29/7/11

480

AL principio no lo reconocí. Están esos segundos en los que una voz y una cara no acaban de emparentarse con ninguna voz ni ninguna cara que pueda llamarnos por nuestro nombre. Ahí está nuestro nombre, en el aire, sin nadie reconocible que lo haya pronunciado. Después sí, se acerca, alguien. Es toda una cabeza de rizos haciéndose una cabeza setentera, pelo un poco a lo afro. De estatura, tirando a bajo. Un fantasma del pasado bajando las escaleras en la biblioteca. No está más gordo ni se le ven canas. Lo único, unas gafas más gruesas, casi de culo de botella de anís. R. es alguien que parece sacado de unas memorias de Baroja, esos tomos en los que saca tíos muy extravagantes, poetas de absenta y perdidos de la literatura y de la vida. Pero lo de R. es menos bohemio, al menos esa bohemia buscada, de hombre tocado por los dioses o besados por Victor Hugo en la frente. De la literatura R. nunca ha esperado nada, que yo sepa. Y de la vida, creo que tampoco. Lo recuerdo traduciendo el Ulises de Joyce al gallego. Aquel intento de Otero Pedrayo había sido una mierda. Y lo hacía como el que construye casitas de palillos, o mete barcos en botellas, por tener algo que hacer. Se sentaba ante una tabla que hacía de escritorio con varios diccionarios y el cigarro siempre en los labios, como un albañil. Los ojos entornados, pasando hojas con nerviosismo, como si la palabra buscada estuviese a punto de salir volando y tuviese que apurarse. Yo creo que haría con su vida unas memorias muy colmadas de desgracias.

Cuando estudiaba Biológicas se paseaba por la playa en invierno buscando moluscos, o por el campo estudiando bichos, como un Linneo que sale a clasificar el mundo. Ya no sé si lo imagino o lo recuerdo con un escarabajo en la mano, entusiasmado con no sé qué cosa del bicho, y tartamudeando. Tanto profundizaba en algunas asignaturas que suspendía siempre.

El día que lo conocí, charlando, me soltó que acababa de venir del psiquiatra. Le habían diagnosticado hace tiempo, palabras que pronunció con mucho respeto, un Episodio Depresivo Mayor de carácter galopante. Me impresionó lo de galopante. Me sonaba, supongo, a incontrolable. Hablaba de ello como el que habla de su diabetes.

No sé, no se puede decir que le vaya muy bien. Le van a operar de cataratas, no tiene trabajo y tuvo que volver a casa de sus padres. Anda por los treinta y cinco. Todo va a depender de la operación, su vida futura, dice; me habla de un desprendimiento de córnea anterior que lo complica todo. Una operación de córnea ya remota, pero que tiene su importancia para ésta que le espera. Me dice que ve muy mal, que se choca con las farolas, que se cayó sobre unas rocas cuando bajaba por una finca. Se hizo un buen tajo, se lleva la mano a la altura del riñón. Estamos al lado de la cristalera y pasa una tipa impresionante por la acera, pero él ni se inmuta y me da apuro preguntarle si la ve. De los pocos trabajos que encontró lo echaron a la semana. No se aclaraba, y se señala los ojos. Si todo sale mal intentará que le den una pensión por la minusvalía.

Está buscando un libro de la editorial Acantilado. Algo de la Grecia clásica. 

27/7/11

479

Máquinas de escribir antiguas. Ella va de una a otra interesadisíma, como si repartieran caramelos. Quiero saber, me dice. Quiero saber cosas, dice, quejándose, como desfalleciendo, ese desfallecer de los niños que los hace encorvarse, deshincharse. Intento explicarle lo obvio, cómo se usaban, pero de algunas es complicado saber hasta cómo se usaban. Ya no sé qué contarle. Se me acaba lo que puedo decirle. Se para ante una máquina y me mira, esperando una conferencia. Le leo parte de las placas informativas. Cosas bastante sencillas, pero insiste; No entiendo nada. No sabe qué año fue 1885, no sabe qué lugar es ese Nueva York, no sabe qué quieren decir esos nombres, los inventores de tales artilugios. Antes de seguir me corta, siempre; No entiendo nada. Para ella todo lo que haya sucedido antes de nacer yo es un tiempo remoto, en el que se pierden los inventos y todo el mundo conocido de hoy, menos los árboles y los ríos de los que ya sabe que existían incluso antes de nacer yo mismo. Ah, pero aparece, pánico, una gran estupidez; cómo explicárselo. La exposición se vuelve osada. Es una jaula de madera con una mesita, una silla y una máquina de escribir. Una cosa de marquetería, casi. De la máquina de escribir sale una escalera de madera que asciende por encima de un techo de tablero roto, como si la escalera saliese disparada de la máquina de escribir y hubiese roto la jaula, permitiendo al que escribe huir de su cárcel, etcétera... La cosa es ramplona y huele a serrín. Intento explicárselo, porque ella pretende que le explique todo lo que ve. Estoy obligado a traducirle la cursilería. De las historias que se escriben en esa máquina se puede escapar, subir al cielo... El cielo es algo muy convincente para ella y para los niños en general. Pero insiste; no lo entiende. Es algo que repite todo el tiempo. Se lo vuelvo a explicar, suavizando la metáfora. Se puede salir de la jaula escribiendo en esa máquina de escribir. "¿Por una escalera?" Señala la escalera. Efectivamente, por una escalera.

26/7/11

478

De vez en cuando, en este país, aquí al norte, no tan al norte (está Portugal al sur, estamos nosotros, está el mar y está Irlanda) tenemos saudades de una vida de emigrantes que no llevamos. Sobre todo en verano. No sé porqué hablo en plural. Quizá por los comentarios resignados que se escuchan por ahí. Echo de menos el calor. Quiero que me sobren hasta los calzoncillos, pero no me sobra nada. Hasta los calcetines no me sobran. Aquí nadie se presenta con abanico. El otro día, hará un mes quizá, vi a una mujer cruzando un paso de cebra mientras se abanicaba, como hipnotizada por los silbidos del semáforo. Me pareció muy exótico. Debe estar bien vivir en un lugar en el que las mujeres se abanican mucho. A veces me olvido cómo era sudar. Sudar sin hacer nada. Sudar por sudar. Podría salir a correr, aprovechando el mediodía, pero las pocas veces que he ido a correr tengo la estúpida sensación de estar escapando de algo que no tiene muchas ganas de perseguirme. Me recuerda a aquellas tardes de infancia en las que alguien huido o escondido al que coger o descubrir se le abandonaba por aburrimiento, por desgana, por hambre, por calor mismo. Entonces, mientras el juego se evaporaba en el aire había uno que no sabía nada y que se empeñaba en solitario en no ser descubierto, en aguantar, en ganar, hasta que acabada la paciencia salía protestando, viendo que ya nadie se acordaba de él.

*

Hacía mucho tiempo que no abría un libro de Azorín. Me acordé ayer de echarle un vistazo a ese primerizo "Diario de un enfermo" y encuentro esta anotación de principio:
"¿Qué es la vida? ¿Qué fin tiene la vida? ¿Qué hacemos aquí abajo? ¿Para qué vivimos? No lo sé; esto es imbécil, abrumadoramente imbécil. Hoy siento más que nunca la eterna y anonadante tristeza de vivir. No tengo plan; no tengo idea; no tengo finalidad ninguna. Mi porvenir se va frustrando lentamente, fríamente, sigilosamente."

Después, tanto no se le frustraría el porvenir.

24/7/11

477

El malditismo más ortodoxo. Hasta el final, a los veintisiete años. Así nos han contado la historia de la Winehouse, muerta ayer. El periodismo o el pseudoperiodismo ya la habían enterrado hace tiempo. Pero el periodismo y el pseudoperiodismo son un coñazo. Muerta estaba, al parecer, y en su último casi concierto se la vio mareada sobre unos tacones. No pudo salirse ni una línea de lo que se esperaba de ella. Quedan los abucheos, como último apunte. Parecía ya uno de esos pozos petrolíferos que no van a dar más de sí. Faltaba decir que esta vez sí, se ha acabado, y se ha acabado. Ya ni escandalizaba, y esto es quizá lo que no tiene perdón. No caer en la rutina madura de la cantante con rancho y rodeada de ovejas y felicidad, sino entrar en esa cosa de hundirse joven, predeciblemente, haciéndose un hígado apestoso en poco tiempo.

Más que su voz, y mucho más que sus dos discos, me gustaba de la Winehouse ese aire de pequeñahijadeputa cantando un karaoke en un festival de instituto. Flexión de rodillas, cuerpo yonqui de la aristocracia yonqui (nada de donsimones), y esa dentadura que se da mucho en las grandes voces. Dientes grandes casi montando el labio. Peculiar. Y después la cabeza, un monumento. Así es la vida y la muerte en el papel couché. La niña, una pena siempre. 

22/7/11

476

Si hay algo que sienta tan bien a las digestiones en verano es el Tour de Francia. Estéticamente, prefiero el ciclismo a cualquier otro deporte de individuos deslomándose. Nada más feo que un estadio de atletismo, con esos corredores dando vueltas una y otra vez como cobayas. O el mismo maratón, que como participante tiene un componente suicida de reventarse alegremente: a la vista, para los demás, es de un dramatismo aburrido, de solitario descoyuntándose dolorosamente, penosamente. Como espectador lo disfruto muy poco. El cuerpo, en la bicicleta, se hace aerodinámico. El cuerpo humano se perfecciona sencillamente sobre una bicicleta. Ahí está esa belleza. Las babas del sacrificio. Pero me abstengo incluso de todo deporte artístico. Todo deporte cuyo nombre incluya la palabra artístico/a es de una insulsez terrible. De todas esas ejecuciones teatrales yo huyo y además no entiendo nada. Las chinas me parecen igual de sincronizadas que las rusas, y las rusas que las canadienses. Y no soporto ese sincronismo enfermo, de repetición eterna, maquinal. En general me gustan los deportes que son siempre una improvisación. Una ejecución que requiere, por encima de toda preparación y ensayo, una improvisación. Eso así, en teoría, es decir muy poco. Parece que siempre acabo hablando de literatura.

Lo que no entiendo es por qué a casi todos los ciclistas se les acaba poniendo cara de jokers.

475

¡El hambre!

El 1 de enero de 1901 el exclamativo Alejandro Sawa inicia su diario con estas palabras:
"Quizá ya sea tarde para lo que me propongo: quiero dar la batalla a la vida."
Y la vida, al parecer, le dio la batalla a él. Cosa bien triste este diario, por inane. Lo mejor de Iluminaciones en la sombra, un diario de grandilocuencias con un estilo insoportable, es el prólogo de Rubén Darío, y en la edición que manejo la introducción de Trapiello. Efectivamente, interesante, si seguimos la estela de diarios en la literatura española, por ponernos profesores, pero es una lectura penosa, en todos los sentidos. Por absurda, de la vida que llevó, y de la que me llegan hasta las humedades de sus retretes y el sudor de la frente del condenado, pero de no hacer nada. Sawa, modelo de Valle para su Max Estrella como se sabe, es el poeta fofo y de genio oculto que se resiste por encima de todo a ser un hombre normal. Ser un genio o morir. O mejor; ser un genio muriendo. Se pasó toda la vida muriendo, como todo el mundo pero él más. Se moría a diario, entre idas y venidas de las casas de empeño. Antes morir que dar palo al agua; el genio es alguien que o está muerto o no da palo al agua.

Sawa es lo que se diría un plasta, un vividor malviviendo. Y tanta exclamación para no sé qué, aunque no haya tanta exclamación, pero todo parece ser dicho en este diario con los brazos levantados, mirando al cielo o al techo de la taberna. Un diario recitado, como una oración de borracho frente a un acantilado o en la cola del baño de un after.

El recuerdo que tengo de este libro es el de estar leyendo a un señor con el pelo muy grasiento, cosa que en realidad me da igual. Llega a su cuaderno desesperado, casi siempre, con prisa, como si al otro lado de la puerta de su cuarto hubiese un dragón furioso con el que ha de pelearse todos los días. Lo que decía; La batalla.

20/7/11

474

Habla y habla y cuando quiere recordar un año cierra los ojos (yo diría que los comprime) y bajo esas gafas antibalas que ocupan media cara veo dos pellejos arrugados. Se hace viejo en esos ojos arrugados como bolitas de papel. La cara inclinada hacia lo alto, como esperando que el año exacto, el dato, llegue de arriba. Y le llega. O lo inventa. Me importa poco el año, yo iba con mi vejiga por ahí... 1971, dice. En ese gesto de cerrar los ojos orientándolos al cielo/ techo veo al imbécil que tanto sabe, que tanto ha vivido, que tanto ha trabajado (Polanco era un falangista, un nazi, me dice un día).

Recupera los ojos. Este hombre habla de perfil. Me mira de reojo para ver el efecto de ese año. El año me deja frío y lo disimulo mal. La friolera de cuarenta años. Consigo exclamar, sin mucha convicción; ¡Cuarenta años! Toda una vida dedicada al trabajo. En el tono no disimulo cierta falta de entusiasmo. Me repugna lo que acabo de decir. La pobre, cómo estará, piensa, pero no lo dice. Empezó siendo su ayudante, de él aprendió mucho de lo que sabe. Mientras habla le miro la cara de cerca; dos tajos que le salen de los pómulos le dividen cada mejilla en dos. Dos surcos verticales. Tiene unos labios carnosos, húmedos, que en esa cabeza de clara imitación porcina con el pelo rapado y canoso y aseada y brillante (encerado) me hace pensar en un viejo esquizofrénico embrutecido por una vida de tratamientos al que han disfrazado de ministro de defensa. Al reírse la cara se le convierte en un sauce llorón, o por ahí, las cejas le caen amigables, y le sale una joroba entrañable, que nos recuerda que a él no le puede gustar reír solo y que siempre hay alguien que le acompaña, con la sonrisa bonachona que se le pone a los críos. 

*

Hemos ido. Hemos vuelto. Y entretanto, algo parecido a la felicidad. Qué cursi te pones. No hay rastro de Pessoa en Lisboa por ninguna parte, y menos esta vez. Y mucho menos, claro, en su bendita casa/ museo, así llamada. Las casas/ museo sólo sirven para que mi hija se acabe quedando con los nombres. A los cuatro años a cada barbudo que veía le llamaba Valle-Inclán. Después se olvidó, o dejó de nombrarlo. Siempre es un poco monstruoso que una niña pequeña nombre a Valle-Inclán, no digamos a Cela. Ya no le impresionan los poetas, ni los barbudos ni los de bigote.



Por supuesto nada de museos. Sólo calle y restaurantes. Aquí soy yo el que dirijo la expedición. Están mis ciudades y están las suyas. París es suyo, todo. Dejo que se quede Francia, para eso vivió allí. Londres es tierra neutral, ahí estamos empatados. Pero vuelvo a Lisboa. En los escaparates de los bancos CR7 y también Mourinho. CR7 sonríe, plasticoso como siempre. Después Lisboa, y Portugal todo, está lleno de cerresietes. La mima cara, incluso la misma camiseta. En las papeleras públicas (una monda de plátano, un folleto publicitario, roña pegajosa) una palabra: Moody's. Ha calado el odio, comprensiblemente. Sigue oliendo a sardinas. También a linchamiento; aquí el crucificado es Jose Socrates. Pero nunca tan blanca, tan luminosa, la ciudad, encalada, soleada hasta el dolor, o quizá nunca he dormido tan poco la noche anterior. Los turistas abarrotan los tranvías. Sacan las cámaras por las ventanillas. En algunas calles tenemos la impresión de habernos salido del escenario. Como me traigo la lección preparada cenamos esa comida alentejana en la rua Sao Jose. Ni soñado. Y en la Avenida da Liberdade, ya de noche, voy tan achispado que aplasto una cucaracha. La aplasto con la contundencia del macho protector. Ellas se mueren de asco. Una cucaracha como con las pilas recién estrenadas. Quizá lo que dé asco al personal de las cucarachas es que corran tanto. No va una cucaracha a interrumpirme la borrachera de ese buen vino alentejano. Noche para cantar.

12/7/11

473

DE Bernhard dice Cecilia Dreymüller, que escribe en el Babelia la reseña sobre una edición de su poesía, que no entiende cómo este autor pudo haber calado tanto en España, alcanzado un estatus de autor de culto. No parece que le guste mucho el libro que reseña, o el autor. Dice: "precisamente un escritor tan desmedido, amanerado y en el fondo antimoderno".

Efectivamente, un maestro. Estoy leyendo Trastorno.


*

LO serio. Hay un mártir (morir en la carretera es una muerte lo bastante idiota como para recordarnos a un mártir), está el famoso, que iba borracho y a una velocidad inadecuada, y después está Ana Rosa, o doña Etcétera, que señala y juzga, como un dios en el cielo debatiendo con los apóstoles. No he seguido nada el caso. Ahí es donde se le ve a uno la desconexión con la realidad. Sé que murió un señor y sé que el torero salió del hospital en silla de ruedas, agradecido a Dios (esta vez sí el verdadero) y a su Mercedes, su ángel de la guarda.

Yo, que soy pueblo, me indigno mucho con el famoso, sobre todo si es torero. Al torero no lo soporto, menos aún que al toro, que me parece un tren con cuernos y sin conductor. El torero, como ciudadano, siempre me pareció un residuo de ese analfabetismo tan español que tanto valía para domar la vida como para domar a una moza olfativa. Un analfabetismo muy presumido, casi fantástico, como base teórica para ascender en la vida a fuerza de portazos y tocarse mucho la huevada. Toda la erótica del torero viene de asignar al que se mezcla con toros la virilidad de ese bicho. Es simple condicionamiento. Recordemos la baba de perro y Paulov, atando cabos. El torero entonces vendría a ser un toro humanizado, ni siquiera en cuerpo en alma, sólo en cuerpo. Por supuesto todo parece indicar que el toro es un ser mucho más reflexivo que el torero. Puede que haya un traspaso de poderes: mientras el torero se torifica y vive su vida de animal divorciándose una y otra vez y haciendo hijos, el toro se humaniza viviendo sus últimos minutos aterrorizado por la brutalidad que le rodea.

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LOS límites de Rosa Regás. Esta mujer es un fardo para la inteligencia humana, para la evolución de la inteligencia como especie. No tiene nada que ver con ser mujer. Si no fuese mujer querría ser negro, o gallego, para esconder su falta de luces en una supuesta condición marginal. Ser mujer no le libra de ella misma ni de sus artículos de pija boba y demente. A lo mejor tampoco es para tanto; sólo reclama el derecho de las mujeres a liberarse de las cadenas que la vida les impone atreviéndose a correr a doscientos cincuenta kilómetros por hora por alguna carretera o autopista y a poder ser con setenta y siete años de edad. Porque las mujeres, y más todavía las mujeres mayores, también tienen derecho a poner sus utilitarios a doscientos y pico, y quizá matar a cualquiera que se ponga delante como hacen por tradición los machos de la comunidad. Sólo le faltó pedir el derecho a hacer todo eso borrachas y con un parche en el ojo, como el que lleva José Javier Esparza.

*

Últimamente paso tanto tiempo dudando sobre el título de una entrada como escribiéndola. Si tratas un tema el título sale rápido, pero cuando no escribes de nada y de todo un poco, titular es un trabajo absurdo. Dejo el número de la entrada, al menos mientras no salgan artículos y sí estas notas más o menos cortas. 

10/7/11

País


SE hace de noche al volver. La peor hora para el miope, cuando el contorno del mundo se borra más todavía, como una realidad grabada en VHS, grano grueso.

Pienso en la vuelta, cómo es volver, como si volviera uno de la selva. Pero tengo ganas ahora de largarme. Hago planes. Pocos días. Será un verano raro. Estoy aquí, al lado de la ventana, pensando en largarme. No hay cortinas. Unos arbustos como quedándose dormidos ya. Perder de vista este país asqueroso. La patria escandalosa de las grandes zampadas y verbenas. Se llenan los montes de gallegos durmiendo la siesta, transpirando pata de carnero, la boca abierta, el pecho peludo de búfalo moribundo. La carne roja de una raza, todos esos capilares reventados de un pueblo al que le cuesta respirar con tanto festival de comida. Sí, que viva la ostra.

De vez en cuando tengo que pasar la frontera. Me da igual la ciudad o el pueblo, o la montaña o la playa. Portugal es una Galicia menos echada a perder, como pueblo, como paisaje. Ni siquiera es un pueblo, esta nuestra cosa/ país/ región/ comunidad autónoma. Qué va a ser un pueblo. Señoritos con acento caídos del cielo. Eso somos. Y así está bien. Nuestros pobres nacionalistas predican en el desierto. No hay nada que hacer, señores. La pasta, nuestra bandera. Un antinacionalista aquí es una redundancia, un despiste sin perdón.

Siempre hago igual, salgo echando pestes. Y si vuelvo de la meseta se me pone la piel de gallina al dejar atrás las rectas y la arena. Reconozco esas montañas viejas y ellas me reconocen a mí. Corro a abrazar a un árbol. Me aguanto las ganas de mear hasta llegar a casa.


9/7/11

El dichoso códice

HABRÁ quien piense que la realidad imita a una novela de Javier Sierra, pero por supuesto a Javier Sierra nunca se le ocurriría contarnos la historia de un códice robado en la catedral de Santiago prestando la atención debida a lo importante, que no es el Códice ni unos ángeles ni el demonio con el pelo teñido de rubio oxigenado, sino todos esos seres vivos racionales que lo custodiaron, lo robaron y lo ahora investigan y se lamentan. El dichoso Códice. Yo veo una película de Berlanga. La realidad tiene mejor gusto y siempre tira al cachondeo.

–¡Han robado el Códice, Monseñor!
–¿El Códice? ¿El Calixtinus? ¿El auténtico?... ¡La madre que nos parió!

Y lo único que importa de ese Códice es que es el auténtico, porque copias hay. Todos esos siglos encima. O mejor dicho; todos esos siglos impregnados en la cosa. Lo que nos interesa es que haya pasado todo ese tiempo por encima de esas páginas. Es la confirmación de que ha existido realmente ese siglo, ya remoto. Uno se pone los guantes blancos para que no se le deshagan los dedos de la mano al contacto con tantos siglos. Algo tangible, algo delicado, algo hecho por otros hombres, quizá menos chapuceros. La copia puede ser indistinguible del auténtico, a simple vista. Pero, ¿qué nos importa la copia? La copia la ha hecho el vecino, y el vecino no es más que nuestro vecino, un gilipollas o no, uno que ni siquiera ha tenido la decencia de morirse. El tiempo es lo importante. El tiempo aristocratiza los objetos. Qué palabra, una nobleza, digamos, que adquieren las cosas, un amarillo sabio. Si algo, un libro, llega hasta nosotros desde un pasado tan lejano ese algo se convierte en un objeto mágico. Admiramos siempre un poco al que se muere, como admiramos lo que nos dejan los muertos. Las fotografías son, por ejemplo, más auténticas, más reales, cuando retratan a alguien que ya ha muerto.

Yo creo que podemos seguir viviendo sin el Códice. Uno se acostumbra a todo. Si tenemos dos riñones, bien; si tenemos uno, pues bien. Y además, a nadie parecía importarle demasiado la cosa hasta que la robaron, como a nadie le importa demasiado el expolio de tantas y tantas iglesias casi abandonadas a su suerte.

7/7/11

Pelos

UN diario que sea, antes que nada, las ganas de escribir. Lo que aburre de muchos diarios es lo que suele aburrir al propio escritor de diarios, que son las deudas con el diario. Deberle los días que no se cuentan. Deberle lo que pasa y no se cuenta. La vida va demasiado rápido para el diario y el diarista siempre le debe algo al cuaderno. Por una parte eso funciona como acicate para escribir, pero también es una hipoteca. Es una confesión obligada y que leemos como tal. Una de las cosas que más me gusta de los diarios de Cheever es que nunca parece deberle nada al diario. Lo usa como un pañuelo, como un descanso, como un amigo o como una oreja, e incluso como un/ una amante. Claro que todo eso no se escribía para ser publicado en vida. Era un desahogo al margen de su vida profesional como escritor. Casos de Kafka, Bernardo Soares (Pessoa), tantos otros. Es en todo caso, el de Cheever, un diario en voz baja, que son los que me gustan. Hay diarios que se escriben a gritos, como en una sobremesa de diez o doce en la que se cuentan anécdotas de final hilarante. O un chismorreo de patio interior, aunque en lugar de señoras haya catedráticos o poetas.

*

PASEO por los periódicos digitales sorprendido con la publicidad de Casa del Libro. No porque una y otra vez en páginas muy distintas me asalten los mismos libros y autores que me gustan (la primera vez que me di cuenta pensé que ya era casualidad que publicitasen esos libros). No, extrañado porque son los mismos libros que ya tengo, que ya les he comprado y que no voy a volver a comprar, por mucho que insistan.

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ENTRO en la peluquería, en una peluquería, no en la peluquería de siempre. Porque de vez en cuando hay que ser infiel, aunque sólo sea al peluquero, y porque tengo prisa y pasaba por delante de una peluquería y quizá porque ya no tenemos mucho de qué hablar, mi peluquero y yo. Ya lo hemos hablado todo. En realidad es ahora cuando podría sacarle más partido al peluquero, ahora que lo hemos hablado todo. Y por el mismo precio de un corte de pelo llevarme algo más que una conversación de peluquería. Que diría Canetti, la 'máscara acústica' del peluquero. El fútbol, el anecdotario neutral, el chisme local, no siempre interesante. El peluquero, a poco que tire, podría sacar mucha vida del cliente. Lo que me podría contar el peluquero, si quisiera.

Precisamente tengo en el bolsillo de la cazadora Las voces de Marraquech/ El testigo oidor, de Canetti, que leo mientras espero mi turno. Aquí hay peluquera, pelirroja y ancha. Trabaja con celeridad, ensimismada y respetando el zumbido de helicóptero del secador. Tan a lo suyo estaba que cuando entré le di un susto. Abrió la boca y los ojos al verme, como si fuese el mismísimo Frankenstein.

Como es una peluquería mixta las mujeres me ignoran o simplemente me odian, por penetrar en su territorio. Todo el mundo sabe que una peluquería mixta es una peluquería de mujeres en las que no está prohibido que entre un hombre. Yo tengo prisa y por aquí cerca sólo atienden peluqueros falangistas en barberías carcelarias.

Una de las mujeres tiene papeles entre los dedos de los pies, descalza, las uñas pintadas de rojo marujito. El pelo se lo alisan, tras una ola de rulos. Es una decoración un tanto gótica la de este local, y da a todas una sombra de vampiras somnolientas. Sale una con un tarro enorme de crema o de algo, después de anunciar a todo el mundo que no tendrá dónde guardarlo. De dos tijeretazos me deja cara de enfermo mental grave, como recién lobotomizado. Hablamos de fruslerías, mientras las clientas se pasean por el local con los pelos a medio hacer. Una se atreve a barrerme las madejas caídas. Hace un montoncito, como de hojas negras. Es rara una peluquería en las que los clientes cogen la escoba y barren. Después me masajea la cabeza, casi el cerebro, con la escusa del lavado. Esos masajes son una auténtica exageración. Uno no sabe qué cara poner, si la sincera de placer o simular indiferencia, siempre mucho menos escandalosa. Al salir a la calle la gente nos mira con cara de estar juzgando al peluquero. Lo que nunca sabemos es qué nota le ponen.


6/7/11

Canas

PARA un periódico de sucesos, ya no locales, sino microscópicos. Un periódico cuyas noticias no puedan interesar a nadie, o sólo a los protagonistas de la noticia. Titular de hoy; Una azafata se desmaya en un congreso de dermatología. Y después la parrafada. Testimonios, que hable su madre (¿la noche anterior había salido?), que hablen los dermatólogos. Queremos saber cómo ocurrió todo, porque es una noticia importantísima. Y una posible pregunta: ¿Qué diapositiva estaban pasando en ese momento? Puede ser determinante.

Nota: atenerse siempre a hechos reales, contrastados. Nada de licencias de novelista. Este periódico está basado en hechos reales... como en aquellas películas malísimas que ponían en la tele para hacernos llorar. Y, claro, se lloraba, se llora. Era una realidad siempre muy melodramática.

Podemos añadir también eso de que cualquier coincidencia con hechos o personas reales es mera coincidencia. Para confundir. Podría ser un periódico que se hace en un psiquiátrico para pasar el rato y de paso hacer terapia ocupacional, que se llama.

*

QUÉ problema tiene no lo sé. En su mirada fija en un punto imaginario vemos ese estar acordándose de algo continuamente. Pero nunca acaba de volver de allá a donde se haya ido, de ahí que sea una señora que lo trae y lo lleva a todas partes. Siempre lo he visto del brazo de alguien. Es, claro, el niño envejecido, el niño señor, casi viejo. No he hablado con él nunca, pero hace años, muchos años (¡qué va a hacer muchos años!), que lo conozco de vista. Era joven y ahora ya no lo es. En fin, como casi todo el mundo. Tiene ese pelo canoso, o más bien harinoso, de zarzuela o culebrón venezolano, aunque tampoco hay que llegar a eso; las canas artificiales en casi todas las películas me parecen un elemento insoportablemente falso. Cuando sale alguien con canas, el mismo actor que antes no las tenía, apago la tele o me voy del cine. Quizá no lo haga pero mentalmente ya lo he hecho, ya estoy en otra parte. Son esos ancianos de plástico, siempre con asma, lentos, vacilantes, con voces venerables de abuelito. Un buen actor puede hacer de gay no siéndolo, de mujer incluso no siéndolo, de autista no siéndolo y de paralítico no siéndolo. Con el anciano de mentira no puedo seguir escuchando ni viendo. Son canas, por tanto, que dejan una estela de polvo como los cometas. Incluso las canas reales me parecen muy falsas en algunas personas. Tengo ganas de revolverles el pelo y ver cómo cae todo ese polvo blanco, talco o harina. Quizá sea la homogeneidad de las canas lo artificioso, repartidas perfectamente por todo el cabello, como producidas en serie.

En caso es que todo en él, en este individuo, es vejez ahora. Se ha saltado la vida. Ha pasado de la niñez a la ancianidad, aunque le falten algunos años. El tiempo, en él, funciona de otra forma.

5/7/11

Cosas del verano

Parece tan feliz que de mayor no le va a quedar más remedio que hacerse drogadicto, quizá poeta, y en el peor de los casos poeta drogadicto.
Cada época del año tiene sus nostalgias. El verano era adaptarse a un nuevo régimen de vida. Dicho así suena muy duro. De estar casi atento a estar disperso, rebanando el aire con un palo, golpeando un balón contra una pared, besando en la mejilla a una tetona o a una tetona incipiente, puntiaguda, sonriente, todo dentadura. El pueblo casi no era pueblo, se ve una carretera desde el baño, y tranquilo escucho los coches a lo lejos mientras balanceo las piernas en el váter. Los niños cagan flores, así es el verano de aquellos años. Digo es, no era. Ese era no me gusta. Me llega el zumbido de los coches cuando ya se han ido. Truenos solitarios, conducidos por señores calvos que pueden ser profesores de matemáticas y se mueren pronto. En el lavabo la brocha del abuelo abierta, de yeso seco, las moscas en el aire, paralizadas. Llegan los sobrinos del vecino, franceses, un poco mayores, atléticos y con muchos granos rojos, blancuchos de piel. Asquillo. Blancucha ella, una niña que parece haber corrido demasiados maratones. Es horrible, pero es una niña. O una mujer, no hay diferencia ahora, es decir, antes. Poco a poco entiendo cuando hablan entre ellos; no hablan, gruñen. Lo entiendo todo. Qué otra cosa hacer que gruñir. Los hermanos, sobre todo entre hermano y hermana, no hablan, ni en francés ni en ningún idioma. Nos hacemos colegas y asesinamos lagartos de cincuenta centímetros. Comemos lechuga fresca y tortilla y bistec empanado que sacamos del horno. La casa para nosotros solos. Vemos la tele mientras afuera los pájaros se abrigan del sol bajo las hojas de los árboles. Bajamos a comprar helados. El paisaje duerme la siesta y volvemos a por más helados. Espiamos la casa del psicópata portugués, que entra y sale, confuso, muy sospechoso. Nunca sabremos cómo se llaman esos perros furiosos. El portugués vive solo, la casa a medio hacer. Cemento, ladrillo, escaleras de hormigón, con el peldaño casi imaginario. En el pueblo las casas tardan décadas en terminarse. Nunca se terminan, lo de décadas es un decir. Se heredan pero nunca se terminan. El eterno gris de esas casas, desquiciado el perro de tanto gris. Los domingos se va mirando qué le falta. Menos los traficantes, que se levantan un palacio saudí en dos días. Las piedras rectangulares de las pirámides, granito gris. Balaustrada de piedra, mesas de piedra, bancos de piedra, columpios de piedra para los críos. Palmeras y niños o ángeles de mármol meando en una fuente. Millones enterrados en el jardín y en la televisión Gayoso arrancándole una carcajada al señor padrino. Dejemos atrás el pueblo, que ya no es pueblo. Un Beverly Hills con vacas poco exprimidas. Vacas tapadera. Pero entre los torreones las casas de siempre, las vacas tan trabajadas de siempre. La gallinas sobre una alfombra de mierda de gallina.

El invernadero, ya cerca del riachuelo, abandonado, de plástico arruinado, verdoso, tomado por una selva. Una burbuja huérfana custodiada por perros. Por la noche corremos echando humo, perseguidos por los mosquitos, que están más cabreados que nunca. Ah, la noche desde la ventana de la buhardilla, el alumbrado casi inexistente, toda luz en las ventanas, una aquí y otra allá, parece de candil. Hoy al despertarme estaba la carretera mojada. Está bien que el verano, de vez en cuando, se lleve un poco la contraria a sí mismo.

3/7/11

Juicios y homenajes

ANTE determinadas polémicas me parece muy cierto esto que decía Borges [pág. 864 del Borges de Bioy Casares]: "Todo juicio adverso es previo. Aborrecemos a un autor porque no lo hemos leído; no lo hemos leído, porque lo aborrecemos."

Me importa un bledo que se homenajee oficialmente o no a Céline, o que el propio homenaje sea esa defensa o condena airada por parte de unos y otros. Para ser un maldito está ciertamente de actualidad, y hace años que sus libros menos legibles (ya sabéis, exclamaciones, onomatopeyas casi de cómic, puntos suspensivos como toda puntuación, nula narratividad) circulan en ediciones de bolsillo, junto a Isabel Allende, Dostoievski o García Márquez, por citar a algunos autores poco malditos. No creo, por tanto, que se necesite salir en su defensa; está perfectamente asumido como gran autor literario. Ya es un lugar común nombrarlo junto a Proust como la mejor literatura del siglo pasado en francés. Podemos decir que les unía eso que se llama voluntad de estilo, cada uno en el suyo. Y ambos escribieron obras casi inabarcables, oceánicas, y alejadas del lector más perezoso o soplagaitas. Parece que la reputación de muchos autores radica en esa ilegibilidad, en cierto grado de dificultad literaria. Y por lo tanto en una admiración previa a la lectura, o a la lectura de algo completo.

Se podría decir que los grandes autores son mujeres gordísimas a las que no podemos abrazar rodeándolas con nuestros brazos siempre demasiados cortos para ellas. Y me recuerda a algo que escribía Wittgenstein en un diario: "Hay una gran diferencia entre los efectos que produce un escrito que puede leerse fácil & fluidamente & uno que puede escribirse pero no puede descifrarse [leerse] fácilmente. En él se guardan bajo llave ideas, como en un cofre."

Claro que puede que no se guarde nada y que el cofre esté vacío tras un cerrojo de siete llaves. Y a lo que iba; tanto la admiración incondicional como el desprecio visceral suelen ir acompañados de una verdadera ignorancia sobre la obra.

Si el loro supiera...
A Céline lo he leído hace años. No todo, claro. Lo leí cuando necesitaba leerlo. O precisamente cuando menos bien me hacía leerlo. Pero no soy tan pobre de espíritu para que me destrozara la vida una lectura como esa, tan desencantada del género humano. Más desencantado de la vida me parece un ministerio, o una iglesia. La vida se la destroza uno mismo, si acaso. Pocos autores más apegados a la vida que Céline, verdadero tigre que luchó por sobrevivir cuando todo parecía ir en su contra. En su obra el odio está tan repartido que es difícil asignarle el calificativo de racista.

Sólo nos queda preguntarnos, como escribía Savater en su artículo: "¿Cómo podemos apreciarle tanto, sin dejar nunca de detestarle?"