28/11/11

Apariciones y desapariciones de Felisberto Hernández

La máquina/ piano de Héctor Q.

Tengo intenciones modestas. La casa está en silencio y por fin ha salido el sol. Supongo que afuera el asfalto deslumbra como un espejo y los canalones gotean unas gotas frías y gordas que muy de vez en cuando se le colarán entre la camisa y el espinazo a un niño. He cogido el Diccionario de autores latinoamericanos de César Aira. Lo hojeo, como se hojea el archivo de una institución psiquiátrica. Es una edición argentina (editado por Emecé y Ada Korn Editora). Antes de que me lo regalaran pensaba que sería un diccionario abiertamente subjetivo, dentro de la sobriedad de tono característica de Aira, y sin llegar por supuesto a la belicosa parcialidad de un Umbral revisando autores. Ese “Azorín escribe cobarde“, por ejemplo, antológico, caprichoso, bastante cabrón. El diccionario de Aira es un diccionario más o menos riguroso, o que pretende serlo, y se detiene sobre todo en autores desconocidos y olvidados del pasado. El diccionario es orden, un niño obediente que se sabe la lección; desfilan por él los autores y sus títulos. Es un diccionario que sólo podría haber escrito Aira, un hombre al que le ha interesado por encima de todo leer, y que por eso mismo quizá no ha dejado de escribir. De vez en cuando una frase se sale del escrupuloso carácter informativo habitual y desliza una maldad, como si un ordenador cascarrabias hubiese perdido la paciencia al reseñar algunos autores que no son tan interesantes como todo el mundo cree. 

Bueno; lo que importan en este diccionario son los desconocidos. Ahí tenemos a Felisberto Hernández, uno de los más interesantes que ha dado la literatura latinoamericana en el siglo pasado. [...]

27/11/11

512

Michon. Que me tiene cara, ya sin pelo, como enfermo, el cigarro ostentoso, el gesto de apuntar con el cigarro a los cielos, me tiene cara, digo, de niño anciano que siempre ha sido un poco anciano y al que han arreado de lo lindo en el colegio. Y qué escritor. No sé qué escritor; qué libros. Qué prosa. Ni azúcar ni sal ni gaitas. Escribe cara de palo, suelto, festivo. Es uno de esos a los que habrá que conservarle hasta los papeles con las listas de la compra. Yo se las leería. Y cada vez escribe mejor. Los once está muy bien.

***

Otro francés: "Una niña vuelve de la playa, al anochecer, con su madre. LLora por nada, porque habría querido seguir jugando. Se aleja. Ya ha doblado la esquina de la calle. ¿Y acaso no se esfuman en el crepúsculo nuestras vidas con la misma rapidez que ese disgusto infantil?" [Patrick Modiano, Calle de las tiendas oscuras]

Comprendo que si fuese un tipo un poco sensible este fragmento me pondría la piel de gallina. Tampoco sé muy bien por qué. Somos muy raros.

***

El Babelia cada vez es más ridículo. Ya ni siquiera hay nada para recortar; fotos, por ejemplo. No digo ya para leer. Ahora yo mismo se lo cedo a la cocina, para que chorree el aceite que le sobra a los fritos y no se manche la encimera. Anda y que chorree.

23/11/11

511

Lo que más nos fastidia de los bichos es lo que tienen de reservados y de furtivos. Se creen los legítimos habitantes del lugar y al esconderse lo hacen sin mucha convicción, como si no tuviesen ganas de seguir con la comedia. Es como los que nunca acaban de suicidarse, porque más que suicidarse quieren que los salvemos, con razón, del suicidio. En realidad lo hacen, los bichos, para que nos sintamos unos intrusos en nuestra propia casa o jardín, y así nos sentimos; sus escapadas nos hacen creer que interrumpimos alguna vida, por pequeña que sea, una vida incluso más aprovechada que la nuestra. Pero los que pagamos la hipoteca somos nosotros y eso acaba de poner las cosas en su sitio.

***

En el kiwi desollado está el animal indefenso que hemos pelado para divertirnos, sin hambre.

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Mientras habla yo sólo veo sus gafas enormes y con destellos de colorines, como si el arco iris fuese unas cortinas y les hubiese arrancado un trozo para limpiarse las gafas. Esto no sorprendería a nadie, pues se le ve tan bruto que no dudaría en utilizar la luna para limpiarse el culo si no tuviese otra cosa a mano. Lee cifras y porcentajes como un niño que no acaba de entender lo que lee, o como pensando en la verdadera importancia de esas cifras y porcentajes. Tiene un perdigón blanco de saliva en la comisura de los labios, arrinconado, y nadie parece verlo, pues atienden a los porcentajes como si estos fuesen señoras muy respetables con sus neurosis aburridas y que se morirán mañana mismo. Vuelve en sí, levanta la cabeza y se lamenta de todos los papeles que le rodean, de todos los papeles que le llegan y que lleva de un sitio a otro, a reuniones. Va palmeando torres de papeles recogidos en carpetillas de colores, y pone cara de no poder dominarlos ya. Se ve jubilándose en unos meses y sabe que toda esa inflación de papeles acabará cayéndonos encima y ahogándonos. Después cuenta unas anécdotas en las que él es el protagonista ingenioso, servicial y eficaz. Antes de que acabe de hablar y viendo que el tono ya es de despedida (es un tono de empujarnos cuesta abajo, para que cojamos velocidad) empiezo a pensar en los movimientos que he de hacer para salir de esa oficina diminuta. Cuando salgo no lo miro y me despido estudiando el trozo de baldosa que queda libre para poner los pies.

***

Hace años, los primeros años con este número de teléfono fijo, no dejaban de llamar personas preguntando siempre por alguien distinto. Todos los que llamaban parecían muy sorprendidos de que no estuviese la persona por la que preguntaban. Al principio pensé que la familia y las amistades de los que habían tenido antes este número era muy grande, pero después comprendí que este número era el número que todo el mundo marcaba cuando se confundía. Un número maestro de las equivocaciones. Eso me dolía un poco y me estropeaba la autoestima, como si me hubiese convertido en una secretaria de las equivocaciones telefónicas. Era quizá el número de los que ya sólo tenían ese número para encontrar a alguien; acreedores, psiquiatras, jefes de estudio, conocidos lejanos. Mi número también era el número que todos volvían a marcar una vez más, como si creyeran que uno era la voz que había aparecido por capricho, sin que me convocasen, misteriosamente, usurpando el lugar del verdadero X, como uno de esos cortocircuitos de la razón que es mejor no indagar. 

20/11/11

510


Una foto de Robert Doisneau.

16/11/11

Las ciudades visibles

Héctor Quintela

Las ciudades existen porque han escrito en ellas. Puede que también se hayan hecho otras cosas en esas ciudades, y de hecho todo parece indicar que se han hecho, sobre todo, otras cosas, además de escribir. Se vive, dentro y fuera de los bares, se trabaja algo. Se sufre, se muere, se resucita por las mañanas, casi siempre. La ciudad se pasea y a veces, en fin, se escribe. Es en la literatura donde la ciudad acaba dejando atrás esa visibilidad escurridiza del presente, que es casi una invisibilidad, esa apariencia de decorado oscuro en busca de obra o de autor, y haciéndose por fin real. Esto se ha dicho mucho. Quizá el último haya sido Vargas Llosa, en ese ensayo sobre Onetti (El viaje a la ficción, 2008): “No son las novelas las que imitan a las ciudades (sólo las malas novelas tratan de hacerlo y por eso fracasan) sino las ciudades las que terminan imitando a las grandes novelas que fingen imitarlas y en verdad las inventan.” Hasta el San Petersburgo de Crimen y castigo, que parece sólo una ciudad de interiores, es tan real como el París delflâneur baudelairiano. Ese París del que tanto escribió Walter Benjamin es la recreación de la ciudad, la ciudad que se descubre a sí misma y se gusta. Puede que el principio de todas las ciudades. 

[...]

Las ciudades visibles, en Jot Down.

14/11/11

509

El roñoso Leautaud. Que decía:
"Yo no he vivido más que para escribir. Yo no he sentido, visto, y entendido las cosas, los sentimientos, las gentes, sino para escribir. He preferido esto a la felicidad material, a las reputaciones fáciles. Incluso a menudo he sacrificado mi placer del momento, mis más secretas aficiones, incluso la dicha de algunos seres, ante cuyo disgusto no he cedido, por escribir lo que me gustaba escribir. De todo ello guardo una profunda felicidad."

Y puede que también pena. Sin duda, hay vidas más fáciles.

***

Hablando de vidas, qué clase de vida aburrida llevo. Hoy he hecho dos zumos, naranjas y limón, una jarra de café; he puesto una lavadora, que es una frase muy de señora de su casa y eso me preocupa, aunque tampoco tanto; he recogido a cuatro (¡no, cinco!) niñas en el colegio, las he visto dispersarse por una parque sin que pudiera hacer nada para mantenerlas bajo control, y me sentido como el domador de circo (tenía un paraguas cerrado) que ve desfilar a sus ponis en la pista; he tirado un Chupa-chup medio chupado a la basura; he ganado, después de comer, la UEFA Champions Ligue y me ha dado un poco igual; he dialogado tres o cuatro veces con una niña que lloraba, más o menos en el mismo tono concentrado en el que se dialogará con terroristas, atendiendo a todas las señales; he montado un sofá de Ikea, me he sentado en él y he abierto varios libros de Valle-Inclán, y después he seguido abriendo libros, uno tras otro, Blanchot, Modiano, Handke, Bufalino... Después se ha hecho de noche, poco a poco, mientras sufría un atasco, y el sol volvía si acaso más otoñal los árboles, las aceras, las caras, y hasta las más atractivas parecían enfermas del hígado, lo que misteriosamente las hacía más atractivas.

13/11/11

508

Día hermoso. Hoy llueve y los árboles se menean, como ancianos bailando la lambada. Ayer por la tarde tuve que salir. El viento caliente. Daban ganas de irse quitando la ropa. Parece, efectivamente, el fin del mundo. Esas nubes bajas y rabiosas de fin del mundo a las que podríamos rezar. He leído el periódico por la noche, en la cama. Echaba de menos el papel. Tanta luz, tanta blancura que ya me cansaba. Paso las hojas, hacen ruido. Bien, la lluvia contra los cristales. Mi paraíso pequeñoburgués, edredón y libros, mientras afuera Italia se hunde, Grecia se hunde, Portugal, por supuesto, no se hunde. Portugal es otra cosa, lo que le queda de poesía al mundo. Es un decir, hasta en Las Vegas habrá poesía, detrás de los cactus de plástico. Ya no estoy enfermo. Día y medio en cama; acabé con el Sartoris y empecé con Bellow, El legado Humboldt. He intentado ver una peli policiaca de Chabrol, pero no tenía el día. Me lío con el Pro Evolution Soccer pero sólo sé jugar al patadón. No me va mal. Eso sí, los árbitros son unos hijos de puta.

***
Flaubert a Maupassant:
"En todo hay una parte que está sin explorar, porque estamos acostumbrados a usar los ojos en asociación con la memoria de lo que antes de nosotros han pensado otros del objeto que estamos mirando. Hasta lo más pequeño tiene dentro algo desconocido."

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Un hombre que después de los 40 años aún lee periódicos es un puro cretino. Lo cual no quiere decir que en España no existan dos o tres articulistas magníficos.

Esto, Pla, no llegó a decirlo, que yo sepa. Podría haberlo dicho, porque estas cosas dichas así quedan estupendamente, no valiendo para nada. El trazo grueso para dar la campanada en la taberna. Él hablaba de novelas, y es que antes de los cuarenta ya se había leído todo lo que había que leer. Balzac, Stendhal, Proust, Tolstoi. Después se dedicó a repasar a Montaigne y a leer y despreciar a Leautaud.

Leo con gusto la prosa de Pla (muy francesa, a lo Azorín), y es un tipo de humor muy fino, un sabio con los pies en el suelo, pero hay que admitir que para él la literatura era algo así como un casino de pueblo para pasar el invierno. Un lugar
sin muchas corrientes de aire. Dostoievski le parecía un degenerado. Y el ruso me parece la gran lección literaria. Yo tampoco lo soporto; Crimen y castigo recuerdo haberla leído con mucho interés, con algo más que interés, pero Los hermanos Karamazov me pareció el colmo del histerismo. Me indignaba; leía en la cama, maldiciendo. Una redacción de folletín, siempre. Y en cambio, es el escritor. Ni siquiera tenía voz, quizá porque tenía todas las voces, estaba enfermo, estaba como una cabra. El gran perturbado, pero sin eso no somos más que voces pontificando de forma más o menos graciosa.

Es la literatura, más allá de las voces autorizadas.

Por ahora leo periódicos. No tengo cuarenta años. Mientras haya escritores en los periódicos leeré periódicos. Lo demás, la información está en todas partes y no hace falta leerla.

8/11/11

Debate [507]

Once millones de criaturas atentas.


Con el debate me he reído mucho. No esperaba gran cosa, en cuanto a ideas o propuestas, y mucho menos de Rajoy, que se ha hecho tan bien el despistado que por un momento llegué a pensar si estaría al tanto de que lo estaban presentando a unas elecciones.
 

El decorado, más que austero, era yugoslavo. Parecía un debate entre dos altos funcionarios en la yugoslavia de Tito (sin duda el dictador con el nombre más amistoso). Hasta el aspecto de ambos era gris, fúnebre, más Rajoy como abuelito de cuento infantil relleno de confeti y Rubalcaba como resucitado y medio descompuesto ya. A ambos los persigue su imagen, y se trata de llegar a donde se pueda con esa imagen. Rubalcaba, cargado de hombros y con esas hombreras y la cabeza un poco de buitre es el Nosferatu que se nos aparece por detrás en un pasillo oscuro. Del pasillo oscuro al sótano no hay nada, y es en los sótanos donde lo ubica la derecha. Sótano, alcantarilla, cloaca. Del poder interesan en según qué momentos sobre todo los retretes, y más concretamente la fosa séptica.

Al Rubalcaba se le ha querido ver durmiendo en un ataúd y ya no hay forma de verlo compartiendo cama con una señora de rulos, como cualquier vecino.


***
De Rajoy dan pena algunas cosas y risa casi todas. Como orador es penoso. Incluso en la opacidad discursiva de Fraga teníamos a un señor que parecía estar a punto de mandarnos a la mierda, o a mandarnos recoger nuestra habitación de un grito. Una inminencia de algo terrible, como un rencor de viejo maestro acatarrado y prostático. En Rajoy se ve que el castellano no acaba de ser su idioma, como si el lenguaje fuese una tren que cuando va a coger ya ha pasado. Pero el gallego no lo habla ni bien mal; simplemente no lo habla, y teniendo en cuenta cómo lo hablan Feijoó o el ex Touriño, mejor es que nunca lo intente.
Primero, se convierte en el gilipollas de los datos. Rajoy. Es el que lee números, cuando todo el mundo sabe que los números se inventan. Menos los parados, que se inventan con demasiada alegría, y entre inventariarlos y arrojarlos a los ojos del otro se deja para otro día qué hacer para que toda esa gente se ponga a trabajar. En todo caso el trabajo, ese empleo en abstracto del que habla Rajoy, suena casi a amenaza. No digo yo que trabajar no sea bueno para pagar facturas, pero esa obsesión por la flexibilidad del empleo parece querernos decir que en lugar de lavadora va a salir más barato contratar a un parado, con o sin carrera.


***
Al hablar, Rajoy, habla a su nieto. Somos los putos nietos de Rajoy. Por momentos parece haberse escapado de una zarzuela de Chapí, o de Chueca.

Y además; ¿qué le pasa en los ojos? Rajoy no tiene ojos; tiene dos ostras. Quizá son unos ojos de muñeco de plastilina, con un blanco vieira fuera de lugar. Son unos ojos que ya no saben dónde meterse. Escucha, siempre, extrañado. Su gesto. Da igual quién hable. Aun ante el moderador, que daba las gracias y decía cuatro vaguedades, ponía cara de estar siendo insultado en alemán.

El peor enemigo de Rubalcaba eran los focos, dando a su calva un brillo de plancha solar o de calva falsa, recién afeitada para la película.


***

Al final, el desconcertado y torpe Rajoy gana el debate, según la prensa, y no ha dicho nada. O nada concreto. Quizá por eso. Lo importante ha sido que el debate no ha existido. Debate acontecimiento, no ya debate interacción entre uno y otro, que tampoco mucho. El debate se escribe; lo de menos es que suceda. Y lo entiendo, porque la realidad es muy caprichosa, cuando no algo peor.

3/11/11

506

Buscando otra cosa en un cuaderno me encuentro una nota de diario de Kafka. El diario de Kafka es una mina, sólo que se necesita una desbrozadora para encontrar algo entre tanta nota apenas comprensible. Bueno, se trata de un diario personal, al margen de todo lector. Ni lector futuro, ni lector ideal. Es la escritura en estado puro. No hay nadie al otro lado.

Como desbrozadora de este diario funcionó muy bien Vila-Matas.

La nota, digo:

"18 [de noviembre de 1913]. Volveré a escribir, pero cuántas dudas he tenido entretanto sobre mi escritura. En el fondo soy un hombre incapaz, ignorante, que, si no hubiera ido a la escuela obligado, sin ningún mérito por su parte y notando apenas la coacción, solo valdría para estar acurrucado en una caseta de perro, salir de ella de un salto cuando le trajesen comida y meterse en ella de otro salto cuando la hubiese devorado."

No quiero ni pensar en por qué me fijé en esta entrada y además la copié en un cuaderno.

***

Hay días de lluvia luminosos. Chaparrones urgentes que levantan mucho polvo y mojan la camisa de las enamoradas. Es una lluvia que hace correr a todo el mundo. Un poco las hormigas a las que se acerca el dedo. Charlas entrecortadas por la falta de aliento. Los corazones a mil. Nos limpiamos la lluvia con las servilletas y acabamos con el servilletero porque hay mucha cara de secar. Dedos pegajosos. Más que lluvia de agua, lluvia de coca-cola, o de gaseosa. También están los días oscuros, de lluvia que ya ha estado ahí desde el principio de los tiempos. Así hoy, ayer, antes de ayer. Es una lluvia de película de ciencia-ficción. Es una lluvia de interiores, como si en lugar de salir a la calle saliésemos a un decorado con lluvia artificial y las luces fundidas.

2/11/11

505

Frente a las urgencias de la economía, que siempre es un señor a punto de mearse encima; la política. Es decir, lo que antes se entendía como política; un referendum. ¿Democracia? Algo así. Y la inventaron ellos. Un brindis por Grecia. Hasta para hundirse hay que saber estar.

Dicho sea esto sin ánimo de opinar, ni de tantear las razones de unos y otros, que, la verdad, me importan un bledo. Mis razones son, digamos, razones poéticas. En un mundo en el que la economía es una actividad histérica y bastante irracional en el fondo (nadie la acaba de entender, o cada cual la entiende a su manera) la razón poética es tan legítima como cualquier otra. O más. El chulesco Sarkozy y la petarda Merkel pueden meterse el dinero por el culo.

Y continuando con el argumento, Álvaro de Campos, al que últimamente releo:
Nâo: nâo quero nada.
Ja disse que nâo quero nada.

[...]

Queriam-me casado, fútil, quotidiano e tributável?
Queriam-me o contrário disto, o contrário de qualquier coisa?
Se eu fosse outra pessoa, fazia-lhes, a todos, a vontade.
Assim, como sou, tenham paciência!
Vâo para o diabo sem mim,
Ou deixem-me ir sozinho para o diabo!
Para que havemos de ir juntos?

[...]

Deixem-me em paz! Nâo tardo, que eu nunca tardo...
***

Hablando de su vecina dijo: Es un poco triste; vive sola, ya sólo grita cuando folla...

***

Día feo. Feo como vivir en una pensión, o peor aún, en un portal, y feo como que le cague a uno una gaviota en la cabeza. Así de feo. Y lo peor es que se acabe creyendo que las gaviotas forman parte de un todo universal. Un todo corrosivo.

1/11/11

504

Precisamente, Richard Wagner a la princesa Carolina von Wittgenstein (en 1858):
"En los grandes poetas siempre me agrada más lo que callan que lo que dicen. La grandeza de un poeta la reconozco más por su silencio que por sus palabras. Lo que me hace amar tan indeciblemente la música es que todo lo calla, a la vez que dice lo más imposible de pensar: por ello, hablando estrictamente, es el único arte verdadero y las restantes artes son solamente sus suplementos."
[página 116 de El autor y la escritura, de Jünger]
***
Ya sería la leche, en el iPad: poder arrugar una página, y tirarla a una papelera virtual. Incluso encestar. Digo, una página que no te guste. Una página web, por ejemplo, de un escritor que odias. Seguro que si quisieran podrían hacerlo. No lo hacen porque eso ya sería un poco barroco, algo barato, un gasto de recursos inútil. Se cierra y punto.

Yo lo uso poco. Es ella la que lo usa. Nuestro matrimonio es un señor con un libro, como pensando, meditando el libro, pero sin meditarlo, en los cerros de Úbeda, y a su lado una mujer con la cara iluminada por una pantalla. Cuando se va dejo el libro y me divierto agrandando y reduciendo las páginas en esa pantalla. Esos pellizcos al cristal. Es algo muy infantil. Una palabra puede ocupar toda la pantalla. O palabras tan pequeñas que apenas existen, palabras como polvo. Palabras que dan ganas de soplar. Lo único que le falta, ya digo, es poder arrugar, por ejemplo, un artículo de Santiago González. Sin leerlo. No hace falta leerlo.

***

Se puede tener una pesadilla, e incluso se puede uno levantar a orinar interrumpiendo la pesadilla, y la pesadilla es como si nos esperara en la cama. Al volver nos ponemos en sus manos. Y si es así lo admitimos, porque es algo razonable, o casi. La pesadilla en su sitio. Lo que nos preocupa es que la pesadilla nos salga al paso en el pasillo, o mientras rodeamos la cama en la oscuridad. Chocar con la pesadilla, en medio de la oscuridad. Más que temor, una inquietud. No las tiene uno todas consigo. Es totalmente irracional pensar eso, pero a esas horas uno ya no sabe si pisa suelo o nube. Vuelve uno medio tambaleándose. Todavía estamos bajo sus efectos, de la pesadilla o de lo que fuera. No hemos despertado del todo y no somos adultos del todo. En ese momento todavía creemos que la habitación se nos llena de sueños y pesadillas. Uno vuelve a la cama como para dormirse un rato y volver a empezar. No conviene empezar el día después de un sueño raro.

***
En el cementerio, no sé cómo hicimos. Yo era muy pequeño. Pero no tan pequeño. Corríamos por el cementerio. No recuerdo quién era el otro. Nos paramos ante una lápida musgosa. Era una piedra muy pesada pero entre los dos la movimos. La movimos antes de darnos cuenta que la movíamos. Aparecieron unos huesos enormes, limpios, viejos quizá, con ese color indefinido de lo viejo. Había agua. No vi ninguna calavera. Sólo huesos como de caballo. Aquello no era la muerte; aquello eran unos huesos, quizá de dinosaurio. La muerte como un desván de huesos desordenados y húmedos.

503

Ese paraguas de mujer abandonado y medio abierto, con alguna varilla rota, nos parece un paraguas al que han violado entre los arbustos y que todavía nadie ha descubierto. El mundo es muy jodido.

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Escuchado en la calle: ¿Halloween? Aquí es Halloween todo el año.

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Éramos muy pocos en la sala. Mejor. Al principio odié un rato a los comedores de palomitas, que más que comer palomitas estrujaban sus bolsas para sentirse vivos. Nos reímos de una que llegó tarde, con los pelos de punta. Al principio me pareció que llegar tarde a esta película era un absurdo, y en realidad llegar tarde a cualquier película. Después vería que precisamente lo que sobraba era película. Yo no sabía dónde me metía, soy un despistado. Algo sí. Ya no se puede no saber nada de algo. Es imposible no saber nada, ir por la vida no sabiendo sinceramente nada. Las cosas se saben por osmosis. Alguien nos va susurrando al oído todo lo que debemos saber. Se saben las cosas sin acabar de saberse, pero ya se saben. El traíler hace muchas promesas. El noventa y ocho por ciento de los traílers son mejores, mucho mejores, que las películas. Después la película, esta película, es el traíler y muchas imágenes de lava volcánica candente y planetas impolutos y amebas flotando con música de Mahler de fondo. Una voz femenina nos susurra cosas extremadamente importantes sobre la vida. Cosas que no siempre se entienden, pero de la Vida se habla así, medio despistando. A la Vida no se le dice pásame la sal. A la Vida se le habla moviendo las manos, como si dirigieras una orquesta. A los veinte minutos cuatro sensatos se largaron, hartos quizá de la Vida, o deseosos de vida, precisamente, y ya quedaba toda la sala para los sensibles. Uno de ellos se tiró un pedo, justo cuando habían apagado a Mahler. Ya era mala suerte, no me lo podía creer. Podría haberme levantado con una linterna y señalarlo con el dedo acusador. Quizá fuese el de las palomitas. Uno se mete en el cine con personas más o menos cultivadas (todo quisque había venido muy despeinado, como si hubiesen estado pensando toda la tarde) y en un apagón de los coros trompetean con sus esfínteres como si ya nadie pudiese escuchar/ entender un pedo en medio de tanta poesía visual.

A la película, por supuesto, le sobra el ochenta por ciento de la película. Sean Penn, afortunadamente, sale más en el traíler que en la película. Llega lo que llega la infancia de cada uno de nosotros, ahí nos dejamos llevar, pero todo está estropeado, retorcido, por el gran arte de fotografiar postales con la luz naranja del ocaso. Hay un estremecimiento ante lo bello que pronto acaba en empacho. Empacho, gases. Lo Bello servido con palas. Una mano de mujer, una hoja seca volando, un bebé, el cielo visto desde debajo de un árbol. Y así hasta el infinito. O así desde el infinito. Se remonta al principio de los principios. La Creación del Universo, de la Vida y hasta de Dios sobraba. Yo creo. Las amebas sobraban; los planetas sobraban; los volcanes sobraban. Ese arte total a lo Wagner a mí me marea. Más bruto no se puede ser. Eso sí, salí con muchas ganas de vivir, de comprar tabaco, y hasta echaba de menos el humo negro de los coches. No se me había dormido ninguna pierna.