25/2/10

Varios (en negrita)


Y entre tanta música, otros libros por el medio: Los Soprano forever, un libro de la editorial Errata Naturae que no aporta nada, ni al entendimiento de esta serie (si es que hubiera algo que entender, o algo que explicar) ni al entendimiento del fin del mundo, del complejo de Edipo, o la desgana que nos entra después de comer, por citar algunos temas relevantes del pensamiento occidental. Es una recopilación de ensayos que pretende discurrir sobre algo, y lo consigue, aunque no tenga que ver con la serie Los Soprano y aunque no sepamos que es ese algo. ¿Era Tony Soprano un nihilista? Es muy posible, además de un tipo bruto. Hay más conclusiones, pero ya no me acuerdo, pues ninguno de estos autores tiene la amabilidad de marcarnos en negrita lo más destacado, la frase que resuma su palabreo, y así no tenemos más remedio que buscar en las páginas los sustantivos clave que nos lleven a saltos por las zonas más inhóspitas del texto. Alguno de estos ensayos ni siquiera parecen tomar como excusa esta serie para soltar su rollo, y lo mismo hubiesen escrito parece, si la escusa hubiese sido La casa de la pradera o Betty la Fea. Incluso al final, uno, nos confiesa que Los Soprano no le interesa. Resumiendo: académica, la cosa, exceptuando el fragmento escrito por Rodrigo Fresan, que es el único escritor, el único que no se ve en la necesidad de citar a Baudrillard. Todo un alarde de originalidad. La portada está muy bien; es lo mejor.

Historia del llanto, de Alan Pauls, va de un niño que se cree Superman y vestido como su superhéroe favorito se pega un leñazo contra una cristalera. La hace añicos y después se convierte en Proust, un Proust argentino de padres separados que va y viene por su mundo de batallitas y odios y un padre al que etcétera, pero quiere, o no, o da igual. Odia mucho a un cantautor y en esas va la novelita y se me cae por un barranco. Revisionismo proustiano. Espero encontrarme con este autor en algún otro libro; por ejemplo, El pasado, del que dicen las malas lenguas que está bien. Su prosa, al menos en este libro, tiene algo de enredadera poética. En ello está su riqueza y su perdición, pero en vista de lo poco que hay que contar del libro diría que casi es su única riqueza.

Y hablando de argentinos tengo que decir que leí hace una semana Bullet Park, de Cheever. Nunca en mi vida leí nada con más argentinismos por párrafo, y eso que no he leído a pocos argentinos en mi vida. La edición es de la editorial Emecé, 2006. El traductor se llama Juan Forn (tío, es que te sales). La verdad es que no se le ve por la labor de evitar localismos. Uno quiere, al leer una traducción, que el traductor sea cuanto mas invisible mejor; creo que esto no admite discusión. En una obra de creación cada cual que escribe si quiere su Finnegans Wake. En cambio, en este libro, el traductor parece querer ser lo más argentino posible. Uno no puede olvidarse del traductor, que aparece cada poco chupando un mate, como un vecino coñazo de los protagonistas que nunca quiere marcharse. La novela llega, de todas formas. Y tanto que llega. Qué zorro el señor autor, qué grande. A todos esos desconocidos que nos asaltan por la calle para abrazarnos (un abrazo, una sonrisa), como cursis con piojos, yo les daría este libro de Cheever, por ejemplo; puede que no les hiciera ningún efecto, pero al menos dejarían de abrazar mientras leen.

La prueba de fuego de un autor ya no es que resista una traducción a otro idioma, sino que resista una mala traducción. Dostoievski y Tolstoi, por ejemplo, siempre fueron los que son, a pesar de las pésimas traducciones.

19/2/10

La vida en la cola del supermercado


En ese supermercado, y sobre todo en la cola de la caja, todo el mundo me parece muy pobre. Yo mismo, sin verme en ningún espejo. Es una pobreza de país del este, con caras devastadas por el alcohol, el frío y una televisión espantosa. Destacan los bollos del jersey, los rostros punteados por las barbas negras de pelos gordos, las barrigas de patata y pan y cerveza, las arrugas rojas del frío, los polares baratos que dan un poco aspecto de enfermo al que lo lleva. Los estudiantes se salvan del estropicio general; a ellos se les permite la cutrez porque es una cutrez alegre, que no implica nada. Están en el limbo (papá paga) y hablan en bajito, como si estuvieran en misa. Se les pone un poco cara de reptiles lentos de reflejos al hablar de la pasta de dientes. La mujer que saca ocho botellas de vino blanco está ganada por la vida. Por la vida o porque estaba muy barato. La etiqueta, espantosa, lo deja bastante claro. Me imagino el sabor ácido de ese vino bajando por la garganta, llevándose con él restos de comida. Un montón de capilares reventados en las mejillas. La televisión de fondo. O ella de fondo. La televisión es la protagonista. La mujer observa con seriedad sus ochos botellas de vino blanco sobre la cinta transportadora. Ruedan un poco, y tintinean al rozarse. Las coge por el cuello y las posa con cuidado, casi con cariño. El tipo que está pagando, en cambio, es un magnate de chaqueta de lana marrón. Los ojos enormes, salidos, del que está siendo acuchillado. Pero no lo acuchillan; lo llaman por teléfono. Mientras él habla de negocios la cajera espera a que estampe su firma en el tique. Los demás también esperamos. Se hace de noche. Sigue hablando. Distraídamente observa los tiques, pero no tiene la menor prisa. Se despide afectuosamente, suponemos que de un subordinado por el tono autoritario anterior. Antes de firmar repasa lo comprado, lo que le cobran. Se lo piensa. No va a firmar antes de hacer sus comprobaciones. Ya le han dado mucho por el culo en la vida. Deja el bolígrafo. Cruje los huesos de las manos, vuelve a coger el bolígrafo, hace unos garabatos en el aire, picotea con la punta del bolígrafo pompas de jabón invisibles. Repasa una vez más los números. Firma, al fin. Hace muchos rizos y garabatos después de plantar en el modesto tique todos los apellidos y todos los nombres. La cajera suspira, aliviada. Parece drogada, como si acabase de hacer pis. Se va el magnate de chaqueta marrón con sus ojos asustados, como sin oxígeno, y su gesto tranquilo, con las bolsas en una mano. Quiero aplaudir, tirarle una cebolla. Se va haciendo reverencias.

17/2/10

Cómo dormir en el cine sin perderte nada

Los Coen, en cambio, cogieron el libro de McCarthy y fueron a lo suyo. Ya se ve en la foto.

"La carretera" es una película llorona, y lo que es peor, inútil. No es una buena película, las cosas claras. Si vas a verla con el libro leído la película es vergonzosa. Por lo menos es inútil. Es el libro vulgarizado, en imágenes, sin poesía, sin nada que decir. Si no has leído el libro no sé lo que es. Puede que hasta sea pasable. Lloran mucho. Yo también lloraría si fuese el protagonista, pero tengo la impresión de que en la novela de McCarthy el tipo lloraba menos. O al menos lloraba más disimuladamente.

Creo que es cierto; de una buena novela es imposible hacer una buena película, sobre todo si uno quiere trasladar a imágenes el libro. Hay algo que falla en la literalidad esa de calcar un libro. Qué confusión. Cuanto más fiel al libro peor es la película. "La carretera" es muy fiel al libro. En todo es fiel (escoge las escenas más importantes y no se aparta un ápice de ellas), menos en algo fundamental; en la novela, si no recuerdo mal, se narra en tercera persona. Un narrador omnisciente que no se mete en ninguna cabeza demasiado. Se dedica a ver, escuchar, y poco más. Mucho más pero da ese tono de poco más que tan bien nos sienta a los lectores de hoy en día, sobrados de imaginación. En la película, en cambio, el protagonista con su voz en off (primera persona) nos hace un resumen de lo que hay, y de lo que va a haber. Es decir; nos jode la película. Para que haya ni una pequeña ración de misterio o sorpresa todo se nos cuenta nada más empezar la cosa. Es el puñetero apocalipsis y esto está lleno de caníbales y vamos al sur y qué depresión de mundo. Lo único que queda por saber es si van a vivir o no. Hora y medio para eso. Si en la novela uno va enterándose poco a poco del jaleo en el que están metidos, en la película el resumen en primera persona llorona ya se nos hace al principio, y lo que único que podemos hacer es confirmar sus palabras; ¿Es el fin del mundo? Parece. ¿Hay caníbales? Algunos hay. ¿Está deprimido el fulano? Está muy deprimido, no es para menos. Para que lo sepamos y no se nos olvide llora de vez en cuando. Llora y toca el piano.

Sí, los actores están bien, incluso la recreación de ese mundo puede que sea convincente, pero el cine que da en total es pobre. Ni es palomitas ni es lo otro, cine. Una versión absurda, por literal, de la novela. Tampoco esperaba mucho más, aunque algunos profesionales de ver películas le pongan una ristra de estrellitas. Con esta película mediocre la novela se engrandece todavía más. Valoramos su lenguaje como la quintaesencia artística de la cosa, justo lo que le falta a la película.

¿Cómo hacer una buena película de un libro más o menos bueno como este? El único ejemplo que se me ocurre ahora sin pensarlo es Buñuel y sus versiones de Galdós. Buñuel, a pesar de copiar una novela de Galdós, siempre hacía una película de Buñuel. Usaba a Galdós para llegar a sí mismo. Cosa que no hace el director de "La carretera", que pone en imágenes una novela ante la que se postra de rodillas como si fuese La Meca. Así no hay manera, digo yo.

5/2/10

Música que no existe


Stravinsky era muy feo. Aquí Martha Argeririch, pianista.

Tengo para rato con el libro de Alex Ross. Cuando me canse lo dejo. Por ahora me interesa más de lo que pensaba. Hay detalles que se me quedan grabados. Por ejemplo; Mahler en el metro de Nueva York, solo y con la mirada perdida (hay testigos), camino de un concierto. No me pega Mahler y el metro. A nadie se le ocurriría pensar que el tipo que compuso eso viajó en metro alguna vez. Y no lo digo como algo negativo. Simplemente su música no viajó nunca en metro. Teniendo en cuenta lo que cobraba de la Metropolitan Opera de Nueva York lo del metro es algo meritorio ("75.000 coronas por tres meses de trabajo o, en dinero actual, alrededor de 220.000 euros"). Casi le da para un chalet (y en la primavera de 1907 para algo más, creo). Después los yanquis se hartarían de adorar a los músicos y compositores europeos y se montarían sus propias fiestas, con gente suya, blancuchos estupendos que mezclaban lo popular y lo clásico. De Gershwin hableremos otro día. Miraban a los negros con desconfianza, pero los negros se salían. Los negros y de fondo los judíos (siempre tan discretos estos últimos). Poco a poco la dama clásica y un poco dadaísta de la música de principios de siglo fue, al menos en Estados Unidos, metiéndose en los garitos llenos de humo en los que nacía el jazz, arte negro, alma negra, etcétera. He ahí la música que escuchamos. Elvis era muy negro. Hubo un momento en el que los norteamericanos tuvieron que decidir entre Beethoven y el ragtime. Eligieron lo segundo. Quizá por simple nacionalismo. Beethoven era demasiado alemán. Beethoven era sordo. Y Wagner un canijo.

Es también llamativa la facilidad que tenía el público de principios de siglo para escandalizarse. Qué barbarie. Qué poca educación. Qué garrotazos. Cualquier concierto punki hoy en día es más respetuoso y civilizado. A la mínima que la obra escuchada se metiese en ruidos ya empezaban los caballeros y las damas más respetables a patalear como criaturas, a gritar, a tirarse de los pelos, a hacer pedorretas con la boca, a romper chisteras y cabezas. A pedir la cabellera del compositor. Cuenta Ross los altercados en los primeros conciertos con obras de Schoenberg. Los periódicos de la época entran en detalles. Pasaría un poco después lo mismo con la Consagración de Stravinski. Y algunos años antes con Salomé, de Strauss. Cualquier compositor verdadero sabía que su estreno había sido un fracaso rotundo si no se montaba una batalla campal en la sala.

Cuando el libro se convierte en crítica musical pura y dura no me espanta, aunque quizá debería. Siempre me gustaron esas retóricas periodísticas especializadas. Las admiro. Son ejercicios fabulosos, ante los que me siento disminuído, dudando mucho de que uno pudiera escribir alguna vez algo así. Leo esas frases varias veces con la boca abierta, sin acabar de creerme lo que leo. Por ejemplo, hablo de las críticas de coches o de cocina. También las musicales, aunque casi nunca leo críticas musicales. Las de coches sí. Los coches me dan igual, pero las críticas son estupendas. Supongo que son casi tan derrochadoras de jerga como las de arte contemporáneo, aunque estas me interesan mucho menos. Yo creo que estas cosas hay que leerlas como quien lee un poema. Lo mismo que cierta filosofía. Supongo que habrá algún ser vivo que sepa de qué habla el autor, pero para el que no tenga la preparación necesaria es evidente que lee un idioma marciano, y lo mejor es disfrutar con los múltiples sentidos que tienen como poema en prosa. Ejemplo; el famoso Tractatus de Wingenstein. El Tractatus no es para leer borracho, precisamente. A falta de otras lecturas, quizá más racionales, yo le encuentro gusto como uno de los mejores poemas de la literatura del pasado siglo. Una maravilla, desde el prólogo (uno de los mejores prólogos leídos en mi vida; "Posiblemente sólo entienda este libro quien haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos"), hasta el aserto final; "De lo que no se puede hablar hay que callar". Eso sí, saltándonos algunos versos de orientación futurista con simpáticas ecuaciones que no traspasan nunca la barrera de nuestra retina. Enlazando con el tema, de lo que no se puede hablar, me pregunto: ¿Se puede hablar de música?

Al menos Ross lo intenta: "En la primera de las piezas orquestales, […], las voces instrumentales se disuelven en gestos, texturas y colores, muchos de ellos derivados de Salome: figuras de tonos enteros girando hipnóticamente, instrumentos de viento-madera aullando en sus registros más agudos, diseños de dos notas chorreando como la sangre sobre el mármol, un quinteto de trombones y tuba tocados con la técnica Flatterzungen o frullato que no cesan de escupir y gruñir. […] acordes monstruosos de ocho, nueve y diez notas, que saturan los sentidos y desconectan el intelecto."

Admirable y un poco absurdo. Es el oficio, es literatura. Puede que el entendido encuentre menos poesía en esos párrafos. El músico traduce esas palabras a sonidos, pero hay algo más que sonidos ahí. Son casi poemas que parten de la obra musical. Que nadie se asuste; el libro no es así todo el tiempo.


***

Una cita de Charles Ives encontrada en la página 172, curiosa: "Puede que la música aún no haya nacido […] Quizá nunca se ha escrito u oído ninguna música. Quizás el nacimiento del arte tendrá lugar en el momento en que el último hombre que desee ganarse la vida con el arte se haya ido, y se haya ido para siempre."

Ives tenía la curiosa costumbre de componer para él. Trabajaba para una agencia de seguros. Sólo a partir de 1920 dejó que se tocaran sus obras.