútbol nos permite dramatizar sin que pase nada. Uno se derrumba y al día siguiente todo sigue igual; ha sido un espejismo. Nadie se ha muerto, ni siquiera el perro eternamente angustiado de la vecina peluquera, que nos tiene hartos. Se ha perdido esto o lo otro, o se ha ganado, y nosotros ahí seguimos, una mañana más, viendo cómo nos crecen los pelos de la nariz.

Siempre ha sido una excusa para odiar al vecino en tiempos de paz. El fútbol. Quizá una de las excusas más entretenidas, más bellas. Qué épica, y qué más da también. El crío se nos ha ido muriendo por falta de oxígeno y algunos días es imposible reanimarlo. Hoy.

Decía mi abuelo, quitándole todo romanticismo a nuestros fanatismos infantiles, que a él tal o cual equipo no le daba nada y él a su vez no perdía el sueño por si ganaba o perdía. Lo recuerdo con unos pelos a lo Cioran, incluso esos ojillos pequeños y hundidos en cuevas, como si el viento se entretuviera en peinarle unas canas atormentadas en su cabeza. Era una persona muy tranquila, que odiaba a los curas y a Felipe González por encima de todo. Había estado en Venezuela y soñaba con volver, cuando a nosotros Venezuela no nos parecía gran cosa, al menos para soñarla con tanta insistencia. Se murió sin volver. En el fondo supongo que pensaba que no se le había perdido nada en Venezuela.

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Si fuese Juan el Bautista y se me acercase alguien, en lugar de bautizarlo, le diría; Lea usted a Baroja. Hay que ver; qué modestia, hasta el delirio, por supuesto falsa, pero muy bien calculada, y qué mala baba casi siempre. No se hace ilusiones nunca, y en ese ascetismo de deseos vive y charla y se le pasa la vida haciendo ganchillo, sin levantar mucho la voz y volviéndose loco lo justo.

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Sigo con DeLillo, que empieza muy bien, o al menos la primera parte de sus novelas son buenas, pero después se aburre de sí mismo. Los personajes. Ya no saben si ir o volver. Se pegarían un tiro si no fuese que les quedan otras ciento cincuenta páginas que llenar. Se diría que DeLillo escribe las primeras páginas para sí mismo y el resto para las librerías, que como se sabe son los lugares a los que los mejores libros no suelen llegar. En fin, se van quedando por el camino.

11/1/12

527



"Al termino de cada frase aguarda una verdad, y el escritor sabe reconocerla cuando por fin la alcanza. En un determinado nivel, esa verdad constituye el ritmo de la frase, su cadencia y su equilibrio, pero a un nivel más profundo representa la integridad del escritor enfrentado al lenguaje. Yo siempre me he visto a mí mismo en las frases. A medida que elaboro una frase, comienzo a reconocerme, palabra por palabra. El lenguaje de mis libros me ha modelado como hombre. Una frase que nos sale bien está dotada de fuerza moral. Revela la voluntad de vivir del escritor. "


[Mao II. Don DeLillo. Ed. Seix Barral, página 71]

8/1/12

526

Buenos propósitos para el año que empieza: Vestirse de loco y pasear por el parque entre los árboles con las solapas del abrigo levantadas hasta que me paguen una pensión para escribir poemas tranquilamente sobre las diarreas de Lucifer. Es de ese tipo de cosas que al final nunca se cumplen.
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Leyendo algunos artículos en la sección de deportes de El País tiene uno la impresión de que Real Madrid es algo así como Corea del Norte. Uno siente casi pena por los pobres oprimidos; no habrá millones de euros que compense padecer tal dictadura. En El Mundo en cambio los del Barça son esos sucios yanquis que engañan a todos con sus películas de disney y sus falsas oportunidades; ah, la verdadera cara del Barça. Esos catalanes siempre tan falsos.

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Morandi: ¡Ese maravilloso pintor de magdalenas!


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En Galicia, uno de los sectores de población más felices es el de los exconselleiros de la Xunta. Siempre que se me ha cruzado alguno por delante he visto a personas, no ya crispadas, que para nada, sino plenamente satisfechas con su vida, con el mundo y quizá con el universo. Es verdad que esto es poco científico; para confirmar esta hipótesis uno debería hacer un seguimiento. ¡Los datos! Horas, carcajadas, comentarios jocosos, sonrisas, palmadas en la espalda. En fin, los datos, pero esto es literatura y se dice lo que se entiende. Físicamente, el prototipo es ese individuo blancucho de pelo y sonrosado de piel que viste americanas azulonas, de ese azul que ha pasado siglos absorbiendo la oscuridad rancia de un armario. Un decir, esos armarios tendrán ventanas. Pantalón negro, corbata azul Windows, que es otra tonalidad, el pin de la Xunta, quizá una gaviota girando en el cielo portuario de un país idílico. Algún día todos seremos exconselleiros y no hará ni falta volverse loco. Ni siquiera vestirse de loco.

7/1/12

525

Ayer, a la vuelta. Luces amarillas que todavía no dan luz. El humo blanco de las chimeneas, lento, muy lento. Humo de película polaca. Todas las chimeneas de acero inoxidable, por cierto. Tipografías de discoteca de pueblo, un pub, varios puticlubs, las mismas discotecas rodeadas de coches aparcados. Como una poesía interurbana, de intachable mal gusto. Es lo que nos salva; nada peor para el que se quiere pasar el día pariendo que el buen gusto. Torretas de alta tensión y a sus pies hectáreas y hectáreas de viñas. Gigantes con el rayo amarillo letal en el pecho. Una silla de minusválido bajando la cuesta por el arcén, casi invisible la silla, el hombre serio e indiferente como un saco, como si morir no fuese la peor de las posibilidades o no fuese del todo con él. Al llegar a la vieja ciudad el movimiento permanente; motos, coches, pasos, luz en las ventanas. La vida vuelve a la vida.
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Sin gafas aparece con unos ojos como de animal todavía invernando.


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La literatura actual; escribir libros gordos que cuesten entre veinte y veinticinco euros.


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Uno lee los libros como si fuera la primera vez que son leídos por alguien. Sólo así hay que leer esos llamados clásicos; en realidad, cualquier libro.


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Lo que menos me gusta de escribir es escribir. Quiero decir reescribir.


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" Cuando el Viejo Dios abandona el mundo, ¿qué ocurre con toda la fe aún no empleada?" [DeLillo. Mao II, página 16 en la edición de Seix Barral]


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El dietario mira afuera; el diario adentro. Y lo bueno; que ambos se distraigan de vez en cuando llevándose la contraria.
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El microrrelato es el suspiro anal del alma, que ya no sabe si teñirse el pelo o dejarse las canas y se lo piensa mientras lee un libro.

2/1/12

524

Debe ser tristísimo morirse en Nochevieja sabiendo que en el mundo quedan la Igartiburu y la Pantoja para dar las campanadas. Y además llueve. Es como vivir en una película de Angelopoulos.

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El día de año nuevo es el día ideal para que se le ocurran a uno cosas que coleccionar. Por ejemplo, cuantos infantiles con cerditos. Adoro los cerditos de los cuentos infantiles. Me da igual que vuelen o no. Nunca se ha visto a un cerdito en un cuento que fuese mala persona y aburrido. Suelen ser irresponsables, juerguistas y un poco atolondrados.

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Cuando una mujer se echa crema en las manos se vuelve buena como una madre. Hasta que nos descubre por el rabillo del ojo y ofendida pregunta; ¿Qué?

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Si los libros más vendidos fuesen los mejores no se explicaría la cara de resignada tristeza con la que se compran. Nadie parece esperar demasiado de ellos, como ya nadie espera que follar con su marido o señora después de veinte años vaya a ser otra cosa. Quizá entre los compradores de best-sellers los únicos que parecen dichosos sean los que compran el último Premio Planeta para regalárselo a su cuñada, pues todo el mundo sabe que el Premio Planeta es un libro comercialmente diseñado para regalar a una cuñada. En el fondo todo es maldad, cachondeo, ganas de reírse a solas en el baño.

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Como hay un niño en la carátula deduce que se trata de una película para niños. Cuando la casa se queda en paz con el nuevo año y las copas y los platos se menean en el lavavajillas ponemos en el DVD Ladrón de bicicletas. No es que quiera apearla de ese mundo de princesas con cintura de avispa en el que se instala innatamente una niña (juro por la ciencia que no hemos alimentado bajo ninguna de sus formas tal delirio infantil), pero quizá hasta sea educativo cambiar de aires. En principio ya me anuncia que no le gustan las películas en blanco y negro. Vencido ese obstáculo inicial le anuncio que es una película sobre un tipo al que le roban su bicicleta; sin bicicleta no puede trabajar y sin trabajar no pueden comer. La película es tan buena que no hay escena que no entienda ni diálogo que se le escape. Más o menos. Todo es perfectamente elemental. Sólo se impacienta en los momentos de mayor tensión, en los que la resolución de la escena le parece interminable, por dolorosa. Sufre los peligros que afectan a los protagonistas y es muy sensible a la músicas de alarma. Se tapa incluso la cara con las manos cuando un grupo de quinquis empujan e insultan al protagonista por haber acusado a uno de ellos de ladrón. Por lo demás no pierde detalle, pero no detecto ni un atisbo de pena o tristeza en lo que ve. O eso parece. Parece estar viendo una película de Hitchcock. No parece afectada por la desgracia de lo que se cuenta. Yo imagino que hasta para ponerse llorón hay una edad. Sí, algo así decía Piaget, ese suizo que hacía experimentos con niños.

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Repaso en el retrete las notas en el instituto de Urdangarin. Si no fuese por los notables en Educación física podría haberse dedicado a la poesía, o al menos a ese dandismo de opereta de su cuñado, tan inofensivo y tan aristocrático. Nada tan despreciable como un miembro de una familia real creyéndose un hombre más de su tiempo, y sisando millones como cualquier alto burócrata.