28/12/10

Los viejos

"Pero después de todo qué tienen que decir unos jóvenes escritores, pensaba, que se figuran que lo saben todo y que, sin embargo, sólo son capaces de encontrarlo todo ridículo, sin poder fundamentar por qué es ridículo. A eso llegarán sólo mucho más tarde, pensaba; al principio lo encuentran todo ridículo, sin saber por qué, son así, y sólo luego saben por qué, pero no lo dicen ya, porque no tienen ya ningún motivo para ello. […] Se ríen a carcajadas y lo encuentran todo ridículo y aún no han publicado un solo libro, pensaba, como tú hace treinta años. No tienen más que su risa y nada más, y se contentan con esa risa. Sólo tienen esa risa y toda la catástrofe de la vida por delante, pensaba. Sólo tienen una risa y ni siquiera un motivo para ella. […] Hablar con jóvenes no conduce a nada, pensé, quien sostiene lo contrario es un hipócrita, porque los jóvenes no dicen nada a las personas bastante viejas y viejas, esa es la verdad; es absolutamente carente de interés lo que los jóvenes les dicen a los viejos, absolutamente, pensé, y decir lo contrario es la mayor de las hipocresías. Siempre ha sido moderno decir que los viejos deben hablar con los jóvenes, porque los jóvenes tenían muchas cosas que decir a los viejos, pero en realidad ocurre lo contrario: los jóvenes no tienen absolutamente nada que decir a los viejos. Lógicamente, los viejos tendrían algo que decir a los jóvenes, pero la verdad es que los jóvenes no comprenden lo que los viejos les dicen, porque no pueden comprenderlo en absoluto, y por eso tampoco quieren comprenderlo en absoluto."

Thomas Bernhard, Tala (Trad. De Miguel Sáenz, Alianza editorial 2002)


24/12/10

Extranjeros sin rostro


Entretanto, una novela sueca; Asesinos sin rostro. El autor es Henning Mankell.

Me ha costado dios y ayuda llegar a la última página de esta novela sin perder demasiado el hilo. Y no porque el hilo sea muy enrevesado. Al contrario; todo se expone de forma muy clara, y ni siquiera hay muchos sospechosos (en realidad solo hay un sospechoso real, una masa desconocida y abominable). Los nombres se diferencian perfectamente unos de otros y no hay cruce de maletines con los que liarse y a los que perderle el rumbo. Si esta novela fuese uno de esos ejercicios del Braintrainer para activar la circulación de la sangre en el cerebro de los ancianos sería un ejercicio de nivel básico. Level 1.

Resumiría lo tedioso con esta cita de la propia novela:

"-¿Cómo va todo?- preguntó.

-Esto no es nada divertido – contestó Rydberg sombríamente.

-¿Quién ha dicho que el trabajo policial tenga que ser divertido?"

Yo pensaba, o recordaba, que las novelas policíacas se leían para tener ganas de leerlas. Conmigo no ha funcionado, al menos esta vez. Que si charlotea con Fulano, que si hace un informe, que si se reúne, que si va, que si viene. Tedioso bastante. Tampoco sé si me interesaba el tema o me cabreaba. Porque hay tema. La novela está escrita no solo para los que buscan perder de vista sus vidas y entretenerse un rato leyendo en el autobús algo de detectives. No, la novela también busca dar la chapa. Los extranjeros; he ahí el tema. La pedagogía de las masas que nos impone el autor. Lo que le importa al autor, ay, es enseñarnos algo del mundo, nosotros lectores medios tan brutos, tan desvalidos, tan descerebrados y manipulables por el poder o por quién sea. Es decir, tan fascistas si nadie concienciado y sensato nos ilumina. Está bien. Vamos a reflexionar sobre la inmigración, la invasión de los no rubios.

Y reflexiona el tipo; el tipo se llama Kurt Wallander, policía protagonista.

Por cierto, mientras a otros personajes se les nombra por el apellido o por el nombre, a Kurt Wallander se le llama durante toda la novela Kurt Wallander. Así, por ejemplo; "Kurt Wallander se emocionó." (página 146); "Kurt Wallander levantó las cejas" (página 146); "Kurt Wallander notó que se enfadaba." (página 147). Es un poco ridículo.

*

Se nos dice en la contraportada: "Kurt Wallander atraviesa uno de los momentos más sombríos de su vida –sus relaciones familiares son un desastre, está ganando peso, bebe mucho y duerme poco". Pobre hombre. Estos suecos son tremendos. En las novelas policíacas siempre ha aflorado, digamos, la basura de cada lugar y de cada momento. Con más o menos arte. En ese sentido la novela policíaca puede ser considerada una forma de novela social o novela denuncia, al menos de forma solapada, para que nadie bostece. Suele ser un enfrentamiento entre lo peor de la sociedad, o el mal, y el bien encarnado en algún rebelde incorruptible. Debajo del disfraz de capullo se esconde un santo.

Veamos cómo es el detective aquí, el espejo de la época (década de los noventa). Wallander; abandonado por su mujer vive en la más completa soledad escuchando arias de ópera; por las noches sueña con una negra cariñosa que le hace feliz; quiere perder peso pero siempre acaba comiendo hamburguesas o algo así y come tan rápido que padece diarreas constantes; su hija no le habla aunque no sabemos por qué, o yo no lo sé, y se fugó con un negro a no sé dónde, Estocolmo creo (aunque es un negro honrado, al parecer, futuro médico o así); echa de menos a su mujer pero ella pasa; bebe whisky; tiene problemas de insomnio; atrae los golpes, los accidentes, etcétera; ah, y su padre le reprocha que no lo visite con más frecuencia. Hasta aquí los vicios o desgracias.

El hombre padece mucho; es un sentimental. Por lo demás es tan honrado que da pena; un día siente remordimientos por haberse aprovechado de la amabilidad de una subalterna para llevarle un traje a la tintorería. El tipo es un pedazo de pan. En eso se ve lo sueco que es. O quizá para un sueco esto debe ser un principio de corrupción y decadencia; para un español es incomprensible. Es lo normal. El tipo paga las multas de aparcamiento. Y paga muchas. Un día, achispado por una copita, es cazado por dos de sus compañeros más cercanos a altas horas de la madrugada conduciendo. Que estos, incomprensiblemente, le hayan llevado a su casa y no le hayan denunciado no acaba de entenderlo. ¿Por qué lo habrán hecho?, se pregunta.

Y para rematar el retrato diremos que tiene unas opiniones políticas tan centradas, o tan supuestamente sensatas, que da asco. El hombre busca la verdad, da igual si esta está bien considerada por la sociedad o no. Claro que su verdad, su sensatez, es la del que ve a todos los inmigrantes como una condena para su país y ante la política de puertas abiertas prefiere la política de puertas entornadas. Es, claro, una sensatez de comedor de hamburguesas, de nacido en territorio donde comer hamburguesas puede ser un verdadero problema de salud. No es un radical; no está dispuesto a permitir que los racistas aniquilen a ni un negro más (recordemos que es un tipo, sobre todo, honrado), pero tampoco está a favor de que los extranjeros caigan del cielo con sus familias numerosas y se coman como una plaga las cosechas de los nativos. Se le supone demócrata y parte, en principio, de la igualdad de todos los seres humanos (quizá podría apadrinar a un niño africano si encontrase el anuncio de una ONG en un dominical una tarde de domingo de depresión), pero en esta novela los negros no dejan de ser esos conguitos de labios carnosos y ojos blanquísimos redondos de eternos asombrados que veíamos en viejos dibujos animados. El inspector magullado y gordinflón es un nostálgico en el fondo; recuerda el crimen autóctono como un paraíso ya perdido, casi una bendición de crimen humanista que en el fondo se guiaba por unos valores, frente a una nueva época de crímenes salvajes propiciados de alguna manera por seres deslocalizados, sin abuelas cerca y por tanto sin una mínima consideración hacia el género humano.

Sacando alguna conclusión de esta novela podríamos decir que todos los extranjeros vienen a nuestro país a romperle la cara a José Luis Moreno. De alguna forma todos acabarán en su día rompiéndole la cara a José Luis Moreno o a sus vecinos.

El título de la novela no puede ser más fiel; Asesinos sin rostro. Aquí hay una masa sin rostro peligrosa y hasta repulsiva que amenaza la pacífica vida del sueco de toda la vida. El viejo sueco de tirantes y ojos claros.

En definitiva, un escritor preocupado por la deriva del mundo (el apocalipsis y todo eso), que toca el tema de la inmigración con bastante simpleza, por no decir otra cosa. Porque pocas veces he visto tratado este tema tratado de una forma tan burda como aquí. Lee uno a Céline, el racista por antonomasia para los que no lo han leído, y nunca perdemos de vista al ser humano, a ese recipiente de tripas tibias que sufre y que no va a ninguna parte, sea del color que sea. Lee uno esta novela y no vemos más allá del conguito y del foráneo que no es otra cosa que foráneo e inhumano y asesino.

Preferiría decir; novela valiente alejada de lo políticamente correcto para plantear dudas sobre la política inmigratoria de los países occidentales etcétera. Pero no; es de una cobardía tontorrona. Cae en un esquematismo insultante. Mannkel, en cambio, da esa imagen de escritor famoso solidario y amante de África. Espero que haya afinado más en todo lo que escribió después; esta es la primera novela de la serie Wallander.

Total, una novela más de suecos que ven nevar desde la ventana mientras resuelven un asesinato, esta vez con extranjeros sin escrúpulos y sin rostro de fondo.

17/12/10

Cosecha del año

"Viviría sin problemas la misma vida una segunda vez, pero no una tercera" (Édouard Levé)


Ahí va la lista de lo que he leído con más gusto este año, fuera o no publicado este año:

1. "Luz de agosto", William Faulkner, Alfaguara.

2. "Un país mundano", John Ashbery, Lumen.

3. "Autorretrato", Édouard Levé, 451 editores.

4. "Jerusalén", Gonçalo M. Tavares, Mondadori.

5. "Troppo vero", Andrés Trapiello, Pre-textos.

6. "Las palabras", J-P Sartre, Losada.

7. "Diario", Iñaki Uriarte, editorial Pepitas de Calabaza.

8. "Verano", John Coetzee, Mondadori.

9. "Retrato de Shunkin", Junichiro Tanizaki, Siruela.

10. "Tiempo vivido", Marcos Giralt Torrente, Anagrama.

Por ejemplo, este último, Tiempo vivido lo leí en tan poco tiempo que pensé que no me había gustado. Pensé; acabo de leer el periódico. Pensé; lo acabo de leer como queriéndomelo quitar de encima. Lo leyó el cotilla. Pero ahora lo recuerdo como algo muy importante. No tan importante. Bastante importante. Eso ya es mucho. Las cosas en literatura suelen ser más simples de lo que parece; un buen libro es un buen libro. Quizá tenga una buena historia, esté bien contado, sobre todo eso, puede que hasta bien escrito, etcétera. El final; el final siempre es malo, pero a veces es menos malo. Otra cosa es un libro necesario. Es decir, que lo parezca al menos. Para el autor. Y de paso al lector. Un libro necesario, que dé esa impresión, es otro territorio. No sé; como una urgencia por contar, una fatalidad y casi un odio, un odio pero también una resignación ante lo inevitable, teclear palabras ante el ordenador. Y nada menos necesario en la vida que esto. Uno necesita comer, fumar, y dormir, más o menos. Bueno, alguna cosa más se necesita, aunque también hay mucho vicio. Escribir es un poco de desesperados. Yo lo veo así, por eso es tan fácil no escribir. Siempre hay algo mejor que hacer que escribir. Vivir sin escribir es facilísimo, pero vivir sin escribir es jodidísimo. Es como irte de viaje y cuando ya estás cansado de andar por ahí no tener una casa a la que volver.

Por cierto; lo autobiográfico es accesorio. Ni siquiera creo en lo autobiográfico. Género literario fantasmagórico, lo autobiográfico no existe. Existe la escritura, existe el momento de la escritura, existe uno mismo como ficción, presente o pasado. Lo otro es currículum, historial médico, desfile de fechas, santos, cumpleaños, aniversarios. Datos cronológicos entre nacimiento y defunción.

Ejemplo de cómo convertir la supuesta propia vida de uno en gran literatura, en algo necesario; "Autorretrato", de Eduard Levé. Es como un juego que se convierte en algo muy serio, sin perder nunca la chispa del juego. Ya se sabe; nada hay más serio que jugar. Parece la carta de un suicida sin la amargura desgarrada del suicida; la carta de un suicida que no sabe que se va a suicidar.

Por lo demás, este año he mirado mucho relato. Le he cogido el gusto pero también estoy saturado. No incluyo arriba ninguno porque los únicos que no me han cansado son los relatos de Faulkner y no voy a repetir el mismo autor. Faulkner que estás en los cielos; lo he negado cien veces y siempre he vuelto a él. También he vuelto a Méndez Ferrín. Tan cerca y tan transparente. La Dinesen está bien. Si hubiera dedicado más horas a escribir habría matado menos leones, menos elefantes, menos de todo. Los relatos de Fogwill unos días están bien y otros días me parecen muy malos. Pero eso ya es más de lo que opino de otros autores, que casi siempre están regular. O ni bien ni mal ni regular.

Me pareció bien la famosa lista de Granta. Quizá porque casi no he leído a ninguno. Lo de Patricio Pron no me interesa. Lo de Andrés Barba me da como pereza. En uno de sus libros el nene se hace una paja en la primera página. Empezar haciéndose una paja me dio mala espina; qué puede venir después. El mundo después de una paja. O quizá otra paja. Pola Olaixoac está demasiado buena para no pensar que está buena mientras la leemos. Y así no hay quien lea. Pero sobre todo es tan lista que ya casi da más bajón que el mundo postpaja de la literatura de Barba. A Alejandro Zambra hay que leerlo. Yes muy feo; tiene que ser bueno de verdad, y eso parece. Lo de Pablo Gutiérrez, Nada es crucial, me gustó. Ojalá tenga carrete para mucho tiempo. Alberto Olmos es como las cucarachas y las ratas; sobrevivirá a una explosión nuclear, por mucho que presuma de lo contrario. Mientras los demás corran a él la bomba lo pillará en el váter leyéndose a sí mismo. Tengo fe en Manuel Vilas, Julián Rodríguez y en Francisco Umbral, que volverá de donde quiera que se haya ido, aunque solo sea para apartar a codazos a Raúl del Pozo.

6/12/10

El niño que sobaba los libros (y 2)

Menuda juerga...

Ya sabemos que el niño lee mucho. Ahora esperan que escriba. Y lo que cuenta en la segunda parte de Las palabras es eso; a ver qué escribe éste.

Es escritor "de nacimiento y para siempre". Así de simple, así de claro.

Irrumpe lo divino. Nada humano es para siempre. No hay un solo escritor en el mundo que sea verdaderamente ateo. Escribir es precisamente creer en el más allá del presente. Creer que las piedras tienen alma. Y siguiendo el hilo creer en el más allá de la muerte. Una salvación particular, que sirva para sobrevivir en la conciencia de los futuros recién nacidos. Sartre, en cambio, escribe en las últimas páginas: "El ateísmo es una empresa cruel y de largo aliento: creo que lo he llevado hasta el fondo."

Es también la historia, de fondo, de esa batalla. Se cree ateo, el gran hombre, el intelectual comprometido. Quizá lo sea. No me lo creo. Como si su compromiso, su yo para otros no fuese otra forma de orar y de creer. Hasta los veinte años, nos dice, confunde la literatura con la oración. No cree en Dios (estas cosas son siempre repentinas, como una luz que se enciende o se apaga, o así lo cuentan siempre). Parece que nadie deja de creer o empieza a creer en Dios poco a poco. Es siempre un ladrillazo, que ilumina en uno u otro sentido.

El adicto no hace al curarse más que sustituir su adicción por otra. Es decir, no se cura; cambia de cartas. El imberbe Sartre se convierte en un escritor-mártir: "No se me ocurrió la idea de que se pudiera escribir para ser leído. Se escribe para los vecinos o para Dios. Yo tomé el partido de escribir para Dios con la intención de salvar a mis vecinos. No quería lectores, sino agradecidos." Pero al principio le dan igual sus vecinos. Eso vendría después. Ese yo es de ahora, cuando escribe, 1964. Ya cincuenta y pico años. Año Nobel, que rechaza. A los suecos les sacó de dudas este libro, al parecer.

Pero por ahora elige, claro, escribir para Dios, aunque no crea en él. Da igual, Dios, Literatura, Inmortalidad. Palabras con letras mayúsculas en todo caso. Es el adolescente o joven aplastado por el peso de su Gran Futuro. Se hartan de esperar por él. "El Espíritu santo sólo apreciaba los escritos verdaderamente artísticos." Los vecinos en cambio son mucho menos exigentes, por no decir vulgares. Los vecinos no pueden estar al tanto de los elegidos, los autores de futuras obras maestras. El Espíritu Santo es sabio, o quizá caprichoso, para qué vamos a engañarnos. En fin, el Espíritu Santo es el Espíritu Santo. Él sabrá por qué elige a los que elige.

Justifica de esta manera este momento: "La escritura, mi trabajo forzado, no conducía a nada y, por lo mismo, se tomaba a sí misma por fin. Yo escribía por escribir. No lo lamento. Si me hubiesen leído, habría tratado de gustar, me habría vuelto maravilloso. Como era clandestino, fui verdadero."

Se trataba de sufrir. El camino de la clandestinidad sólo podía dar sus buenos frutos si había sufrimiento. La vida secreta del doloroso. Dejará un baúl entero lleno de pañuelos de papel emborronados con poemas. No hay mártir sin un poco de sufrimiento. Gajes del oficio. Es lo que tiene ser inmortal. Nada le puede pasar. Principalmente porque ya está difunto. Ni quiere ni teme: "Yo no estaba en la tierra para gozar, sino para hacer un balance."

Sobre Flaubert escribirá Sartre el famoso, y creo que poco leído (no sólo hablo por mí), El idiota de la familia. Sabe muy bien de lo que habla. Conoce la bilis flaubertiana, las cadenas, la misión divina del picador de piedra. Es la prueba de que en el fondo toda escritura es la escritura de uno mismo. Escribe de sí mismo, de lo que conoce de sí mismo como Baudelaire, en Baudelaire. Y con Genet, lo mismo. Etcétera.

Tiene todo el tiempo del mundo. ¿Cómo podría tener prisa él? O sea, Él. Uno mismo. El hombre de los dieciocho tomos de obras completas futuras, reunidas en la Biblioteca Nacional. Cada paso suyo es observado por una turba de biógrafos que lo observan desde sus atalayas académicas del futuro (dedicarán sus vidas a la ingente tarea de iluminar hasta el último minuto de su vida). Puede que hasta le lean el pensamiento. No hay azar. Cada cosa apunta a lo mismo: "Mis infortunios siempre serían pruebas, medios para hacer un libro."

Además del virus del catolicismo, mutado en infección literaria, se deja llevar "por el progreso continuo de los burgueses", ese mito que le refuerza en su idea del porvenir, dónde se instala: "La adolescencia, la edad madura, hasta el año que acaba de pasar, será siempre el Antiguo Régimen; el Nuevo se anuncia en la hora presente pero no está instituido nunca: mañana afeitarán gratis."

De esto es difícil librarse. El último libro siempre es el mejor, hasta que deja de serlo porque ya hay otro que ocupa su lugar. Ya no es el último, y sólo el último es el mejor si todo marcha bien en la cabeza del escritor. Es obligatorio. Lo otro es un Rulfo atrapado en la tela de araña de su propia admiración estática. El que mira atrás se convierte en estatua de sal, es decir, en estatua de mierda.

Y aquí volvemos al ateísmo. Dejar de creer en Dios está al alcance de cualquiera; las mujeres se aparecen de carne y hueso, como nosotros, y ni vamos ni venimos todavía, entonces, dejamos de creer. Pero ahí queda lo demás, nos dice Sartre; "el Otro, el Invisible, el Espíritu Santo". Correoso personaje este: "Aún me costó librarme de éste porque se había instalado en la parte de atrás de mi cabeza entre las nociones traficadas que usaba para comprender, situarme y justificarme."

No cuenta cómo se libra de la maldición. No hace falta. Ya sabemos que cambió su Eternidad particular por la Eternidad para todos de una sociedad futura sin oprimidos. Efectivamente, escribe para Dios con la intención de salvar a sus vecinos. Se centra en sus vecinos; Dios es una manía subterránea. Habla, en todo caso, desde el desengaño. Es la inercia del que vuelve a sí mismo porque ya no sabe adónde ir. Uno, a cierta edad, ya no puede escaparse de sí mismo.

A mí me sorprende este párrafo, casi al final, en ese que fue el paradigma, no sé si real o no, del escritor comprometido:

"Me he desinvestido pero no me he exclaustrado: sigo escribiendo. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Nulla dies sine linea. Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico."

Parece un Sartre que quería dejar de ser la imagen que tenía, los otros y él, de sí mismo. No es el Sartre que no conocía.