31/1/10

El ruido culto

Aquí Messiaen, el gabacho que plagiaba a los pajaritos.

"El ruido eterno" es el título. Un tal Alex Ross es el escritor. Es una historia del siglo XX a través de uno de los ruidos más caros y sofisticados; la música culta, la música clásica, o como quiera llamársele. Historia complicada por muchas cosas, no sólo porque esta música refleje también el movido siglo en cuestión, sino porque se fue por unos andurriales estéticos que dejó atrás a muchos. ¿Pagar por escuchar ruidos? En fin, uno paga por ver una pared llena de escupitajos de colores, o por un lienzo cruzado por líneas hechas con una regla (la cosa más imbécil que existe en arte contemporáneo, el tal Mondrian. Sí, ya, el concepto es el concepto). Uno paga por oler la mierda del artista, enlatada o no, pero es que la mierda del artista no hace ruido. Puede que ahí esté el fracaso de una parte de la música del siglo XX. Nadie en su sano juicio pagaría porque le hicieran ruido en la oreja. La gente prefiere oler mierda a que les truenen el oído. Pero hay una cosa bastante clara; lo que para mí es música para mi abuela es ruido. Por lo tanto uno encuentra placer en determinados ruidos (musicales) que a mi abuela le parecen absolutamente inaguantables. Y supongo que eso sin salirse de la música culta.

Yo tampoco soy mucho de exponerme a ruidos. Wozzek siempre me asustó, literalmente. Esos gritos desgarradores siempre me pillaban desprevenido. A pesar de que tengo a la música por al arte más grande que inventó el hombre (la literatura y la pintura y todo lo demás me parecen niñerías a su lado), pues a pesar de eso, no me considero un escuchador muy audaz ni muy abierto. Tengo buena oreja, me parece, pero un cerebro perezoso, distraído. Padezco una capacidad de concentración absolutamente desastrosa. Pierdo pie antes de darme cuenta de que pierdo pie. Así a todo, tengo curiosidad, me gusta la música, y esta me permite hacer lo que más me gusta hacer; nada. Para escuchar música lo mejor es no hacer nada; sentarse y quedarse quieto. Mirar al techo, si acaso. Hace años miraba mucho al techo, escuchando por ejemplo las sonatas de Debussy, o a Satie, o mismo a Dylan o a David Bowie o a Black Sabbath o a Nirvana. Mirar al techo me emocionaba.

Una de las razones de que la música contemporánea culta no haya cuajado en el mundo de las orejas más refinadas es porque tradicionalmente el público de auditorio o teatro es de lo peor. Lo más reaccionario y casposo de la sociedad. Puede que las élites no sean ya marquesas, pero la señora del subdelegado no está mucho más evolucionada culturalmente. Yo diría que la marquesa, pese a la embolia que le había dado o le iba a dar, controlaba más. Aún hoy, genios absolutos, equiparables a un Proust o Joyce o Picasso en otras artes, como Stravinsky o Bartok o Messiaen se programan con reticencias, a cuentagotas. Y hablo de los genios indiscutibles. El hecho de que el público apenas haya atendido a la música contemporánea hizo, sobre todo en la segunda mitad de siglo, que los nuevos se encerraran más en sí mismos, en un espacio cada vez más autista y en el que se colaron verdaderos fraudes artísticos cortados todos por el mismo patrón (banda sonora de película de terror de serie B). Ni más ni menos que como en otros artes. Después de Duchamp se abrió la veda para la estupidez. Y el estúpido no era Duchamp, sino muchos de los que vinieron después y vieron un camino donde no había nada, una broma, el fin del arte, o de un arte. Puede que John Cage, una especie de Duchamp de la música, haya hecho lo mismo y haya cerrado las puertas a una forma de entenderla, un punto y aparte o un punto y final.

El talento musical compositor se pasó a la música verdaderamente innovadora en la segunda mitad del siglo XX; el rock y derivados, el jazz… Hay excepciones a eso. Ni siquiera puedo citar de memoria una de esas excepciones, que me guste al menos, pero seguro que las hay. Ahora, en cambio, se avecina, al parecer, el fin de las etiquetas; la música es música, como le dijo Schoenberg a Gershwin, según cita Alex Ross en este libro cuando Gershwin no se atrevía a tocar sus cosas después de oír las enormidades complicadas de Schoenberg. La música es música. El cosmopolitismo también llegó a la música.

30/1/10

La noticia

Ha muerto Salinger. Ayer, 29 de enero. No se habla de otra cosa en el planeta Blog. Ya sabemos todos quién era Salinger. Veamos; ahora saldrán los justos a decirnos qué lugar ocupa su culo en la literatura norteamericana. Da igual, hombre; que si menos es menos, o si más es más, o si más es menos. Qué justos se creen siempre los justos. Ego te absolvo. Podría decir eso de que os cambio una página de Salinger por todos vuestros Pynchons. Sinceramente, injustamente.

Una de las cosas más curiosas del caso Salinger es que sobrevivió literariamente al éxito de su libro. Es decir; a pesar de haber escrito uno de los libros más vendidos de la literatura mundial, no vio mermada su reputación literaria. Suele pasar lo contrario. Salinger es un nombre con futuro. Seguiremos leyéndolo dentro de cien años. Tendremos que comprarnos otros ejemplares de sus "Nueve cuentos" porque ya se lo habrán comido los ratones.

Tenía 90 años. No está mal. No tengo ni idea si fue feliz. O más bien, no tengo ni idea si no fue muy infeliz, es decir, la no infelicidad, que es lo que entiendo por felicidad. No sé si se masturbaba viendo el programa de Oprah. ¿Bebía pis? Gran pregunta. La eterna gran pregunta de una vida.

A pesar de las historias sobre su vida la impresión es que el tipo llevó una vida que no estaba del todo mal. Hizo lo que quiso. Estaba en una situación de superioridad. Millonario y con prestigio no le debía nada a nadie. Ya no tenía que demostrar nada. Nos pasamos la vida demostrando algo. Los locos serán los que ya pueden seguir demostrando nada. O no quieren. Están hasta los huevos.

Salinger: una cabaña en el quinto pino y encerrado con sus juguetes. Su hija le llevaba la comida. Parece un cuento infantil. Él podía ser el ogro que a pesar de la mirada de loco tiene su sensibilidad y su corazoncito. Podía ser el cuento del gigante… no sé qué, un cuento infantil de Oscar Wilde. Expulsa a los niños de su huerta pero después los echa de menos. Salinger no echaba de menos a nadie que no fuera él. Digo yo. Se echaba de menos a sí mismo. A la criatura que fue. Al verse la napia en el espejo debía horrorizarse cada mañana. Todos éramos tan guapos de niños.

Sin entrevistas, sin necesidad del publicar, sin tener que leer las críticas a sus cosas. No puedo imaginar vida más satisfactoria para un escritor.

Hace un año y pico leí el libro de su hija, Margaret Salinger. En teoría es un libro sobre el padre, pero en la práctica es un libro sobre ella, la hija. Soy la hija de Salinger, soy un caso clínico. No me interesa. Recuerdo un libro bastante horrible. Mal escrito, académico en el peor sentido de la palabra. Lo que más me llamó la atención fue un comentario de esta mujer sobre las conversaciones que mantenía con su padre cuando era niña. Decía algo así como que hablaba con los niños no como un adulto, adoptando el papel normal del adulto, sino como un igual. Conseguía hablar realmente con un niño. Casi siempre me acuerdo de esto cuando hablo con mi hija. Entonces, aparte de ordenarle algo, que es en lo que se cae irremediablemente cuando uno es padre (lávate los dientes y las orejas…), consigo meterme en ese mundo un tanto absurdo del niño pre-lógico. Consigo que las conversaciones sean conversaciones, aunque desde fuera puedan parecer diálogos un tanto delirantes. Pero tienen un sentido. O no lo tienen, no nos hace falta.

Me parece que esa fue la mayor aportación literaria de este autor. Su gran mérito, su huella. Introducir de forma un tanto subterránea jirones de ese planeta pre-lógico que él no había olvidado del todo en el mundo adulto. Sin ser naif, o surrealista.

27/1/10

Dormir bien


Duermo nueve horas. Tengo tan buena cara que todos me saludan con una sonrisa un poco exagerada, como esperando alguna broma o algún comentario jocoso de mi parte. Parece que todo el mundo está de buen humor hoy. Intento no defraudarles. O no lo intento; me sale. Todos me parecen buenas personas, y hasta simpáticos, cada uno en su estilo. Dormir hace milagros, pienso. Pero de vez en cuando echo en falta la ebriedad del mal dormido, que me hace más llevaderas algunas horas, como si pasaran un poco de puntillas a mi lado, no queriendo molestar demasiado.

***

No entiende todas las palabras, pero yo le leo igual. Muchos cuentos para críos están escritos por pedantes, con una retórica que en una novela normal no toleraríamos. Son cuentos actuales. O versiones actuales de clásicos. Más de una vez, mientras leo, tengo que traducir esas frases literarias absurdas y rancias a un lenguaje normal. Aun así, algunas veces, después de una parrafada, me pregunta; ¿y qué pasó? Es decir; ¿qué es lo que realmente pasó, además de un montón de palabras? Al final del cuento le pregunto algunas cosas sobre lo leído. Se ve que lo entendió. Busca las palabras para explicarse, y vacila, como si esas palabras no fuesen todavía suyas y tuviese que tomarlas de prestado o como si las trajese de muy lejos. Ya puede buscar las palabras sin bailar. Cuando era más pequeña solía moverse mucho al explicar algo. Parecía que estuviese a punto de mearse y todo fuesen contorsiones para evitarlo. Se le desataba el cuerpo al hablar.

Hice la prueba; las cosas de Gloria Fuertes le hacen gracia. Gloria Fuertes, qué se le va a hacer. Bueno, a mí también me hace gracia. Conozco a una señora que se persigna al oír hablar de Gloria Fuertes. Gloria Fuertes es el Bob Esponja de la poesía. No le voy a leer a Vicente Aleixandre. Otros poetas, por ahora, no le hacen tilín. Le recito como un loco. A los dos versos ya me siento Alberti ante un auditorio y se me pone su voz. Da mucho gusto recitar como Alberti. Ese tono. Espero no crearle ningún trauma.

***

Los viejos fuman y ven la tele. Un documental sobre dinosaurios. Leo el periódico. Me rodea una nube de humo. En Vigo el gobernador del Banco de España. La conselleira de Facenda sale muy favorecida en la foto. Dan ganas de enamorarse de ella. Me la imagino con la cabeza llena de números y llamándome tonto mientras mueve una mano como espantando una mosca imaginaria y esboza una sonrisa picarona.

***

Alguien en Radio 3 dice; ¿qué se puede esperar de un país que ignoró a los Sex Pistols?

25/1/10

Literatura con brumas

Y punto. Esta foto es una metáfora. El que quiera que la pille.

Cuando Steiner dijo el año pasado que la literatura gallega era poca cosa en comparación con la catalana me hizo gracia y poco más. Era la ocasión ideal para rasgarme las vestiduras. Lo dejé pasar. Me aburría ya pensar en ello antes de que el señorito oráculo terminara de pronunciar su frase despectiva. Uno de los derechos del anciano está precisamente en escandalizar, en decir cosas tremendas. He oído a ancianos decir auténticas barbaridades por el placer mismo de reírse de las formas, de todo, de nuestras caras respetuosas con lo sagrado de estos tiempos. Otras épocas viven en esta época. Es muy conveniente.

No me sentí indignado, a pesar de que esa literatura gallega que Steiner despreciaba era, en parte, mi literatura (la que leí de niño y etcétera, sentimentalmente, y si acaso me ayudó a entender algo de lo que me rodeaba). Me pareció que ninguna persona está libre de decir una gilipollez importante. Pese a dedicar su vida al estudio de la literatura, de las literaturas, eso no le impedía soltar una chorrada de barra de taberna. Con Franco se vivía mejor, los negros no saben hacer sudokus, la literatura gallega es tan insignificante como la hebrea. Mucho más insignificante que la hebrea. Mucho más insignificante que cualquier otro balbuceo escrito convertido en tradicional por unos analfabetos comecerdos. Otra ronda para todos.

Y me di cuenta de una cosa: Steiner se estaba cagando en mi cabeza. El reverenciado Francis George se estaba aliviando sobre mí, o sobre una parte de mi peinado. Y eso es algo que no pensaba permitirle ni a Steiner ni a nadie. Después vi que tantos se escandalizaban, tantos cursis echándose las manos a la cabeza (también cagadas), que pensé que sólo por el gusto de ver a esas gentes ofendidas, esos churrascos poéticos vejados, y esas becas y premios un poco sodomizados (si esto fuera posible), que pensé que no hay mal que por bien no venga. Puede que más cagándonos nos estuviese despertando a bofetadas. Me pareció también que quizá podía tener algo de razón. Es decir, su desconocimiento, y su juicio rápido y despreciativo sobre la literatura gallega, tenían una base, digamos, real. Su ignorancia era la ignorancia del mundo. Una ignorancia universal, por exagerar. Su desprecio era, principalmente, desconocimiento (lo mismo que el racista es un histérico mal informado). En literatura el clásico siempre es visible. El clásico es ubicuo, lo toca todo, se une a todo, lo vemos en toda sopa. Está siempre presente; su influencia llega a todas partes. Don Quijote se incorpora a la literatura japonesa, a la literatura norteamericana. Forma ya parte de ella. No creo mucho en estas denominaciones (literaturas nacionales), pero de alguna forma hay que llamar a la literatura hecha por un japonés, por un norteamericano. La literatura gallega, o hecha por un gallego en idioma gallego, no está presente. No existe.

Existe en su enterramiento académico. Existe en este país, un poco. Existe entre nosotros. Un poco más de lo que se piensa. Fuera de aquí es antropología casi. Interesa al antropólogo, como las tribus de no sé donde interesaban a Marvin Harris.

Si Steiner no conocía la literatura gallega, es que pocos ahí afuera, la conocen. Tengo a Rosalía traducida al japonés. Cambian las palabras y, curiosamente, se mantiene la música. Rosalía es tan grande en japonés como en gallego. Pero esto es anecdótico. Nadie en Tokio conoce a Rosalía de Castro. Sólo existe la literatura gallega para los gallegos. Para el resto de españoles tiene sus curiosidades. ¿Hubo tan pocos escritores de relevancia en este país? No lo creo. Puede que el idioma y la política no nos hayan dejado ver el bosque.

Hace unos meses leía el diario que Bioy Casares hizo sobre Borges. No recuerdo cuantas veces, pero no eran pocas las veces que insistían en lo poco que había dado de sí la literatura española. El desprecio era absoluto. Según ellos, durante los siglos XVIII, XIX y en lo que llevaban del XX la literatura española no había aportado nada interesante. Baroja y Unamuno, sólo, destacaban. Y haciendo un esfuerzo.

Si nos quedamos en el tópico no se salva ni maría santísima. Campos de Castilla, soledad, sequedad, un olmo viejo, la sierra plomiza. Lo mismo pasa con la literatura hecha en gallego, que ya ha aburrido antes de que pudiera aburrir. Se ve bruma por todas partes.

24/1/10

El primer hombre no comía yogures


Que ahora recuerde, es lo único que me quedé de ella. Un libro; El primer hombre de Camus. Ese libro editado por Tusquets que alguna vez quizá hojeé y que no leí. Ella se quedó, también me acuerdo, Antes del fin, de Sabato. Este en Seix Barral. Era mío. Fue casualidad. De sus trastos me quedé ese libro, no sé por qué. Y ella se quedó ese otro. Al final todo se resumió en ese cambio de libros. Seguramente hubo más cosas que dejé en su casa y que ella dejó en la mía, pero esta simplificación es la única realidad que hay ahora. A ese libro de Camus le perdí el rumbo. Lo tuve y dejé de tenerlo. Lo busqué muchas veces. En casa de mis padres, en todas partes. No recuerdo habérselo dejado a nadie. Desde hace un tiempo me persigue ese libro. No me persigue físicamente; no hay un libro con patas (los libros tendrían piernas) corriendo detrás de mí a todas partes. Ojalá. Sería una forma de encontrarlo. En realidad me rehuye. Y me rehuye para que no lo olvide nunca. Tengo la teoría, puede que absurda, de que los libros que más nos influyen son los que no hemos leído. La más poderosa influencia la ejercen esos libros que parecen haber sido escritos para nosotros pero que no hemos leído. Nosotros sabemos que ese libro nos ha elegido como lector, aunque no lo hayamos leído.

De vez en cuando, un domingo como hoy por ejemplo, dejo el periódico en la mesa y me pongo a buscar ese libro. Lo que me pierdo. Debería comprarlo y acabar de una vez. Después siempre me olvido de comprarlo. Además está descatalogado. Tendría que comprarlo en Iberlibro.

Quizá a ella le pase lo mismo y busque el libro de Sábato alguna vez. Lo dudo. Ni siquiera sabrá que ese libro era mío. Supongo que ni lo tendrá. Los libros sólo eran libros para ella. El de Sabato era, además, un libro patético. Era un sótano con olor a humedad. En la universidad vi a Ernesto Sabato una vez. Venía a recoger un premio o algo así. Estaba muy viejo. Parecía hecho de rama seca. Llevaba gafas de sol. Unos vaqueros descoloridos con unos zapatos negros que brillaban mucho. Una americana, un pañuelo en el cuello. Tengo la impresión de que este texto ya lo escribí una vez. Me repito. Parecía un marqués al que le limpian a conciencia los zapatos. Se apoyaba a en una señora bastante más joven que él. Creo que era su mujer. Leyó algo. Agradeció a los presentes, etcétera. Un bigote atormentado. Me pareció que tenía otra nitidez. Así como Woody Allen aparece desenfocado en una de sus películas Sabato tenía la nitidez del escritor consagrado, una astilla importante de la literatura del siglo pasado. Era una nitidez engañosa. Siempre pensé que salí ganando con el cambio, aunque nunca hubiese encontrado ese libro que Camus no terminó de escribir porque se murió antes.

***

Al comer un yogur me siento culpable. Lo como con vergüenza. Mi padre nunca comió un yogur en su vida. Es más; ver un yogur le revuelve el estómago. Le provoca náuseas. Se pone malo. Yo siempre he comido yogures. Mi abuelo nunca comió yogures. Lo más surrealista del mundo sería ver a mi difunto abuelo arañando con una cucharilla el culo de un yogur. Y no por difunto, sino por el yogur. Verlo de muerto aquí no sería tan raro.

Me zampo un yogur mientras veo la tele. Cuando entra ella sigo comiendo, pero no me quito de encima la sensación de que estoy mostrando mi flanco más débil. De ahí a la riñonera hay un pequeño paso, y de la riñonera al travestismo una frontera difusa.

22/1/10

El hundimiento


Eva Braun no está mal, aunque parece un poco ligera de cascos.

Hago zapping. El partido del Celta contra el Atlético. Siempre que deseo que gane el equipo más débil tengo la sensación de que los míos juegan sin tacos y corren con miedo a pegarse un leñazo. Es algo extraño. Como si jugasen al fútbol mientras se produce un terremoto que dura noventa minutos. Un terremoto que sólo les afecta a ellos. Ayer en cambio no estuvo tan mal. Jugar contra el Atlético le sube la autoestima a cualquiera. Respecto a lo de caerse quizá se me quedara grabado la primera vez que jugué al fútbol en un campo de hierba. Como esas actrices famosas que no se presentaron a un casting nunca (acompañaban a una amiga pero las eligieron a ellas), aquel día yo también acompañaba a un amigo a un partido. Él jugaba, yo no. Pero como fallaron varios jugadores de su equipo y antes de que se suspendiera el partido me pidieron que saliera a jugar con ellos. Había árbitro oficial, que aceptaba el chanchullo, pues nada importante se decidía en una liga de alevines entre equipos tan modestos. Sólo sé que estuve unas semanas sin poder sentarme. Había martillado la rabadilla hasta que se me saltaron las lágrimas, puede que de pura frustración. El público se lo pasaba bomba con mis caídas. Sólo seguían mis carreras y caídas, desentendiéndose de todo lo demás, incluidos los goles. Era como correr descalzo sobre una pista de hielo.

En Antena 3 la película sobre los últimos días de Hitler. Tenía interés. Ya está empezada, pero no tardo en darme cuenta: La película es una porquería. Puede que el actor que da vida a Hitler sea bueno, no lo niego, pero la vida que le da es de coña. Es, como mucho, la vida de un actor, que en lugar de Drácula, se cree Hitler. O puede que Drácula disfrazado de Hitler. Es un Hitler/ Drácula sudoroso, muy maquillado, y el maquillaje le da un aspecto de costra que se le derrite y que tira para atrás. Vemos a un zombi con la careta un poco despegada interpretando algo de Shakespeare en medio de una película de serie B sobre la Segunda Guerra Mundial. El asombro de los comandantes no les cabe en el pecho, que observan con los ojos como platos a un histrión sudoroso y arrugado retorcerse lastimosamente, como si sufriera un cólico de estómago. Recuerdo que en su momento la película encendió el debate sobre si Hitler se presentaba demasiado humano, hasta dignificado. Qué exageración. Es mucho más humano el espantapájaros de Mago de Oz de Flemming. De un momento a otro temo que Hitler se saque una calavera del bolsillo y de rodillas empiece a recitar el famoso monólogo…

Goebels es muy feo. Da mucho miedo. Sólo le faltan una dentadura de oro para ser el malo de una peli de 007 en la época de Sean Connery. Es alto y espigado, justo lo contrario que el Goebels real, que era un enano de aire alegre y malvado. Los ojos de este actor, cuando habla, parece que se le hunden y le vuelven a salir, como si fuesen de cristal. Ahora mismo que escribo esto no tengo ni idea de quién dirigió tal engendro. Vuelvo a poner el partido. Voy al baño. Cuando vuelvo me encuentro otra vez la película. Ahora se ve a un tipo como hipnotizado mirando a la pantalla. Sonido de serrucho. Está amputando una pierna. La sangre riega todas las batas blancas. El Celta no pasa del empate. Una pena.

20/1/10

Miedo, ira, hambre

Me gustaría sentarme a escribir como quién se sienta a pelar mazorcas de maíz, con indiferencia y hasta cierta desgana. A veces supongo que es así, cuando está uno cansado. O cuando lo escrito el día anterior nos parece una caca. Pero si lo escrito hasta ese punto está bien, o incluso muy bien (sí, hasta los mediocres tenemos algún día bueno), entonces uno se acojona un poco y no sabe cómo seguir. Hablo de una novela, o un relato. ¿Cómo atreverse a estropear algo que hasta ese momento estaba bien? En fin, esas dudas idiotas. Me acuerdo a veces de una frase del cantante Raphael (un dios para mí): "Cuando entro en el escenario, al principio, tengo miedo, y ese miedo, según avanza la actuación, se va transformando en ira y pasión". Desde que lo vi en directo en Riazor me creo la frase. Es literal. El tipo es un tornado. Pocas veces en directo vi nada más auténtico. Sólo faltó que al final cayera fulminado por un rayo al cantar la última nota de la última canción, justo cuando se pagaran las luces. Hubiera sido perfectamente coherente con el resto del concierto. Nosotros, tan indies, alternamos, durante las tres horas que duró, la carcajada estupefacta con el asombro emocionado. No nos creíamos lo que estábamos viendo. Cautivados quedamos, para nuestra sorpresa.

Volviendo al tema. Ya no tengo tema. Supongo que no hay que darle muchas vueltas a estas cosas.

***

Vuelve ella de trabajar y escucho cómo sube alguna persiana. Debería entrar y darme unas bofetadas porque miro la pantalla hipnotizado. Ya es la hora de comer. De fondo siempre ladra un perro. Una vida así, qué desperdicio. La pantalla en blanco y un chucho ladrando en alguna parte.

Escribo con la persiana de este cuarto bajada. Escribo con la persiana bajada porque me parece que si las subiera en cualquier momento al volver la cabeza hacia la ventana podría ver a un tipo mirándome con los ojos muy abiertos, apoyado en la repisa. Un tipo fatal, un testigo de mi inutilidad. Es improbable, pero los temores no funcionan como un cálculo de probabilidades.

El otro día se me ocurrió un título para este diario. Antes de publicar En busca del tiempo perdido (título provisional de un proyecto) soy un escritor antes de nacer. Un escritor de ultracuna, como diría Unamuno. Citar a Unamuno desanimará a todo posmoderno. Qué se le va a hacer.

Estoy salivando, tengo hambre, son las dos y pico.

17/1/10

Gallegos


Me levanto demasiado temprano y tomo café en la cocina en compañía del deshumidificador. El deshumidificador tiembla. Parece que vaya a reventar. Recuerdo una lavadora que siempre avanzaba unos pasos cada vez que centrifugaba. Teníamos que volver a colocarla en su rincón al acabar. Después empezó a perder agua. Se meaba. La habían comprado mis padres cuando yo nací. Cuando yo tenía quince años la pobre ya estaba para el arrastre. Si querían saber cuánto tiempo tenía la lavadora me miraban. Después miraban la lavadora. Yo también miraba la lavadora. Los problemas de la lavadora me deprimían un poco. Fueron demasiados años identificándome con la lavadora. Me hice mayor y la lavadora acabó reventando. Durante años mi padre se resistió a comprar otra lavadora porque esa funcionaba muy bien. El hecho de que perdiese agua de vez en cuando (la arreglaban), y de que bailase de esa manera por la cocina, le daba igual. Presumía de la edad de la lavadora. A veces aún recuerda con nostalgia aquella lavadora. Era una lavadora alemana. Le hubiera gustado que durase toda la vida.

Nuestro deshumidificador, en cambio, empezó a temblar desde el primer día.

***

Del libro Otra idea de Galicia, de Miguel-Anxo Murado, se extrae como hipótesis que Galicia is diferent, sí, pero diferente hasta en su manera de ser diferente. Muy diferente en todo caso de las otras dos nacionalidades históricas, esa otras dos diferentes. Copio dos citas curiosas que aparecen en este libro. Una de Ortega: "No he comprendido nunca por qué preocupa el nacionalismo afirmativo de Cataluña y Vasconia y, en cambio, no causa pavor el nihilismo nacional de Galicia o Sevilla". Aunque más que de nihilismo, en Galicia al menos, podríamos hablar de apatriotismo. La única patria del gallego es su casa y sus fincas. Pocos pueblos, creo, más individualistas. Para bien y para mal. La lluvia también debe quitar las ganas un poco de juntarse e invadir al vecino. O por lo menos de ponerse muy solemnes con banderas y esas cosas. Al campesino de toda la vida, así, en seco, sin réditos para su huerta o bolsillo, no dejará de parecerle una parida ese romanticismo nacionalista que tan bien cae en otros pueblos. Todas las revueltas en las que se involucraron los paisanos gallegos tuvieron un origen muy concreto; la pasta. Al que intentaba meterles la mano en el bolsillo, con impuestos de una u otra forma, lo linchaban sin contemplaciones, como pasó con el marqués de Sargadelos. También se cargaron sus altos hornos. Cierto que esto debió acojonar un poco a los emprendedores del momento. Los que no invirtieron en tierras más pacíficas o receptivas se compraron pazos con chimenea. Algunos se hicieron poetas. No sé qué fue peor, si la falta de industria o el excedente de poesía.

La otra cita que destaco es la de un diputado de la CEDA en tiempos de la Segunda República: "Galicia tiene una geografía separatista". Es otra manera de verlo.

15/1/10

El dietario de los chinos

Acabado el temporal vuelven la calma y los pajarillos, que parecen escandalizados por algo. Como la calefacción, hoy, me da dolor de cabeza, abro la ventana. Además no hace frío. De fondo, el sonido a ciudad. Coches, ambulancias o policía, obras, taladradoras. Claro que es un sonido modesto, contenido, de ciudad pueblo. Quizá porque en esta ciudad la aldea llega hasta las puertas de la ciudad, a mí me llegan ambos ambientes. Por un lado, los perros, los pájaros y las voces de las viejas conversando a gritos con una de grelos en la mano, y por el otro el murmullo de la ciudad, la maquinaria de cerebros somnolientos poniendo sellos y levantando aceras.

Antes desayunamos fuera. La cafetería estaba casi a oscuras. De unos cordeles colgaban los periódicos y las revistas, sobre todo suplementos culturales. Leo una entrevista a Francisco Rico. Ella pasa hojas del periódico. Fotos del estropicio que dejó el viento de ayer a la noche, del que no nos enteramos, la verdad. Sólo a las seis de la mañana comprobé al levantarme para mear que no había luz. A tientas fui por el pasillo con los brazos levantados, sobreactuando. El chorro sonoro me confirmó que todo estaba cayendo donde debía. Después ya no pude dormir pensando en que no podía hacer otra cosa que dormir. Dormir o encender una vela y hacer espiritismo.

Como soy un poco desordenado y olvidadizo K. insiste en que apunte todo el rollo de horarios en una agenda o un dietario. Los días que tengo que recoger yo a la niña, los días que ella no va a estar… A mí me vale con enterarme unos días antes de lo que me espera, pero a ella le cabrea esta dejadez. A ella le cabrea que no haya un reloj en cada pared de cada banco, oficina, o sala de espera. Y eso que ella sí lleva reloj, y además el móvil, que es mi reloj. Después es tan despistada o más que yo pero al menos no presume de ello ni le parece un tema que se pueda tomar a pitorreo. Le parece el colmo. Ya tengo la agenda del móvil, le digo, aunque no la uso mucho. Me compra una de esos dietarios con frases animosas para cada día en los chinos. 365 mensajes para empezar con optimismo cada nuevo día, se lee en la portada. Es página día; con la fecha arriba, debajo la frase optimista, y más abajo un recuadro rojo con la clave del día (¿?), el espacio rayado para escribir las actividades diarias y espacios en blanco laterales con las palabras hacer, comprar, contactar. También el estado de la luna y el zodíaco. Echo un vistazo a los días ya pasados y veo mucho mensaje de místico indio, o al menos por sus nombres y frases eso parecen. También Paulo Coelho, Bertold Brecht, Albert Einstein… La que me gusta más de esos días ya pasados y en blanco es una de Séneca: "Hay que contar cada día como si fuese una vida". Me parece un buen lema para el escritor. Yo, que tengo intereses más modestos veo que anoté para hoy: Escribir diario esquemático, sin estilo, sin la obligación de dar algo, sea metáforas o reflexiones profundas. Diario de andar por casa.

Luna nueva para hoy. Eso sí, a lo de la luna no le encuentro ninguna utilidad.