30/10/11

El humor como algo escurridizo (y pringoso)

Ilustración de Héctor Quintela.

Miguel Noguera, ¿humorista? Supongo que el formato que utiliza es ese, el del humorista. Tipo sobre el escenario que habla, supuestamente con el objetivo de hacernos reír. Se podría cobrar incluso por carcajada, ya que estamos. [...]

25/10/11

502


En el Antiguo Testamento, ya sabéis, Moisés iba por ahí con las ovejas de su suegro y vio una zarza ardiente. Como no se consumía la zarza por mucho que ardiera se acercó a ver qué pasaba. Y pasaba que la zarza empezó a hablar. Era Dios. La zarza ardiente es un clásico. Incluso se tapa la cara, Moisés, para no ver a Dios tan de cerca. Cómo reacciona, Moisés, vaya tío. Taparse la cara, como por respeto. Dios, que es sensible a las reclamaciones del pueblo judío, va a liberarlo del yugo egipcio pero para eso necesita a Moisés, que convenza a los judíos para largarse a otras tierras. Pero, ¿por qué le iban a hacer caso los judíos? Dios le dice que le harán caso y que diga que va de su parte, Yahvéh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, y que con presentarse así ya deberían hacerle caso. Pero tampoco Dios lo tiene claro, que le hagan caso al bienintencionado Moisés, o sabe que siempre hay listillos en todas partes, y se saca de la manga unos trucos. De todo lo que podía elegir, de todo lo infinito que es el poder de Dios y su entendimiento, si es que Dios tiene de alguna forma entendimiento, o se le puede llamar así, elige tres señales que deberían convencer a los más escépticos. A saber: una, el cayado, que al tirarlo al suelo se convierte en serpiente, y Moisés se acojona al verlo. Pero Dios le dice que no pasa nada y que lo recoja. Le hace caso y la serpiente se convierte de nuevo en cayado. Dos: esta señal me parece rarísima y un tanto asquerosa; si no fuese porque es Dios diría que hay que estar un poco enfermo; le dice Dios, mete la mano en tu seno, y al hacerlo la mano apareció cubierta de lepra, blanca como la nieve. Yahvéh le dijo que volviera a meter la mano en su seno y comprobó que volvía a tener carne, normal ya. Tres: esta es una señal para dejar al personal boquiabierto, o para asustar incluso más que antes. Muy espectacular; le ordena sacar agua del río, no especifica cómo, y derramarla sobre tierra seca, tampoco dice cómo (me imagino una varita mágica, quizá el cayado en alto), y esa agua que haya sacado del río se volverá sangre en la tierra seca. Grandioso. Son trucos de prestigitador, de mago. Lo que me gusta pensar es cómo se le habrán ocurrido estas cosas, y si se le ocurrieron otras y tuvo dudas y las desechó por las razones que fueran. No, entiendo que no pensó nada, que Dios improvisó, y mirando el cayado inventó lo de la serpiente, bastante obvio. Lo del pecho convertido en cosa putrefacta y arrojable me parece un truco malvado, como jugando con la esencia del ser humano. Convertirlo en lepra, en basura. Toma ya. Es un tú ahí, yo aquí.

El Dios del Antiguo Testamento es de armas tomar. Se cabrea a la mínima, no tiene ninguna paciencia el tío.


***
Hace algún tiempo escribí por aquí una cita del Samuel Johnson de Boswell;
"… el que escribe puede ser considerado como alguien que lanza un reto, a quién todo el mundo tiene derecho a atacar".
Me pide desde Chile alguien que le indique de dónde he sacado la cita, de qué página. Y eso es lo que no sé, de qué página. Lo que tengo claro es que la saqué del libro. No está tomada de segunda mano de nadie. Ni me la inventé. Esta cita no es de las que se inventan, pues es más importante casi quién lo dice que qué dice. Error, no copiar la página en su momento. He pasado páginas y páginas, de subrayado en subrayado, pero son muchas páginas subrayadas y no encuentro la frase. Por curiosidad he pensado incluso en traducir al inglés la frase y buscarla en el iPad, pues ahí sólo tengo en inglés el libro, más que nada por chulería.

Si alguien da con ella que me mande un email.

23/10/11

501

Dicotomías. Dos grandes personajes de la sociedad humana. Si el pueblo ha dado tontos, y todo pueblo ha tenido siempre su tonto, como ha tenido su alcalde, la ciudad ha dado locos y cada barrio ha tenido su loco. Es corriente, por ejemplo, detectar al tonto del pueblo en las verbenas, pues el tonto se sitúa por definición en esa tierra de nadie que queda entre la orquesta y las parejas que bailan su pasodoble. El tonto, que es un ser libre, y que para eso quizá se ha hecho el tonto desde que nació, baila el pasodoble de cualquier manera, moviendo los brazos como un jipi en un mar de flores imaginarias; sus compromisos con la realidad no incluyen adaptarse al playback de la orquesta. Incansable e imperturbable se mueve ajeno a todo, y mientras las parejas de jubilados desaparecen en la oscuridad de unas vidas resignadas, pero perfectamente normales, nuestro tonto encuentra en la resistencia su piedra filosofal y la felicidad. La otra cara del genio, precisamente; ambos, tonto y genio, son monomaníacos. Claro que, qué diferencia. No se puede comparar. No es lo mismo hacer castillos con cerillas que componer cuartetos de música serial, que ya ni sé lo que es, pero suena muy loco. El genio, además, ya se ha muerto y el tonto sigue bailando en la verbena. El genio es un señor que se muere, todo el tiempo, que va por ahí habiéndose muerto, siempre. Pero la distancia entre uno y otro no siempre está clara.

El loco de ciudad, en cambio, puede ser un individuo ciertamente imprevisible, pero no hasta el punto de sorprender a nadie. No hay barrio que no esté al tanto de su loco, y no hay barrio que no lo cuide y lo respete, aún cuando precisamente en la locura del loco de barrio está el desprecio a todo y a su barrio en particular, que para eso lo ha vuelto loco, con sus señoras y señores particulares volviendo loco al que se deje. En el fondo se teme, más que al loco concreto, al loco en el que estamos siempre a punto de convertirnos. Después no se vuelve uno loco por pereza y por no darle un disgusto a la familia, aunque también por timidez. Hay que ser un poco osado para volverse loco, hay que echarle huevos. Es el loco un efecto colateral de la vida del barrio, del protocolo acostumbrado e impuesto y del chismorreo de señora, que destroza muchas vidas. El chismorreo de señora es la bomba de racimo de la vida cotidiana en el barrio. Deja secuelas sobre todo en esos que han nacido para caminar por la vida de puntillas.

Hay que darles razones al loco para volverse loco, y la sociedad es demasiado delirante casi siempre para no dárselas. Razones hay de sobra. Por supuesto, esto es innegable; el loco también pone algo de su parte.

Fuera del barrio y esperando en la cola del pan, que es una espera no de posguerra, sino de panadero que sabe hacer buen pan, observo. Una mujer de pelo rapado canoso desde el bordillo de un portal increpa a todo el que pasa. Son movimientos de cabreo desesperado, y sus aspavientos e insultos dejan perpleja a la gente, como si les hubieran vaciado un cubo de agua fría en la cabeza. A no pocos les parece asombroso que alguien pueda proferir insultos y amenazas sin conocerles. Pero precisamente eso hace ella. Aunque ya parece cansada de tanto insultar. Se tambalea, le sale el cabreo moribundo, de no poder más. Le vence la fatiga. Quizá lleve horas metiéndose con la gente que pasa. De vez en cuando echa un trago al cartón de vino, como para reponer fuerzas, y es ahí donde pierde su credibilidad de loca y escucho en la cola, entre los vecinos de este barrio, lamentos y cierta decepción. Su tarada ha pecado. El vino lo cambia todo. El vino no se le perdonan. En eso son muy estrictos estos señores de barrio. El barrio no acepta locos agravados por la bebida. El vino transforma al tonto y al loco en conflictivos voluntarios. Lo otro es puro destino. Lo otro tiene un pase. Lo otro se decide en el cuarto de atrás.

21/10/11

El oficio de ser malo




Una de las funciones históricas del artista ha sido la de escandalizar señoras. Las señoras de toda la vida, abrigo de pieles y perrito en el sobaco. Qué sería del arte sin las señoras. Estas cumplían con su papel a la perfección. Sus maridos pataleaban en los primeros conciertos de Stravinski mientras ellas gritaban como si las estuviesen violando. [...]

El oficio de ser malo, en Jot Down.

Artículo ilustrado por Héctor Quintela. Vaya lujo. También gallego él, de Cambados, aunque vive y estudia en Madrid.


PD: Se acaba de publicar un libro del Papa Benedicto XVI titulado Nadar contra corriente. Y ahora que caigo; también Juan Manuel de Prada tituló un libro suyo Nadando contra corriente. Uno es rebelde en infinitivo, el otro en gerundio. Por lo visto ya solo es posible nadar contra corriente de una manera; poniéndose de rodillas.

18/10/11

499

La posteridad literaria debe ser que le lean a uno en el váter las futuras generaciones.

***

Se acerca y me pregunta; ¿qué lees? Y no sé qué decirle porque últimamente lo leo todo, y así no leo nada. Me muevo nervioso, picoteando como las gallinas. Bajo a dar una vuelta y me llevo de Jünger El autor y la escritura, libro del que sólo entiendo una de cada siete frases. Esa una que entiendo me parece bien, pero las otras seis me parecen muy mal. O me parecen muy bien, pero inalcanzables. Tengo la impresión de que no me he despertado del todo y esas frases están escritas para los que supieron despertarse como dios manda. Da igual que hayan pasado diez o doce horas desde que me levanté. "El telencéfalo se cuenta entre las inversiones de rendimiento usurario." [pág. 51] Ni puta idea. No llevo mucho leído. Puede que sea una frase escogida con ganas de que se me dé la razón a la primera. El azar también funciona así. Los demás leen en sus pantallas. El local está casi en penumbra. Vuelvo. Se hace de noche. No hay mosquitos. La gente charla en la calle. Últimas bolsas de la compra.

***

Del perdón, se habla. Yo soy muy mal perdonador, y también muy olvidadizo. Quizá justo lo contrario de lo que se debería ser. No creo que eso, perdonar, sea posible. Algo grave. Para eso hay que creer en el perdón y en el perdón no cree nadie. Todo es estrategia y el perdón también. O el perdón sobre todo. Se puede hacer como que no pasa nada, pero pasa. Dentro, al menos, tiene que pasar algo. Imagino a los que perdonan como unos masticadores de hielo. Ahí, con su hielo. A solas. Perdonan, mastican, perdonan, mastican. Se brinda con champán por el perdón pero se acaba rompiéndole la copa en la cabeza al otro. El perdón de los que tienen muertos yo lo veo imposible. O puede que el dolor extremo lleve a perdonarlo todo, como un volverse tarado de bondad para seguir viviendo. Un aceptarlo todo, incluida la existencia del asesino. Sólo falta que salgan disfrazados de payasos, diciendo que todo era una broma.

16/10/11

498

Ese paso más allá es lo que destaca en una obra. Literatura, cine, lo que sea. En la película Dogville, por ejemplo. Austera, brechtiana (¡dios!), fundamentalista, hermosa, panfletaria. Y tan panfletaria. El panfleto siempre es demagógico, pero la demagogia no siempre es igual de insoportable, de ineficaz. La inteligencia artística es lo que diferencia a esta película de cualquier subproducto antiyanqui, de cualquier rabioso con turbante o sin turbante. Esa beatería antiyanqui expuesta más o menos estúpidamente. Por desgracia suele ser así. Pero aquí no; aquí se juega a otra cosa. Queda, como en todo mecanismo panfletario, un tufo conspiranoico, de identificar el Mal con algo o alguien.


*** 

Casi la prefiero, su poesía, a sus relatos. Hace años que no leo relatos de Carver. Están bien pero son como una faja. Al leer a Carver todo se vuelve carveriano. Sobre todo al leer sus relatos. Es una lata. Hasta el periquito del vecino silba una realidad carveriana, lo que ya es el colmo. A otros autores los lees y tienes ganas de pintar las paredes con palabras entre exclamaciones. Lo de menos es qué palabras. Lo importante es que estarías dispuesto a ponerle a todo exclamaciones. Bueno, es un decir. Las exclamaciones dan dolor de cabeza. A Carver lo admiras, lo quieres incluso (porque ha tirado su vida por el váter y ha tenido la lucidez para ver su error; ama la vida con fanatismo). Pero sus relatos te amordazan. Sus poemas, en cambio, son susurros más llevaderos. Van a tener razón los que dicen que era, por encima de todo, poeta. Hay más desorden y menos explicaciones en su poesía, y eso que ya hay pocas explicaciones en sus relatos. Porque la poesía, de ser algo, es lo inexplicable y ni hace falta pensar en omitir nada. Está el desorden, y el desorden es la vida, que pasa y nos revuelve todas las razones y nos deja sin palabras. Después hay que buscar las palabras. Difícil. Si la filosofía es la explicación infinita, la explicación imposible una y otra vez intentada, la poesía es ausencia de explicación. La poesía es la imposibilidad de decir algo, y decirlo.


***

Leyendo Ensayos de incertidumbre de Benet:

"La verdad es que el escritor debería ser un individuo abandonado por la mujer, engañado por la amante, estafado por los hijos, arruinado por su padre y que, sin embargo, pudiera escribir sin ambiciones económicas; con conflictos a los que no se sumara la posibilidad de resolverlos con los frutos de su pluma." (1980)
Ya. 

12/10/11

497



Tiene su encanto esta foto. El restaurante es El mosquito, en Vigo. Siempre confundo El mosquito y El asesino, aunque este último está en Santiago. El señor de la izquierda no sé quién es. Destaca el porte atlético al lado de los otros tres, de señor que corre mucho por la playa. Las mujeres acaban de salir de la cocina, la vieja ya no sonríe casi, y coge por los brazos a Álvaro Cunqueiro y a Josep Pla, los expone, como dos lubinas frescas que nos enseña antes de cocinarlas. Era una restauración de señora en mandil, de abuela que no ha visto un bote de ketchup en su vida. Cosa buena; y la creatividad de no joder el producto con muchos inventos. No tendrá tiempo ni ganas la señora de mirarse al espejo, como para ser además creativa en la cocina.

Torrente parece ese señor pederasta que se acerca a los colegios a repartir caramelos, muy aseado. Así como me imagino a Cunqueiro contento como unas castañuelas frente a un magnífico lenguado o un guiso me imagino a Torrente picoteando con aprensión lo mismo, entre apurado y dispépsico.

Pla es ese señor asmático que nos habla quedándose sin aire, hinchando y vaciando el pecho, con los pulmones descascarillados o con los tornillos flojos. La chica va de punta en blanco, enseñando rodilla, y es la que lleva las bandejas como una niña portando las arras en una boda.

Las manos de Pla son afiladas, todo piel y venas y tendones. Todo lo contrario que las de Cunqueiro, que son unas manos que dan miedo, de estrangulador. Por nada del mundo me atrevería a quitarle ese paquete. Podría ser un bolla de pan envuelta en servilletas, que se lleva para hacerse un bocadillo después. Claro que mirándole a la cara se ve que nunca usaría esas manos para partirle el espinazo a nadie.

Son las cuatro de la tarde. Hacen la digestión. 

10/10/11

Lo malo de ser el Anticristo [496]



Si fuese rencoroso no habría visto la película de ayer; Anticristo. Y ese título, yo dudaba. Ver una película con ese título, como si los platos se fregasen solos y la vida se viviese sin uno. Y el tráiler que se fue como se vino, en su momento. Y hasta el panzudo Lars von Trier defendiendo al pobre y manoseado Hitler en Cannes, por no llamar la atención de la prensa dando cucharazos a una tartera. Despertada la prensa se montó el follón. Pero era una broma, o no lo era, o viene más o menos dando igual lo que sea o no broma para ese danés, la verdad.

El caso; Anticristo. Era una película que creo recordar había puesta a parir el crítico diva de El País. Horrorizado el hombre se quedó. No todo es manteca el ser humano. Ya de noche le di al play. No me jodas, Lars. Dance in the dark, con Björk haciendo de proletaria de alma pura y ciega o casi ciega y que canta, de lo peor que haya visto. Cuando digo lo peor digo la película más idiota que haya visto en mi vida. Si John Ford se levantase de la tumba y reclamase ver una película yo le pondría Los albóndigas atacan de nuevo, pero nunca nunca Dance in the dark. A su lado, Los idiotas, tiene la épica y el sentimiento de Doctor Zivhago. La dicha revolucionaria de Espartaco. La ternura de Sonrisas y lágrimas. Por ahí, que siga el chiste solo. Porque una cosa es hacerse el idiota y babarse un poco y correr detrás de un culo en pelotas con la picha al aire y otra el bodrio de la Björk. 

Anticristo me gustó mucho. Hay un bosque encantado, como en los cuentos, y mucho follar así como por acabar con el picor. No hay un solo diálogo que chirríe, y no hay una sola imagen que no sea preciosa. Bueno, menos las cacas y sangres, que me dieron mucho asco, yo delicadito por primera vez en mi vida. Pene y sangre son dos palabras que asocio a duras penas. Los actores, increíbles. Y sólo dos; Dafoe y la Gainsbourg. Son tan buenos que no parecen actores. El peor director del mundo, o el director más nazi del mundo, o el director más gilipollas del mundo, ha hecho una de las mejores películas que haya visto. Ni siquiera es muy moderna. No se ve la modernez, digo, mucho. Se la ve suelta, a la película, confiada en lo que hace, en lo que cuenta. También se ve al chalado que la hace, pero siempre hay un chalado, más o menos chalado (esto de chalado se lo copio a la diva de El País), o un aspirante a millonario detrás, más o menos aspirante. Puede que incluso un chalado aspirante a millonario, que hay chalados para todo. Digamos que como película tampoco evita ser película, no juega en ningún momento a la confusión, al irse por las ramas del sótano mental. 

Aquí más que sueños hay una depresión de caballo. La depresión ve amenaza y musgo y culpa en todo. La película sabe mucho de depresiones; se la vez preparada en el tema. Hay una vuelta de tuerca, pero ni con esas se embarra mucho. Primero está la depresión o locura y después viene el panfletillo. Justo al revés que siempre. El panfleto; misoginia pura, y de tan pura no me lo puedo creer. Un delirio, una broma, lo que sea. Mujeres enamoradas, que si el amor, por el amor nos vamos a la mierda. La mejor película de terror que haya visto. Y no hay un solo susto en toda la película. Me aburren mucho los sustos, las películas con sustos. Pero cosa atroz, de principio a final. Hay que odiar mucho al mundo para meternos estas porquerías así, con esa soltura y sencillez. Sería para vomitar las palomitas, de haberlas. Pero no por asqueroso. 

En un artículo estupendo sobre Dostoievski escribía Féliz de Azúa:
"Para describir apropiadamente nuestro mundo, el mundo que somos nosotros, para hacérnoslo comprensible y visible, son precisos escritores abyectos, retorcidos, malévolos, subterráneos y agusanados."
Entonces, perfecto.

7/10/11

495


En el colegio, de tarde. No hay nadie, casi nadie. Huele a colegio público. El colegio público huele a goma de borrar, o algo así. Algunos colegios concertados en Santiago huelen a humedad de refectorio. Casi a plátano pasado. Veo a un lado un operario de rodillas arreglando una cerradura. Destornillador, un lápiz enganchado en la oreja, una caja de herramientas en el suelo con una constelación de herramientas a su alrededor. Saludo, saluda. Recojo a la niña y bajamos. Ahí sigue el tipo, luchando con la puerta. Cuando pasamos a su lado ella dice: Ese era el profesor de inglés.

***

Jobs santo y tal. El calígrafo japonés que hace máquinas. Lo único que sabemos es cómo son y cómo funcionan sus productos. De ahí, de ese conocimiento, a la idolatría del personaje hay un paso. Supongo que se busca al mago creador. Alguien detrás de todo eso. Uno busca al personaje y el personaje se deja encontrar. Mesianismos aparte, yo diría que Jobs nos ha librado de la informática. La informática es ese magma gigantesco y analfabeto que aspira a absorberlo todo, triturándolo, pixelizándolo. Jobs, o Apple, también aspira a absorberlo todo, pero embelleciéndolo, respetando su esencia, o continuándola. La música acaba recogida en un iPod, que es un muy digno recogedor para la música. Y así, con lo demás. Nos ha librado de la costra, del envoltorio de plástico como tupper con tripas y tornillos, de la condena de la informática. Cómo lo ha hecho no lo sé.


***
Para el futuro del libro. Veo un Kindle y me parto; ¿y eso va a hacerle pupa al libro? Digo un Kindle como digo cualquier otro cacharro con esa tinta de juguete para críos. Al lado de cualquier cosa con la manzanita casi todo parece mortadela, y todo funciona como la mortadela, más o menos. Otra cosa es tener presupuesto para algo más que mortadela. No es una democratización de la excelencia, precisamente. El iPad está muy bien pero sigue quemando los ojos y después de horas frente al ordenador pocas ganas quedan de ponerse ante otra pantalla. El futuro del libro está en el libro, sin ir más lejos. Lo siento, cacharros. No, la verdad es que ya nadie cree eso. Puede que no haya nada mejor que un libro para leer un libro, pero es que ya no queremos leer un libro en un libro. Hemos decidido retirar al libro sin razones muy claras para ello, más allá del espacio físico que ocupan muchos libros y de los dolores de espalda al mudarnos de casa. Quizá el futuro del libro esté en las tabletas, en la tableta, en los ojos rojos y en tener el mundo entero en esa tablilla luminosa. El iPad es al menos un digno sucesor del libro, dentro de lo que cabe. Si algo deja en la cuneta al libro que esté a la altura del invento libro, de la perfección del libro. Lo otro, los otros, son un insulto, un zurullo calentorro, para ancianos ejercitando la memoria o para hacer sudokus en una sala de espera. 

3/10/11

494

Ahora ya sé que para copiar no hay nada como alejarse del modelo, y más cuando no sabemos cuál es el modelo. Copiar sin saber a quién, que es como se escribe mejor. Porque sabiéndolo, me arruino las ganas de empezar o seguir. Así que sólo cuando acabé lo que me traía entre manos me puse en actitud de aprender del asunto. Me pasa mucho; primero escribo y después me dedico a investigar sobre el tema, como comprobando si me condeno a la horca o me perdono la vida por el momento. Casi siempre me perdono la vida, lo que demuestra lo indulgente que soy.

***

Al hacerse mayor veo que pasa algo maravilloso; ya es más responsable que yo, y así puedo ser padre sin hacer demasiado de padre. Seis años. 

***

Gistau, que acaba su artículo de hoy sobre el Real a lo grande;
"Yo quiero que mi equipo me toque un poco las tetas."
Es un sí pero no sobre el juego del tal. Verticalidad, no tanto manoseo estéril como en la selección, pero tampoco hace falta que se vaya directamente al asalto del coño.

***

Cioran, en Cuadernos (1957-1972):
"Acaba de aparecer La caída en el tiempo. Me niego a conceder entrevistas, como también a hacer cosa alguna para el lanzamiento del libro. 'Sería en verdad degradante', dije a alguien. 'Pero, entonces, ¿por qué lo ha publicado? Es usted un inconsecuente', me replicó. 'Tal vez sí, pero hay grados en el impudor', respondí."