31/12/11

El futuro entre exclamaciones

Hace poco oí una conversación en la que una trabajadora de una residencia para ancianos decía que ya no hay ancianos. Podríamos ponerlo entre exclamaciones, pues ahí estaba su cara al decirlo, los ojos muy abiertos, de disgusto: ¡Ya no hay ancianos! Yo a cosas así, exclamadas de esa forma, con los ojos casi en blanco, les tengo un respeto. Las exclamaciones, o llevan a la risa o asustan. Y en esta exclamación estaba todo el susto del presente y por supuesto todo el susto ante un futuro ceniciento. En fin, ya lugares comunes del día a día. El caso es asustarse. Dijo además que los pocos ancianos que llegaban se les morían en un abrir y cerrar de ojos. [...]

27/12/11

523

Muere Torrente Malvido. Lo he buscado alguna vez con la esperanza de encontrar a un escritor interesante. Era quitarle esos plumajes de maldito, de bohemio, de hombre hecho a sí mismo, pero al revés; de la buena familia al lumpen. De la buena cuna al sofá mugriento de un antro. Se podría decir; qué vida para escribirla, cuántas cosas que contar. Y después la buena o mala vida también se llega a vivir como una rutina. Precisamente, en una entrevista dijo (creo ya lo he citado antes por aquí): 
"La bohemia literaria es una definición falsa que aporta muy poco. Esos que pasaron a la historia como bohemios, los Baudelaire y demás, esos no eran bohemios, eran simplemente maravillosos escritores que bebían y se drogaban. Pero llamarle a eso bohemia es una solemne tontería. La bohemia literaria es una bobada porque escribir es en realidad un asunto muy cordial, muy íntimo, que requiere un empleo total de la cabeza. Bohemia consiste en no comportarse según normas que no tienen nada que ver con el arte, sino con la vida normal. No hay artistas bohemios, todos los artistas son bohemios, extranseúntes de su propia vida."
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Escribía Leys un artículo sobre Sartre, recogido en el estupendo libro La felicidad de los pececillos, lo siguiente: 
"En una carta a Virginia Woolf, John Maynard Keynes profetizaba la muerte de Occidente: las nuevas generaciones quieren disfrutar de todas las ventajas que les ha proporcionado el mundo de sus padres, pero sin pagar ningún precio, como sería cultivar los valores en que se fundamentaba este mundo. Esta situación no puede durar; salta a la vista."
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Ya de pequeño me veía más escribiendo cartas de amor que declarándome en persona. Con once años, por ejemplo, no sé qué escribiría, pero sí, recuerdo escribir alguna. Creo que eran cartas largas, por supuesto  a mano. La destinataria de aquellas cartas se situaba dos o tres mesas delante de mí en clase. A veces, de perfil, por un segundo, se le ponía cara de réptil, pero sólo por un segundo. Esto, en las cartas, no lo tenía nunca en cuenta, y me parecía, si no perfecta, lo más cercano a la gloria que veía a diario. Le llegaban, las cartas, a través de un intermediario. Sus respuestas eran breves, con la letra muy grande, creo recordar, los puntos de las ies como pompas de jabón enormes. Eran cartas en general decepcionantes. No tanto por los escasos avances en nuestra relación, sino por la poca literatura que le echaba al asunto ella. Eran cartas de la que no está de humor para escribir cartas, o la que no sabe. Yo volvía a la carga con otra carta. Nunca le dirigí la palabra, creo. También en aquella época me parecía un poco ridículo no hablarle, pero así estábamos muy bien. 

522

Entre la luna, que parece un perchero de diseño, y la sílfide que viene de frente comiéndose un bocadillo, la poesía, no lo dudo, está con la sílfide del bocadillo. Después, vista de cerca, tampoco es para tanto, y el bocadillo resulta que era una empanadilla, quizá de atún.

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A los bares sólo les perdono el estruendo de la televisión si es fútbol. Hoy, mientras leía el artículo de Vila-Matas en El País, la mujer de la cafetería atendía a un culebrón. Tenían tanta presencia esas voces que la voz que leía empezó a sonarme con acento venezolano o por ahí y las fronteras entre lo leído y lo escuchado empezaron a difuminarse, y no porque una cosa tuviera que ver con la otra. No había nadie más en el local. La señora, en una butaca de la barra, atendía a la tele con esa aureola de paz bobalicona de las gallinas somnolientas. Y uno piensa; ¿qué vida tan triste la de esta señora si no pudiese ver la televisión? Sola, en silencio, con las paredes llenas de espejos muy cagados por las moscas. En realidad, el silencio no existe en ninguna parte, ni siquiera en la consulta del dentista, que pone música clásica para que nos bajen las pulsaciones. Basta que uno se quede en silencio un rato para que se vuelva loco y acabe escribiendo una novela. 

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Dos señales de vejez antes de cumplir los cuarenta: uno, confundí un autobús en la calle con la lavadora de la terraza centrifugando (me corrigió una niña pequeña): y, dos, cuando salí a dar una vuelta, con parka y bufanda, vi a unos niños con una camiseta de manga corta dar unas patadas a un balón en el parque, y no parecían esforzarse mucho. ¡Sólo una camiseta y y pantalón corto y ya casi era de noche! A mí el frío me tenía acorralado entre tanta ropa. Eso, pensé, es ser ya un poco viejo, aunque hay que decir en mi favor que parecían niños sacados de una novela de Dickens, con esos mocos terrosos pintados en la cara, que les adiviné en la distancia, y ya se sabe que los niños así ni tienen frío ni lo piensan tener.
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Un cachas, casi un antepasado evolutivo del hombre, y un chucho diminuto, de ojos saltones, conectado al tipo por un cordel. Me ha mirado desconfiado, casi hostil, como si detectase en mi cara su propia ridiculez. Lo hubiese invitado a una caña, solo para saber cómo a un tipo como él se le ocurre tener un perro así, tan contrario a su naturaleza de hombre armario.

521

Noche de insomnio. Un par de horas después todos los asuntos van apartándose para dejar paso a un asunto central; el propio insomnio. Ya es un meta-insomnio. De todas formas no deja de ser esa cháchara interminable dentro del coco, o dónde sea, en la que todos los oyentes son imaginados. Pero qué atención.
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Creemos en la economía y sus misterios insondables como los niños creen en Papa Noel; ciegamente.  Es decir, nos hacemos el tonto y que aparezcan los regalos.

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Me da el sol en los pies. Aire fresco también, frío y caliente, que entra por la ventana. Ella, con el pelo recién lavado y todavía algo húmedo, se concentra en el cubo de Rubik. Le digo cuando pasa; queréis reproducir nuestra infancia en ella. Pero no me hace caso. ¡Estornuda!

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Los libros que nadie se llevó. En la biblioteca de esta casa, todos los que perdieron nuestro manual de literatura particular. Obligaciones, y algo más, que fueron quedando atrás. Es la casa a la que volver en Navidad y es la literatura a la que no pensamos volver. Tiempo de silencio, que se ve mucho, cerca de la tele, apretado entre anónimos que llegaron allí sabe dios cómo, algunos Umbrales, varios Valles en prosa, artículos de Unamuno, Bueros, Muñoz Molinas, Dos Passos, Henry Miller, policíacas, algún que otro best-seller. Se diría que no valen su peso en papel.

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Al despedirnos, antes de la cena de Nochebuena, se nota una aprensión, una fraternidad, como si fuésemos a padecer una catástrofe y nos recogiéramos en familia para morir al lado de los que más queremos. Es bastante ridículo, aunque más que una tradición parece una necesidad. Algunos dicen; ¡pero el 26 ya de vuelta!, y se reponen así del momento de debilidad que es acordarse de ese hipotético palmarla en familia, sobre el plato de ostras o ante el pavo, como ese pobre que se moría en Plácido, la película de Berlanga.

17/12/11

520

Cierta teoría psicológica anunciaba que uno no llora porque esté triste, sino que uno está triste porque llora. Y lo mismo he leído más de una vez sobre la escritura; uno no escribe porque tenga algo que decir, sino que uno tiene algo que decir porque escribe. El rollo poeta quizá. Lo mismo Montaigne, prototipo del ensayista, del que escribió Huxley: "Asociación libre controlada artísticamente; este es el paradójico secreto de los mejores ensayos de Montaigne". De esto escribe hoy Verdú en El País: "Ortega no tenía muy claro qué se proponía decir a la línea siguiente, pero los grandes ensayistas, como el mismo Montaigne, no tienen en la cabeza todas las ideas con las que ensayar."

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Pintura holandesa del XVII. Paisaje. Pasamos de uno a otro cuadro. Le explico, porque pregunta todo el tiempo, pero al final uno resume la cosa en un 'me gusta' o 'no me gusta'. Algunos son paisajes polvorientos, dentro del verde, y tristes, pero tristes como pintura, más que como paisaje. Otros paisajes brillan, centellean, esas ramas, las flores, como si acabasen de ser pintados. O como si acabasen de ser restaurados. Los pintores menores salen siempre de un sótano húmedo. Llevan el sótano con ellos, el aire opaco de los siglos. Les ha caído la sombra gris encima. Entonces veo a X, de espaldas, parada, escrutando un paisaje y ahí se me paran en seco los siglos. X es la mujer lapa. Seguimos a lo nuestro, ya no evitándola, cosa que nunca da resultado, ya que es casi como delatarse (huele el sudor de los que se hacen el sueco y los detecta al instante), sino forzándonos a vivir en ese mundo paralelo que nunca se cruza con el suyo. Una cierta invisibilidad, mirada en túnel, discreción absoluta. Tampoco funciona. Entre Brueghel el Viejo y nosotros se interpone una sonrisa recriminatoria, como si tanta atención sólo tuviese el objetivo de evitar el encontronazo. Y así es, qué coño. Es una mujer afable con todo el tiempo del mundo. Te hipnotiza como hacen algunas serpientes con sus víctimas. Es la mujer con las manos en los bolsillos, simulando frío, sueño, gases. Siendo una niña, a la pobre M no le queda otra que ser interrogada. ¿Qué animal es este? 

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Me acordé estos días del viaje que hicimos por la Mancha. Un viaje raro, antes de la vendimia. Mucha vid enana, vimos. Ya de lleno en la amarga tarea de la vida nos largamos como un quijote y un sancho, siendo quijote o sancho ambos, turnándonos según el momento. Carreteras estrechas y rectas. Coches a lo lejos, de los que no se sabía si se apartarían ellos o tendríamos que tirarnos a un lado nosotros. Ninguna ruta marcada por las guías, pero sí, estuvimos bajo esos molinos que fueron gigantes y ahora son una foto con paisaje terroso al fondo. Escalamos ruinas, meamos en las cunetas oteando el horizonte y vimos alguna que otra cucaracha veloz. Muchos pueblos estaban muertos, o durmiendo la siesta, fuera la hora que fuese. Lo bueno del viaje es que nos devuelve a la realidad; todo es provisional, cada momento es único, estás de paso. También; cuánto menos lleves encima mejor. He estado estos días moviendo todos los libros y sí, he pensado; sobran muchos. ¿Acaso voy a volver a leer alguna vez a Aragon? ¿Y a Butor? O la novela negra, que ya leída siempre acaba estorbando. Incluso estorba sin haber sido leída. Menos Conan Doyle. Le digo en broma que los voy a vender o tirar todos y empieza bailar, como aguantándose las ganas de hacer pis, mientras me pide que salve los de Harry Potter, que piensa leer en cuanto pueda. Digamos, dentro de tres años, siendo muy optimista.

13/12/11

519

Si escribo es porque he sido siempre un lector desastroso. Esa es la verdad. De lo contrario me quedaría tan tranquilo leyendo. Soy ese lector, más que voraz, inapetente e insaciable, cosa solo en apariencia contradictoria, y que más que leer va buscando algo que leer, eso que le falta por descubrir, y también soy ese que mientras come ya está pensando en vomitar. Un bulímico de la lectura. Me siento a leer para levantarme a escribir. He pasado por muchos libros como por una estación de metro, siempre camino de otra parte. Exceptuando a dos o tres autores que nunca se me agotan (por más que los lea una y otra vez, quizá el mismo libro), nunca he sido el lector exhaustivo y riguroso que lee a un autor para saberlo todo de él. Y menos con el cariño benevolente de un fan. Uno que perdone los defectos, y sobre todo los aciertos. Yo los aciertos no se los perdono a ninguno. Ni siquiera a Simenon. Necesito cerca a los más grandes chapuceros, que son los me dan fuerzas. Cervantes, por ejemplo. Cervantes, se dice, es el principio. No es un principio pero como si lo fuera. La novela no; inventa el desorden. Como un artesano al que las cosas, más que redondas, le salen felices, y ni bien ni mal, sino de la única forma posible, que es la suya, la de todos.

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Yo, que siempre he sido un inmaduro, hasta de niño, he tenido una curiosidad especial, quizá morbosa, por el deforme, el tarado, el diferente. Al mismo tiempo evito fijarme en el lisiado para no herirlo. Quizá me veo yo mismo monstruoso y una manada de niños a mi alrededor tirándome piedras. No debe haber cosa que joda más que tener, por ejemplo, bocio, y que los niños y los cabrones te señalen con el dedo por la calle. De todas formas echo una mirada furtiva al tipo con Down que está sentado con una señora cerca del ventanal de la cafetería. Lleva unas gafas enormes, ligeramente verdosas, como de señor al que la Constitución le parece el principio de unos tiempos de mierda. El pelo negro con alguna cana gorda, peinado hacia atrás. Pelo catapulta, contenido por algún tipo de gomina discreta que le hace brillar la frente con surcos de buen hijo. La piel, intuyo, reseca, del que se abrasa en la ducha cada mañana. La mirada distraída del niño, también, de buena gente, que ve sin mirar y que piensa en algo sin enterarse demasiado que está pensando. Quizá no esté viendo más que la descripción que siempre me han hecho de la gente con Down. El estereotipo; son perfectamente alegres, felices, y buenas personas. Como si la tristeza y la maldad estuviese reservada para los más inteligentes. Más que conforme o adaptado parece indiferente. Lleva el disfraz de persona respetable como si no acabase de ir la cosa con él. Le sale natural; a otros nos sale forzado.

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Dice que de pequeño le dejaban ver la televisión quince minutos al día. Aclara que él es viejo, ya cincuenta, y era una televisión que tardaba en encenderse. Necesitaba calentarse, y digo yo que entre el calentarse y todo poca televisión le quedaría. Quince minutos, a las siete y media de la tarde. Unos dibujos que se llamaban Hijitus. El revuelo de los dibujos lo escenifica con las manos (mueve los dedos), y en la cara ensaya una alegría infantil, de niño canoso. No le ha costado nada hablarnos de su infancia. Ni tres minutos de conversación.

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Puede que no haya un vínculo más fuerte que el paterno / materno filial. ¿Y qué? Sí, somos todo amor y educamos casi siempre a futuros infelices. Cuando no a futuros desequilibrados. Más allá del amor está, afortunadamente, el asistente social, el colegio, los demás niños, el resto del mundo. 

9/12/11

518

El Ravel, de Echenoz. ¿Y a quién le importa Maurice Ravel? Hasta que no me encontré con el librito de Echenoz me importaba más bien poco, y ahora, leído, me sigue importando más bien poco. De importarme me importaría Debussy, no tanto como inventor de la música que vendría, sino como banda sonora de todas las tristezas imaginarias y reales de una cierta adolescencia ciclotímica. El personaje me importa mientras leo, me importa de esa manera que nos importan los personajes a los que no parecen importarle los que le leen. Personajes así como despectivos, que no nos acaban de dejar leerlas las cartas por encima del hombro. El personaje siempre es la escusa, hombre. Ravel es un personaje con poco atractivo, además. Tipo aburrido, aseado, contenido, que se aburre mucho, sobre todo eso, porque nos trae Echenoz ese aburrimiento de los últimos años de Ravel. El puro aburrimiento de no tener nada que hacer, de creerlo más bien. Diez últimos años. Un viaje a Estados Unidos, ciertos compromisos, cierta enfermedad extraña que entiendo como demencia y acaba con un médico abriendo la tapa de los sesos para meter la nariz en lo que hay debajo. Se muere. Era Ravel, el de los trajes impolutos, el pañuelo estudiado, extravagancia estudiada de artista perfumado. Ravel, que por si no os acordáis era vasco francés. Tiene cara de vasco, de vasco delicado de salud. He visto las fotos después, en libro tan breve no da tiempo ni a levantarse para abrir el Google. Echenoz ahora se metió en esa novela del corredor. Le salen bien estos libros, más allá de la biografía y mejor que la biografía de una vida exhaustiva, a la mayor gloria del biografiado. He leído pocas biografías en mi vida. Pocas grandes, digo. Y pocas de las otras, también. Antes que el Ulises siempre he preferido el Joyce de Richard Ellman. La biografía, novela digamos, de Echenoz, está vacía de literatura, está vacía de biografía, como el Bolero, se dice, "desde luego, por desgracia está vacío de música." Yo no diría por desgracia. Lo que queda; un envoltorio, Ravel, se mueve, apenas se mueve, tiene insomnio. El hombre y su insomnio de anciano, sin serlo todavía. Queda la decadencia del artista. Sí, la obra, ahí está, la gran cara del artista, todo eso que nos deja. Ravel, efectivamente, el hombre que compuso la mejor música para un anuncio de lavadoras. Viene de familia de relojeros, creo, y adora las fábricas, las máquinas, turbinas arriba y abajo. ¿Y el hombre? ¿Dónde queda el individuo que existió? Etcétera. Era eso; las uñas, la manicura perfecta de Ravel.

Acaba bonito. La explicación, porque hay siempre como una necesidad, al final, de explicación. Y todo esto, oiga, ¿para qué? Última frase: "Se duerme, muere diez días después, lo visten con un traje negro, chaleco blanco, cuello duro con las puntas dobladas, pajarita blanca, guantes claros, no deja testamento, ninguna imagen filmada ni la menor grabación de voz."

8/12/11

517

Grandes reflexiones. Podría inaugurar un cuaderno con este título, para tocar solo los grandes temas que han preocupado desde siempre a la humanidad. Ayer, por ejemplo, al ver a Papá Noel pasear con una campanilla e hinchado de relleno de cojín se me ocurrió, de repente, que estábamos, efectivamente, solos en el puñetero universo. Es posible que seamos la única vida inteligente de todo el universo y la Bolsa ahí, desplomándose una y otra vez. La Bolsa, el Euro, Papá Noel. 

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El libro, echo un vistazo curioso, se titula Cuando nunca perdíamos. Subtítulo; 15 miradas sobre el Barça. Nombres interesantes, quizá las mejores plumas del barcelonismo. Ramón Besa, Juan Bonilla, Juan Cruz, Vila-Matas, Juan Villoro, Pedro Zarraluki... En realidad el libro me parece un poco decepcionante. O no, ¿qué esperaba? Me gustó sobre todo el retrato que hace Villoro de Messi. Un Messi silencioso, "en paz con su silencio", que fuera del campo domina el arte de la siesta como ninguna otra cosa. Un genio sin rarezas, más allá de su silencio; hay que interpretarlo. Detecto en el culé una nostalgia, cierta nostalgia larvada, por la esencia ancestral del barcelonismo; la derrota, el fatalismo. Difícil librarse de algo que parecía extinguido. En realidad de ese papel se ha apropiado con violencia el Madrid de ahora. Es como si, más que vencer, la competición consistiese en perder de forma injusta para poder reclamarlo una y otra vez, como un mantra. Lo que está haciendo el Barça durante estos años es tan increíble y glorioso que detecto en el barcelonismo un sentimiento de querer convertir cuanto antes todo ello en pasado. Meter esta época en una vitrina y gozar de ella para siempre, soñando con este pasado perfecto que aún es presente. Somos tan felices que no hay quien viva. Pero, claro, que siga, que siga, ya habrá tiempo de mirar atrás.  

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De la última de Lars von Trier. Una frase de Cioran que encaja perfectamente en esta película, no sólo por el título: "La melancolía redime a este universo, y sin embargo es ella la que nos separa de él." Sí, somos humanos porque sabemos lo que nos espera a la vuelta de la esquina, por encima de la risa (los animales también se ríen). La melancolía, entonces. Más allá, la enfermedad mental como rebelión biológica, en los márgenes. ¿Un romanticismo? Claro. Deprimirse con severidad, por ejemplo, es uno de los pocos  romanticismos que tenemos a mano. Si algo ha decidido el enfermo, o la enfermedad, es no seguir remando. Que reme tu madre. Ya solo nos queda volvernos locos o seguir trabajando, abrochando y desabrochando cada día, subiendo y bajando la persiana. 

5/12/11

516

"Cada día, señores, la literatura es más escrita y menos hablada –decía Juan de Mairena a sus discípulos. La consecuencia es que cada día se escriba peor, en una prosa fría, sin gracia, aunque no exenta de lo que se llama corrección, y que la oratoria sea un refrito de la palabra escrita, donde antes se ha enterrado la palabra hablada. En todo orador de nuestros días hay siempre un periodista chapucero. Lo importante es hablar bien, con viveza, lógica y garbo. Lo demás se os dará por añadidura."
No sé. También puede que el escritor sea precisamente escritor porque nunca acierta a decir lo que quiere decir, o nunca acierta a decirlo cuando hay que decirlo o de la forma exacta que hay que decirlo. De ahí que se escriba, que es un hablar cuando ya no hay nadie para escucharnos. Hablando a solas, sobre el papel, sobre el archivo en blanco. Escribir para los que nos leerán, mañana, dentro de diez, veinte años. Cincuenta. Hay que estar loco, pero no se me ocurre nada mejor para pasar el rato. La entrevista está ahí, a medio camino entre lo dicho y lo escrito. No creo que la entrevista sea un género menor. Una de los atractivos mayores de la revista Jot Down es precisamente ese, unas entrevistas estupendas. También hay entrevistados con estrella. Cortesías aparte. Lo admiro sinceramente.


***


¡El presupuesto! ¡Un presupuesto! El hombre, viejo chino y gallego de raza, que parece mirarnos desde detrás de una persiana entrecerrada, se acerca al coche. Lo estudia, casi lo huele. Lo palpa. Todo lo tosco que pueda parecer a primera vista, esos andares, las manos, la caspa o el polvo del taller, y qué delicadeza al acariciar el destrozo. El mismo Miguel Ángel palpando un trozo de mármol. Saca una libreta de anillas cuadriculada y empieza a escribir. Una letra grande, maravillosa, una letra contra el viento. Una letra para ser escrita con las manos negras, para absorver toda la grasa, ese sudor de los motores. Curioso, echo un vistazo a la libreta. No entiendo mucho de todas formas, prefiero no saber. Espero la cifra, cuánto me sangra por este trabajito. Leo: Una octica. Qué; es la palabra más hermosa que haya visto últimamente. Qué grande, sí, nada que ver con esa escritura cuasi analfabeta de algunos arrendadores de pisos; letra caligrafiada como jugándose la vida en ello, temblorosa, mezquina, descarrilándose por el peso de la avaricia. Se rascan el cogote, jodidos estafadores. ¿Esta es una cama? ¿Esto es un colchón? No; la octica de este hombre tiene la dignidad del que lleva toda la vida tratándose con octicas, si lo sabrá él, estoy seguro. Yo no sé nada. Él sabe perfectamente que eso que tan bien conoce no pueden ser otra cosa que octicas. Digamos que la verdad está en una octica; lo de óptica es la palabra que usamos los demás, los que no sabemos en realidad de qué hablamos. Cómo no fiarse de una octica. Dígame.

3/12/11

515

Además de la metralla, el eufemismo, que no mata ni destroza vidas pero desmoraliza, como si la estupidez humana fuera una enfermedad incurable. Dan un poco ganas de hacerse anacoreta y retirarse al monte a contarle las patas a los bichos, da igual si siempre tienen las mismas. En la pancarta, plaza de Cervantes, se lee: "Defender a lingua nom é delito. Liberdade detidos!". Los gritones vienen a cuento por la olla express que le habían preparado a Alfonso XIII, o por ahí, en Coruña. Ayer, hoy, estos días. Los gallegos tenemos un gusto exquisito por el anacronismo, y unas veces nos queda bonito y otras veces nos queda raro y escandalosamente tonto. Tendría más sentido, dentro del sinsentido de cambiar vidas ajenas por reclamaciones, que dijeran que se defendían el bolsillo, ahora que Galicia es la comunidad en la que más sube el paro. Pero no. Para lo de la pela los gallegos siempre han emigrado; lo de poner bombas es más una actividad cultural, un rollo de filólogos. Mira tú por qué había tanta policía.

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"Mis afinidades con el espíritu judío. Gusto de la burla, cierta inclinación a la autodestrucción, obsesiones malsanas; agresividad; melancolía atemperada o agravada por el sarcasmo, según las horas; complacencia con la profecía, sentimiento de víctima siempre, incluso en los momentos de felicidad." [Cioran, Cuadernos 1957-1972, pág. 119]

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Arrimados a los estantes, silenciosos, casi invisibles, o mejor, camuflados, como rascando con los dedos los lomos de los libros viejos, amarillos, apolillados. Ahí están los buscadores de libro usado. ¿Serán los mismos de siempre? Son los mismos de siempre y son otros. Yo qué sé, no los distingo. La luz floja de la bombilla lejana ya nos pone a todos la cara terrosa del que se ve morir a la vuelta de la esquina. Hay un algo de piernas no depiladas en el ambiente; incluso de axila no depilada. Así de amarilla es la luz de la bombilla. Pero qué negocio es este en el que no hace falta ni vender ni comprar, me pregunto. Algo vende, de todas formas. El margen es mayor que en las librerías de nuevo. Un gordo de perilla y coleta abarca todo el pasillo y he de arrimarme a las intervius viejas para pasar. Se busca con escepticismo, como con frío, sin acabar de sacar las manos de los bolsillos. Respira durante un buen rato a mi lado Dark Vader. En este silencio de vertedero de papel destaca mucho la sonata de sus bronquios. Después el chaval gordo de perilla y coleta paga algo y empieza a hablar. Habla tan alto que no tengo más remedio que mirar y seguir la conversación sin disimulo. Si él puede hablar tan alto yo puedo mirar, aunque no haya nada que mirar. Tiene cara de cabrón inaguantable. Dice que ahora va a vender por internet lo que acaba de comprar. Dice que aquí compra a cuatro duros lo que después vende por diez veces más, como mínimo. Se ríe, de listo que es. Al dependiente se le pone cara de idiota. Me miran ambos. 


2/12/11

514


El Roto. Acaba de publicar su Viñetas para la crisis. Genial, como siempre.

1/12/11

513


En la película se dice: "La vida en la Tierra es cruel." Para ser una película sobre el fin del mundo se ve poca gente. Una boda al principio. Los invitados. No se mueren en la boda. No, el fin del mundo viene algo después. Es un final muy solitario. No hay bomberos, ni policías, ni masas de gente corriendo despavoridas. El único que corre es un caballo y al final se cansa y vuelve. Un final del mundo muy íntimo. Si algo nos merecemos como individuos, uno a uno, los humanos, digo, es un final del mundo así. Llorar a solas, o en familia, con Wagner de fondo, con el Preludio al Tristan e Isolda, maravilloso. Que se te eche un planeta gigantesco encima. No es una película de catastrofes. Una de esas películas para ingenieros deportistas en situaciones de emergencia. El presidente pasándose un pañuelo blanco por la frente. No, nada. Qué paz. La música y los rostros. Charlotte Gainsbourg, que no ganó nada por su interpretación, también está muy bien.

Seguramente el final del mundo más hermoso jamás filmado.

Un milagro. Efectivamente, la vida es un milagro.