29/1/11

Volver a fumar [5]


Yo también puedo ser uno de ellos y anotar en mi agenda el fin del mundo.

*

¿Qué harían los leones si lloviese vino tinto? ¿Se darían cuenta?

*

El futuro está en el folletín mal hecho, pero bien escrito.

*

Los pájaros son los únicos habitantes del mundo, por eso están tan tranquilos.

*

Ya sólo fumaba cuando se enfadaba. Fumar, pensó, es el castigo más justo.

*

No todas las ideas las sacaba del mismo vertedero.

*

Me he equivocado todo el tiempo, menos ahora.

*

Ser poeta es no usar para nada al poeta que llevamos enterrado dentro, y que abre los ojos automáticamente cuando ve un buen culo.

*

Cada día escribo una regla de oro. Cada día, una diferente.

*

Al llorar se aflojan los tornillos. Lo oímos.

*

Marear la perdiz, y después comérnosla.

*

A todo le pone títulos bonitos. Unos manejan las palabras con palas y otros con pinzas.

Pero títulos intercambiables, que tanto valen para una cosa como para otra. Títulos genéricos.

*

La gran duda de su vida fue cómo escribir las emes.

21/1/11

Mujer empanada y mujer niña

Me interesa y me molesta la política, como un vicio repugnante.

*

No encuentro el detalle. A ver que lo pienso. Quizá aparece el detalle evanescente, el detalle voluta de humo. Es tan francés este libro: "El alba la tarde o la noche", de Yasmina Reza. Tiene la tontería francesa, o que se da mucho entre escritores mediocres de ese país, de no decir nada directamente. Lo observa todo de reojo, y lo pinta todo a la acuarela, como una guarrería del que mira más allá del más allá. Hasta el título es así rarito, sin comas. Lo leo creyendo encontrar un retrato de Sarkozy, no por Sarkozy, claro, sino por el libro/ retrato, que me interesa. Pero Sarko, antes de ser presidente, ya ministro de interior, es el paleto de hierro que hemos conocido por los periódicos, más de lo mismo, con ese toque infantiloide que suele aplicarse a todos los hombres desde el observatorio de hembra madre superiora.

La política es un juego de niños. Ya lo sabemos, mujer. Hasta vivir es un juego de niños. Etcétera.

Sarkozy en el avión, conversando con dos o tres periodistas: "¡Soy al fin y al cabo una fuente inagotable para vuestros artículos de mierda!". Me parece que no es para tanto.

Sigo con el Boswell, que ya tiene el aspecto ligeramente arruinado de los libros muy queridos.

*

Librería. El nuevo de Mercedes Cebrián: "La nueva taxidermia", en Mondadori. Dos novelas cortas con dos títulos buenísimos: "Qué inmortal he sido", y "Voz de dar malas noticias".

Mercedes Cebrián lo tiene todo para triunfar. Es moderna, cae bien, pone buenos títulos y tiene sentido del humor. Y sobre todo, parece una niña agigantada. Es lo que la hace especial frente a ese batallón de artistillas modernas, siempre cabreadas y siempre inanes, como obsesionadas con su menstruación, piedra filosofal de la sociedad. Si la Cebrián escribiera a mano me la imagino con varios bolígrafos o rotuladores de muchos colores, haciendo una coreografía de letras de distintos colores. Una persona feliz y una lámpara con forma de seta. Puede que hasta con la punta de lengua entre los labios mientras hace frases. Su libro de relatos "El malestar al alcance de todos" me gustó y me aburrió. El relato te hace chiste al principio pero después te aburre y pasas a otro y así hasta que vuelves a la fotografía de la contraportada y te dices; simpática ella. Pero dejas el libro y te olvidas.

En cambio, tiene muy buena pinta este último. Dos novelas cortas. Al menos puedo pensar al hojearlo; está desordenado. Y eso es bueno.

19/1/11

Zombis, malditos, moquetas

Ya no recuerdo si era Ortega o Gómez de la Serna el que dijo aquello de que lo cursi abriga. O puede que lo dijera uno y lo repitiera el otro. Da igual. Viendo ayer "The walking dead", esa serie de zombis que pone La Sexta, podríamos decir que lo cursi, además de abrigar, estorba. Quizá como todo lo que abriga demasiado.

Hago zapping y aparece Cascos, el ex del PP. Deberían darle una isla habitada en el Caribe para que pasara el resto de su vida haciendo de Trujillo. Después sólo habría que contarlo y esperar a que cayera el Premio Nobel.

*

Nada grave, pero voy de despacho en despacho, saludando y agradeciendo la atención, el tiempo perdido con un asunto de tan poca transcendencia para ellos. Arquitectos, abogados, aparejadores. Gente muy cordial. Veo mucha moqueta y estanterías muy ordenadas, con libros encuadernados en piel de apariencia impoluta. Todo son palabras y poco mensaje. Lo importante parece ser lo que no se dice. No hay nadie que no acabe vendiendo algo, o que no hable como vendiendo algo. Parece imposible comunicarse de forma directa y clara. Ya sólo somos repetidores de eslóganes. Esto me abruma y me aburre. Sobre todo me aburre. Pienso en el sótano oscuro del que habla Kafka para escribir. Un sótano y un ordenador, con eso me conformo.

*

El Boswell lo estoy alternando estas semanas con algunas lecturas breves.

"Indigno de ser humano", de Osamu Dazai, no me gustó. Dazai es el maldito por excelencia de la literatura japonesa del siglo pasado. El hombre siempre fue un atormentado, como un personaje de Dostoievski. La vida; apoyar la cabeza en una mano y mirar a un punto imaginario con un algo de desesperación. La vida; no sé qué coño hago en la vida. No consiguió suicidarse hasta el cuarto intento, lo que quiere decir que, al menos, suicidarse tampoco se le dio muy bien. Morfina, alcohol, geishas, se nos dice en la reseña biográfica de la tapa, y demasiado Dostoievski, habría que añadir. Esta novela es algo así como un "Memorias del subsuelo" escritas por un rico heredero desheredado. No sé, puede que en su momento (1948) su pesimismo de opereta fuese una novedad para la sociedad japonesa.

Hay libros que son importantes para una literatura nacional; inauguran un camino (de puertas adentro), puede que lo agoten también, y ahí se quedan, en negrilla, para los libros de texto, haciendo el papel de representantes de un momento de la historia de ese país. Claro que al resto del mundo, a la literatura, no le aportan nada.

16/1/11

Boswell y Johnson (1)


Me dije en aquel momento; ahora que estás enfermo y llueve (y no tienes nada que envidiar a los idiotas que salen a la calle), y te haces viejo poco a poco, pero también a toda velocidad, y de viejo te verás obligado a releer, sólo a releer, porque a partir de cierta edad no hay persona culta y distinguida que no dedique su tiempo a releer los clásicos y nunca, por supuesto, nunca, repito, los lea por primera vez como el pringado que espera a la jubilación para sentarse en su butaca de jubilado y abrir el mamotreto ya comprado hace veinte años, su Guerra y paz o su Anna Karenina o incluso, para el más osado, su Ulises, y aparezca así un día con la cabeza ladeada, no ya roncando plácidamente con el libro sobre las piernas, sino muerto y con un hilillo de baba sobre la página veintitrés de ese clásico que había dejado para su jubilación, y no ya para releer, como cualquier persona culta y distinguida, sino para leer, para leer por primera vez, cosa que ya nunca hará porque está muerto y dará una lástima infinita a sus familiares que sabrán que había dejado aquel clásico para la jubilación y que la vida es, por consiguiente, triste y todo eso que sólo nos hace olvidar una borrachera, y así, como digo, como me dije, ya perdido el hilo de la frase hace rato, pero no queriendo que me pasara nada parecido me levanté de la cama para coger, por fin, el Vida de Samuel Johnson, en la edición reciente de Acantilado, y me dije: Lee, chaval.

Eso hice. Por cierto, demasiadas páginas para tan poco cartón. Se me rompieron las tapas en la dobladura a poco de empezar.

*

La historia podía resumirse así: Érase una vez un gigante de las letras inglesas en el siglo XVIII y un aspirante a escritor; un día el joven y confuso aspirante logra arrodillarse ante el gigante y hacerse amigo de él. Años más tarde escribirá la biografía de su amigo. Varios siglos después será considerada la catedral de las biografías. James Boswell es el biógrafo; el gigante Samuel Johnson. El primero idolatra al segundo. Esto es lo primero que detecta el lector somnoliento. Johnson es el santo y Boswell el apologista. Pero, sobre todo, y esto tarda un poco más uno en darse cuenta; Boswell es un escritor nato. Y eso suple todas las carencias aparejadas a la ceguera de la admiración.

Siempre está bien ponerle cara al santo. Johnson es el gordito de la portada con el peluquín blanco tan dieciochesco o lo que sea (el retrato de Joshua Reynolds, arriba). Creo que le va muy bien al libro este retrato como portada; yo a Johnson lo veo como un tipo entre cabreado o feroz y cómico.

Johnson estaba ya muerto cuando Boswell escribe su biografía. El santo había sido un animal literario, pero antes de ser ese gran hombre de las letras inglesas etcétera, pasó una infancia de privaciones. Padre pobre, pero con libros, ya que era librero, sin talento para los negocios, con tendencia a la depresión o a dejarse estar en la cama, sin ganas de ver el sol. Johnson, por ADN o por simple contagio, padecerá crisis de abatimiento y melancolía o simple abulia que le creará no pocos remordimientos a lo largo de su vida. Será su tortura. ¿Bipolar? Quizá no sea para tanto. Lo que sí parece cierto es que nunca anduvo muy sobrado de dinero. Escribir es llorar hoy igual que ayer.

Boswell, en cambio, era un escocés de familia pudiente. Ya de adulto la cosa no le iría tan bien.

*

La catedral de las biografías. Hasta la página 350, más o menos, me parece una biografía bastante aburrida. En realidad puede ser un desinterés personal; las infancias de los grandes hombres (o de los pequeños) contadas por otros me importan muy poco. Prefiero que me mientan ellos mismos sobre su infancia (caso Sartre, por ejemplo) que me digan la verdad otros sobre ello. Busco la página en la que esta biografía da un giro; es la 353, año 1763: Boswell conoce a Johnson.

"Éste es para mí un año memorable, pues en él tuve la dicha de conocer a este hombre extraordinario cuyos recuerdos ahora transcribo, hecho que siempre he considerado una de las circunstancias más afortunadas de mi vida. Si bien tenía yo entonces sólo veintidós años de edad, desde hacía ya varios años había leído sus obras con deleite y provecho, y tenía un grandísimo respeto por su autor, que en mi fantasía había crecido hasta tornarse una suerte de veneración misteriosa, imaginándomelo en un estado de solemne, elevada abstracción, inmerso en el cual lo suponía viviendo en la inmensa metrópolis de Londres." [Pág. 353, trad. Martínez-Lage]

A partir de aquí Johnson se torna real. Le quitamos la media a la cámara. Hasta este momento Boswell es el recopilador de todos los datos más o menos fiables y el escritor minucioso de la vida y obra de este hombre. Pero Johnson, digamos, no se hace corpóreo en este libro hasta que lo conoce Boswell.

La grandeza de esta biografía está en las notas que tomó de cada encuentro con Johnson. Ahí el retrato está vivo. Casi sentimos los torpedos de saliva de Johnson al explayarse en alguna taberna. Y además aparece Boswell en la biografía; ya forma parte de la vida de Johnson. Es coprotagonista. Se hacen amigos, comen juntos, discuten, se emborrachan.

Más que a un venerado autor ahora retrata a un amigo. La sumisión de Boswell y el miedo a la soledad de Johnson hace que en poco tiempo sean casi uña y carne.

*

Aunque parezca obvio no siempre lo fue, al parecer. Boswell es un escritor impresionante. No es la sombra afortunada de Johnson; no es el amanuense voluntarioso y servil que está muy por debajo de su admirado biografiado. Ese era Boswell. No lo veo así. Al contrario; Boswell escribe para nosotros, está cerca de nosotros; Johnson, en cambio, es el Dieciocho. Johnson nos interesa como humano y por su conocimiento de lo humano, que nos llega principalmente a través de Boswell más que a través de sus propios libros. Se puede leer a Johnson, pero no se lee a Johnson.

Boswell ya está en el mundo que viene (admira en parte a Rouseau y Voltaire), y Johnson está anclado en el mundo que fue. Incluso el estilo literario de uno u otro difieren en ese sentido. El de Boswell es más un estilo de andar por casa, menos adornado.

Lo que nos interesa de ambos es que aparecen con todas sus debilidades y miserias. El talento de Boswell está en aparcar la veneración y contar lo que ve. También en no esconderse. Se cuela en la biografía del doctor.

Es, también, la biografía del bohemio. Temas; el fracaso; la amistad; la soledad.

Sobre todo el fracaso. Quién lo diría. Ambos se ven como dos fracasados.

*

"En la posada en que almorzamos la señora dijo que había hecho cuanto estuvo en su mano para educar a sus hijos y que en particular nunca les permitió permanecer ociosos. JOHNSON: 'Ojalá, señora, me hubiera educado a mí también, pues he sido toda mi vida un haragán.' 'Estoy segura de que conmigo no lo hubiera sido.' JOHNSON: 'Desde luego, señora; eso es muy cierto; este caballero –añadió, refiriéndose a mí- también ha sido un haragán. Lo era en Edimburgo. Su padre lo mandó a Glasgow, donde siguió siéndolo. Vino entonces a Londres, donde ha haraganeado sin parar. Y ahora resulta que se marcha a Utrecht, donde seguirá siendo tan haragán como ha sido siempre.' En privado, le pregunté cómo había sido capaz de desacreditarme de semejante modo. JOHNSON: '¡Bah, bah! Nada saben de usted, y no volverán a pensar en ello.'" [pág. 431]