27/2/11

Una tarde sin lavadora

¿Será esta la mujer amada/ odiada de la que tanto se habla en el libro? Ni idea.


Hay cosas sencillas en la vida. O en el mundo, que será lo mismo. La vida, el mundo. El universo; ¿Es sencillo o complicado? Pues no lo sé. No estoy borracho. Los domingos por la mañana no suelo estar borracho, o al menos no suelo beber. Iba a decir; hay cosas sencillas, como arreglar una lavadora. Hay cosas sencillas, como sentarse en una silla de la cocina y sobre el mantel escribir una factura (72 euros) por cambiarle un pistón a la lavadora. Un pistón o lo que sea. Por la tarde, antes de ayer, esperé al señor técnico a que viniera a arreglarme la lavadora. Sin lavadora vivimos en el caos. Medio día, o día y medio, ya no sé, sin lavadora, y la casa se hunde. Nos pica todo el cuerpo con sólo saber que no funciona la lavadora (no voy a poder cambiarme el calzoncillo y eso me turba); las montañas de ropa no nos dejan pasar; las ensaladas nos escupen sus fluidos y aparecen lamparones criminales en la camisa. Sin lavadora. Mientras espero al salvador me quedo leyendo, esta tarde, los Diarios de Cheever. Nunca pensé que podría leerlo más de tres días seguidos. Llevo un par de semanas.

Ya sabéis; alcoholismo, homosexualidad no aceptada (ni por él ni por su época, años 40, 50, 60…), maldiciones a diestro y siniestro. También, un matrimonio deprimente, destructivo. Su Mary es un poco la bruja de un cuento de hadas; nos extraña que le torture no poder tener sexo con la bruja. Pero así es la vida. En los cuentos de hadas a la bruja la acaba aplastando un camión de transporte de gallinas, o de cerdos, por lo menos en la versiones más actuales. Pero en la vida se diría que no existen los camiones que transportan cerdos. O no atropellan brujas. En la vida uno puede ser católico practicante, un respetable padre de familia y hasta un respetado escritor. Un hombre que puede cambiarse cada día el calzoncillo. Un hombre que da una conferencia con el calzoncillo impoluto, mientras los oyentes pedorrean en silencio sobre sus calzoncillos de oyentes de conferencias. La vida sencilla o complicada, pero la vida. Pero uno en su diario está obligado a ser un cerdo. Nos hemos quedado a solas con nosotros mismos y sólo vemos al cerdo. Nuestro cerdo sensible, nostálgico, lúcido. Ya Freud detectó a su cerdo e hizo de él una filosofía y un negocio para varias generaciones de timadores. Si la vida de afuera son calzoncillos limpios, por insistir en el tema de la lavadora, la vida de dentro, la vida secreta, es el calzoncillo usado. Es, por otra parte, una obligación para el genio literario; enseñarnos su palomino.

Cheever creía en su posteridad. Veía su posteridad, en vida. Lo tenía bastante claro. Pero no sé hasta qué punto no fue un personaje más de sí mismo. Uno de esos personajes desgraciados pero risibles, por no decir ridículos. Los diarios de Cheever son excelentes, y se leen, yo creo, por el gusto de saborear esa prosa. También por el gusto de refocilarnos con su cinismo, que es en lo que muda la ironía muchas veces cuando se roza con una infelicidad corrosiva. Es una escritura para ser leída, no sólo para ser escrita. Ese rollo terapéutico. Lo que sí veo es un Job en manos de un Dios bromista, un cachondo. Y en manos de alguien así; ¿cómo tomarse en serio a uno mismo?

En los mejores diarios es algo básico; el personaje principal se ve a sí mismo desde fuera. Ese otro que es uno cuando no escribe. O que hace que es.
Canto en voz alta a la vieja perra: “He arrancado un limón en el jardín del amor, donde solo crecen los melocotones.” [Cheever. Diarios, pág. 450. Emecé]

22/2/11

Una casa junto al mar

UNO ACABA DE LEER a Coetzee y tiene ganas de hacerse vegetariano. Es como si Beckett se hubiese hartado de mirar una pared blanca y saliese a la calle a ver en qué acaba el affaire entre blancos y negros en Sudáfrica. Le interesa la vida y escribe bien. No le importa meterse en lodazales, y meter al lector en asuntos muy poco juveniles, muy poco modernos, muy poco malditos. Qué niños bonitos somos todos cuanto nos saca a la señora muriéndose de cáncer de huesos. Las uñas negras del vagabundo y hacerse pis por encima, entre cartones bajo un puente. Los negros cabrones, los blancos cabrones. Una novela sin cabrones cabrones. Dónde queda el cabreo de postal del maldito. Poner cara de malo como Artaud. Amenazar a una monja con un vibrador, usar la palabra 'rancio' todo el tiempo, y no sólo para hablar de embutidos.

Somos tan modernos que ya sólo nos morimos en una serie de la HBO o en el telediario.

*

POR LA NOCHE, después de cenar, veo ‘El fantasma y la señora Muir’, que es una película muy inocente. Inocente en el buen sentido. Poética. Es un cuento de hadas. Para sentimentales, no para críos. No la había visto, me parece, o no la recordaba. Es la película preferida de Javier Marías (debe haberlo dicho en por lo menos quince o veinte artículos). Esto, la verdad, me jode un poco la película. No puedo olvidarlo. Casi ve uno la película como si fuese propiedad de Javier Marías. Le ha puesto la mano encima y ya no pude verla sin tenerlo a él delante. Es como si en un cine una señora con el pelo a lo afro se te sienta delante. Tienes el filtro de esa cabeza, que roza los bustos de los protagonistas, recordándote en todo momento que existe ese pelo, esa señora y un destino de dos horas insoportables para ti. Yo tenía la cabeza de Javi Marías entre mis ojos y la pantalla. Javi atendía sin leer los subtítulos. Yo lo intentaba y hasta me sentía orgulloso de entender bastante (corroborando unos segundos después con la lectura el acierto).

La señora Muir, viuda que se hace amiga de un fantasma, está bastante bien. Vive en un lugar maravilloso, con vistas al mar, frente a unos acantilados. En caso de desesperación uno solo tiene que salir afuera y lanzarse al vacío. La casa está habitada por el fantasma de un marinero (interpretado por el vehemente Rex Harrison). Un marinero de los de novela, o de los del tipo novelista. No un marinero de jugar a las cartas en la taberna y pasarse el día cocido discutiendo de vacuidades, que es otro tipo de marinero cinematográfico. Lo literario: y ahí le echo un vistazo a Marías, es que el fantasma le dicta su vida a Lucy (la señora Muir, aunque el fantasma es un caprichoso snob y le llama Lucía, pronunciado Luchía, con una rimbombancia ridícula).

Es una excelente metáfora de la cosa de escribir, sobre todo novelas. Esas voces que el no-esquizofrénico tiene en su cabeza y etcétera. Después está el amor entre el fantasma y la viuda. No se tocan. Es por supuesto un amor eterno, pero un amor imposible mientras no se muera la viuda. Esta se muere de anciana, tomando leche. El fantasma viene a recogerla. Pensamos si el fantasma de la viuda será el de una vieja, como el cuerpo que deja. Estos momentos son de suspense. ¿Qué fantasma será? Pero no, claro que no, nada de cuerpo de anciana para la eternidad. Es el fantasma de la mujer atractiva y estupenda que fue en sus mejores años. El fantasma, que se llamaba Daniel (no lo dije), y la señora Muir, que se llamaba Lucy, o Lucía, o Luchía, abren la puerta de casa y se largan de noche por una tablilla de embarque rodeada por una neblina que asciende a los cielos o al menos se pierde entre la neblina. Esto me confunde y decepciona un poco; yo pensé que se quedarían en esa casa maravillosa para siempre, y que tanto parecía gustar al fantasma del marinero Daniel. ¿Por qué coño se van?

La película no me deslumbra pero me gusta todo lo que trata. Me gusta, por ejemplo, que se produzca una relación tan natural entre la viuda viva y el fantasma cascarrabias. La muerte es la muerte que conocen los niños (y ya se sabe, pese a la pose, todos somos niños con las piernas peludas, incluyendo las mujeres). La muerte como una vida mejor, invisible para los vivos, con casi todas las ventajas de la vida pero sin tener que hacer caca.

20/2/11

El monte







Subimos al monte.

El monte es nuevo. El monte es caro, según todo el mundo. No se habla de otra cosa.
Llevo años viendo cómo crece ese monte, o cómo no acaba de crecer. Años oxidándose, años incinerando pasta. Años ahí, invisible, años pensándose.

Pero ya están dos edificios abiertos en el Gaiás. No son pirámides, pero yo pensé en las pirámides. Lo que no acabé de ver allá arriba fue la vieira, aunque no digo que no esté. Yo al menos no quise verla. Está el que ve a Cristo en una mancha de humedad. A mí lo de la vieira me parece un chiste, un chiste de pedos. Me da igual lo que diga Einseman con su charlatanería y modestia de encantador de serpientes. Ni siquiera hace falta que haya una vieira. Ya sé que nombrarla es suficiente para que la haya. Oiríamos el mar en esa vieira si hiciera falta. A Fraga, seguro, le convenció lo de la vieira. Esa vieira astronómica colocada de sombrero a un monte.

Yo veo más bien esas murallas de arena que hacen los niños en la playa desde sus poltronas privilegiadas de celulosa y caca. Puede que hasta me gusten esos edificios, la verdad. Han nacido viejos, abandonados ya antes de ser abandonados por falta de uso. Son los templos vacíos de una nueva cultura sin cuerpo, el recuerdo de una época extinguida. Nuestra acrópolis. Divanes para dioses comiendo uvas, literalmente.

Está muy mal visto que le guste a uno esta colina reconstruida. Este despilfarro. Pero no abogo por el despilfarro, que no entiendo y se me escapa y me parece más de lo mismo, estupidez al volante. Quizá me guste lo que tiene de absurdo, de cosa vieja inútil. Pero intentan convencerme de mi error, me miran confundidos. Lo que me sorprende es que sólo nos importen estos despilfarros con brillantina; el Audi de Touriño, como forrado de oro, y este Mausoleo para uno de los pocos políticos capaces de sobrevivir a una explosión atómica, si se diera el caso.

La biblioteca ya tiene ese aspecto de museo arqueológico. Los libros, dentro, son reliquias de otro tiempo. No lo son, y no creo que lo sean en mucho tiempo. Pero parecen decirnos ahí dentro, los libros; sí, alguna vez existimos, aquí estamos, somos la prueba.

El cielo estaba muy negro y en todas partes resonaba un eco delicioso, de pasos o de voces. Puede que fuesen los obreros, charlando mientras se comían el bocadillo. Quise ver el lugar como de una contemporaneidad antigua, una cosa que ya nos viene vieja desde el futuro. Un mundo futuro traído desde la ciencia ficción de los cincuenta. Un Cecil B. DeMille ya no de cartón, y sin romanos y sin masas.

Podemos decir que tiene, por lo tanto, la autoridad y la nobleza de lo amarilleado por el tiempo, esa piedra recién estrenada. Ya casi vemos el musgo del lugar abandonado, y eso antes de terminarse. Es la ciudad pos apocalíptica, sin Apocalipsis, claro, que no hace falta. No podía llamarse de otra manera; Cidade da Cultura.

Me fije en la visita guiada. La realidad no podía ser más metafórica. Los pájaros se echan a las escopetas, y hasta la metáfora bruta se nos mete en un ojo con desparpajo de gitana. El grupo se movía torpe, tropezándose unos con otros. Hipnotizados por la voz gritona de la guía, pero también aburridos. Atendían ojerosos, la mirada perdida y la boca abierta de los que no pueden evitar (por el tratamiento quizá) que se les escape algún hilo de baba de vez en cuando.

Le di un cigarro a uno de los internos del psiquiátrico y nos lo fumamos mirando hacia lo alto.
Estamos en un mundo raro. Me pareció un lugar hermoso, delirante. Nos daba el viento por todos los flancos.

18/2/11

McLuhan redivivo

Una anotación en el diario de Cheever, que estoy leyendo con mucho gusto ahora (no como hace tiempo): “¿Quién quiere enamorarse? ¿Quién puede desear la espera de una voz, unos pasos, una tos? ¿Quién lo desearía?” [pág. 255, Emece].

*

“JOHNSON: ¿Y por qué iba usted a escribir lo que digo yo? BOSWELL: Escribo lo que dice cuando es tan bueno que vale la pena conservarlo.”

*

No hay duda de que navegar por la Red es una manera de estupidizarse tan buena como otra cualquiera. ¿Quién no lo ha comprobado? Perderse es facilísimo.

Pero hay muchas otras formas de estupidizarse. Podemos decir que infinitas formas y sistemas que contribuyen a acercarnos a ese icono maravilloso del ser de cara flácida e impertérrita con la boca ligeramente abierta y labios babosos. Pero, en fin, no nos echemos las manos a la cabeza, como hace Nicholas Carr en su libro “Superficiales” “(Ariel, 2011).

El problema, por supuesto, está en nosotros, no en la Red. Y además por todo hay que pagar, de una u otra forma. Si puedo tener este espacio para escribir lo que me venga en gana es porque tiene que haber otros melones haciendo muchos clics por ahí.

Resumiendo lo que dice Carr: Durante siglos nos hemos hecho un cerebro a base de estudio concentrado y dedicación a algo en profundidad. Cerebro creativo, productivo, etcétera. Una maravilla de cerebro. No nos ha ido mal desde Gutenberg, se supone. Hemos fabricado la bomba atómica y la hemos estrenado, además de algún que otro desliz genocida, pero también hemos hecho cosas buenas. Medio libro lo dedica Carr a enumerar todos los estudios científicos que corroboran la teoría de la plasticidad del cerebro. Según sus conclusiones, el cerebro humano es asombrosamente susceptible de modificaciones en sus circuitos neuronales (anatómicas incluso) según el uso que se haga de él. Si juegas al ajedrez te haces un cerebro para jugar al ajedrez, mientras que para freírte un huevo puedes ser un manazas. Si eres músico se te ilumina una zona del cerebro que permanece apagada para el resto de los cerebros no musicales. Si lees libros chispean unos caminitos de neuronas, y si lees en la Red, según algunos estudios que destaca Carr, se forman otros circuitos neuronales que al parecer tienen más que ver con la rapidez de percepción de estímulos que con la concentración lectora y reflexiva.

El problema ya no es el tiempo que uno dedica a la Red y no dedica a leer libros. Para Carr el problema es que haciéndose uno un cerebro navegador poco puede hacer con él después para sacar petróleo de las grandes lecturas, o de la simple lectura concentrada. Dice: “Google se dedica, literalmente, a convertir nuestra distracción en dinero.” [Pág. 193]

Lo cierto es que Google quiere movimiento. Cuanto menos te pares en una página menos clics potenciales para publicidad.

Que Google no es la Cruz Roja, joder. Ya se sabe. Pero ni la Cruz Roja es la Cruz Roja.

Me hace mucha gracia el siguiente fragmento. Lo copio, ni siquiera es de Carr. Es una cita de un tal George Dyson, que es invitado a Googleplex a dar una charla en conmemoración de Jon Von Neuman, físico de Princenton que en 1945, basándose en el trabajo de Alan Turing, elaboró el primer plan detallado para un ordenador moderno. En la frase anterior ya están los papás de la informática. Dos pirados. Al ver la sede de Google Dyson escribe: “Me pareció que el ambiente acogedor casi abrumaba. Felices canes de raza corriendo a cámara lenta entre los aspersores que regaban el césped. La gente saludando y sonriendo, juguetes por todas partes. De inmediato sospeché que un mal inimaginable estaba sucediendo en algún lugar de los rincones oscuros. Si el diablo venía a la Tierra, ¿qué lugar mejor iba a encontrar para esconderse?

Se lee mucho más rápido hoy en día, cierto. Pero eso no es malo; no necesito leer todas las palabras, sólo con verlas ya me basta, desde arriba, no línea a línea. Pero sobre todo libros como el de Carr, a medias entre el artículo científico, el relato confesional de una reunión de Alcohólico Anónimos y el grito desgarrador del loco de pueblo que saca la cabeza por la ventana para anunciarnos la llegada del apocalipsis.

A algunos no los leo; les veo la página, lo que redactaron. Hasta se entiende mejor lo que dicen.

Digamos que Internet es un mundo de perdición si no te drogas, no bebes, no follas y no acabas de tener ganas de leer libros. Es decir, si entre estar vivo o muerto no hay mucha diferencia. Si no tienes nada, al menos Internet es algo. O todo. Eso es malo. Como planeta a habitar es un poco una leonera. Para una lectura decente nueva que encontremos en la Red debemos pasarnos horas desechando basura.

¿Vale la pena? Allá cada uno que piense y haga lo que quiera.

Para Carr el problema no es tanto que los ordenadores algún día dejen de ser “más tontos que un corcho” como que nosotros nos volvamos máquinas, cerebros sin emociones que piensan de clic en clic. Más experimentos para probar eso, mete en el libro. Que si somos de silicio, que si ya no sudamos si no es cuando nos quedamos sin ADSL. En fin, ya se verá, porque por ahora sólo podemos hablar de científicos echándose datos a la cara unos a otros.

Lo que parece obvio es esto: “Más información puede significar menos conocimiento” [Pág. 257].

Desempolva a McLuhan.

11/2/11

Yo soy el aguafiestas

La fiesta, todo muy fresco. Y que dure.

Ahora mismo es de noche. De fondo, por debajo o por encima de la música, escucho el sonido de una cuchara tintineando contra una taza o plato sopero. Esto es en mi casa. Los tacones son arriba. Taconea la casa para que sepamos que va a salir, aunque nunca acaba de salir o nunca acaba de llegar. Ahora podría estar yo mismo tirado en el sofá con una cuchara y una taza haciendo la banda sonora de mi cena, mirando un capítulo de Bob Esponja, ajeno a este rellenar hueco blanco en una pantalla, mientras en otro canal Egipto hace la revolución y cambia de régimen. ¿Viseras o burkas? He ahí la cuestión. Aunque esta no es mi cuestión, ni siquiera sé si es la cuestión de alguien. Puede que no haya tal cuestión. Es sorprendente que una revolución (ese levantarse por la mañana con la ilusión de derrocar un gobierno y sentirse uno libre como el viento, en la medida de lo posible), pueda acabar convirtiéndose en esa cosa planchada y criminal y de color gris ceniza (ni rojo ni hostias) que fueron los regímenes que salieron de muchas de ellas. Pero es un decir; en realidad ya nada me sorprende. Estoy viejo. La gracia, dijo Juan de Mairena, está en estar de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Veo a esas personas en las fotos tan conscientes de estar viviendo algo que podrán contar a sus nietos, de ser protagonistas o hacer bulto y ser voz de lo que suele denominarse un momento histórico. ¿Es posible que toda esta invocación de la libertad se vuelva alguna vez contra ellos y sus hijos?

En fin, no solo es posible, sino que es más que probable. Hay que estar muy bien colocado en el mapa para que las revoluciones no acaben siendo un viento pasajero de libertad. O de supuesta libertad, que en definitiva ya es bastante más que la falta de ella.

Encuentro este párrafo en un artículo de Houellebecq, escrito ya hace veinte años o por ahí (publicado ahora por Anagrama), y es inevitable pensar en lo que está pasando en Egipto:

"Algunos testigos más directos de los "sucesos del 68" me contaron que fue un período maravilloso, que la gente se hablaba en la calle, que todo parecía posible; lo creo. Otros dicen, simplemente, que los trenes dejaron de circular, que no había gasolina; lo admito. Veo un rasgo común en todos estos testimonios: durante unos días, mágicamente, una máquina gigantesca y opresora dejó de funcionar. Hubo una flotación, una incertidumbre; todo quedó en suspenso, y cierta calma se extendió por el país. Por supuesto, poco después la máquina social volvió a girar aún más deprisa, de un modo todavía más implacable (y mayo del 68 sólo sirvió para romper las pocas reglas morales que hasta entonces entorpecían la voracidad de su funcionamiento)". [pag. 41, Intervenciones, Anagrama, 2011].

4/2/11

Qué inmortal has sido, efectivamente


Al acabar de leer las dos novelitas de la Cebrián incluidas en La nueva taxidermia (Mondadori, 2011), tuve ganas de ponerme de rodillas como los musulmanes rezando hacia La Meca con los brazos extendidos, o como los aficionados del Barça cuando cambian a Xavi. Técnicamente, hombre, yo qué sé técnicamente. No soy un técnico, soy un lector. Yo quiero libros que no me hagan pensar en pajillerías de taller literario, ni libros en los que aprenda a golpe de prosa muerta cómo cree el autor que vivían los faraones egipcios. Ni soy el lector cultural ni el lector intelectual que nombraba Andrés Neuman en El equilibrista; uno de medio pelo y el otro más riguroso, buscando datos y formándose como un hombre de gran conversación (idiota, el dato justo) e invencible al Trivial. Soy más bien ese lector artístico (que le den al faraón), el que casi confunde leer con escribir, y quizá escribir con leer.

*

Podría decir; escribir es ponerle nombre a todas las cosas; o escribir es nombrar el mundo. Lo digo, aunque a lo mejor tampoco es decir mucho. Es una obviedad, o una de esas frases que de tanto oírlas ya no dicen nada. Pero solemos olvidarlo. O al menos yo leo a demasiados que lo olvidan, y me incluyo, claro.

*

Ambas novelitas incluidas en el libro de la Cebrián están llenas de palabras y expresiones para coleccionar, y para usar. La primera novela corta, Qué inmortal he sido, es una novela de cosas. El pasado, la juventud, pero partiendo de la galaxia de objetos que le rodean a uno. Reconstruir el pasado a través de las cosas. O el pasado como un catálogo de cosas que estuvieron a nuestro lado. Cerca del happening el asunto. Éramos lo que teníamos. Parece un intento, el de la protagonista, de llegar a la magdalena proustiana, pero a lo bestia. Me recuerda lejanamente a la novela de Perec que prefiero: Las cosas.

Perec ha calado entre los aficionados a los catálogos, a los trastos, esa psicología del cachivache que entre nosotros tanto ha desarrollado Ramón y en parte Solana. Pero Perec es más científico, más consciente y en general más coñazo. Es casi un adivino, como Nostradamus. Ya ve la burbuja cultureta en la que viviremos todos después. La vida a través de lo que tenemos, sobre todo, objetos portadores de cultura; somos las novelas que leímos, la música que escuchamos, las películas que vimos, algo así como almacenes de cultura con tendencia a la nostalgia.

Se nota en la Cebrián el gusto por nombrar objetos, por saber el nombre de cada cosa (ah, las revistas especializadas, los lenguajes profesionales, cuánto pueden aportar a un escritor), y esto que debiera ser lo normal es una cualidad. El lenguaje es una cualidad, sí, pero es la literatura (aunque no solo). Quizá por una mala digestión de ciertos autores (¿Carver?) tiende a confundirse escribir bien con perpetrar esqueletos o esquemas anémicos de realidad, de lenguaje. La realidad existe, en literatura, en la medida en que es nombrada. La sintaxis que le vaya a cada uno mejor ya es otra cosa. Una habitación, sólo una habitación, y una silla, sólo una silla, es ninguna habitación y ninguna silla. No, coartada de perezosos; no hace falta llenar páginas y páginas descripción. Que nadie se confunda. Dialogo descripción, diálogo descripción, es finalmente el recurso de los que confunden literatura y guiones de cine. A leer, señoras y modernos.

Pero no va por ahí este libro. Excelente prosa. Literatura, por fin.

*

Nicholas Carr, sobre Internet y el apocalipsis de los cerebros concentrados: "Echaba de menos mi viejo cerebro."

1/2/11

Paisanos de domingo


El domingo salgo a dar un paseo para sacudirme la resaca o el domingo mismo. Como hace un frío de narices me refugio en el CGAC. Ya la había visto: podría decir que se trata de una exposición fotográfica de abuelas autóctonas. Y si digo la abuela digo la madre. Los demás somos el apéndice de este núcleo central. Somos el electrón que ronda el cuerpo sano y machacado de la abuela de pueblo. El matriarcado de la que se educó para quedarse sola. La señora de pueblo es una vara morena con arrugas. Una sombra del camino enlamado. Y por ahí van estas fotos. Una sombra con velas que el día de la romería camina de rodillas, una de las formas más sacrificadas de agradecimiento.

Hoy en día se le regala un bolígrafo de plata al médico, cosa menos vistosa sin duda.

García Rodero nos retrata digo. Ahí se ve lo que tenemos de raza y de perdición, de pueblo y de manada para antropólogos. Al menos a primera vista. Son retratos impresionantes; o puede que lo impresionante sea el arte fotográfico en sí, que vuelve extraterrestre al tipo más normal. Es un espejo deformante. Puede que lo deformante sea más cierto que la verdad que teníamos en mente, como una media verosímil y falsa, una especie de ceguera. En estas fotos la abuela y hasta el nieto nos sale con cara de actor de película de Pasolini, con una profundidad cavernosa que conecta con alguna raza remota. Pues sí, casi vemos esos rasgos que fueron definidos como identificadores de una raza antigua, como le gustaban a Valle las razas. Puede que en realidad la raza no sea más que la vida que lleva uno, la vida que han llevado los antepasados de uno. Sea como sea se nos fue diluyendo esa raza y a los gallegos que crecimos en las ciudades se nos suavizó el rostro al tiempo que fuimos dejando las supersticiones y los santos por el camino. El gallego de hoy es más urbano que rural, y hemos dejado de creer en la Santa Compaña, que en principio no sirve ya para nada. Los gallegos ya sólo volvemos al pueblo a comernos el cerdo y de paso al cordero y al pollo de casa, que parece otro animal, y los huevos de la gallina que hacen unas tortillas de un amarillo casi fluorescente.

Somos hijos del plástico, pero no tontos. Al menos no tontos a la antigua usanza. No tontos como nuestros padres; tontos de otra manera. Creemos en la madera y en Internet, que es la biblioteca que siempre quisimos tener pero dentro de un ordenador. Tenemos nuestras supersticiones, también descabelladas seguramente como la abuela que escala de rodillas el monte, aunque perfectamente modernas y tecnológicas.

Los gallegos de estas fotos son los gallegos de domingo. Son los gallegos que se visten de cartón y se dejan convencer por la inercia de décadas saludando a los santos como familiares y cumpliendo con la otra vida. Pero, ojo, qué digo, sólo hay una vida para el gallego, y es esta que conoce. La casa, la huerta, la viña, el cerdo y la teta de la vaca. O mejor dicho, hay un país y dos vidas. Un lugar, este, donde se juntan las demás vidas. Galicia es un país de vivos y de muertos. Unos y otros comparten territorio y se llevan bastante bien, al menos lo razonablemente bien que se pueden llevar entre si los vivos y los muertos. De vez en cuando se encuentran. De vez en cuando unos les piden favores a los otros. Y se hacen, por supuesto, se cumplen. Las fiestas y romerías religiosas no son más que la forma de agradecer formalmente estos favores.

Lo demás es aburrimiento y ganas de emborracharse. Parece un mundo extinguido pero puede que no haya cambiado tanto.