27/5/10

Cosas de la Smith

Novedades. No he leído pero están a la vista; Retratos y encuentros, de Gay Talesse; Un hombre muerto a puntapiés, de Pablo Palacio; Las islas desconocidas, de Raúl Brandao; Cómo vivir con veinticuatro horas al día, de Arnold Bennett; Los voladores, de Peter Stamm

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De El libro de los otros (una recopilación de relatos editada por Zadie Smith que se vende como la flor y nata de la literatura anglosajona) destaco dos cosillas: el relato de la propia Zadie Smith (de boda en la foto de la izquierda), que me gusta y no sé por qué (no lo acabo de entender, quizá sea eso); puede ser también por esa forma de desordenar un relato y a un personaje; me quedo también con el relato de Jonathan Lethen, que me volví a acordar de él pasados unos días después de leerlo. Se fue al fondo pero volvió a la superficie, y entonces volví a leerlo y estaba bien. Ahora, buscando algún enlace para este libro me leo que el relato de Lethen en este libro no es más que el primer capítulo de una novela suya. No lo sé; no me fio de todo lo que leo en cualquier parte. Pero me parece lo de menos.

Los demás relatos son como vallas que quiero saltarme. Tan bien hechos, tan ocurrentes, tan satisfactorios y claros y bienintencionados. Hablo en general, así que por supuesto soy injusto, pero dejarme ser injusto en mi rincón antes de que me de el infarto.

Vuelvo a la edición de Cuentos reunidos de Faulkner que acaba de editar Alfaguara. Y por ahora no necesito más.

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Zadie Smith en la revista Zut: un ensayo sobre lo que llama el artificio (Esa sensación de artificio). Es decir, su taller privado. Lo que escribe en los posits de su cuarto y cómo se lo monta para escribir novelas. Por supuesto no descubre ningún mediterráneo, pero se agradece que escriba como una escritora, es decir, que se le entienda y diga cosas, no como una escribidora de tesis o tesinas con mucho juego teórico mezclado de forma incomprensible a modo de cóctel.

Empieza, la Smith, sus novelas por la primera frase y por el primer capítulo y hasta que no los tiene acabados no pasa a los siguientes. Nada del método nabokoviano de ir escribiendo según sale, al margen del lugar que ocupará después en la novela. Otra cosa; habla del pensamiento mágico en mitad de una novela. Quiere decir, que todo le sirve mientras escribe su novela; todo, de alguna forma, en su vida diaria mientras está metida en una novela parece suceder para su novela; las noticias del periódico, el libro que abre, el perro que le ladra y la gripe que coge acaban teniendo alguna importancia para su novela.

Acaba contando lo ajena que le resulta la novela escrita y publicada pasado un tiempo. Ya un libro de otro; le da náuseas, por ejemplo, abrir su primer libro. Era otra persona. Cuenta lo siguiente: "Hace poco me senté en una cena frente a un joven escritor portugués y le dije que tenía intención de leer su primera novela. Me agarró la muñeca con verdadera angustia: '¡No, por favor!' Por entonces, lo único que leía era a Faulkner. No tenía ningún sentido del humor. ¡Dios mío, era otra persona!'."

El joven escritor portugués debe ser Jose Luis Peixoto. El hombre se tatuó Yoknapatawpha en alguna parte de su cuerpo, así que debió tomarse bastante en serio a Faulkner. Me hace gracia que le eche la culpa de su falta de sentido del humor a Faulkner.

A mí en cambio me parece que a Faulkner se le pegó un poco el humor cervantino de tanto leer El Quijote (una vez al año, según decía), aunque es posible que ese sentido del humor que detecto en sus relatos sea de cosecha propia y no tenga la culpa (del todo al menos) Cervantes. Otra cosa es que saque payasos y tipos tirándose tartas, en lugar de sus habituales maldiciones y miserias que pasan de una generación a otra.

13/5/10

Sylvia, saca tu cabeza del horno


En el blog/ armario o blog/ trastero "Consejos para los banquetes" echo de vez en cuando algún video musical. Ahora me doy cuenta; podrían ser canciones para antes de un suicidio, la alegría de la huerta.

Llevo días escuchando "Hospice", el primer disco de un grupo de Brooklyn que se llama The Antlers. Casi no sabía ni que estaba escuchando. No sé el nombre del grupo que escucho hasta que llevo seis escuchas por lo menos. Mientras tanto son X, algo que puedo seguir escuchando o que se perderá para siempre en el pozo negro del olvido. Es mi sombra la que va eligiendo una y otra vez, la que se pone los auriculares. Con media docena de escuchas tomo cartas en el asunto y miro de que grupo se trata. Por supuesto los títulos de las canciones no llego, por lo general, a saberlas nunca. Sólo por no exagerar las cosas sé que la mejor canción de la historia se titula Idiot Wind.

Así que me he encontrado con este discazo entre la maraña de archivos que de alguna manera han llegado a mi disco duro. Pura selección natural, ya digo.

Momento de ponerle caras a los pibes y echarle un vistazo a la portada. Momento también para asustarse. Me entero que el tono deprimente, sucio, y un poco aullador que al parecer tanto le gusta a mi sombra, va con el tema del disco. Una cosa grave de narices; un niño que ve morir a una niña de cáncer de huesos. Ya no sé si es mejor o peor no entender las letras.

Y de alguna manera meten por el medio a Sylvia Plath: "Sylvia, saca tu cabeza del horno. Vuelve otra vez a gritarme y a maldecir todo. Recuérdame otra vez cómo todo el mundo te traicionó".

Algunos hablan de disco de la década. Eso es mucho decir, y además hay tantos tipos de rock que en fin, no tiene mucho sentido hablar de la década. Depende de quien sea la década. A un disco así o le pillas el punto o no te entra ni a tiros. Habrá que ver dentro de tres meses si aguanta. Es decir, si lo aguanta uno. Puedo escuchar un mismo disco quinientas veces sin aburrirme. Y si no me suicido antes, claro.